lunes, 25 de enero de 2016

Mendoza 324 (VII)




Rentamos una película y compramos una botella de vino, un pedazo de queso manchego. Ya en Mendoza nos fuimos a la cama, no desnudamos para verla, y como casi todos los domingos que no estábamos al amparo de la discordia, apenas si pasamos de la primera parte.

Empecé a besar sus pequeños senos con sobrada delicadeza, en lo que ella aparentaba prestar atención a la película. Con suavidad le abrí sus piernas y le ofrecí mi lengua donde más se desajusta. Por supuesto, Karla tenía sus reservas y puso reparos, por suerte nada radicales. Sin embargo, temía que se repitiera el asunto de los colores y se comportó un tanto mentecata. La convencí que todo saldría bien y finalmente puse pausa al video y comenzamos a amarnos.

Pero la curiosidad resultó más intensa que sus deseos, y me pidió le permitiera masturbarme. Deseaba ver mi semen, me dijo. Yo no puse objeción y consentí su extravagancia.

Ahora el color fue de un amarillo intenso, como canario libre, y digo libre porque no me gusta nada enjaulado; que un canario es del mismo aspecto sea entre rejas o volando. Karla se asustó de nuevo, como es lógico, y observaba mi esperma, lo tocaba incluso, lo probó además, todo como quien pretende descubrir la naturaleza del evento. 

Karla, más sedada, investigaba la causa y todo apuntaba a que saboreaba la consecuencia.

© D F