lunes, 7 de noviembre de 2011

Qué tengo, vamos a ver...


Llegamos aquella tarde de Domingo como habitualmente hacíamos todos los fines de semana luego de que el Sábado anterior pasáramos la noche en el cabaret: con unas ganas enormes de divertirnos, primero en la piscina y después con la intención resumir la juerga en el Bar Escambray. Preparados para bebernos una, dos, tres botellas de Havana Club si nos alcanzaba “la pasta”; o en su defecto, si aparecía alguien de bondadoso corazón y abultada billetera dispuesto a compartir con el grupo. Incluso, también para que mi viejo amigo siguiese nutriéndose de historias, que siempre me aseguraba, alguna vez publicaría en su novela.

Todo con tal de pasarla bien bajo el sol y concluir en medio de la oscuridad del Bar. Teniendo además, muy cerquita nuestro, a varias ninfas coquetas y desprejuiciadas que le daban el sabor perfecto al día, que de acuerdo con el almanaque gregoriano abre la semana, y que para nosotros representaba el cierre de lo que intentábamos fuese una constante jornada de relajo muy lejos de los modales y costumbres del "hombre nuevo", a falta de otra opción que igual no nos interesaba.

Claro, cruzar la puerta del Hotel Jagua no era aventura fácil. En todo caso hablo de un acto que el mismo Houdini se hubiese encontrado en aprietos. Habías de vértela con un team de porteros mucho más talentosos que cualquiera de los mejores arqueros que jueguan hoy en una liga de futbol que se respete, de esos que no dejan ni que pique la bola dentro del área. Esta vez, el personaje de turno era un guajiro nacido en las montañas del lejano Oriente cubano. Un sujeto de más de seis pies de estatura, corpulento, con una expresión entre animal bobalicón y máquina robótica, que aparentemente sus jefes lo programaban para que el noventa y nueve por ciento de sus palabras se redujeran a una negativa. Sólo turistas y uno que otro "socio allegado" con suficiente dinero que pudiese soltar una buena regalía, con discreción, claro está, y sin que se supiese. Que el hombre, igual no era un comemierda y sus necesidades, como todos nos, tenía...

Recuerdo que mi amigo, experto ya en el increíble ejercicio de franquear puertas, ventanas, hasta boquetes por un techo en reparación, intentó cruzar por la elegante puerta del Hotel con disimulo en lo que sus cómplices entreteníamos al custodio con un parloteo denso y sin la menor coherencia. Pero el muy ladino portero estaba al tanto y detuvo a mi amigo.

Yo, al amparo de que en esa época trabajaba como luminotécnico en el cabaret Guanaroca, traté de interceder por mi fraterno colega de parranda y le pedí al hombre que se hiciera de la vista gorda. Sin embargo, el tipo estaba renuente y no tranzó. Lo simpático, es que mi amigo en vez de disminuirse, adoptar una postura más conciliadora para entrar finalmente, en medio de la puerta se puso a recitar en voz alta varias estrofas del poema “Tengo”, de Nicolás Guillen.

La cosa se puso fea. El portero se disgustó en extremo, tomó el teléfono que tenia cerca y llamó a la policía. Según él, un delincuente estaba recitando unos poemas contrarrevolucionarios a la entrada del Hotel…


TENGO
por Nicolás Guillén

Cuando me veo y toco
yo, Juan sin Nada no más ayer,
y hoy Juan con Todo,
y hoy con todo,
vuelvo los ojos, miro,
me veo y toco
y me pregunto cómo ha podido ser.

Tengo, vamos a ver,
tengo el gusto de andar por mi país,
dueño de cuanto hay en él,
'mirando bien de cerca lo que antes
no tuve ni podía tener.
Zafra puedo decir,
monte puedo decir,
ciudad puedo decir,
ejercito decir,
ya míos para siempre y tuyos, nuestros,
y un ancho resplandor
de rayo, estrella, flor.

Tengo, vamos a ver,
tengo el gusto de ir
yo, campesino, obrero, gente simple,
tengo el gusto de ir
(es un ejemplo)
a un banco y hablar con el administrador, no en inglés,
no en señor,
sino decirle compañero come se dice en español.

Tengo, vamos a ver,
que siendo un negro
nadie me puede deterner
a la puerta de un dancing o de un bar.
O bien en la carpeta de un hotel
gritarme que no hay pieza,
una mínima pieza y no una pieza colosal,
una pequeña pieza donde yo pueda descansar.

Tengo, vamos a ver,
que no hay guardia rural
que me agarre y me encierre en un cuartel,
ni me arranque y me arroje de mi tierra
al medio del camino real.

Tengo que como tengo la tierra tengo el mar,
no country, no jailáif,
no tennis y no yacht,
sino de playa en playa y ola en ola,
gigante azul abierto democrático:
en fin, el mar.

Tengo, vamos a ver,
que ya aprendí a leer,
a contar,
tengo que ya aprendí a escribir
y a pensar
y a reir.

Tengo que ya tengo

donde trabajar
y ganar
lo que me tengo que comer.

Tengo, vamos a ver,

tengo lo que tenía que tener.