martes, 22 de diciembre de 2015

Mendoza 324 (V)




La vecina de al lado ronca de manera que asusta, y cuando más ruidosa se comporta detiene su concierto como si lo hiciera a exprofeso, como si no respirase. Luego termina recuperándose y brama al punto que consigue despertarme, a mí, que ronco lo mismo que un tren de patio cuando gritan all aboard. Puede que sea su venganza, una suerte de “ronquido contra ronquido”.

La vecina ronca, lo he dicho, pero antes de dormirse casi todas las noches gime, balbucea una que otra mala palabra, y termina chillando. Por la mañana, las veces que nos hemos tropezado en la escalera, me saluda con excedida cortesía y conversamos únicamente sobre el tiempo. Apenas si la interrumpo, me gusta escucharla, tiene una voz muy dulce, una dicción envidiable y unos modales refinadísimos; mantiene su imaginario collar de perlas con sobrada dignidad. Nada comparable cuando practica su performance. Supongo igual que a ambos no nos importa el hecho de que compartimos una vieja y delgada pared. 

La vecina aparenta unos cincuenta años y no cabe duda que tuvo una hermosa pubertad a pesar de que hay días, creo que se ha propuesto olvidarlo por lo desencajada y mal vestida que la veo. Sin embargo, en medio de su descuido muestra una figura envidiable, un cuerpo apetitoso y un garbo de revista.

Al principio me excitaba cuando la sentía hipando de placer, porque no tengo dudas que la vecina antes de roncar se masturba, y claro que me inventaba mis fantasías con ella. Especulaba incluso que algún tipo le daba justo donde le gusta a ella; a lo mejor el dueño del edificio lo hace en lo que le toma fotos bien calientes. Después supe por el vecino de los bajo que era soltera y que no soportaba amancebarse bajo un mismo techo con un hombre.

Hace una semana vi a la vecina de al lado con un pequeño látigo en sus manos, en lo que camina semidesnuda por el feo patio del edificio y habla por teléfono muy excitada, quiero decir, cabrona. Confieso que me fui de la ventana y no seguí rascabuchándola, me dio pena su estado de ánimo. 

La vecina hace un par de noches finalmente llegó a asustarme. En estos días de deleznable invierno escandaliza más de lo acostumbrado y el tiempo de sus azotes se extiende más de lo habitual; que la muy loca se auto flagela, y duro. Yo, en cambio, intento “escribir en alta voz”  en lo que se da sus latigazos y clama desconsoladamente, para que sepa en mi apartamento se goza del mismo modo, aún cuando estoy solo.
 
© Denis Fortun