domingo, 20 de diciembre de 2015

Mendoza 324 (III)






Un camión de U-Haul. Unos pocos muebles. Un colchón de muelles y una cama Queen que se  asemeja más a la Kon-tiki que a un tálamo hecho para el reposo y otros placeres. Cajas repletas de libros y dos sendos libreros. Unos cuantos platos, copas, vasos, dos calderos y un sartén. “El Gallego”, un buen amigo que me ayuda a cargar los trastos más pesados. Amalia solidaria, al punto que se ha traído a su amiga uruguaya y entre las dos limpian el apartamento; incluso, hay momentos que se comporta amorosa y pienso me va a pedir, recógelo todo y regresa conmigo. Por fin se marchan y quedo “desamparado”. Llega el minuto en que voy a encuadrarme en mi nuevo environment. No tengo opción tampoco, luego entonces, no me queda otra que moving forward.  Me percato que he olvidado una caja de libros a la entrada del edificio.

La sorpresa: Ela conversando justo en la puerta de la vecina de abajo, la chica sensible y excéntrica, la que pinta y nadie me lo dijo. De nuevo la risa, el temperamento, los ojos “chinos”. Ela pregunta asombrada qué hago aquí. La vecina explica muy ceremoniosamente:
--Es un escritor que recién se ha mudado y se queja de haber dejado atrás a una paloma. Amigo de un buen amigo mío. Tú sabes…--. Y no tengo la más puta idea de cómo se ha enterado de mi paloma y de mis problemas.

Ela se siente dueña de un apartamento en el que todavía no he dormido por primera vez ni la siesta. Sumamente excitada señala el lugar en la pared, lo marca con un lápiz, y me permite que martille el clavo, o el tornillo, lo que sea, con tal de que finalmente se cuelguen las fotos. Ela marca y empina su culito, y no se mueve, sólo ríe. Me asegura que la decoración es asunto de ella. Yo, bien pegado a su espalda, igual le hinco sus nalguitas, apetecibles en ese instante, y obedezco, y guindo las fotos que Delio me ha prestado. En una casa una pared vacía es un parapeto abstracto. Una pared sin pinturas, fotos, incluso adornos, es un muro gregario que para mi grita por no ser común y de no recuperarse, en el mejor de los casos, se enferma de grafitis. Nadie puede establecerse en un lugar así, tan plano.

En lo que Ela y yo ataviamos el apartamento, además de clavar, de vez en cuando la beso suavemente en la nuca. Han sido suficientes los cuellos y los besos, que me sobra la certeza del nervio que trae consigo reposar mi boca con ingenio, soplar casi, en ese lugar específico. Cuando Ela ya no aguanta el juego y se muestra deseosa me aparto. Le platico sobre innumerables ideas que me asisten para poner bonita mi nueva morada. Ela no soporta y me empuja encima del sofá viejo que recién me regalaron, un mueble al que he de rendirle culto alguna vez por los buenos momentos que tuve encima de su gastada piel. Le abro entonces el zipper de su desteñido jean y comienza el juego de “explorar los bordes”. Parecerá raro, morboso, sin embargo, en lo que la masturbo recuerdo la primera vez que coincidimos.


Aquella noche mientras Ela no para de hablar la imagino en mi cama. Apenas si escucho cuando se queja de lo cansada que está de tanta mierda en su trabajo y de los jefes pendejos. En realidad la veo como un compás en Split. Su naturaleza me hizo suponer que sería una buena experiencia: fuma apresuradamente; bebe su vaso plástico desechable de vino barato con sensualidad, cual si se tratara de una fina copa y excelentes uvas. Compartimos vicios, se avecina una bienhechora complicidad que para nada será eterna, lo más tres o cuatro meses. Sé que Ela no carga con el manojo de prohibiciones que me ha dejado a Amalia; y no puede, para eso está su marido, casi siempre ausente. Tabúes que se reiteran con Carla: demasiadas reglas que honestamente quiero cumplir por amor a todas, y que no alcanzo ni medianamente a ejecutar. El desacierto, la intemperancia, es una suerte de hechizo que me castiga. No existe hada o bruja que alcance a romperlo, ni siquiera la paloma. Ela se mueve de un lado a otro como si estuviera poseída por no sé qué fármaco o hierba. Su sonrisa es hermosa cuando los ojos se le ponen “chinos”. En fin, una escuálida ninfa que me gustaría poseer. Pero permito se escape. Quedamos en vernos otro día. Una fecha que no nos interesa a ninguno de los dos especificar en ese segundo. No estoy listo, así de simple. Al mismo tiempo, para qué correr detrás de alguien que el universo sabe dónde va a encontrarme. Ela sube al carro y observo cómo se aleja para ir al cumpleaños de un amigo músico, o cantante, no recuerdo bien, a celebrarse en algún antro de la Calle Ocho. Queda en manos de la providencia el dulce encontronazo. Por lo demás, esa noche el ramalazo no se cura aún. Amalia todavía continúa siendo una punzada que lo mismo me clava hasta joder. En el Chrysler escucho un disco de Enma Shaplin en lo que regreso a un hogar que he de abandonar pronto; lo siento por la paloma. El rencuentro con Ela lo asumí como un suceso que habría de concretarse, no imaginaba cuándo. El acto se ofrece a escasos minutos de haberme mudado a Mendoza 324. El albur hizo lo suyo, yo pongo el resto.





© Denis Fortun