miércoles, 3 de octubre de 2012

De la vez que “me comí a Cuba…”


Era la 2da Jornada Nacional de Performance que se realizaba en Cienfuegos. Contrario a lo que esperaban los más entusiastas, la sospecha de los funcionarios del sectorial de cultura, y de las autoridades partidistas, se hicieron más evidente que en la 1ra.

Esta vez los "compañeros" se comportaban menos entusiastas, digamos que no tan comprometidos con el arte joven nacional . Por supuesto, los invitados “merecían la duda”. Tropel con sobredosis capitalina e ideas complicadas que traían gente como OMNI ZONA FRANCA, Sandra Ceballos, Carlos Garaicoa, Tania Bruguera si mal no recuerdo; el mismo Ángel Delgado, quien realizará su performance memorable para los habitantes de Cayo Carena. José RasTamayo, que apuntaló el malecón cienfueguero, lo que provocó alarma en la población, pensando que se avecinaba una tormenta poderosa; y una Palma lo mismo a la entrada de la escuela de arte. Movimientos de más de un medio de centenar de artistas plásticos, actores de teatro, poetas y narradores, trovadores, que en una ciudad de provincia se antojaban irregulares, novedosos, tal vez una amenaza.

El hospedaje, por ejemplo, hasta última hora resultaba un misterio, sin mencionar la alimentación necesaria, puro sustento fisiológico. Al fin, en un hotelito de la Universidad, si me memoria no me falla, se ubicó a un grueso de la gente que vino, con la garantía de un plato fuerte en el almuerzo. El resto ni me acuerdo cuál fue su destino… Pero se hizo.

Y todavía repaso con increíble claridad un performance en particular, en el que estuve involucrado mucho más que el resto de los que se presentaron, donde mi misión –nada fácil–, era producirlos, y qué disfruté  con sobrado entusiasmo por tratarse de un amigo.

Daniel Rivero, junto a Yalili Mora, en el espacio que compartían ambos con su hija Laura –entiéndase su casa y asimismo la presencia tolerante del padre de Daniel–, sede del Grupo Punto, un lugar que llegó a convertirse en una galería de referencia dentro de Cuba, independiente hasta donde pudo mantenerse esa suerte de libre albedrío para un arte sujeto a demasiadas reglas…

En fin, la Isla tendida –esta vez de arroz congrí y no “en peso”–, geográficamente cubierta de yuca, carne de puerco sin exagerar, y varias rodajas de pan –esto en las zonas supuestamente más favorecidas de la Isla–, se convirtió en un banquete memorable.

Muchos nos sentamos alrededor del “oloroso caimán” y luego de ciertos ritos, comentarios, bromas, jodedera, terminamos en medio de una “autofagia cartográfica”, comiéndonos literalmente el suelo que pisamos.

Nunca antes me supo mejor Cuba. Eran los noventa...