miércoles, 16 de diciembre de 2015

Mendoza 324 (II)









La tarde que visité por primera vez el apartamento 7 de 324 Mendoza Avenue descubro que el lugar mágico del que me hablaba Delio, y que en apariencia luce una construcción solida, por dentro se muestra como lo que es: un predio a punto de caerse, repleto de humedad, con una alfombra verde en los pasillos y las escaleras en la que habitan una sucesión de arácnidos de microscópico tamaño y de respiración traqueal o cutánea, muchos de los cuales son parásitos de plantas u otros animales que terminan habitando lo mismo en el culo de una vaca arrinconada en un villorrio desconocido de Rwanda. Una descripción que nada aporta, que gusto de recrear para un espacio con una hediondez indescifrable, que me rememoraba ese olor áspero que distingue a los destartalados edificios de la Habana Vieja, mucho más nauseabundo que “el aroma” de mi tabaco, o que el culo de la susodicha vaca de Rwanda. Vigas contrayéndose, donde los ruidos más increíbles se amplifican de madrugada. Un inmueble poseído por espíritus, güijes, fuerzas sutiles. Y las cucarachas, el comején, sobre todo en abril (el mes cruel) habitando como si se tratase de una estancia para animales dóciles de los que no puedes deshacerte, tutelados además por la sociedad protectora de plagas y por el dueño mismo.

Sin mencionar otros sonidos de correr la cortina, nada que ver con asuntos extrasensoriales o de estructuras y alimañas. Vecinos super hot, sin que atañen preferencias sexuales. Gente desprejuiciada, joven y no tanto, que escandalizan como si se sintiesen en la obligación de hacerle saber al resto de los inquilinos que sus vidas sexuales son maravillosas, desinhibidas, en lo que ponen la música alta, urbana según ellos, juegan playstation  y fuman una hierba maloliente en el patio que aseguran es cannabis y resulta se trata de un producto de naturaleza crippy weed que según mis vecinos YUCA es una high quality marijuana  y para mí representa un químico peligroso sumado a las restantes hediondeces del edificio, que hiede a gas, que no da risa, que no da nada, como no sea sentirte en una cámara de ventilación y volverte un comemierda. Sin embargo, no tengo opciones, y lo mismo no me importa, incluso una que otra bocanada he compartido, y son gente en su mayoría jóvenes, divertidos, de buena onda cada uno, tolerantes. Es Coral Gables asimismo, sitio para montarme una suerte de atalaya, como asegura Añel que me he inventado.


© Denis Fortun