miércoles, 16 de diciembre de 2015

Mendoza 324 (I)








Pido un café, lo cargo con una mini dosis de coñac. Enciendo un tabaco corto, parecido a un cigarrillo, soplo el humo con sobrado histrionismo y regreso a mi viejo Chrysler. Me tropiezo a una paloma blanca que me observa con un fingido revoloteo.  Supongo igual que el emblemático pájaro me regala una sonrisa repleta de insolencia; una mímica que no cabe en su apretado pico, y que vale igual. Quizás quiere un pedazo de pan. Lo lamento, traigo únicamente cafeína, alcohol, fumarada, un dolor entre pecho y espalda que nada tiene que ver con cardiólogos, por suerte.

Enciendo el aire acondicionado, bajo los cristales. Otro sorbo, se calientan las orejas. Chupo de nuevo el tabaco, repito la pantomima del soplido, esta vez más fuerte. Persigo el humo con un gesto de contemplación no muy común en mí, que viene repitiéndose desde que Amalia y yo terminamos; humo y reflexión van de la mano. Repaso los años que gastamos juntos y me pregunto qué me “depara el destino”. Figuración entrecomillada, derretido drama, para subrayar el próximo acomodo.

Exploro el parqueo del shopping plaza, lo voy a extrañar. Demasiados domingos junto a ella con tentempiés matutinos en La Dulcería, la misma donde he comprado mi café. Por el mediodía en Winn Dixie, tratando Amalia de convencerme cuál es la mejor carne y finalmente terminar en Publix. Por la tarde música brasileira, a veces la piscina y luego de regreso a la parrilla; siempre churrasco, picaña, un excelente asado que por aderezo sólo lleva sal gruesa. Por supuesto, unos cuantos vasos de aguardiente Pitu, con hielo, azúcar, limón, hasta llegar la noche y gozarnos reiteradamente. El fin de semana se me antoja que no hay savia mejor que la “sufrida bajo la tutela de un capitalismo cruel”, al amparo de una buena caipiriña, o dos, tres, en un condominio adecuado geográficamente, confortable, con sobrado parqueo, y Amalia dándome su amor como la entrega inmediata de una pizza que llega caliente, con gustosa masa, de muy buen sabor, y yo deseoso de comérmela. El lunes es otra cosa, se impone una pericia que no soporto.

La paloma se posa encima del capó del Chrysler y continúa registrándome con sus pequeños ojitos a través del parabrisas. Se queda prácticamente congelada la muy paloma, un ademán extravagante entre las aves. Escucho un borbollón que presumo es verbo de heraldo plumado, lenguaje que recuso, no procuro mensajes a mi suerte. Quisiera un paquetico de galleticas Ritz: alimento a la paloma y me corto las venas sin daño aparente. Abro la guantera, saco un disco al azar. Una canción me ofrece consejos sentimentales: “si la soledad te enferma el alma...”.

Pura jalea melancólica que no sospecho aumentativa en ese segundo. Sin embargo, en todo caso figura la exploración para un escarmiento mayor. La vida se encarga de reiterar la piedra. En alguna parte está escrito que lo malo no es insistir, lo terrible es encariñarse con el aerolito. Repaso por segunda vez la guantera. Preciso de otro disco más al norte, así lo determina mi preferencia anglosajona; tal vez una escalera al cielo; quizás polvo en el viento; a lo mejor el llanto de una guitarra ¿La paloma…?

Organizarse es un evento al que he temido siempre, y si bien la disgregación lacera, la herida estimula. En todo caso el empeño se somete a figurar mejor las cosas. El hecho de reinventar mi existencia me violenta; igual no se deja de amar a una mujer de un día para otro. Claro, a no ser que suceda con otra el nuevo encontronazo y Amalia quede como un triste recuerdo, que no lo es. Amalia, que aún sin estar, siempre será Amalia y un pedazo importante de mi diviso pecho le pertenece. Por lo demás, se impone el off ¡¿A dónde fue la paloma?! Kendall es una municipalidad enorme en medio de una ciudad como Miami: mimética, chata, sobrada de semáforos, dudosa incluso para la acrobacia de una sisella nívea.

Bone, my name is Bone, y la supuesta morriña se contrae súbitamente. Una muchacha de abundante peróxido ha parqueado a mi lado. La corta falda, su blusa por encima del ombligo, es el mejor de los pretextos para hincarla con los ojos. Su libertino tuétano al arrimo de unas caderas considerables, tocadas por una discreta escoliosis que subrayan la estrechez de una cintura agraciada, envuelta asimismo por una piel sumamente blanca, garantiza la regeneración de mis fragmentos. Le siguen un par de piernas largas, torneadas. Confirmo que no hay mejor antídoto para la congoja que una flaca rubia. El punto radica en tropezarse con la gata precisa, de poco peso corporal; mejor si como gravamen que la maldice está el sortilegio de una ligera desviación en su columna vertebral, detalle que se me antoja como un todo que la distingue sensualmente, que igual no es nada. Una felina sin grasa, que maúlle en cada aspaviento; que porfíe su huella a pesar de que descubras inmediatamente, es un corolario de estafas; en todo caso un arañazo fuerte. 

El Ave Fénix habita en el rabo de un lagarto. Últimamente este es mi verso favorito enhebrado en un poemario que vengo escribiendo. Más infame aún, un clavo saca a otro, y si no, al menos afloja al anterior. Lo que no deduzco, es que en ocasiones quedan los dos empotrados por algún tiempo; nos olvidamos de leer las letricas pequeñas donde invitan las formalidades y resulta que la nueva punta se ajusta profundamente en una aparente simbiosis con la primera, hasta que una se disuelve; persevera a la sazón la más incómoda, y en caso que sea la segunda quien remache su cresta y luego el resto, estás plus jodido. El trance de redimirme es complicado, mas no es una tarea imposible. Lo que contraría es que te reveles desprevenido sin considerar las señales, que sobraron. Se impone entonces una certeza más popular que Hotel California en cualquier emisora de radio. Va desarropándose la convicción en forma de un apartamento, aun cuando el bajo perfil de un retiro, que constituye la renta a buen precio, se muestre difuso.

Tiro el vaso, el tabaco, cierro los cristales y protesto mentalmente por el tufo. Amalia lleva razón, todas tienen razón, el mal olor es irresistible. Por más atomizadores que use no hay quien esté dentro del Chrysler. Me marcho.
Por el retrovisor veo a la flaca retornando a su auto. A punto estoy de frenar, bajarme, preguntarle su nombre, la hora, el día que corre, conversar cualquier cosa. Fue cuando se me ocurrió llamar a Delio. Quién mejor que  él, un tipo que conoce prácticamente a todos en Miami.
Delio me explica muy solemne:

Una célibe sensitiva y excéntrica, con la que un ecobio nuestro tiene una relación especial, en el edificio donde vive hay un apartamento vacío y completa su discurso como si renunciara a su oficio de fotógrafo y fuese esta vez un realtor. Es un espacio antiguo, con historia, en Coral Gables, ciudad bonita y mediterránea, romántica, cerca de todo; de El Versailles, que tanto te gusta. Te llamo en unos quince minutos para darte el número de teléfono del dueño.


 Foto Denis Fortun/Fernandina de Jagua
© Denis Fortun