miércoles, 20 de enero de 2016

Mendoza 324 (VI)





Lo hacía  de manera increíble, a tal punto, que bien pudo abrir una academia para enseñar a muchachas neófitas. Que las hay sin gracia, no tienen la pericia apropiada, y terminan rasguñando a uno, incluso hasta mordiendo, y nada aporta una disculpa. Ella era una suerte de alma elevada en la cama, poseída en ese instante, que me desequilibraba para bien, y lo sabía.

Aquella tarde de domingo fue de las mejores. Relamía Karla con sobrada destreza, como diosa, si es que las diosas practican la felación con el estilo de Karla. En fin, no sé cómo reseñar este momento. Minutos así se viven  y no vale la pena describirlos. Por mucha referencia que se ofrezca y pasión que se le ponga, se queda muy por debajo. Y lo peor, a quien le cuentas, no calcula en su exactitud el disfrute. 

Karla, ya dije, lo hacía con esa naturaleza felina que le pone a todo, a su lengua en este caso, la que a veces usa para discutir cosas que no querría escucharle, y yo no atinaba a nada como no fuera gemir suave, dando resoplidos de goce, lo que la excita, murmurándole asimismo las fantasías más calientes que se me ocurrían. Hubo un par de veces, reconozco sin mucha convicción de mi parte pues no pretendía renunciar al placer que me daba, le pedí penetrarla como le gusta realmente, de espalda. Pero se negó haciendo una pequeña pausa y susurrado me respondió que únicamente con su boca me iba a llevar al cielo, y remató su corto parlamento escupiéndome encima.

Miraba a Karla a intervalos como se daba gusto y me lo proporcionaba. Repaso ahora cada gesto, cada movimiento de su cabeza. A punto de empaparle su boca, sus senos, los que gusta restregarse cuando se embarra toda, cerré mis ojos y eyaculé con la fuerza y volumen de un muchacho en pleno uso y abuso de su adolescencia.

Lo que no imaginé jamás fue lo que vino inmediatamente de yo alcanzar el espasmo más placentero de los muchos que ha sabido darme. Al abrir mis ojos, con una expresión de felicidad como pocas he tenido retratada en mi semblante, descubrí una sorpresa que rayaba en el susto. El semen que le chorreaba a Karla por sus senos y la comisura de sus labios era de color azul y con una viscosidad muy diferente a la normal, incluso hasta con cierto brillo.


© D F