No sé los años con exactitud, pero si recuerdo que
un día vi en Facebook la solicitud de amistad de un tal Rogelio García, con
varios amigos en común, y acepté sin reservas. Ahora bien, a medida que
desarrollaba su wall me tropiezo con un sujeto irreverente, burlándose
de lo humano y lo divino, sobre todo de lo humano y divino cubano y miamero — se dice que por su culpa
un importante poeta en Miami sufrió un infarto, que gracias a Dios se recuperó
pronto—, y prácticamente nadie escapaba del filoso verbo de este personaje, incluyéndome,
no sin dejar de reconocer que a veces me divertía y otras reflexionaba porque
sus posts lo mismo eran inteligentes, con la suficiente enjundia para ir al
hueso y de ahí al tuétano, que no solo el choteo y el irrespeto era su fórmula —receta que todavía mantiene
para algunos elegidos—. Y lo fui siguiendo hasta que una vez que no tuve la
suficiente paciencia con uno de sus posts y lo saqué de mi lista de amigos virtuales; además,
sentí que me aburría. Claro, me equivocaba al borrarlo, mi enemistad duró poco,
y un día descubro que el hombre, ahora llamado “El Ciclón Invisible”, escribe una
reseña sumamente amable sobre un libro de cuentos mío, reseña publicada en este
blog. Y, así las cosas, confieso hoy que fui yo quien le pidió su amistad de
vuelta.
En fin, últimamente el Ciclón ha ido dando de
que hablar, quizás más de lo usual, y su lista de enemigos ha aumentado, junto
con la de admiradores y gente que ya lo considera imprescindible y de referencia
—sí, lo sé, suena un tanto exagerado y hasta hipócrita esto,
lo de la naturaleza indispensable, digo…—, que no por gusto son más
de seiscientos mil seguidores con los que cuenta en FB y factura sus dólares con
su contenido.
Pues bien, dicha esta pequeña introducción, el Ciclón
ha tenido la gentileza de ofrecerme esta entrevista, me ha hecho el
favor de corregir alguna que otra errata y descuido en mi redacción, y el
cuestionario aquí está para disfrute de sus admiradores, y pesar para sus
enemigos, que bien puede que alguno de estos últimos a partir de ahora me ponga a mí junto con él en su
lista… Me queda entonces agradecerle al misterioso personaje su amabilidad al responderme. De veras, Ciclón, gracias...
Entrevista al Ciclón Invisible
Por de Denis Fortun
Denis Fortun: Voy a comenzar con la
consulta que siempre he usado como primera en mis cuestionarios. Hay quienes
aseguran que, bajo el seudónimo huracanado, tu «identidad» está formada por
tres personas o más, todas con suficiente conocimiento de Cuba y de su exilio,
sobre todo de sus miserias y estafas; dicho sea de paso, te confieso que esa
fue mi teoría favorita durante algún tiempo, incluso con nombres específicos
que, por prudencia, no voy a repetir aquí. Otros aseguran que se trata de algún
filósofo o ensayista cubano residente fuera de Cuba, dueño de un refinado nivel
cultural, a juzgar por tus referencias a Heidegger, Nietzsche y otros filósofos
y escritores importantes, además de las cábalas, la termodinámica, la
sinología, los misterios y los chismes. Dicho así, ¿quién es el Ciclón
Invisible, antes Rogelio García? ¿Acaso una tríada, un equipo, un jodedor con
tiempo suficiente para pinchar y endurecer hígados, o un sujeto empeñado en
desacralizar nombres y figuras que se creen importantes, cuyo primer deseo
consiste en bajarlos de sus pedestales con elementos y pruebas que confirman su
mediocridad?
Ciclón Invisible: Lo primero que debo
aclarar es que Rogelio García no fue mi nombre anterior, sino uno de esos
abrigos que uno deja en el guardarropa cuando descubre que la fiesta está llena
de gente empeñada en revisar las etiquetas; y aunque el viejo principio Nomen est omen concede al nombre cierta
fatalidad, en Miami suele ser una tarjeta de presentación con más relieve que
contenido. El Ciclón Invisible no es una persona, ni tres, ni una cooperativa
de damnificados por la cultura cubana. Es una corriente de aire que ha leído
demasiado, duerme poco y posee la mala educación de recordar lo que los demás
dijeron ayer. De ahí que algunos sospechen un comité de filósofos, una célula
de sinólogos o una asociación ilícita de comadres con biblioteca. Les cuesta
aceptar que una sola criatura pueda leer a Heidegger por la mañana, escuchar un
chisme a mediodía y, antes de la cena, descubrir que ambos hablan del mismo
vacío.
Si somos tres, como aseguran los expertos en meteorología policial, uno
redacta, otro se ríe y el tercero cobra las enemistades. Si somos más, ya
deberíamos solicitar subvenciones, elegir presidente y organizar un coloquio en
Miami con vino tibio, seis presentadores y catorce fotografías del público. Con
el Ciclón ha ocurrido algo semejante a lo que sucede en la película Los sospechosos de siempre, dirigida por
Bryan Singer y estrenada en 1995, donde se habla tanto de un crimen, se
multiplican tantas versiones y circulan tantos posibles culpables, que llega un
momento en que ya resulta difícil saber quién es el verdadero criminal. A mí me
han atribuido tantos rostros, tantas profesiones y tantos domicilios que la
sospecha terminó por devorar al sospechoso. Si mañana apareciera alguien
proclamando, con documentos, testigos y hasta certificado notarial, «Yo soy el
Ciclón Invisible», nadie le creería. Lo acusarían de impostor, le pedirían
nuevas pruebas y propondrían otros tres nombres más convincentes. He alcanzado
así la forma superior del anonimato, aquella en que la verdad, si llega a
presentarse, parece la coartada menos verosímil.
Prefiero, por eso, conservar el misterio, pues el principio Qui tacet consentire non videtur impide
que mi silencio confirme la teoría, aunque le concede una vejez divertida. El
anonimato tiene la ventaja de que obliga al agraviado a disparar contra la
niebla, espectáculo que siempre mejora cuando el tirador se considera una
institución. No nací para bajar estatuas. Me basta soplar un poco y comprobar
cuántas estaban hechas de cartón, cuántas se sostenían por la cinta adhesiva de
los amigos y cuántas confundían el pedestal con la estatura; en esos casos, res ipsa loquitur y las pruebas no
endurecen hígados, apenas les quitan el maquillaje.
DF: ¿Son la burla y el choteo lo que te mueve en
primer término, o existe en ti una necesidad superior? Te lo pregunto pensando
en esas ceremonias culturales donde tres amigos se elogian mutuamente hasta que
cada uno sale convertido en clásico, en los premios cuyos jurados distinguen
hoy a quienes mañana los distinguirán a ellos, en las mesas de debate donde
nadie debate nada, y en ciertas reputaciones que, sostenidas por fotografías,
brindis y aplausos de confianza, parecen derrumbarse apenas alguien formula una
pregunta incómoda. Cuando pinchas esas solemnidades, ¿solo buscas provocar la
risa y disfrutar del espectáculo, o intentas separar la obra verdadera del
decorado, el talento del compadrazgo y la crítica de esa cortesía social que
suele confundir el silencio con admiración?
CI: El ser cubano está hecho y constituido fisiológicamente de burlas; si
se le practicara una autopsia cultural, debajo de cada órgano aparecería un
chiste y detrás de cada solemnidad se escucharía una trompetilla. La burla es
el bisturí, no la enfermedad, y el antiguo ridendo
castigat mores explica por qué el choteo cubano, cuando todavía no había
sido domesticado por los departamentos de relaciones públicas, servía para
pinchar la solemnidad y comprobar si debajo había pensamiento o solamente gas
ceremonial. Yo lo empleo con una intención casi piadosa. Evito que ciertas
reputaciones exploten por exceso de incienso. Alguien tiene que abrir una
ventana cuando en el salón cultural se reúnen demasiados prólogos, homenajes
mutuos y genios recién certificados por sus compadres.
Me mueve algo superior, desde luego, aunque no tan superior como para
pedirle una beca. Me interesa defender la inteligencia contra la administración
de la vanidad, la literatura contra la amistad convertida en criterio estético
y el exilio contra quienes lo utilizan como un pequeño municipio de cargos
vitalicios. La risa no sustituye al juicio, pero lo despierta. Una frase
sarcástica puede hacer por la higiene pública lo que veinte congresos no
consiguen ni con desayuno incluido. Cuando me burlo de alguien, no siempre
afirmo que carezca de talento. A veces sugiero algo peor, que posee alguno y lo
ha puesto al servicio de su estatua.
Y como toda fisiología merece su tratado, publicaré muy pronto una reseña
de Hígado al ensayo, un libro
espléndido y corrosivo que retrata ese conglomerado biológico deficitario del
cubano con la precisión de quien no teme abrir el cuerpo nacional para
averiguar de qué rencores, poses, ocurrencias y secreciones patrióticas está
compuesto. Su autor es Alfredo Triff, el señor culto de la barba blanca, quien
ha tenido la delicadeza quirúrgica de colocar el hígado sobre la mesa y dejar
que el resto del organismo se delate por sí solo.
DF: Sé que conoces la diferencia entre seudónimo y
heterónimo, pero voy a describirla de manera sencilla. En el primer caso se
trata de la misma persona y de la misma voz, aunque cambie el nombre real; en
el segundo, no se reduce todo a un nombre ficticio, sino que la persona misma
es ficticia. ¿Cómo defines entonces al Ciclón al amparo de estos dos conceptos?
CI: El Ciclón participa de ambos y se burla de los dos, pues funciona
como un alter ego, si se quiere,
aunque el ego original ya no recuerde cuál de los dos paga el alquiler. Es
seudónimo cuando firma lo que una persona concreta piensa y no desea entregar
al registro civil de las susceptibilidades. Es heterónimo cuando adquiere una
respiración, un vocabulario y hasta una moral meteorológica que su autor no
podría usar sin provocar alarmas entre los vecinos. No soy una máscara colocada
sobre una cara. Soy la cara que la máscara terminó por inventar.
Pessoa repartió su alma entre escritores con biografía, horóscopo y
caligrafía. Yo, más modesto y más tropical, repartí la mía entre ráfagas. El
heterónimo tiene la ventaja de contradecir al hombre que lo creó y, si alcanza
suficiente insolencia, hasta puede despedirlo. Eso ocurrió conmigo. El supuesto
autor creyó que me utilizaría para decir algunas verdades incómodas y retirarse
temprano. Ahora soy yo quien lo deja salir de vez en cuando, siempre bajo
vigilancia, para que pague cuentas, salude a la familia y parezca una persona
respetable. Si necesitan una definición académica, pueden escribir que el
Ciclón es un heterónimo con antecedentes de seudónimo y aspiraciones de
fenómeno atmosférico. Si necesitan la verdad, esa definición ya es demasiado
seria.
DF: Se reconocen varias razones importantes para no
escribir con el verdadero nombre. Una sería el miedo del escritor a asumir la
responsabilidad de sus escritos; otra, el uso de la máscara como una suerte de
pudor que permite decir lo más íntimo; también estarían la libertad, que de
todos modos no exime de responsabilidades, el prejuicio del lector y del
mercado, y la necesidad de separar a la persona real del personaje. ¿Cuál de
estas razones te «cuadra» o se acerca más a tu empeño?
CI: Me cuadran todas y ninguna, aunque la quinta, esa necesidad de
separar a la persona real del personaje, me conduce directamente a José Manuel
Poveda y a Alma Rubens. Llegará el momento, no sé cuándo, en que el Ciclón
tendrá que enfrentarse al mismo problema. Poveda no se limitó a firmar con un
nombre de mujer. Le inventó vida, temperamento, biografía y una obra propia;
publicó sus poemetos, la convirtió en una presencia separada y llegó a escribir
sobre ella como si el constructor y la criatura habitaran habitaciones
distintas. Según la deliciosa anécdota, la ciudad letrada de Santiago de Cuba
terminó exigiendo que apareciera aquella supuesta poetisa, una francesa cubana,
misteriosa, transgresora y encantadora, cuya inexistencia comenzaba a parecer
una descortesía social. Poveda tuvo entonces que confesar la verdad y admitir
que la dama había salido enteramente de su pluma.
Algo semejante podría ocurrirme. El Ciclón ha crecido hasta adquirir
opiniones que acaso su constructor no comparte, enemigos que jamás le
presentaron y admiradores que probablemente lo abandonarían si vieran al
ciudadano detrás de la ráfaga. Un día exigirán que comparezca, que muestre la
cara, que enseñe la licencia meteorológica y pague personalmente cada vendaval.
Entonces quizá tenga que decir la verdad; y como el viejo sic transit gloria identitatis se cumpliría en mitad de la
confesión, Alma Rubens habría necesitado que Poveda admitiera su invención,
mientras el Ciclón acaso necesitaría que su inventor demostrase que existe.
Las otras razones parecen redactadas por una compañía de seguros para
escritores que temen daños a terceros. Hay miedo, claro, pero no necesariamente
miedo a responder. Existe también el cansancio de explicar cada ironía ante
tribunales formados por personas incapaces de distinguir una metáfora de una
orden de arresto; uno procuraría hablar sine
ira et studio, pero la fauna local suele aportar la ira y eliminar el
estudio. La responsabilidad no depende del nombre estampado al pie, sino de la
calidad de cuanto se afirma. Conozco firmas muy visibles que llevan décadas
escondidas detrás de lugares comunes.
La máscara concede libertad, pero no inocencia. Quien escribe bajo otro
nombre sigue obligado a no inventar pruebas, aunque conserva el derecho de
organizar las verdades de manera que resulten inolvidables. También hay pudor.
Lo íntimo no siempre se desnuda quitándose la ropa. A veces necesita ponerse un
sombrero, un bigote y una voz ajena. En cuanto al mercado, sería maravilloso
que el anonimato vendiera. En Miami hasta la identidad verdadera vende poco,
salvo que venga acompañada de una fotografía con copa, un elogio circular y la
promesa de presentar después el libro del presentador. Mi razón principal es
separar al ciudadano del personaje, no para que uno escape de los actos del
otro, sino para que el personaje pueda decir lo que el ciudadano, ocupado en
sobrevivir, acaso suavizaría hasta volverlo perfectamente inútil.
DF: Son varios los nombres que durante mucho tiempo
has utilizado para el escarnio, incluido el mío, pero últimamente he visto que
has sido generoso con algunos de ellos y vuelvo a incluirme. ¿A qué se debe
este giro de la burla al reconocimiento? ¿Remordimiento, acaso? ¿Estrategia de
mercado?
CI: El remordimiento es una palabra demasiado católica para un fenómeno
editorial, aunque el errare humanum est,
perseverare autem diabolicum viene muy al caso cuando alguien persevera en
escribir el mismo libro y presentarlo con distinto traje. No he pasado de la
burla al reconocimiento. He pasado de una lectura a otra, que es lo que debería
hacer cualquier crítico que no haya firmado un contrato de odio perpetuo. Si
alguien escribe una tontería, la señalo. Si mañana publica un libro valioso,
también lo señalo, aunque esa conducta desconcierte a quienes organizan la
cultura como una guerra de familias. El talento no queda anulado para siempre
por una mala tarde, ni la mediocridad recibe indulgencia plenaria por una buena
reseña.
En cuanto a ti, Denis, la generosidad no consiste en absolverte, sino en
leerte. En esta ciudad, donde demasiadas personas elogian sin abrir el libro y
condenan después de mirar quién aparece en la foto, leer constituye una forma
extrema de consideración. Si encuentro algo digno, lo digo sin pedir permiso a
mis burlas anteriores. Si encuentro algo risible, tampoco solicito autorización
a los elogios recientes. ¿Estrategia de mercado? Magnífica hipótesis. Mi
negocio consistiría entonces en fabricar enemigos, el único producto que el
exilio distribuye gratuitamente y en cantidades industriales, para después
sorprenderlos con justicia crítica. A juzgar por la demanda, pronto podré
cotizar en bolsa.
DF: Sé que muchos de quienes te odiaban por tus burlas
han ido cambiando de opinión después de que publicaras artículos favorables
sobre ellos, y así, de hijo de puta, pasas a convertirte en una autoridad
literaria. Háblame de este fenómeno de supuesta reconciliación.
CI: Ese fenómeno demuestra que buena parte de nuestra república literaria no
cree en la crítica, sino en el espejo, y practica el quid pro quo con una inocencia admirable. Mientras el espejo
devuelve una arruga, su propietario denuncia una conspiración, una crisis moral
y probablemente la intervención del castrismo. Cuando el espejo lo rejuvenece,
pasa a ser un instrumento de alta precisión, atendido por una autoridad
literaria de exquisita independencia. Yo no he cambiado en esos episodios.
Cambia la temperatura moral del retratado según la imagen que recibe.
La reconciliación, por tanto, suele ser menos espiritual que adjetiva.
Basta escribir «notable» sobre quien ayer me llamaba hijo de puta para que la
filiación desaparezca y yo ascienda, sin examen, a la academia de su vanidad.
No me ofende. Todos deseamos ser comprendidos, aunque algunos llaman
comprensión al elogio y linchamiento a la sintaxis adversa. La verdadera
reconciliación ocurre cuando alguien acepta una observación desfavorable sin
convertirme en agente enemigo, o recibe un elogio sin imaginar que he solicitado
empleo en su corte. Esos casos existen, pero son raros y merecen protección,
como ciertas aves que todavía anidan lejos de Facebook.
DF: Tus reseñas son leídas, y de qué manera, pues me
constan las cifras de visitas. ¿Las escribes por puro amor al arte literario o
ha habido quienes, al comprobar el alcance de tus artículos, se han atrevido a
ofrecerte dinero para que les hagas una reseña favorable? ¿Puede este ejercicio
de la crítica, al menos cuando resulta favorable, convertirse en una fuente
alternativa de ingresos?
CI: El amor al arte es una expresión preciosa, sobre todo cuando la
pronuncia quien espera que otro trabaje gratis; el conocido pecunia non olet, sin embargo, adquiere
para ciertos autores un perfume inmoral únicamente cuando deben abrir su propia
billetera. Leo, investigo y escribo, actividades que consumen horas, libros,
café, paciencia y una porción considerable de vida. No veo razón para que una
reseña encargada deba tratarse como limosna espiritual mientras el diseñador
cobra, la imprenta cobra, Amazon cobra y hasta el camarero del brindis presenta
su cuenta sin rubor metafísico. Cobrar por el trabajo no compra mi juicio.
Compra mi tiempo. Quien no entienda la diferencia puede comprar publicidad,
género honorable que, bajo la prudencia del caveat
emptor, al menos no se disfraza de crítica.
Sí, algunas personas ofrecen dinero para que sus libros sean atendidos, y
no hay pecado en aceptar un encargo si se declara el procedimiento y se
conserva la libertad de escribir con seriedad. Lo indecente no es recibir
honorarios. Lo indecente sería vender admiración por libras, ocultar defectos a
cambio de propina o fabricar una posteridad exprés con entrega a domicilio. Una
reseña favorable solo puede escribirse cuando el libro ofrece razones para ser
favorecido. Si no las ofrece, queda la opción de una nota promocional honesta,
de una devolución cortés o del silencio, ese crítico severísimo que trabaja
gratis. ¿Fuente alternativa de ingresos? Digamos que ayuda a sostener la
literatura, aunque todavía no me ha permitido comprar un huracán privado.
DF: Quienes leen tus publicaciones, ya sea en tu
muro o en otros portales —y te confieso que me sorprende que te publiquen, no
solo por las posiciones políticas de izquierda de algunos de esos medios,
tratándose de alguien a quien muchos califican despectivamente de furibundo
«trumpista», sino además porque supongo que no tienen idea de quién eres en
realidad—, advierten que tratas a Miami y a su movida cultural con saña, y que
existen nombres a los que te da gusto machacar. ¿Es tan pesimista tu opinión
sobre la cultura actual del exilio cubano, que en ocasiones comparas con un
circo itinerante, o crees que en el exilio también suceden cosas a las que vale
la pena concederles un crédito positivo?
CI: Miami no carece de cultura. Carece, por momentos, de la crueldad
necesaria para distinguir la cultura del programa de actividades, pues mientras
el ars longa, vita brevis recuerda la
brevedad de la vida y la duración del arte, el cóctel de inauguración dura lo
suficiente para que todos se retraten. Aquí ocurren cosas valiosas, aparecen
libros que merecen lectores, artistas capaces de trabajar sin convertir cada
pincelada en una declaración de independencia y espacios que resisten sin
presupuesto ni obediencia ideológica. Precisamente por respetar esas
excepciones me irrita el carnaval de falsas consagraciones que las rodea.
Cuando todo merece homenaje, el homenaje deja de significar algo y se convierte
en servicio de fotografía.
Mi pesimismo no se dirige al exilio, sino a su burocracia sentimental, a
la pequeña nobleza que reparte legitimidades, a los jurados que premian a sus
futuros jurados y a los portales de izquierda que quizá me publican creyendo
que el sarcasmo también debe cumplir cuotas de diversidad. Sobre mi supuesto trumpismo,
disfruto viendo a los comisarios ideológicos buscarme casilla. Para unos soy
demasiado conservador; para otros, demasiado irreverente; para casi todos,
demasiado libre cuando les toca. El circo itinerante no es toda la cultura de
Miami, pero ocupa la carpa mayor, dispone del altavoz y conoce al fotógrafo.
Fuera de esa carpa hay creadores serios, lectores silenciosos y obras que
sobrevivirán cuando las invitaciones, los cargos y los canapés hayan regresado
al polvo. A ellos les concedo crédito, no caridad.
DF: Sé que la respuesta que me darás no aportará
nada importante al cuestionario y, en lo personal, el asunto no me preocupa. No
soy un tipo homofóbico y entre mis amigos, a quienes respeto muchísimo, cuento
con más de un gay. Sin embargo, como tú, soy un poquito jodedor y no me
retraigo ante la pregunta. ¿Eres realmente un pajarito alegre o eso forma parte
de la personalidad que te inventaste, una actitud que incomoda a muchos
heterosexuales conservadores cuando les respondes «besos, querido»?
CI: La pregunta aporta más de lo que supones, pues revela hasta qué punto
un «besos, querido» puede provocar mayor inquietud que una página de mala
prosa; entre una cosa y otra, el homo
sum, humani nihil a me alienum puto permite admitir toda curiosidad humana,
salvo quizá las entrevistas donde el entrevistado debe comparecer con
certificado de hombría apostillado. No presentaré certificados de
heterosexualidad, homosexualidad ni aptitud para el vuelo. La policía de las plumas
tendrá que seguir investigando. Un pajarito alegre, además, suele poseer mejor
oído que un gallo doctrinario y mucha más elegancia que ciertos buitres
culturales que se alimentan de reputaciones muertas.
Mi coquetería verbal forma parte del personaje y también de una pedagogía
mínima. Si dos palabras afectuosas incomodan a un conservador, quizá el
problema no sea mi sexualidad, sino la frágil carpintería de la suya. «Besos,
querido» desarma al macho enfurecido, confunde al insultador profesional y deja
al solemnísimo caballero sin saber si responder con un puñetazo, un emoticono o
una duda que lo acompañará hasta la madrugada. Pocas frases producen tanto
rendimiento con tan escaso presupuesto.
Soy, además, un adicto al gay saber,
a La gaya ciencia de Nietzsche, la
obra de un machista que siempre tuvo en mente subir a lo más alto, acaso para
contemplar desde la cumbre cómo abajo seguían peleándose los porteros de la
virilidad. Soy maricón, al menos en ese sentido, devoto de un saber alegre,
danzante e insolente, que asciende sin pedirle a nadie un certificado de
hombría y que, cuando llega a la cima, no planta una bandera, sino que se pone
a bailar.
No uso la ambigüedad para engañar, sino para impedir que me reduzcan a
una ficha. La identidad, cuando se vuelve expediente, termina sirviendo al
policía, al mercado o al chismoso, tres profesiones que a menudo comparten
oficina. ¿Soy un pajarito alegre? Soy un Ciclón. No relleno formularios
meteorológicos y beso a quien me da la gana, sobre todo si con ello puedo
despeinar una certeza. Besos, querido...
