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martes, 19 de junio de 2018

"324 Mendoza": la presentación...


El pasado viernes 15 de junio, en la tertulia que conduce Luis de La Paz, tuve el privilegio de que "324 Mendoza" fuese presentada por Luis Felipe Rojas: poeta, cronista, escritor, un buen amigo... 


Los ardores ocultos de una novela

por Luis F. Rojas


Denis Fortún ha pisado los territorios movedizos de la auto ficción, un género que se ha convertido en “paria”, en medio de las reglas convencionales de la novela. Con “324 Mendoza” (CAAW Ediciones, Col Erotika, 2018) volvemos a gozar del voyeur que fue y es un escritor a todas. Mirar, clasificar y narrar. No hay más fórmula que compartir las ganancias de la experiencia con quienes esperan exactamente eso de nosotros; el resultado de una visión y olfato aguzados.

Bruno, así de simple, vivido, vívido y viviendo, en un edificio de nombre argentino con número cabalístico de interrupciones 3-2-4, es un ascendente de aquel Bruno de Ernesto Sábato que, en “Sobre héroes y tumbas”, era el hilo conductor para llevarnos a Martín, Alejandra, Georgina y Fernando. El Bruno reinventado de Denis Fortún tiene más de tipo cansino, que se va a reinventar desde la propia mirada cuando se activen todos los sentidos del placer.

La novela va en este ritmo -sin ánimos de reseñar ni contar finales felices ni las trampas pueriles de las sinopsis obligatorias-: te mudas y descubres que el mundo se abre a tus pies, pero para dejarte pasar. Un par de chicas poliamorosas, una mujer insaciable, un par de vecinos peleones e inseguros cuya frustración los lleva a exponer el mayor espectáculo de decadencia posible en las más absurdas discusiones públicas. En lo adelante, en un intento de reseña, uno puede tirar del índice y elegir, a saber:
        

¿La vecina de al lado o El vecino de los bajos y su amantísima consorte?
La pelotera –ojo, nada de bolas ni strikes.
¿El vecino de enfrente o La mujer del vecino de los bajos?
A mí me encantaría quedarme en la tarde de La primera pasta,
 pero en los remates de la novela el autor nos guarda una Breve historia para un desahucio.




A esta novela le faltan varias cosas para que sea una novela formal y sin riesgos. No es de ritmo ascendente, cuando terminas un capítulo no tienes esas ganas irrefrenables de seguir leyendo. Lo podrán comprobar ustedes mismos, cuando lean “I believe, I can fly” se habrán leído toda la novela y lastimosamente en el capítulo siguiente hay más, para suerte de todos. Y es que creo que Fortún ha creado su propia Torre de Babel para el sexo, los miedos, el amor, la desesperanza, la frustración y las miserias humanas. Los temas universales del Teatro y el Arte le sirven al autor para recrear un mundo donde el odio o el miedo son lenguas universales que se pueden practicar en cualquier sitio.

El escritor Armando de Armas apunto en el prólogo: “Fortún ha escrito una novela sin pretensiones, pero que se deja leer con el morbo de quien asiste al espectáculo de la intimidad de los otros desde atrás de un telescopio y con impunidad total, voyerismo literario que ancla en linajes tan nobles como el engendrado por James Joyce en el Ulises”.
No falta aquí el humor –recordemos que estamos ante una pieza de auto ficción y Denis va a ser siempre Denis. Las actuales tendencias crítico-literarias debaten ahora mismo si es lícita la transparencia entre autor y personaje, so pena de llegar al puro narcicismo, y es el riesgo corrido en este caso, y del que nuestro autor sale bastante ileso, muchísimo.

Para un súper star como Javier Cercas, la resolución fue lanzarse a la piscina y dejar que autor y personaje convivieran sin más drama que el de contar cómo esa parte de la escritura que nos lleva a la historia del libro por dentro, escribir es allanar un camino y ese es el riesgo, el otro mérito en Mendoza, hay un escritor que ha desguazado su propia manigua escribiendo, sin amagos ni alardes, y es una de las cosas que se agradecen hoy en la literatura escrita en español.

Vayamos al capítulo La pelotera (que para los no cubanos, aclaremos se trata de una reyerta, una polvareda formada por gaznatones o improperios, no tienen que ser ambos a la vez): El vecino de los bajos ha armado la de Samuel Becket porque su vecino argentino –mordaz y escurridizo, le ha dicho puta a su mujer de aquel, pero se lo ha dicho en lengua romance prácticamente, de modo que lo puso a buscar en Google el improperio, escuchemos:

Nueve y tanto de la noche, el escándalo es antológico, como si fuera mediodía, no para que suceda a esa hora. Mi vecino, el de los bajos, discute con el señor argentino y le exige explicaciones sobre qué quiso decirle a su mujer con eso de galápago –puta es lo de menos–, y, además, está lo de Bibendum, la mascota de las gomas Michelin, que lo puso a googlear para enterarse de quién se trataba.
“El vecino de los bajos se envalentona. Sube al apartamento del matrimonio austral y golpea la puerta, provocando. Ahora los insultos se dirigen como dardos a la señora. Le grita al viejo que su mujer sí fue realmente una puta nacida en los arrabales de Buenos Aires, en la época de Gardel. El vecino desconoce la genealogía de la señora, que procede de una vetusta familia portuguesa, finísima, llegando su fundador tatarabuelo a Tierra del Fuego con Fernando de Magallanes.
—Esa mierda de galápago y Bibendum —prosigue gritando el vecino de los bajos— que le has dicho a mi mujer, pues será la tuya. ¡Puta de suburbios, de Caminitos! —Y añade con las venas del cuello a punto de reventarse—: La muñeco es ella, que hubo de haber hecho tortilla con Mirtha Legrand, Libertad Lamarque, incluso, con la vieja esa, la de la Plaza de Mayo, que ahora no me acuerdo como se llama.
Deduzco, por la descripción de la última tortillera, que el vecino de los bajos se refiere a Hebe de Bonafini. Recuerdo la lista de argentinos hijos de puta que hablábamos el vecino y yo días antes, y ahí no aguanto, me río a carcajadas sin temor a que me escuchen. Abro entonces la puerta para asistir en asiento de palco a la increíble comedia. Cuando más entusiasmado está el vecino insultado al matrimonio, la vecina de al lado se envuelve en la pelotera. La mujer ha salido de su apartamento sosteniendo su látigo, indicando, de manera firme, que si no se comportan todos de forma civilizada –excepto la señora, que no se ha oído una palabra de su boca, subraya con orgullo–, pues va a llamar a la policía.
El vecino de los bajos, ahora con mucha humildad, intenta contarle a la vecina el porqué de la bronca. Ella expresa muy enfática que le incumbe un carajo la vida de cada cual. Si en el edificio todo el mundo anda desnudo, si es puta, maricón, o si gustan de raspar almeja con almeja, eso es problema de cada uno. Ya no aguanta más el griterío y va a hacer cualquier cosa con tal de callarlos. Al oír esto último, imagino a la vecina de al lado con el látigo, a punto de golpear al vecino de los bajos, y a su mujer, que no para de berrear desde la puerta de su apartamento. Me asiste la certeza que pronto comenzaré a escribir una historia sobre este edificio cuasi mágico. Pobre señora de naturaleza austral ¿Pensará ella que está viviendo en el trópico? ¡Claro que puede imaginarlo! ¡Es Miami!
Por fin se calla el vecino de los bajos, y lo agradezco. Su rival, apenas escuchó a la vecina de al lado, no dijo una palabra más, es un sujeto decente que hubo de defenderse. El vecino finalmente obedece a la vecina, y a su mujer, que le grita con un tono agudo de mesosoprano, que pretende ser dulce: «Papito, baja ya. Deja a esa chusma».
Son las diez de la noche, el escándalo ha durado un noticiero, y reitero, no es hora para alharacas, al menos en Coral Gables.


Orgías no hay aquí, si acaso un trío sexual donde los deseos nunca van a ir más allá de lo que ocurre en la vida real, pero los caminos torcidos de la ficción siempre serán más expandibles y como en la novela La Celosía, de Alain Robbe Grillet, nunca llegaremos a ver en toda su extensión a este Bruno, marido celoso de Mendoza, que es capaz de describir los detalles más insignificantes de sus vecinos allegados y cuanto ser pase por delante de sus ojos. Jamás un detalle que lo delate como alguien a punto de reír, o ser feliz, porque eso se lo ha gestionado para los otros, los observados, que somos sus propios lectores. ¿Qué importa que se llamen Karla, Amalia, Ela o Carmen? Denis ha reinventado para este espacio novelado los mismos ardores del cuerpo humano. 324 Mendoza es una novela erótica montada al uso de los viejos caleidoscopios, en cada vuelta nuestra retina está obligada a cambiar, es lo que hallaremos el abrir la primera y última páginas. 

“(…) si no hay conflicto se puede escribir el código penal pero no Crimen y castigo”.
Juan José Millas

En 324 Mendoza el conflicto toma cuerpo de manera intermitente, el aire entrecortado de la vigilia de Bruno por los otros es el mismo tirón de cada capítulo. Los espacios conflictuales se abren y cierran en cada capítulo. Si algo se echa en falta en este texto es alguna suciedad que abunda en la literatura norteamericana actual, las costuras de la pelota cuando se va de jonrón, la putrefacción de la vida real. Pero es Denis Fortún, lucido y lúcido, en Coral Gables ¿Qué más le vamos a pedir?
Miami, mayo 30 y 2018.

martes, 12 de diciembre de 2017

El guardián en la batalla. Palabras de presentación en VISTA 2017





 Armando de Armas y Denis Fortun VISTA 2017

por Denis Fortun

Un escritor tiene la obligación primera de radiografiar su tiempo, y hacerlo  con decoro, con veracidad. En el caso nuestro, "los criollos malditos", dispersados por el mundo a merced del descrédito por la única razón de no acatar los mandamientos de una dictadura, entonces es doblemente importante recrear eso que hemos padecido en todos estos años, amén de la ficción. “EL guardián en la batalla”, de Armando de Armas (Editorial Neo Club Press, 2017) es justamente "eso", describe un lapso en la existencia de un hombre que escapa, y desde aquí, "la tierra prometida", la llamada capital del exilio, capital que algunos pretenden desvirtuar como si padecieran una suerte de efecto placebo, descubre que su existencia se puede reducir a eso, escapar. El mundo y su reglas no se le ajustan.

Amadís, como si fuese hijo de pez, bojea, circunvala alrededor del caimán-isla, y finalmente conocedor de sus aguas y sus misterios, lo que redunda en miserias de todo tipo, lo deja atrás para establecerse en la Península, tierra en la que igual va a seguir su jornada porque es un ser inconforme con lo injusto. Hijo también de una libertad que precisa a toda costa, y no la idílica, sino esa que intuye –bajo la égida del absolutismo, y hasta me atrevo a decir que igual en democracia, la libertad es muy difícil experimentarla en su magnificencia si no te mueves por donde marca tu albedrío, y este ejercicio de dignidad carga su precio –, va contando su vida, la crudeza que asume con vergüenza y que antes mencionaba, entre tanto arremete como si de un juarmento se tratara, contra ese mundo sin estratos, chato y feo, que presupone el comunismo. Como dadaísta se porta, se mueve, se levanta, y gozador lo mismo disfruta desacralizar lo que otros de manera servil han pretendido enaltecer, vendiéndonos esa verdad improcedente, esa estafa manipulada por una izquierda indolente, sin valores. Amadis, radiografiando con sorna, porque no hay espacio para el dolor, no se lo permite.

Amadís se enfrenta con las armas que le ofrece la ilegalidad que ha elegido, que no es oveja de manso redil, y como tantos marginados que no comulga con “la epopeya”, Amadís dignifica su bajo mundo, lo defiende, es su espacio autónomo y lo conoce bien, espacio donde el honor tiene su "espacio". Pero Amadís tiene rabia, y esta lo impulsa a atacar a las huestes de los monikongos. Embiste no solo con cinismo, con la burla descarnada. Cualquier manera es válida, y lo mejor, sin el resentimiento que terminaría por consumirlo en la autocompasión, que no es otra forma que la que encarna el dolor, y que por consecuencia representa la derrota.

Es el drama, y un poco la comedia, por qué no, de un personaje que en ocasiones es príncipe, otras truhán, siempre guerrero; curador de su tiempo y de una Isla que sus orillas va terminando en zócalo, erosionándose metafórica y literalmente. Es el drama de aquellos que le rodean, los que estuvieron antes, las que estuvieron, los y las de ahora, cómplices de sus desventuras y alegrías, y de la más simple desobediencia civil que obligó a Amadís a inventarse un derrotero secundario, de zonas hondamente grises, para por fin conseguir la luz lejos de esa Isla pecera. Esta es una novela que relata las alternativas que tiene a mano un sujeto que, más que vigilante, “ellos” consideran debe ser vigilado, y que definitivamente lo ha sido; que se establece en un exilio con reglas complicadas, y como un estigma, en el otro borde del mundo que ahora habita, también terminar vigilado.

Preparando esta reseña leía otra que escribiera Armando Añel a este cuaderno, y confieso que me ha resultado sumamente interesante, y coincido asimismo por la perspectiva en que coloca a “El guardián en la batalla”: el plectro de esta historia –léase estilo más que inspiración–, el retruécano en medio de las imágenes a veces enrevesadas, escatológicas, de una picaresca vista con anterioridad en su obra, de una estructura que llega hasta el uso de la jitanjáfora, hay un recurso constante, indiscutiblemente sensible al minuto exacto de revelarse Amadís como padre, esposo, hijo amante, incluso malandro. Armando de Armas se vale de un lenguaje de alegorías en medio de lo alucinado, aun cuando lo terreno y grotesco no lo elude con mojigatería, pero en esa composición está sin lugar a dudas la certidumbre de un elemento importante en su obra, el poético, ¡y de qué forma!   

Otra razón para considerar a este cuaderno distintivo en la obra de Armando es la lucha que percibo entre el narrador que cifra una novela compleja, y el que escribe cuentos cortos. Por momentos, en “El guardián…”, considero, más que establecer una continuidad de capítulos, las historias si bien son las del mismo personaje y el expressway, ese viacrucis que deja ver la simbiosis badana de autor-personaje, y lo digo por  mencionar el escenario más recurrente donde lo poético se ofrece con mayor esplendor, estas historias podrían considerarse independientes una de la otra. Y a mi juicio el cuentero gana, lo que en mi opinión se agradece, hecho que me remite a “Mala Jugada”, libro de relatos de Armando que tengo entre mis favoritos.

A medida que voy leyendo “El guardián en la batalla” sonrió y voy tomando notas. A medida que leo un capitulo y otro, pienso en las vivencias del amigo, muchas que conozco de primera mano, esa suerte de “tinglado emocional” que le sirve para narrar y que, dicho sea de paso, en su caso están más apegadas a la realidad de lo que sus lectores suponen, aun cuando una entelequia convulsa de simbología muy individual, en un lenguaje que mixtura lo peor y lo mejor de la sublime condición humana, formen parte de una atmósfera –no entorno, no ambiente–, en el que se mueve Amadís, el protagonista por excelencia de Armando, más que su alter ego y heterónimo, su primera piel, esa que muestra sin pudor las cicatrices que el hombre esconde y el escritor muestra como trofeos.

A medida que he ido leyendo esta novela escrita hace ya más de una década, es increíble constatar su vigencia, su apego a la realidad soez y malsana de un mundo que no evoluciona, donde intentar ser independiente es castigado. A medida que leo, está patente el compromiso del autor por narrar desde la honestidad que ha de asumirse; que los historiadores oficiales, sin importar orillas, escamotean cualquier hecho que pueda manchar a la “inmaculada revolución”. A medida que paso una página y otra, no me cabe duda que muchos deben leer “El guardián en la batalla”   



Miami, diciembre 9 del 2017
Festival de Arte y Literatura Independiente VISTA
La novela "EL guardián en la batalla", de Armando de Armas, es premio compartido Reinaldo Arenas de narrativa 2017