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domingo, 24 de octubre de 2010

Para cada pregunta una respuesta...

Vicente, quien fuese bailarín del Hotel Jagua por mucho tiempo, era un hombre flaco al extremo, bien feo y narizón, con una bis cómica increíble, que además disfrutaba mostrar su homosexualidad, a tal punto, que a veces lamentablemente se convertía en una caricatura de si mismo. Sin embargo, por lo general resultaba un tipo simpático, buena persona, bienvenido siempre y dispuesto a empatar a cualquiera de los habituales que visitaban el cabaret Guanaroca con una bailarina; todo con tal de beber ron sin que le costara un quilo, por lo que los noctámbulos heterosexuales compartían con él sin prejucio alguno para que trajese a la mesa, al menos a una hermosa ninfa de piernas largas, que estuviese lista para abrirse cual compás desmedido.

Recuerdo que una de esas tanta noches, luego del show, en una de las mesas que alternaba Vicente, hubo un jodedor que por hacerse el gracioso le preguntó.

- ¿Compadre, y cómo fue que te metiste a maricón?

Vicente quedó pensativo, como si buscase en su memoria el día en que por primera vez "cruzó la frontera". Después, se río con marcado cinismo y, finalmente su respuesta dejó al inoportuno sujeto bien serio.

- Chico, como tú ahora, preguntando...

miércoles, 21 de julio de 2010

Pesquisa por un sueco


…inventé cada día lo que iba sucediendo.
Ernest Hemingway.



por Denis Fortun

La señora Hirsch me recibe finalmente.

-Espero que de una vez, me deje saber la verdad sobre el sueco – le digo un poco molesto, al ver que no deja de mirarme con una sonrisa burlona –.

¿No le parece que lo sucedido en Chicago, o al menos aquí en Summit, durante mucho tiempo ha estado envuelto en un verdadero misterio y ya es momento de contarlo? – agrego más sereno pues igual no me favorece irritarla.

La anciana se acomoda en su enorme butacón de gastada piel y sus ademanes dejan bien claro que es la viva estampa de la paciencia.

– Cuando la señora Bell me presentó a Ole, no le miento joven, tuve una impresión desagradable. No me gustaba la idea de hospedar en mi pensión a un sujeto que en su rostro se evidenciaba un oficio que he odiado siempre, dejando claro asimismo que no pretendía nuevas amistades. Lo curioso es que, posterior a ese día, jamás nos separamos hasta que aparecieron esos dos. Recuerdo muy bien la tarde en que sucedieron las cosas. Desde por la mañana Ole estuvo apático, distante, y ya pasadas las cinco yo no soportaba su manera de comportarse y le pedí que no se moviese del cuarto mientras yo no regresara de comprarle revistas deportivas y algún regalo; le fascinaban las sorpresas igual que a un niño. Además, le aseguré que me iba a ocupar de que Sam le trajese su comida favorita del Henry: “puré de patatas y de manzanas, costillas de cerdo, y Silver Beer”. Creo ahora, que su ánimo tenía que ver con la llegada de esos tipos. El negro Sam, infeliz, al regresar yo, me encontré a la señora Bell que intentaba calmarlo y a su vez noté que ella misma mal disimulaba su preocupación. Desde luego que me resultó extraña la presencia del negro, a pesar de haberle pedido que viniese, y todo aquel nerviosismo lógicamente me intranquilizó un poco. Pero las mujeres somos impredecibles y a veces demasiado tontas y la evidente angustia de Sam no fue suficiente para ponerme alerta. Con la esperanza de que Ole esperaba por mí con mejor semblante y que el miedo de Sam, o la inquietud cada vez más visible de la señora Bell, fuese sólo un asunto de poca importancia, exagerado quizás, subí al cuarto llena de revistas, regalos, y la disposición de levantarle sus bríos a como diese lugar; que ya nos venía haciendo falta más de lo otro.

La señora Hirsch hace una pausa, se regodea, enciende un cigarrillo, lo que me incomoda, yo aguanto. Sus ojos, repletos de un azul intenso a pesar de sus años, recorren la sala en que estamos con marcada nostalgia, en lo que me ignoran; sala que no puedo evitar se me antoje sepia. Descubro entonces que en este lugar el tiempo se detiene ¡Que digo detenerse! Se congela: es la definición más exacta, y cada objeto que nos rodea, me propongo asociarlo a un sinnúmero de historias en las que mujeres seductoras y fatales; negros bien dóciles con dientes muy blancos; y blancos en apariencia distinguidos, chicos de vaudeville, con sombreros redondos y largos abrigos –negros también, guardando en su interior armas ruidosas en su tableteo y listas a disparar en plena calle o en el interior de un club de mala muerte para una muerte peor–, sin dudas son los protagonistas.

Ya no soporto su silencio y que al final me observe con evidente burla, como si fuese yo un advenedizo que viene a romper su tranquilidad. Le insisto con mi mirada, no tan discretamente como hubiese sido lo correcto, pero tratando igual de no perder la cortesía que debo mantener y que me molesta sobremanera por mi desespero, por mi enfermiza obsesión, de conocer definitivamente la verdadera historia de Ole Anderson y, por qué Los asesinos querían eliminarlo. Siento que la señora Hirsch no puede negar que goza restregarme su calma, la que raya en el inmovilismo, y sobre todo la complacencia de no haber revelado nunca el secreto. Otra vez, sin pudor, me regala la cínica sonrisa del inicio y por fin retoma la palabra.

– Qué decirle, joven. No será usted el primero ni el último. Ya he perdido la cuenta de los muchos que han intentado descubrir el misterio, desde que vino aquel muchacho de cara cuadrada, repleto de bríos, y se presentó como escritor. Y muy dispuesto, idéntico a usted, a conocer lo sucedido a mi Ole para luego contarlo en un periódico ¿Sabe?, lo curioso es que él se marchó sin saber cómo sucedieron los hechos; la verdad; y mire usted, después se arriesgó a inventar una historia ¿Se atreve a imitarlo?

martes, 20 de julio de 2010

La Consigna


Por Denis Fortun

El profesor de Marxismo llegó al aula con visible agotamiento, preocupado, y como siempre, después de sus matinales saludos, se empinó hasta el borde superior de la pizarra para escribir en letras mayúsculas su consigna: LA PATRIA PARA LOS TRABAJADORES.

Tiempos difíciles, de compromisos, donde los enemigos del gran pueblo provocaban nuevamente, por lo que tenían lugar espontáneos y enardecidos mítines para defender las conquistas de la obra: fuerza que obligaba a los traidores a marcharse del país y en las formas más increíbles. Por supuesto, a los jóvenes se les exigía un pensamiento monolítico, radical; el profe… no cejaba entonces en su empeño de recordarle a sus muchachos del curso de Trabajadores Sanitarios, ejército de epidemiólogos que habrían de salvar al país de las enfermedades que enviaba el enemigo, quienes eran los verdaderos propietarios de la patria. Sus “muchachos”, como él los llamaba cariñosamente en lo que a su rostro asomaba una sospechosa sonrisa. Jóvenes a los que él se obstinaba en darles lo mejor, aún cuando tuviese que tropezarse con algún ingrato que no entendiese su amor para con su profesión y con ellos mismos: mancebos descarriados en su mayoría, que él gustosamente iba a redimirlos, y que cuales Apolos perdidos en medio de una Troya sitiada, él consideraba que debía salvarlos.

Aquel día, al entrar al aula en la sesión vespertina, prácticamente todos quedaron inmóviles. Junto al “patriótico” texto que el profe rotulaba con "verdadero fervor revolucionario", mañana por mañana, alguien había agregado una coletilla que si bien provocó risas en unos cuantos, la gran mayoría, al darse cuenta de las consecuencias que pudiese provocar tal atrevimiento, enseguida hizo patente su indignación. Ahora se leía en la pizarra: LA PATRIA PARA LOS TRABAJADORES SANITARIOS

En minutos se activo el “aparato” que por orientación de la más alta dirigencia del país se creaba en todas las escuelas a tono con la lucha redentora y el Servicio Estratégico del Comité de Asuntos Extremos (ELSECAE) se reunió inmediatamente en pleno; aunque hubo cierta demora al momento de iniciar su sesión extraordinaria porque varios de sus miembros, incluido su presidente, trasladaron al profesor a un hospital cercano. A pesar de su aparente juventud, y su refinamiento, que algunos se atrevían a apostar, lindaba con una conducta afeminada que un marxista íntegro no puede darse el lujo de asumir, debido al disgusto la tensión arterial del profe amenazaba con ponerlo de cúbito supino eternamente.

Por su parte, la Logia Juvenil de Orientación al Descarriado (LOJODES), afirmó que se harían rigurosas investigaciones y el peso del reglamento de la escuela, y el de la justicia popular, iban a caer con esa fuerza más sobre el infeliz que trató de burlarse de la abnegada lucha de los criollos comunistas, y de la obra.

Asimismo, sujetos con trajes de negro y lentes oscuros se presentaron a escasos minutos de conocerse el vergonzoso incidente y rodearon el recinto estudiantil. Una hora más tarde se suspendían las clases. Siendo Viernes, las investigaciones no se realizarían con la dinámica imprescindible para estos casos, pero la matrícula completa de la escuela, y los profesores, habrían de permanecer en sus hogares durante el fin de semana, sin moverse siquiera a las ventanas, o podían ser arrestados. El Lunes, sin falta, a primera hora continuarían con El Proceso; también se permitía el plazo, que no pocos consideraban ingenuo pues ante los hechos hay que actuar súbitamente, esperando la pronta recuperación del profesor de tan vital asignatura.

El Lunes, el más absoluto desorden reinaba en la escuela. Por el audio local, con una distorsión molesta, se transmitían marchas enaltecedoras y canciones de trovadores patriotas; leyéndose además entre marcha y marcha, y canciones y canciones, comunicados que condenaban el vandálico acontecimiento; comunicados interrumpidos constantemente por avisos y orientaciones que a su vez invalidaban a otros avisos y otras orientaciones dichas con anterioridad. Cada dos horas se daban partes sobre la salud del profesor, partes que dejaban de ser confiables precisamente por una llamada, con mucho ruido, que hizo desde el hospital un colega encargado de visitarlo. Este pobre hombre juraba no poder ubicar al profe …A unos les parecía que durante el fin de semana lo habían cambiado de sala por nuevas complicaciones; otros, que lo remitieron a un instituto especial para enfermedades políticas; y los hubo quienes aseguraban, jamás el profe estuvo más de quince minutos entre los médicos y lo recogieron en un auto varias personas que juraban ser sus familiares, pero todos muy raros y amanerados en extremo, marchándose a gran velocidad el auto y con evidente miedo sus ocupantes, y por supuesto, sin conocerse el destino.

Desde luego, los investigadores corroboraron la información. El profesor no estaba en la casa y ya se hablaba en los pasillos de la escuela de un posible secuestro practicado por los enemigos del gran pueblo. Otros, que el “tuerco” de marxismo era un tipo bien raro y por tanto cualquier cosa podía acontecer, hasta incluso haber sido él mismo quien escribió la consigna ampliada por ese raro amor que le tenía a sus muchachos; y entre tanta especulación, finalmente se conció que las investigaciones tomaban de inmediato un giro inesperado después de llegar una información de último momento, que a todas luces, el Consejo de Dirección se empeñaban en esconder, o al menos disfrazar un tanto.

Nunca se tuvo claro quién gritó la noticia y se adelantó a la oficialidad. Formados en el patio, frente al director, los principales funcionarios y presidentes de la LOJODES y ELSECAE, con la intención de dar a conocer de manera solemne la identidad del traidor que pretendió desvirtuar el sagrado mensaje de la consigna del profe de marxismo; y además, hacer de aquella reunión una tribuna que reafirmase a los grandes líderes y a la patria la disposición del estudiantado, y de los Trabajadores Sanitarios en particular, para defenderla del enemigo, un murmullo empezó a pasar de un estudiante a otro evidenciando que algo inusitado sucedía, moviéndose la noticia como el efecto dominó, abriéndose, tocando a todos. Ya justo, llegando al medio de la formación, fue donde alguien rompió la frágil disciplina, creando el desorden más grande del que se tuvo noticia en la escuela, al gritar…

-Caballeros…, el profe de marxismo se fue

lunes, 19 de julio de 2010

Inocencia

El banquillo es enorme. Apenas si logro ver sus extremos. Estamos sentados prácticamente uno encima del otro y cada cual defiende su pequeño espacio con pésimo humor y olvida la cortesía que debe primar entre nosotros. Sólo mejora nuestra comodidad a medida que nos llaman. Sin embargo, esta comodidad aparente es momentánea, siguen llegando más acusados. Por supuesto, el proceso está falto de toda cordura y lo que puede parecer insólito en otro juicio, aquí resulta común.

Cuando se conoce la decisión del tribunal, la gran muchedumbre reunida en este lugar gigantesco, el que no puedo definir si es un coliseo, o una plaza enorme al aire libre, aplaude con delirio al acusado de turno y abuchea a los fiscales, que testarudos, los muy infelices, no renuncian a demostrarnos cuánta insensatez hay en los que dicen llamarse escritores. Según ellos, para una gran mayoría, el único acto de contar una historia o inventarse un poema, los hace pensar que serán condenados a la inmortalidad (pobres “inocentes” nos llaman) y gracias a la defensa, mostrando un manoseado un libro, se deja bien claro que una idea así no es tan descabellada, y mucho menos, que los fiscales sean capaces con sus retorcidos argumentos de comprometer el prestigio de nombres tan ilustres y evitar así la condena: la posteridad absoluta.

¡Imbéciles! ¿No se dan cuenta? ¡Se trata de gigantes! Es el caso de Chaucer y Shakespeare (claro, ingleses viscerales: se retiran indiferentes a la cerrada ovación que les tributan) y lo mismo pasa con Balzac, Stendhal, Verne, Dumas, Vargas Llosa, Kundera, Goethe (estos al marcharse sí saludan a sus admiradores con declarada cortesía). Les siguen Cervantes, Martí, Bulgakov, Hemingway, Saramago, Kafka…

¡¡¡¿¿¿Lázaro Roberto???!!! El silencio se hace espeso literalmente al escuchar mi nombre; pero igual es un silencio frágil y un discreto murmullo se convierte en un abejorreo insoportable hasta volverse un escándalo. Los abogados buscan entre sus papeles una prueba, una señal siquiera que logre salvarlos del ridículo. Nada, la frustración los atrapa. Los fiscales, por el contrario, al notar que el desconcierto domina a la sala en su totalidad, saborean muy a gusto la segura victoria: tienen al fin al individuo que vindica su peculiar tesis.

El acusador principal, sonriendo con manifiesta procacidad, se adelanta al juez, manda a callar a la sala, y en medio del bullicio que va cediendo arremete con su alegato… “Es un apóstata –y me mira con un odio que no entiendo– en busca de gloria y se deja arrastrar por un ego enfermizo que lo hace inventarse un sueño donde se reúne, lo reconozco, con personajes en extremo difíciles de condenar a lo caduco y finito para así él trascender a lo eterno. No serán necesarias largas intervenciones con tal de desenmascarar a este advenedizo. Y no es atrevido asegurarles que, un juicio en su contra, sería una verdadera farsa. Sabemos que escasamente una mención en nimios y nada claros concursos de provincias es cuanto lo distingue; y además, con poemas de muy dudosa calidad”.

-A lo mejor su prosa, o su verso, un día nos provoque algún entusiasmo –dice el juez pensativo y no puedo evitar sentir una vergüenza enorme– pero ha de coincidir usted con mi desición, de que debe presentarnos pruebas que hablen a su favor. Y si no hallo elementos evidentes para juzgarlo, al menos un libro que se vea, ha sido leído hasta el cansancio, recordado por alguien, debo fallar entonces a favor de su inocencia.

sábado, 17 de julio de 2010

La menor pelea


Por Denis Fortun

El árbitro me revisa los guantes por pura diligencia. No le interesa si yo ignoro las más elementales normas dentro de un ring y valiéndome de cualquier artimaña derribo a mi contrario. Sé, que de ganar, a unos cuantos los haría sentirse bien contentos. Incluso, hay quienes presos de una agitación casi enfermiza se atreven a más, y ajenos a la ilegalidad que los persigue, arreglan apuestas a mi favor sin disimulo alguno. Todos en franca oposición a un público en su mayoría hipócrita, repleto de una dualidad moral muy en boga; dualidad de la supervivencia, que por coquetear con las autoridades, me consideran a viva voz un retador indolente, sin embargo, entre murmullos, me ven como un posible triunfador que debe tenerse en cuenta.

En el improvisado coliseo reina el desorden. En medio de la locura se anuncia por el audio local las virtudes profesionales del huésped de la esquina roja. A mí me ubican en la azul y desde luego apenas me destacan explicando… "El infeliz retador es un joven con aspiraciones (pobre loco), y nada menos que con deseos de publicar un libro. Asegura que, por tantos obstáculos y el poco caso, desafió a nuestro primer editor: hombre íntegro, perfecto, revolucionario".

A una señal del árbitro nos paramos uno frente al otro y nos piden saludarnos, a lo que me niego. Mi contrincante sonríe con insana satisfacción al ver que no consigo disimular mi cólera y también la tristeza que me corroe; y que no me la provoca el miedo a la pelea. Sólo estoy seguro de que él no es mi único adversario y que ni siquiera decide por propia iniciativa la censura a mis historias. Cuentos, que sin ánimo de filosofar, tratan de mi vida, mis frustraciones, mis ganas de vencer al mundo; y que tal vez los escribo por mi empeño de empatar, al menos con un punto, en la pizarra que lleva el puntaje de mis combates. Agotándome a veces por demasiados asaltos que voy perdiendo, y que Dios, ni por compasión, lanza la toalla. Dios, que al parecer cuando nací, estuvo enfermo, grave.

Suena la campana. Una histeria general domina el improvisado coliseo repleto de pancartas (duele más el golpe al ver rodar la vida repleta de pancartas). No me aguanto, tiro mi primer puñetazo y rozo la mandíbula de mi contrario, que sin perder tiempo, se recupera y me ataca, dándome en el rostro repetidas veces hasta dejarme inconsciente encima de la lona. Desde mi letargo pienso en la revancha.

miércoles, 14 de julio de 2010

¿Quién le tiene miedo...?


Por Denis Fortun

En absoluto yo era esa personita de ojos azules, la niña de pelo rubio, que se ha convertido en un estereotipo que sublima a una pequeña buena y obediente, y de capucha roja muchísimo menos; fue después que vine a vestirme así por la sensualidad que representa el color. Mientras conversaba conmigo, él se comportó siempre como el más seductor de los lobos y me provocaba una satisfacción casi morbosa; lo que me calentaba y me invitaba lo mismo a verlo en todo caso como a un semejante y no cual fiera, a la que debía temerle. Sin dudas, el acto de encontrármelo en medio del bosque, me resultaba excitante.

Y yo me pregunto, ¿por qué la abuela no vino a nuestra casa a curarse el resfriado? ¡¿Mamá?! Bien que ella pudo ir a cuidarla. Y no, la muy zorra, con su fariseísmo constante ¿Lo hizo con toda intención? ¿Fue una madre insensible y despreocupada? El hecho de mandar a una menor, y sin compañía, por el bosque, creo que habla por sí sólo ¿Vale la pena a estas alturas una respuesta?

Recogiendo flores – un fino detalle sin dudas en la historia, que además desvirtúa lo que sucedió realmente – trataba de ordenar mis ideas. Las descabelladas fantasías que se enredaban en mi cerebro, aunque me tomaron por sorpresa, no me molestaban. Algo ancestral se apoderó de mí desde el inicio y aquel último encuentro intuía que iba a ser el prólogo de un suceso más intenso que los anteriores; y que sin saberlo, irrespetaba a mi madre.

Mi Leñador sonríe con malicia. Su vista resbala por mis piernas – y más arriba y al centro también- con la evidente intención de cobrarme el rescate; qué remedio. Claro que un acontecimiento así afecta a cualquier familia, y la mía no podrá superarlo a pesar de los rumores que han empezado ellos mismos a correr, intentando falsear lo sucedido por la memoria de mi abuela, fallecida luego del supuesto rapto; y por compasión con mi padre, que se hunde en medio de una depresión lastimosa, borracho siempre, sin importarle si estoy viva o muerta.

Mi madre no permite que me vaya lejos. Yo en cambio, le imploro que me deje mudar sola a la casa que fue de mi abuela. Su respuesta es la misma a toda hora, un no rotundo. Hay momentos en que necesito descargar todo el odio y la tristeza que me corroe, y a veces mi ambivalencia emocional la conmueve; pero únicamente a veces. Se sabe culpable y no tiene la menor idea de cómo manejarlo. Portadora sana fue su diagnóstico. “Cada cuatro años será víctima de sus padecimientos – le dijo el doctor a los abuelos –, y a pesar de que en el tiempo restante aparente ser una muchacha normal, va a ser inevitable su recaída; hasta que un día, de una vez por todas, se ‘convierta’. Ella fue contagiada lo mismo que sucede con una enfermedad venérea, y por tanto, no puede tener descendencia”.

Pero todos dudaron. Primero, demasiado increíble a pesar de que lo hechos eran irrefutables. Después, demasiado tarde. “Con un padecimiento así, la niña va a convertirse en un ser marginado y el pueblo en su totalidad la va a rechazar – le repetía la abuela al abuelo –. Hay que esconderlo a como dé lugar. Ningún muchacho la va a querer de saberse lo que le pasa”. Y el abuelo, idéntico a papá, borracho a toda hora. Esperando cada cuatro años irse al bosque, hasta que Mamá se recuperara de su “transformación”.

El encierro es absurdo y no comprendo el comportamiento de mi madre. Alega que aún falta tiempo, y me lo dice con odio. La pobre, no me perdona que a las dos nos tocó el mismo Lobo. Tal vez ése es su sufrimiento mayor, al sentirse traicionada por él y por mí. Yo no tenía idea de lo que le había pasado. Sin embargo, a veces, cuando su sentimiento de madre florece por encima del de la mujer, he oído como culpa a “mi” Lobo ¿Y no sé porque lo hace en voz baja? Si lo hace con la intención de que yo no la escuche, es por gusto: mis sentidos se agudizan cada día más, tanto el olfato como los otros.

Fue por el Leñador que supe la verdadera historia. Una historia que al parecer se repetirá de yo tener una hija, algo improbable creo. Dice que todo sucedió por mi abuela obligar a mi madre a que le llevase comida a mi bisabuela una vez que la pobrecita estaba enferma, con un terrible resfriado, y que Mamá se fue irritada al bosque porque no quería cumplir con el encargo. Me asegura el Leñador que mi madre demoraba demasiado en regresar y los abuelos empezaron a preocuparse, lo que los llevó a pedir ayuda a los vecinos más confiables para que la buscasen todos juntos.

Gracias a Dios, para evitar la vergüenza, los abuelos la encontraron primero. El Leñador me cuenta que ella dormía plácidamente sobre un colchón de hojas, desnuda, y en sus caderas el Lobo recostaba su cabeza con una expresión que sólo reflejaba el contentamiento que produce el verdadero goce. La abuela, presa del terror, tomó un enorme madero y comenzó a pegarle al Lobo – a mi Lobo – y éste, en vez de atacarla, se marchó con una terrible y cínica sonrisa, moviendo su cola, hasta perderse entre los árboles…

El Leñador no me permite que hablemos del pacto que le propongo y se irrita cuando le pido que me permita ver a mi fiera amada, quien no deja de dar vueltas alrededor de la casa, aullando a veces, otras como si llorase. Me responde que es mi madre quien toma las decisiones; imagino que lo hace por suponer que es ella la que únicamente tiene experiencia en estas cosas. En cambio, él me jura que no, que todo es más complicado, y que tenga paciencia; que habremos ella y yo de estar juntas en su momento, con él, y en igualdad de condiciones.

El Leñador me promete que no va a abandonarme nunca. Tonto enamorado. No sabe que mis ganas de morderlo en el cuello van en aumento, en lo que él no deja de mirarme a las piernas, y más arriba y al centro.

martes, 6 de julio de 2010

En K-Mart se busca a una mamá

por Denis Fortun

Sentí que alguien me alaba por el pantalón. Al volverme, me tropecé con una niña de unos cinco o seis años que en una de sus manitas sostenía un Santa regordete. Ella sólo quería saber dónde se encontraba su mamá. Mi mujer la cargó y muy dulcemente trató de consolarla. Sin embargo, la pequeña no parecía estar asustada; en todo caso, sus ojitos no mostraban miedo, apenas dudas. Los dos fuimos con la pequeña al mostrador de servicio al cliente. Allí, una señora muy amable nos atendió. Le explicamos que la niña estaba perdida, y que por favor, llamara inmediatamente por el audio para ver si alguna madre distraída aún no se daba cuenta de que su hija la buscaba por toda la tienda. La mujer cambió su expresión de amabilidad por una que mostrara la gravedad del asunto, tomó el micrófono, y dijo.

-Estoy buscando una mamá.

Mi mujer y yo nos miramos sorprendidos. Aunque el momento no era el propicio para una broma, no pudimos contener la risa. El anuncio, definitivamente se prestaba a confusión. La niña, todavía en brazos de mi mujer, no entendía nada, pero se río igualmente. Yo le pregunté cuál era el nombre de su mami.

-María- respondió la niña.

Fue entonces que la mujer del mostrador, con su rostro más serio aún, repitió el anuncio, esta vez más específico.

-Señora María. “Pliis“, dirigirse a “costume servis”. Su hija está perdida y busca a su madre.

Dos minutos después llegó corriendo, aterrorizada casi, la despistada madre, y luego de cargar a su hija, besarla y reprocharle con cariño que se le había escapado, nos agradeció a mí y a mi mujer y acto seguido empezó a contar su odisea, dándonos un sinnúmero de justificaciones que nosotros no le pedimos y, menos nos interesaba. Ya a punto de irnos, la señora del mostrador me comentó.

-Oiga, señor, yo lo que quise decir fue que buscaba a la mamá de esa niña- y sonriéndose agregó-. Ustedes los cubanos soy muy mal pensados.

Mi esposa, riéndose lo mismo, le dio la razón.