martes, 4 de diciembre de 2012

Espada y Hacha



En el apartamento donde crecí en Nuevo Vedado, muy próximo a los cuartos, existía una especie closet que no mostraba puerta alguna. Se trataba de una abertura, de unos ochenta centímetros de ancho y unos ocho pies de altura, que no era visible desde la sala. Un espacio que sugería una utilidad poco común, como no fuese la de guardar un secreto por lo disimulado de su posición, y que cada vecino le daba el uso que mejor consideraba.

En mi casa, debido a la cantidad de libros y revistas, se colocaron varios entrepaños y el susodicho espacio se convirtió inicialmente en un librero, con una funcionalidad anexa: en el piso se guardaban zapatos. Una parrilla de madera hacia las veces de base para dejar el calzado, sobre todo el mío, que regresaba diariamente sucio, lleno de fango, debido a la construcción de los nuevos y feos edificios de doce plantas que proliferaron como una virosis alrededor de Los Pastoritas. Luego, al medio una cantidad enorme de libros que hoy agradezco haber conocido en mi primera infancia, que después me acompañaron hasta mi juventud. Y por último, en la cima de este paréntesis de concreto, pegado casi al techo -como quien busca estar así más cerca del cielo-, finalmente se coronaba el espacio sagrado de la casa: un altar a Santa Bárbara.

Una imagen de yeso de la venerada Santa; una vela que se le encendía en reiteradas ocasiones; una linda copa roja perpetuamente llena de agua, fueron los primeros atisbos de cierta clandestinidad y desobediencia civil en una sociedad supuestamente materialista y atea; o mejor, la primera y gran confabulación que establecí con mi abuela.

Ella, mi abuela, me decía que le pidiera cosas buenas para nosotros, cuando yo observaba a la Virgen no sin cierto temor. Que le mostrara respeto, amor, pero que no podía comentarlo con ninguno de mis amigos.

Por supuesto, para un niño pequeño aquello resultaba fascinante. El misterio de que una mujer poderosa y bella estaba junto a Dios, protegiéndome, me daba la seguridad que nada malo pasaría. Por otro lado, la responsabilidad de guardar aquel secreto, que me invitaba asimismo a que abriese una cortina que funcionaba como puerta, más para evitar miradas indiscretas que por seguridad, y pedir por las más increíbles cosas que pretrende un niño, representaba igual un peso enorme.

Recuerdo que sentía como La Santa me miraba desde la altura que ocupaba, que en ese entonces se me antojaba inmensa, en lo que rogaba por cosas buenas para mí y mi familia, como me había enseñado mi abuela.

Y así fui creciendo, repleto lo mismo de complicidades con la hermosa virgen, intentanto guardar el secreto -decir que tenía una Santa que me cuidaba no era lo suficiente revolucionario, incluso resultaba peligroso-; asumiéndola como un miembro más de la familia; disfrutando como mi abuela conversaba con ella todos los días muy dulcemente; y otros en los que le peleaba reclamándole algo, eso sí, siempre con sumisión, y por supuesto, con su velita encendida.

Sin embargo, una vez, y no recuerdo hoy porque razón, le confesé muy orgulloso a un amigo del barrio -negrito para más señas-, que yo gozaba de la protección de una Santa con una espada de nombre Bárbara.

Su respuesta para mí fue una enorme ventana por la que descubrí la mágica dualidad que nos asiste como nación, y para bien. En su apartamento, en el mismo sitio, a él lo protegía un negro con un hacha que se llamaba Changó.

Hoy 4 de diciembre, ya sea Espada o Hacha -no importa si en La Habana o Miami-, el día le pertenece a ellos. Y mientras escribo estas líneas contemplo con regocijo, encima del librero, como la llama de una vela roja brilla...





Post que escribiese para FJ en diciembre del 2009
Hoy igual la vela está encendida...