domingo, 12 de febrero de 2012

Disociación Paradiso


Una noche de diciembre raramente fría en medio de una geografía cálida, en el bar Palatino, con la buena estrella de pagarnos unas cuantas cervezas; comernos además tres pollos fritos, apenas con cuatro o cinco papitas achicharradas por ración --a compartir entre once personas hambrientas--, Sansón luego de una espera que se le antojó terrible, por fin nos comentó a todos de su proyecto.

Era la época en que el arte del performance subyugaba a una considerable mayoría de artistas, incluso a aficionados como yo, y cada cual ostentaba --entre amigos, claro está-- la nueva idea que, al amparo de un buen signo, finalmente podría llevarse a “vías de hecho” en medio de una Jornada Nacional a realizarse dentro de pocos días. Por supuesto, si lograbas pasar “el filtro” que ejercían muy cuidadosamente los funcionarios patrocinadores en cuanto a lo que definían como “el discurso estético adecuado”.

Confieso que oímos a Sansón más bien por su terquedad, después de que en reiteradas ocasiones él intentase inútilmente correr la cortina de su representación. Y es que, sin propósito alguno, lo ignorábamos. La totalidad de los que estuvimos esa noche en el bar más antiguo de la ciudad, comentábamos muy exaltados sobre las intenciones que nos asistían en lo que a la realización de alguna obra se refiere, y que consiguiese por consecuencia marcar pautas dentro del arte contemporáneo criollo --como lo de apuntalar el malecón--; y en especial, de cara al mar que significa mucho para los que viven en un emporio de provincia, donde la frontera entre tierra y agua se limita a una línea desperdigada.

Lo simpático es que Sansón, cuando que pretendía intervenir, prácticamente nadie lo escuchaba; o cuando ya se consideraba atendido, muy dispuesto al parloteo porque iba alcanzar a manifestar su idea, lo interrumpíamos. Es que conversábamos con esa peculiaridad que nos asiste como raza: la de no saber respetar la plática del que tenemos delante, o a un lado, o sabe Dios en qué sitio.

Eso sí, Sansón jamás se dio por vencido aquella noche --algo que pertenece igual a nuestra naturaleza--, y rayando casi la madrugada, con esa luna que únicamente mi ciudad disfruta; agotado tal vez por tanto estorbo, cual forzoso cómplice de una borrachera graciosa y sana, dio un puñetazo en la mesa salpicando a unos cuantos con cerveza, con el lógico derribo de unas cuantas latas y por añadidura regando un puñado de huesos de pollo en el piso, lo que provoco definitivamente la obligada curiosidad del grupo.

Nos miramos sorprendidos. Una actitud como esta distaba considerablemente de los buenos modales que Sansón nos tenía acostumbrados. Coincidimos entonces en silencio, como una suerte de acuerdo tácito, que ya era el momento idóneo --quizás porque a ninguno le quedaba alguna idea por desarrollar,--, para que se tomase en serio al buen amigo. Fue Ana Helena quien le dijo a modo de reproche por su comportamiento fuera de tono, aparentando estar un tanto ofendida, que por fin hablara sobre lo suyo. Si aún no había dado a conocer su propósito –agregó la jovencita con ironía--, era por la excesiva prudencia de Sansón; pose, según ella, que vino a echar por tierra con el fuerte golpe en la mesa.

Sansón sonrió ante tamaña vanidad de la hembra intelectual, poseída por los ancestros que regalan su sabiduría a los elegidos. Sansón tomó aire profundamente, en lo que nos miraba con detenimiento uno a uno, hasta que resopló de vuelta aquel oxígeno que pretendía robarnos, y terminó contándonos su adorado plan.

Imagínense –comenzó su exposición con cierta apoteosis en medio de un mutismo generalizado por prejuicio a lo peor-- que en el salón principal del museo se dé una conferencia sobre José Lezama Lima. Como es de esperarse en eventos como estos, los asistentes se han de comportar muy sobrios. Se trata de una figura casi sacrosanta en la literatura cubana que no merita relajo, al menos delante de una nutrida audiencia, si es que llega a ir mucha gente –subrayó con expresión de burla. Entonces, acorde a mi concepción, estaría quien hubiese de disertar lo concerniente a la obra de Lezama; el auditorio, como ya dije y si Dios nos ayuda, sería numeroso; y en una esquina del salón, de pie, apartados un poquito y asimismo a la vista de la “respetable audiencia”, una pareja se iba a comportar de forma dispersa.

Mi historia se reduce a que, en lo que el que el sujeto conversa animadamente sobre “El Gordo de Trocadero”, la chica comienza a besar a su hombre muy discretamente en la oreja en lo que su yunta demuestra inconformidad; el contexto no se presta para tales juegos. La muchacha, que ha de ser una hermosa hembra, insiste, le busca la boca y lo besa de nuevo apasionadamente. El tipo, portador de una sangre que hierve con facilidad en sus venas, en lo que ella simula no reprimir sus deseos, le devuelve los besos y se dispone a quitarle la blusa. La joven accede con gusto y el acto sube su temperatura. Es ella ahora la que le quita la camisa al muchacho.

A estas alturas, se supone que el público le presta más atención a los que pretenden dar un espectáculo para nada concebido en un entorno como el que propongo, que a lo que dice el orador, que ignorando lo que acontece a escasos metros de su mesa, no se cansa de reiterar las maravillas que simboliza Lezama. Y ya los hay quienes empiezan a protestar y piden enérgicamente que las autoridades intervengan. Sin embargo, el juego continúa en pico ascendente y ella se arranca sus ajustadores con fuerza, mostrando unos senos hermosos que no hay dios, ni humano, que logren ignorar, desajustada al amparo de un forcejeo que raya en lo histérico. El tipo, rebotando el lívido irrefrenable de su hembra, abre el zipper de la saya corta que usa la joven, consigue ubicarla justamente en las rodillas, y con su pie derecho termina bajándola a sus tobillos y la desnuda por completo; él lo mismo se quita sus pantalones apresuradamente.

No los voy a cansar –concluyó Sansón muy solemne-- la chiquita se queda únicamente con una tanga roja, bien pequeña, que regalan a los ojos de los presentes un par de nalgas que también no hay persona o deidad que se sustraiga a la belleza de su maciza redondez, lo que se traduce como un precioso culo...

Todos nos miramos sorprendidos por la pingüe fantasía del amigo, con una especie de mueca en el rostro que iba de la risa contenida a la sorpresa, en lo que Sansón concluyó muy satisfecho. Mi propuesta es que terminen tal y como vinieron al mundo, y si tienen oportunidad, que se hagan el amor. Eso, si es que no se aparece la policía y los arrestan por escándalo público. Si me preguntan por Lezama, les digo que es el pretexto para la orgía que pretendo se desencadene ¿Qué opinan…?

Ana Helena, repitiendo la petulancia con que antes le había reclamado, fue la única que se atrevió a preguntarle cómo se podría nombrar a semejante disparate. Sansón respondió primero con una carcajada, luego dijo el título. – Disociación Paradiso…