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martes, 5 de octubre de 2010

Aycayia

Siete eran las preciosas muchachas que tenia el Cacique en su corte, maestras en el arte de la danza y el canto, que perturbaban a los hombres con su belleza y talento. Pero seis perecieron en un terrible naufragio. Sólo Aycayia escapó a la muerte, bien por su involuntario retardo al entretenerse en su tocado, o porque previamente fuera advertida por el Behíque, quien sentía por ella especial predilección. Aycayia, de las siete hembras, la más hermosa, de un cabello negro intenso, a la cintura, que a la luz de luna brillaba como si le estuviesen colgando pequeñas perlas o fuese un nido de cocuyos; la que bailaba con más arte y cantaba con más dulce voz; la que provocaba un especial hechizo nada más se mostrara. No es de extrañarse entonces que ella sola siguiera alborotando la tranquilidad de la aldea, alejando a los hombres del trabajo, apartándolos del cumplimiento de sus deberes como guerreros, y llevando por tanto la desunión a los hogares.

Pero demasiado desborde de divinidad y encanto, de refinada sensualidad, lógicamente provocaba que lo mismo aumentaran sus enemigos, y las mujeres restantes, repletas de resentimiento y envidia, una noche de brillo enorme se reunieron en consejo con el Cacique, los Ancianos más sabios y el Behique mismo, y presionándolos a que tomaran una desicion, juntos acudieron en consulta al todopoderoso Cemí, que les habló de este modo.

— Aycayia encarna para ustedes el pecado de la belleza, del arte y del amor. Proporciona a los hombres placer con su voz, su danza y su esplendoroso cuerpo; pero les hace sus esclavos, robándoles la voluntad. Su fuerza está en que, satisfaciendo a todos, no se entrega a ninguno. Virgen es y virgen morirá. Si pretenden vivir tranquilos, arrojadla de vuestro seno.

El consejo del Cemí fue seguido. Aycayia, condenada a vivir aisladamente en compañía de una anciana llamada Guanayoa, la llevaron a un apartado sitio llamado hoy Punta Majagua. Desgraciadamente, no por ello mejoró la situación. Su imperio era tal sobre los hombres, que a diario acudían a Punta Majagua los siboneyes, abandonando trabajos y hogares, con el único objeto de ver a la preciosa bailarina ejecutando sus danzas maravillosas, en las que hacia prodigios de agilidad y destreza, y oírla cantar con su voz dulce y acariciadora. Como es natural, todos rivalizaban en obsequiarla, llevándole frutos, plumas, conchas, laminillas de oro y otros adornos propios para satisfacer la vanidad de preciosa india; y ella a todos por igual sonreía y de todos aceptaba el obsequio, sin que ninguno pudiera jactarse de ser el preferido. Las mujeres restantes de Jagua se sentían abandonadas: las casadas de sus esposos; las doncellas de sus novios, quienes nada más tenían ojos y oídos para la incomparable Aycayia.

De nuevo acudieron las ofendidas mujeres en queja al Cacique, y este la trasladó al Behíque principal, que intentaba en vano que las descarriadas ovejas regresaran al redil. La divina desterrada podía más que todas las amenazas y conveniencias. Fue cuando el Behíque acudió al medio supremo infalible: consultó por segunda vez al Cemí de la diosa Jagua, quien le entregó unas pequeñas semillas de color negro, a la vez que le daba las siguientes instrucciones:

— Estas semillas, son un amuleto contra el olvido y la infidelidad. Entrégalas a las mujeres, encargándoles que las siembren en sus huertos. Cuando florezcan, cesaran sus inquietudes y congojas y obtendrán de nuevo el cariño de sus novios y esposos.

Las semillas, con solícito cuidado fueron plantadas por las celosas mujeres y dieron origen al árbol conocido hoy como La Majagua (o Demajagua), que significa de Madre Jagua, cuyas hojas, flores y madera son consideradas desde aquel entonces como amuleto, o fuerza preventiva para la infidelidad conyugal. Y crecieron los árboles, sin embargo, al brote de sus primeras flores sobrevino un violento huracán que barrió la barbacoa o casa alta sobre el agua que ocupaban Aycayia y su anciana acompañante. Las olas enfurecidas arrastraron a las dos mujeres al mar. La joven fue transformada en ondina o sirena, y la vieja en tortuga, terminando así el avasallador dominio de la lindeza sin igual de nombre Aycayia, que ejercía sobre los siboneyes de Jagua, anulándolos por completo.

No está claro en la tradición la vida de Aycayia en el mar. Unos la suponen ondina solitaria, vagando dentro de la bahía, soplando en la noches cerradas y oscuras un enorme y nacarado cobo, gran caracol, cuyo bronco sonido se confunde con el ruido que hace Caorao, el dios de la tempestad. Otros, en cambio, la creen acompañada de delfines, cabalgando sobre la anciana Guanayoa, convertida en enorme tortuga, también soplando en el cobo, condenada eternamente a vagar por el mar abierto embravecido, purgando el pecado de haber sido en la tierra la más linda y seductora virgen.



"Tradiciones y leyendas de Cienfuegos"

lunes, 27 de septiembre de 2010

Azurina

Cuenta la leyenda que Joseph Díaz, hombre de rostro curtido y cabellos blancos, siempre dispuesto a ayudar al desvalido y a los siboneyes que habitaban la zona, luego de establecerse en la antigua región de Jagua se dedicó a contrabandear con los filibusteros y malandros que acostumbraban a visitar aquellas costas. Sin embargo, no por eso podía tildársele de mal hombre. De todos era sabido que en su corazón siempre se albergaba la buena voluntad, por lo que un día se le presentó un conocido y terrible pirata, cuyo nombre la tradición no se cuidó de guardar, acompañado de una hermosa mujer de aspecto enfermizo y en cuyas formas se delataba la espera de un hijo.

- Joseph Díaz -díjole el pirata-, eres un hombre bueno y de honor, en él que un desalmado como yo puede fiar. Vengo a pedirte un favor, por el que te daré lo que pidas.

- No pongo precio a mis favores- limitose a contestar el buen hombre.

- Pero yo sé pagarlos para no tener que agradecerlos después. Voy a dejar en tu casa y a tu cuidado a esta mujer.

-¿Tu hija?- preguntó Díaz.

-No- respondió a secas el pirata.

-Tu esposa, tal vez- insistió Joseph Díaz.

-Nada debe importarte lo que ella sea para mí. Te basta saber que me intereso por ella, y sobre todo, por el ser que lleva en sus entrañas. Cuídala con solicitud porque ha perdido la razón, y cuando sea madre, toma al hijo bajo tu protección y sírvele de padre.

Y así lo prometió Joseph Díaz. Y seguro del cumplimiento de su palabra, se retiró el pirata dejando en el bohío, junto con la joven, un buen numero de arcas y cofres que hizo traer por sus marineros, y que contenían preciosos trajes, ricas joyas, odoríferas resinas y perfumadas raíces. Todo cuanto pudiera apetecer la dama mas coqueta y encaprichada, y que a Estrella -que tal era el nombre de la joven- no parecía entusiasmarla, permaneciendo siempre quieta, muda, con la mirada perdida en el vacío, insensible a los ruegos y preguntas del buen Joseph Díaz. Y que tan sólo de vez en cuando, adquirían sus ojos una dolorosa expresión, lo que promovía que sus descoloridos labios pronunciasen aisladas palabras, sin ilación ni sentido. Fugaces alucinaciones que la dejaban postrada, con leves temblores en todo el cuerpo.

¿Quién era aquella mujer? ¿Qué terrible misterio encerraba su vida? Imposible saberlo. Nada en ella podía referir a Joseph Días a una pista concreta. Y lo mismo, nada claro había dejado de entrever el pirata. Podía tratarse de una cautiva, retenida violentamente, sumida luego en la locura por una gran tragedia.

Pero Joseph Díaz no se rendía fácilmente y contaba con la esperanza que alguna vez conocería la verdad por boca de la joven, a la que prodigaba de los más solícitos cuidados y atenciones. Desgraciadamente, si bien la muchacha mejoró algo de salud y se mostraba hermosa, jamás consiguió recobrar la razón; y cuando a los pocos meses dio a luz, sucumbió en el parto, llevándose con ella el misterio de su vida; dejando en el mundo a una preciosa niña, a la que Joseph bautizó con el nombre de Azurina.


La versión original pertence al libro: "Tradiciones y leyendas de Cienfuegos", de Adrián del Valle, 1919. Publicada en el portal de Azurina

jueves, 22 de octubre de 2009

La Dama Azul


El el poblado del Castillo de Jagua, aún hoy día, no son muchos los que de noche se atreven a acercarse a la fortaleza. Los más viejos cuentan que, hace ya ni se sabe cuánto, mientras la guarnición descansaba, el silencio se adueñaba del caserio, y lo único que se escuchaba era el sonido que provocan la olas, con una luna brillante en lo alto, inmensa, que daba la impresión que se podía tocar, un ave rara, de enorme tamaño y de plumaje muy blanco, venida de no se sabe dónde, rompía veloz el espacio y practicando grandes espirales sobre el Castillo, lanzando agudos graznidos, finalmente se posaba sobre los muros.


Era entonces, como si estuviese respondiendo a un llamamiento de la misteriosa ave, que salía una mujer de la capilla de la fortaleza, desprendíéndose de sus paredes, filtrándose a través del espeso muro de piedras. Dama alta, hermosa, vestida de brocado azul guarnecido de brillantes, perlas y esmeraldas, cubierta toda, desde la cabeza a los pies, por un velo azul pálido y transparente que flotaba en el aire, y que después de pasear sobre los muros y almenas del Castillo, desaparecía súbitamente, como si se disolviera en el espacio.

Cuentan los que dicen saber, que la fantástica visión se repetía varias noches, produciendo el natural temor entre los soldados que guarnecían el Castillo. A pesar de ser curtidos veteranos de innumerable peleas, por lo que no podían ser tildados de cobardes, aquellos hombres no se atrevían a enfrentarse con la misteriosa aparición, y por miedo a lo desconocido, se resistieron a cubrir de noche las guardias que les correspondían.

Sin embargo, había en el Castillo un joven Alférez recién llegado, arrogante, que no creía en fantasmas ni apariciones de ultratumba. Rióse de buena gana el Alférez por el terror manifiesto de sus camaradas, y para probarles lo infundado que resultaban esos temores, se dispuso una noche a sustituir al centinela. Los soldados todos se retiraron. Quedó el joven Alférez paseando tranquilo en la explanada superior del Castillo, sin más armas que su espada. Una hermosa noche. Impúdicas las estrellas en el firmamento. La Luna grande por compañera. El mar en calma. La tierra en su recogimineto. Y el temerario Alférez, para distraerse, en lo que caminaba con marcada lentitud, pensando en su mujer ausente, lejos. Pero sus pensamientos, fueron borrados súbitamente por un penetrante graznido, un gran batir de alas, justo en el preciso instante que el reloj del Castillo daba la primera campanada de las doce. Levantó el Alférez la cabeza y descubrió al extraño pájaro, dibujando en medio de la noche los grandes círculos que daba simpre sobre la fortaleza antes de posarse. Y ya luego de tenerlo enfrente, ver que de las paredes de la capilla avanzaba hacia él la misteriosa aparición que los soldados nombraban la Dama Azul. El Alférez sintió que el corazón le daba un vuelco. Pero su férrea voluntad dominó sus nervios, y decidido fue al encuentro del fantasma...

A la mañana siguiente, los soldados hallaron a su Alférez tendido en el suelo, sin conocimiento, y al lado, una calavera, un rico manto azul, y la espada partida en dos pedazos. Don Gonzalo, que tal era el nombre del joven militar, recobróse poco a poco de su letargo, mas su razón ya no le pertenecía, por lo que finalmente fue recluido en un manicomio. En su extraña locura, el joven juraba que siempre lo acompañaba un fantasma, al que en vano acometía, pues al primer intento se desvanecía en el espacio, para aparecérsele de nuevo poco después.

En el poblado del Castillo, todavía hay quienes aseguran que, la Dama Azul, de vez en vez hace sus apariciones, caminando con elegancia, impávida, sobre los muros de la vieja y casi derruida fortaleza. Y que, a los primeros rayos de la aurora, se lanza al aire y dando lastimeros gritos, se pierde en el boscaje del inmediato Caletón, el de Don Bruno, creo.