lunes, 25 de enero de 2016

Mendoza 324 (VIII)




El vecino de los bajos el miércoles cumplió año y el viernes su mujer se proponía hacerle una fiesta. El jueves la esposa del vecino tocó a mi puerta con un ojo amoratado. No lo tenía así por la tarde, cuando me pidió de favor que le guardara una fuente repleta de ceviche.

Ella asegura que su marido la abofeteado porque la vio salir de mi apartamento. El tipo piensa que su mujer se está acostando conmigo. Sin embargo, en medio de una situación tan desagradable, me río al ver cómo Ela y Carmen salen disparadas a esconderse en el cuarto, sin percatarse de la bulla que hacen en el piso de madera. Es jueves de relajación.

Intento calmar a la mujer del vecino evitando que pase. Ella por el contrario me empuja, entra, y se sienta en el sofá no sin antes mirarlo todo, y grita la muy loca que va a llamar a la policía de Coral Gables. En ese minuto asumo que el edificio entero ha de saber la historia. Por fin la despido con el compromiso de que iré a hablar con su marido. Ela y Carmen regresan. Ela me aconseja, no es “aconsejable” conversar con un tipo que está muy molesto, menos cuando asume que su mujer le ha pegado los tarros conmigo, cosa que ella no duda haya ocurrido. Y añade que el hombre ahora me ve cual enemigo irreconciliable. Carmen únicamente ríe y llena su pequeña pipa. Ni siquiera en un cuento me imagino con la mujer del vecino de los bajos. No porque sea una mujer desagradable. Si no, porque el vecino es buena persona  y ella es seductoramente insoportable con él. 

Bajo de una vez a platicar con el vecino. Antes de irme, de nuevo Ela me pide sea precavido y remata con un “nunca se sabe” harto dramático y "un no te demores que nos vamos". Carmen continúa apegada a su silencio, a su pipa, y regresa al cuarto.

El sujeto está lo suficiente iracundo como para querer parlamentar, sin embargo no pone objeciones a que me pare en la puerta. Pretendo explicarle que, cuando él vio salir a su querida esposa de mi apartamento, fue precisamente por sus ganas de darle una sorpresa en su cumpleaños, que venía preparando además desde hacía una semana, según me comentó cuando me vio por la tarde. Me atrevo incluso a aseverarle que su mujer lo ama, que la prueba es el party surprise, o viceversa, una señal irrefutable de ese amor. Que el misterio con el ceviche se reducía al temor de ella porque él se lo comiese antes de que llegaran los invitados. Y en eso debía darle la razón a su esposa, agregué muy solemne. Que yo sabía, él era un tipo con un apetito exacerbado.

El vecino no entiende, no habla. Su mujer desde el cuarto me grita que no le ha dicho toda la verdad de su visita a mi humilde y placentero “hogar”, y esto la muy cabrona lo subraya con la evidente intención de molestar a su marido. El vecino sigue a merced de sus angustias. Le pido amablemente conversar otro día, cuando se calme, y complemento mi conciliador parlamento anunciándole que le voy a traer de vuelta el ceviche, y me importa un carajo si se lo come antes de la fiesta, durante, al otro día, o si lo envía a Lima por DHL para un análisis de PH.

Por fin le devuelvo al vecino la fuente con el susodicho ceviche y reboto escaleras arriba pensando que es una buena historia para garabatear. Le comento a Ela y a Carmen la idea. Las dos salen disparadas de nuevo para el cuarto, con el mismo escándalo, cuando oyen que tocan por segunda vez a la puerta.

Ahora es el vecino. Trae consigo un plato con un poco de ceviche y una botella de vino. Quiere pedirme disculpas. Contar lo que pasó efectivamente. Sonrío con discreción al invitarlo a sentarse. Ela ha dejado el ajustador sobre el sofá y el vecino se sienta justo encima.

El vecino de los bajos por suerte no me roba mucho tiempo y se ha marchado mas sereno. Me deja la botella y el ceviche. Al despedirse me abraza efusivamente y ruega casi que no deje de ir a la fiesta que de todas formas dará mañana por su cumpleaños. Me expresa también, y muy pomposamente, que mis amigas lo disculpen y que lo mismo ellas están invitadas, en lo que saca debajo de sus nalgas el ajustador de Ela y lo ubica justo al lado de la pipa de Carmen.  Le prometo que “allí estaremos” y le agradezco el gesto. 

© D F