lunes, 1 de febrero de 2016

Mendoza 324 (IX)


Estuve a punto de no ir. Quedarme en Mendoza leyendo Cuarta Persona parecía el mejor de los proyectos para una noche de jueves. Claro, una botella de vino tinto, con media caneca de vodka, no hay que exagerar; los poemas en cuestión hay que disparárselos en la frecuencia que han sido escritos, si es que la consigo adivinar. Bueno, quizás recargo la imagen, que la depresión no era tan desesperada y lo mismo me beneficiaban un par de películas; just back up contra el tedio.

Pero no, Ela insiste por aquello de que estoy muy solo; también por un poco de remordimiento al no conseguir zafarse de su marido, y pide disculpas por no acompañarme. Aguijonea para que escape. Por supuesto, de buena fe según ella, a pesar de concluir con sus reservas evidentes, muy de su naturaleza, y antes de colgar porque viene su marido me exija muy acaramelada pórtate bien. Nunca se sabe conmigo, redunda y corta. Muy loable su compasión. Mejor dicho, muy oportuna.

Mis sospechas se confirmaron, que las tuve desde mucho antes de salir. La tertulia resultó una mierda. Creo que el vecino de enfrente lleva razón: su proyecto es bueno. Y me dije a los quince minutos de estar en Books and Books: what the fuck I’m doing here?

Resumiendo, la lectura ha sido horrible. A penas si uno o dos salvaron la honra del resto de los poetas presentes, demasiados además. Y lo peor no fue la presentadora, que se regocijaba enumerando los sobrados meritos culturales de cada uno: el currículo, la hoja de ruta, como lo nombraba a la usanza nicaragüense; los versos, en su mayoría se redujeron a un puñado de representaciones burlescas, fatales.

Desde luego, consideré la idea de escaparme. Aún estaba a tiempo para una película al menos, el vino, o el vodka, ambos; el libro lo dejo para cuando me deprima lo suficiente. Pero quien me conoce bien sabe que soy capaz de colgarme al pescuezo de cualquier pretexto con tal de no acostarme temprano. Hablo de un empeño por mantenerme despierto hasta tarde, que en más de una ocasión me ha puesto en situaciones límites.

Aguanté de manera estoica hasta que presentaron al “trovador”. El tipo, poseído por un ángel que imagino le sirve de guarda a Julio Iglesias y que antes fue de alguno de los Kennedy, toma su guitarra y dispara una gelatina musical desabrida no, mejor diría desábrida, toda esdrújula la palabrita, de tan acentuado, tan horrible todo en medio de una gestualidad epiléptica y un histrionismo ¿surrealista…? Lo peor, más que  yo y el resto del público presente, quien sufrió fue la guitarra. Saliendo del salón me la tropiezo.

Te conozcole afirmé. No sé de dóndeconcluí lleno de dudas.
Ella sonríe, me dice su nombre. Y sí, sabe el lugar. Lo que no entiende el motivo de por qué no hemos coincidido antes.

Nos sentamos en el patio, la invito a una copa de vino y prefiere un té. Fiel a Baco apuesto por un tinto y pienso en la botella que guardo en Mendoza. Hablamos hasta que rompe un aguacero fuerte. Todos corren. Por fin, en el parqueo de enfrente a la librería, en el tercer piso, empapaditos bajo techo y  recostados a mi Chrysler, engorda el primer beso. Su boquita me gusta, sus senos pequeños...

Ela no puede sentirse traicionada. Mientras no restregamos el uno con el otro en Mendoza; mientras Carmen se monta encima de mi pierna, frotando repetidas veces su tajo sobre mi muslo; en lo que mete su dedo del medio en mi axila y aprieta mi brazo derecho, intentando conseguir la fantasía de que masturba a una hendija poblada, húmeda, Ela está presente.

Carmen concluye que quiere a Ela conmigo, y sola si se lo permito. Le respondo que no guardo celos en estos casos, y cual abejón rey le susurro en el oído lo que se me ocurre le vamos a hacer a Ela, cuando estemos los tres. Por supuesto, le pregunto también qué piensa ella al figurarse que la tiene para si únicamente. Carmen se complace contándome.



 © D F