lunes, 14 de septiembre de 2026

El Ciclón Invisible como una suave corriente de aire


 

No sé los años con exactitud, pero si recuerdo que un día vi en Facebook la solicitud de amistad de un tal Rogelio García, con varios amigos en común, y acepté sin reservas. Ahora bien, a medida que desarrollaba su wall me tropiezo con un sujeto irreverente, burlándose de lo humano y lo divino, sobre todo de lo humano y divino cubano y miamero se dice que por su culpa un importante poeta en Miami sufrió un infarto, que gracias a Dios se recuperó pronto, y prácticamente nadie escapaba del filoso verbo de este personaje, incluyéndome, no sin dejar de reconocer que a veces me divertía y otras reflexionaba porque sus posts lo mismo eran inteligentes, con la suficiente enjundia para ir al hueso y de ahí al tuétano, que no solo el choteo y el irrespeto era su fórmula receta que todavía mantiene para algunos elegidos—. Y lo fui siguiendo hasta que una vez que no tuve la suficiente paciencia con uno de sus posts y lo saqué de mi lista de amigos virtuales; además, sentí que me aburría. Claro, me equivocaba al borrarlo, mi enemistad duró poco, y un día descubro que el hombre, ahora llamado “El Ciclón Invisible”, escribe una reseña sumamente amable sobre un libro de cuentos mío, reseña publicada en este blog. Y, así las cosas, confieso hoy que fui yo quien le pidió su amistad de vuelta.

En fin, últimamente el Ciclón ha ido dando de que hablar, quizás más de lo usual, y su lista de enemigos ha aumentado, junto con la de admiradores y gente que ya lo considera imprescindible y de referencia —sí, lo sé, suena un tanto exagerado y hasta hipócrita esto, lo de la naturaleza indispensable, digo…—,  que no por gusto son más de seiscientos mil seguidores con los que cuenta en FB y factura sus dólares con su contenido.

Pues bien, dicha esta pequeña introducción, el Ciclón ha tenido la gentileza de ofrecerme esta entrevista, me ha hecho el favor de corregir alguna que otra errata y descuido en mi redacción, y el cuestionario aquí está para disfrute de sus admiradores, y pesar para sus enemigos, que bien puede que alguno de estos últimos a partir de ahora me ponga a mí junto con él en su lista… Me queda entonces agradecerle al misterioso personaje su amabilidad al responderme. De veras, Ciclón, gracias...

Entrevista al Ciclón Invisible

Por de Denis Fortun

 

Denis Fortun: Voy a comenzar con la consulta que siempre he usado como primera en mis cuestionarios. Hay quienes aseguran que, bajo el seudónimo huracanado, tu «identidad» está formada por tres personas o más, todas con suficiente conocimiento de Cuba y de su exilio, sobre todo de sus miserias y estafas; dicho sea de paso, te confieso que esa fue mi teoría favorita durante algún tiempo, incluso con nombres específicos que, por prudencia, no voy a repetir aquí. Otros aseguran que se trata de algún filósofo o ensayista cubano residente fuera de Cuba, dueño de un refinado nivel cultural, a juzgar por tus referencias a Heidegger, Nietzsche y otros filósofos y escritores importantes, además de las cábalas, la termodinámica, la sinología, los misterios y los chismes. Dicho así, ¿quién es el Ciclón Invisible, antes Rogelio García? ¿Acaso una tríada, un equipo, un jodedor con tiempo suficiente para pinchar y endurecer hígados, o un sujeto empeñado en desacralizar nombres y figuras que se creen importantes, cuyo primer deseo consiste en bajarlos de sus pedestales con elementos y pruebas que confirman su mediocridad?

Ciclón Invisible: Lo primero que debo aclarar es que Rogelio García no fue mi nombre anterior, sino uno de esos abrigos que uno deja en el guardarropa cuando descubre que la fiesta está llena de gente empeñada en revisar las etiquetas; y aunque el viejo principio Nomen est omen concede al nombre cierta fatalidad, en Miami suele ser una tarjeta de presentación con más relieve que contenido. El Ciclón Invisible no es una persona, ni tres, ni una cooperativa de damnificados por la cultura cubana. Es una corriente de aire que ha leído demasiado, duerme poco y posee la mala educación de recordar lo que los demás dijeron ayer. De ahí que algunos sospechen un comité de filósofos, una célula de sinólogos o una asociación ilícita de comadres con biblioteca. Les cuesta aceptar que una sola criatura pueda leer a Heidegger por la mañana, escuchar un chisme a mediodía y, antes de la cena, descubrir que ambos hablan del mismo vacío.

Si somos tres, como aseguran los expertos en meteorología policial, uno redacta, otro se ríe y el tercero cobra las enemistades. Si somos más, ya deberíamos solicitar subvenciones, elegir presidente y organizar un coloquio en Miami con vino tibio, seis presentadores y catorce fotografías del público. Con el Ciclón ha ocurrido algo semejante a lo que sucede en la película Los sospechosos de siempre, dirigida por Bryan Singer y estrenada en 1995, donde se habla tanto de un crimen, se multiplican tantas versiones y circulan tantos posibles culpables, que llega un momento en que ya resulta difícil saber quién es el verdadero criminal. A mí me han atribuido tantos rostros, tantas profesiones y tantos domicilios que la sospecha terminó por devorar al sospechoso. Si mañana apareciera alguien proclamando, con documentos, testigos y hasta certificado notarial, «Yo soy el Ciclón Invisible», nadie le creería. Lo acusarían de impostor, le pedirían nuevas pruebas y propondrían otros tres nombres más convincentes. He alcanzado así la forma superior del anonimato, aquella en que la verdad, si llega a presentarse, parece la coartada menos verosímil.

Prefiero, por eso, conservar el misterio, pues el principio Qui tacet consentire non videtur impide que mi silencio confirme la teoría, aunque le concede una vejez divertida. El anonimato tiene la ventaja de que obliga al agraviado a disparar contra la niebla, espectáculo que siempre mejora cuando el tirador se considera una institución. No nací para bajar estatuas. Me basta soplar un poco y comprobar cuántas estaban hechas de cartón, cuántas se sostenían por la cinta adhesiva de los amigos y cuántas confundían el pedestal con la estatura; en esos casos, res ipsa loquitur y las pruebas no endurecen hígados, apenas les quitan el maquillaje.

DF: ¿Son la burla y el choteo lo que te mueve en primer término, o existe en ti una necesidad superior? Te lo pregunto pensando en esas ceremonias culturales donde tres amigos se elogian mutuamente hasta que cada uno sale convertido en clásico, en los premios cuyos jurados distinguen hoy a quienes mañana los distinguirán a ellos, en las mesas de debate donde nadie debate nada, y en ciertas reputaciones que, sostenidas por fotografías, brindis y aplausos de confianza, parecen derrumbarse apenas alguien formula una pregunta incómoda. Cuando pinchas esas solemnidades, ¿solo buscas provocar la risa y disfrutar del espectáculo, o intentas separar la obra verdadera del decorado, el talento del compadrazgo y la crítica de esa cortesía social que suele confundir el silencio con admiración?

CI: El ser cubano está hecho y constituido fisiológicamente de burlas; si se le practicara una autopsia cultural, debajo de cada órgano aparecería un chiste y detrás de cada solemnidad se escucharía una trompetilla. La burla es el bisturí, no la enfermedad, y el antiguo ridendo castigat mores explica por qué el choteo cubano, cuando todavía no había sido domesticado por los departamentos de relaciones públicas, servía para pinchar la solemnidad y comprobar si debajo había pensamiento o solamente gas ceremonial. Yo lo empleo con una intención casi piadosa. Evito que ciertas reputaciones exploten por exceso de incienso. Alguien tiene que abrir una ventana cuando en el salón cultural se reúnen demasiados prólogos, homenajes mutuos y genios recién certificados por sus compadres.

Me mueve algo superior, desde luego, aunque no tan superior como para pedirle una beca. Me interesa defender la inteligencia contra la administración de la vanidad, la literatura contra la amistad convertida en criterio estético y el exilio contra quienes lo utilizan como un pequeño municipio de cargos vitalicios. La risa no sustituye al juicio, pero lo despierta. Una frase sarcástica puede hacer por la higiene pública lo que veinte congresos no consiguen ni con desayuno incluido. Cuando me burlo de alguien, no siempre afirmo que carezca de talento. A veces sugiero algo peor, que posee alguno y lo ha puesto al servicio de su estatua.

Y como toda fisiología merece su tratado, publicaré muy pronto una reseña de Hígado al ensayo, un libro espléndido y corrosivo que retrata ese conglomerado biológico deficitario del cubano con la precisión de quien no teme abrir el cuerpo nacional para averiguar de qué rencores, poses, ocurrencias y secreciones patrióticas está compuesto. Su autor es Alfredo Triff, el señor culto de la barba blanca, quien ha tenido la delicadeza quirúrgica de colocar el hígado sobre la mesa y dejar que el resto del organismo se delate por sí solo.

DF: Sé que conoces la diferencia entre seudónimo y heterónimo, pero voy a describirla de manera sencilla. En el primer caso se trata de la misma persona y de la misma voz, aunque cambie el nombre real; en el segundo, no se reduce todo a un nombre ficticio, sino que la persona misma es ficticia. ¿Cómo defines entonces al Ciclón al amparo de estos dos conceptos?

CI: El Ciclón participa de ambos y se burla de los dos, pues funciona como un alter ego, si se quiere, aunque el ego original ya no recuerde cuál de los dos paga el alquiler. Es seudónimo cuando firma lo que una persona concreta piensa y no desea entregar al registro civil de las susceptibilidades. Es heterónimo cuando adquiere una respiración, un vocabulario y hasta una moral meteorológica que su autor no podría usar sin provocar alarmas entre los vecinos. No soy una máscara colocada sobre una cara. Soy la cara que la máscara terminó por inventar.

Pessoa repartió su alma entre escritores con biografía, horóscopo y caligrafía. Yo, más modesto y más tropical, repartí la mía entre ráfagas. El heterónimo tiene la ventaja de contradecir al hombre que lo creó y, si alcanza suficiente insolencia, hasta puede despedirlo. Eso ocurrió conmigo. El supuesto autor creyó que me utilizaría para decir algunas verdades incómodas y retirarse temprano. Ahora soy yo quien lo deja salir de vez en cuando, siempre bajo vigilancia, para que pague cuentas, salude a la familia y parezca una persona respetable. Si necesitan una definición académica, pueden escribir que el Ciclón es un heterónimo con antecedentes de seudónimo y aspiraciones de fenómeno atmosférico. Si necesitan la verdad, esa definición ya es demasiado seria.

DF: Se reconocen varias razones importantes para no escribir con el verdadero nombre. Una sería el miedo del escritor a asumir la responsabilidad de sus escritos; otra, el uso de la máscara como una suerte de pudor que permite decir lo más íntimo; también estarían la libertad, que de todos modos no exime de responsabilidades, el prejuicio del lector y del mercado, y la necesidad de separar a la persona real del personaje. ¿Cuál de estas razones te «cuadra» o se acerca más a tu empeño?

CI: Me cuadran todas y ninguna, aunque la quinta, esa necesidad de separar a la persona real del personaje, me conduce directamente a José Manuel Poveda y a Alma Rubens. Llegará el momento, no sé cuándo, en que el Ciclón tendrá que enfrentarse al mismo problema. Poveda no se limitó a firmar con un nombre de mujer. Le inventó vida, temperamento, biografía y una obra propia; publicó sus poemetos, la convirtió en una presencia separada y llegó a escribir sobre ella como si el constructor y la criatura habitaran habitaciones distintas. Según la deliciosa anécdota, la ciudad letrada de Santiago de Cuba terminó exigiendo que apareciera aquella supuesta poetisa, una francesa cubana, misteriosa, transgresora y encantadora, cuya inexistencia comenzaba a parecer una descortesía social. Poveda tuvo entonces que confesar la verdad y admitir que la dama había salido enteramente de su pluma.

Algo semejante podría ocurrirme. El Ciclón ha crecido hasta adquirir opiniones que acaso su constructor no comparte, enemigos que jamás le presentaron y admiradores que probablemente lo abandonarían si vieran al ciudadano detrás de la ráfaga. Un día exigirán que comparezca, que muestre la cara, que enseñe la licencia meteorológica y pague personalmente cada vendaval. Entonces quizá tenga que decir la verdad; y como el viejo sic transit gloria identitatis se cumpliría en mitad de la confesión, Alma Rubens habría necesitado que Poveda admitiera su invención, mientras el Ciclón acaso necesitaría que su inventor demostrase que existe.

Las otras razones parecen redactadas por una compañía de seguros para escritores que temen daños a terceros. Hay miedo, claro, pero no necesariamente miedo a responder. Existe también el cansancio de explicar cada ironía ante tribunales formados por personas incapaces de distinguir una metáfora de una orden de arresto; uno procuraría hablar sine ira et studio, pero la fauna local suele aportar la ira y eliminar el estudio. La responsabilidad no depende del nombre estampado al pie, sino de la calidad de cuanto se afirma. Conozco firmas muy visibles que llevan décadas escondidas detrás de lugares comunes.

La máscara concede libertad, pero no inocencia. Quien escribe bajo otro nombre sigue obligado a no inventar pruebas, aunque conserva el derecho de organizar las verdades de manera que resulten inolvidables. También hay pudor. Lo íntimo no siempre se desnuda quitándose la ropa. A veces necesita ponerse un sombrero, un bigote y una voz ajena. En cuanto al mercado, sería maravilloso que el anonimato vendiera. En Miami hasta la identidad verdadera vende poco, salvo que venga acompañada de una fotografía con copa, un elogio circular y la promesa de presentar después el libro del presentador. Mi razón principal es separar al ciudadano del personaje, no para que uno escape de los actos del otro, sino para que el personaje pueda decir lo que el ciudadano, ocupado en sobrevivir, acaso suavizaría hasta volverlo perfectamente inútil.

DF: Son varios los nombres que durante mucho tiempo has utilizado para el escarnio, incluido el mío, pero últimamente he visto que has sido generoso con algunos de ellos y vuelvo a incluirme. ¿A qué se debe este giro de la burla al reconocimiento? ¿Remordimiento, acaso? ¿Estrategia de mercado?

CI: El remordimiento es una palabra demasiado católica para un fenómeno editorial, aunque el errare humanum est, perseverare autem diabolicum viene muy al caso cuando alguien persevera en escribir el mismo libro y presentarlo con distinto traje. No he pasado de la burla al reconocimiento. He pasado de una lectura a otra, que es lo que debería hacer cualquier crítico que no haya firmado un contrato de odio perpetuo. Si alguien escribe una tontería, la señalo. Si mañana publica un libro valioso, también lo señalo, aunque esa conducta desconcierte a quienes organizan la cultura como una guerra de familias. El talento no queda anulado para siempre por una mala tarde, ni la mediocridad recibe indulgencia plenaria por una buena reseña.

En cuanto a ti, Denis, la generosidad no consiste en absolverte, sino en leerte. En esta ciudad, donde demasiadas personas elogian sin abrir el libro y condenan después de mirar quién aparece en la foto, leer constituye una forma extrema de consideración. Si encuentro algo digno, lo digo sin pedir permiso a mis burlas anteriores. Si encuentro algo risible, tampoco solicito autorización a los elogios recientes. ¿Estrategia de mercado? Magnífica hipótesis. Mi negocio consistiría entonces en fabricar enemigos, el único producto que el exilio distribuye gratuitamente y en cantidades industriales, para después sorprenderlos con justicia crítica. A juzgar por la demanda, pronto podré cotizar en bolsa.

DF: Sé que muchos de quienes te odiaban por tus burlas han ido cambiando de opinión después de que publicaras artículos favorables sobre ellos, y así, de hijo de puta, pasas a convertirte en una autoridad literaria. Háblame de este fenómeno de supuesta reconciliación.

CI: Ese fenómeno demuestra que buena parte de nuestra república literaria no cree en la crítica, sino en el espejo, y practica el quid pro quo con una inocencia admirable. Mientras el espejo devuelve una arruga, su propietario denuncia una conspiración, una crisis moral y probablemente la intervención del castrismo. Cuando el espejo lo rejuvenece, pasa a ser un instrumento de alta precisión, atendido por una autoridad literaria de exquisita independencia. Yo no he cambiado en esos episodios. Cambia la temperatura moral del retratado según la imagen que recibe.

La reconciliación, por tanto, suele ser menos espiritual que adjetiva. Basta escribir «notable» sobre quien ayer me llamaba hijo de puta para que la filiación desaparezca y yo ascienda, sin examen, a la academia de su vanidad. No me ofende. Todos deseamos ser comprendidos, aunque algunos llaman comprensión al elogio y linchamiento a la sintaxis adversa. La verdadera reconciliación ocurre cuando alguien acepta una observación desfavorable sin convertirme en agente enemigo, o recibe un elogio sin imaginar que he solicitado empleo en su corte. Esos casos existen, pero son raros y merecen protección, como ciertas aves que todavía anidan lejos de Facebook.

DF: Tus reseñas son leídas, y de qué manera, pues me constan las cifras de visitas. ¿Las escribes por puro amor al arte literario o ha habido quienes, al comprobar el alcance de tus artículos, se han atrevido a ofrecerte dinero para que les hagas una reseña favorable? ¿Puede este ejercicio de la crítica, al menos cuando resulta favorable, convertirse en una fuente alternativa de ingresos?

CI: El amor al arte es una expresión preciosa, sobre todo cuando la pronuncia quien espera que otro trabaje gratis; el conocido pecunia non olet, sin embargo, adquiere para ciertos autores un perfume inmoral únicamente cuando deben abrir su propia billetera. Leo, investigo y escribo, actividades que consumen horas, libros, café, paciencia y una porción considerable de vida. No veo razón para que una reseña encargada deba tratarse como limosna espiritual mientras el diseñador cobra, la imprenta cobra, Amazon cobra y hasta el camarero del brindis presenta su cuenta sin rubor metafísico. Cobrar por el trabajo no compra mi juicio. Compra mi tiempo. Quien no entienda la diferencia puede comprar publicidad, género honorable que, bajo la prudencia del caveat emptor, al menos no se disfraza de crítica.

Sí, algunas personas ofrecen dinero para que sus libros sean atendidos, y no hay pecado en aceptar un encargo si se declara el procedimiento y se conserva la libertad de escribir con seriedad. Lo indecente no es recibir honorarios. Lo indecente sería vender admiración por libras, ocultar defectos a cambio de propina o fabricar una posteridad exprés con entrega a domicilio. Una reseña favorable solo puede escribirse cuando el libro ofrece razones para ser favorecido. Si no las ofrece, queda la opción de una nota promocional honesta, de una devolución cortés o del silencio, ese crítico severísimo que trabaja gratis. ¿Fuente alternativa de ingresos? Digamos que ayuda a sostener la literatura, aunque todavía no me ha permitido comprar un huracán privado.

DF: Quienes leen tus publicaciones, ya sea en tu muro o en otros portales —y te confieso que me sorprende que te publiquen, no solo por las posiciones políticas de izquierda de algunos de esos medios, tratándose de alguien a quien muchos califican despectivamente de furibundo «trumpista», sino además porque supongo que no tienen idea de quién eres en realidad—, advierten que tratas a Miami y a su movida cultural con saña, y que existen nombres a los que te da gusto machacar. ¿Es tan pesimista tu opinión sobre la cultura actual del exilio cubano, que en ocasiones comparas con un circo itinerante, o crees que en el exilio también suceden cosas a las que vale la pena concederles un crédito positivo?

CI: Miami no carece de cultura. Carece, por momentos, de la crueldad necesaria para distinguir la cultura del programa de actividades, pues mientras el ars longa, vita brevis recuerda la brevedad de la vida y la duración del arte, el cóctel de inauguración dura lo suficiente para que todos se retraten. Aquí ocurren cosas valiosas, aparecen libros que merecen lectores, artistas capaces de trabajar sin convertir cada pincelada en una declaración de independencia y espacios que resisten sin presupuesto ni obediencia ideológica. Precisamente por respetar esas excepciones me irrita el carnaval de falsas consagraciones que las rodea. Cuando todo merece homenaje, el homenaje deja de significar algo y se convierte en servicio de fotografía.

Mi pesimismo no se dirige al exilio, sino a su burocracia sentimental, a la pequeña nobleza que reparte legitimidades, a los jurados que premian a sus futuros jurados y a los portales de izquierda que quizá me publican creyendo que el sarcasmo también debe cumplir cuotas de diversidad. Sobre mi supuesto trumpismo, disfruto viendo a los comisarios ideológicos buscarme casilla. Para unos soy demasiado conservador; para otros, demasiado irreverente; para casi todos, demasiado libre cuando les toca. El circo itinerante no es toda la cultura de Miami, pero ocupa la carpa mayor, dispone del altavoz y conoce al fotógrafo. Fuera de esa carpa hay creadores serios, lectores silenciosos y obras que sobrevivirán cuando las invitaciones, los cargos y los canapés hayan regresado al polvo. A ellos les concedo crédito, no caridad.

DF: Sé que la respuesta que me darás no aportará nada importante al cuestionario y, en lo personal, el asunto no me preocupa. No soy un tipo homofóbico y entre mis amigos, a quienes respeto muchísimo, cuento con más de un gay. Sin embargo, como tú, soy un poquito jodedor y no me retraigo ante la pregunta. ¿Eres realmente un pajarito alegre o eso forma parte de la personalidad que te inventaste, una actitud que incomoda a muchos heterosexuales conservadores cuando les respondes «besos, querido»?

CI: La pregunta aporta más de lo que supones, pues revela hasta qué punto un «besos, querido» puede provocar mayor inquietud que una página de mala prosa; entre una cosa y otra, el homo sum, humani nihil a me alienum puto permite admitir toda curiosidad humana, salvo quizá las entrevistas donde el entrevistado debe comparecer con certificado de hombría apostillado. No presentaré certificados de heterosexualidad, homosexualidad ni aptitud para el vuelo. La policía de las plumas tendrá que seguir investigando. Un pajarito alegre, además, suele poseer mejor oído que un gallo doctrinario y mucha más elegancia que ciertos buitres culturales que se alimentan de reputaciones muertas.

Mi coquetería verbal forma parte del personaje y también de una pedagogía mínima. Si dos palabras afectuosas incomodan a un conservador, quizá el problema no sea mi sexualidad, sino la frágil carpintería de la suya. «Besos, querido» desarma al macho enfurecido, confunde al insultador profesional y deja al solemnísimo caballero sin saber si responder con un puñetazo, un emoticono o una duda que lo acompañará hasta la madrugada. Pocas frases producen tanto rendimiento con tan escaso presupuesto.

Soy, además, un adicto al gay saber, a La gaya ciencia de Nietzsche, la obra de un machista que siempre tuvo en mente subir a lo más alto, acaso para contemplar desde la cumbre cómo abajo seguían peleándose los porteros de la virilidad. Soy maricón, al menos en ese sentido, devoto de un saber alegre, danzante e insolente, que asciende sin pedirle a nadie un certificado de hombría y que, cuando llega a la cima, no planta una bandera, sino que se pone a bailar.

No uso la ambigüedad para engañar, sino para impedir que me reduzcan a una ficha. La identidad, cuando se vuelve expediente, termina sirviendo al policía, al mercado o al chismoso, tres profesiones que a menudo comparten oficina. ¿Soy un pajarito alegre? Soy un Ciclón. No relleno formularios meteorológicos y beso a quien me da la gana, sobre todo si con ello puedo despeinar una certeza. Besos, querido...