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jueves, 25 de septiembre de 2025

Líneas de la memoria. Entrevista de Gabriel Cartaya a Denis Fortún

 

El sábado 30 de agosto conocí a Gabriel Cartaya, es decir, personalmente. Ya tenía referencias de él y de su obra a través del amigo común Ángel Velázquez Callejas. Fue justo en casa de Callejas donde coincidimos, y luego de las presentaciones de rigor, sin mucho rigor, que fue diáfana, conversamos sobre lo humano, lo divino, de Cuba, de Tampa, de Miami, y sobre su novela "El secreto de la Andaluza", a presentarse esa noche. Finalmente, Cartaya me dijo que le gustaría hacerme una entrevista para el semanario “La Gaceta”, fundado en 1922. Y, así las cosas, Cartaya me envió las preguntas, yo las respondí, y queda agradecerle la oportunidad…


Gabriel Cartaya: Denis, aunque no te iniciaste muy temprano en el mundo de la escritura, hoy tienes ya varios libros publicados. ¿Cómo descubriste e impulsaste al escritor que hay en ti?

Denis Fortún: Escribir, puedo asegurarte que se trata de una pasión que traigo conmigo desde niño. Recuerdo que, en la escuela, la enseñanza primaria específicamente, en particular el quinto grado, mis mejores notas eran en español —a los número siempre les he tenido antipatía, excepto a los números de la Lotto, pero estos al parecer sí me tienen fobia. Disfrutaba hacer composiciones que a veces mi profesara me decía que resultaban demasiadas largas, más de dos párrafos, que por lo general era la norma. Ya en sexto, a los once años, mi madre me regaló “Los conquistadores del fuego”, de J. H. Rosny. Leer era otra pasión, igual con sus momentos de pausa al no dedicarle el tiempo suficiente, pero tuve la suerte de crecer con un par de libreros enormes en la casa, con autores todos de lujo, universales, de asiento de palco, que nómbratelos representa un lista inmensa, y siempre acababa yo atrapado por alguno, ya fuese por mi voluntad o por sugerencia de mi abuela, que era una lectora empedernida. A esto súmale que en el aula existía la costumbre entre un grupo de alumnos que a la hora de almuerzo nos dedicábamos a leer. Aunque te confieso, yo no me entregaba con la fuerza y pasión de los otros muchachos, que sí se pasaban las dos horas del receso embobecidos con sus libros. Siempre estuve propenso a disociarme cuando de jugar y jeringar su poquito se trataba, lo que le costaba a mi madre ir a ver a la maestra más de las veces que ella y yo hubiésemos gustado. Ahora bien, aquella novela de Rosny me cautivó siguiéndole “El león de las Cavernas” y recuerdo que al terminarla me dije que alguna vez iría a escribir historias, y te reitero, “me dije”, porque igual jamás se lo comenté a nadie, por varios años fue mi mejor secreto. Sin embargo, después del entusiasmo que me provocara las aventuras de Naoh, Nam y Gau en busca del fuego, esa suerte de asignatura pendiente o fantasía dejé de tomármela en serio, otras prioridades más terrenas en mi adolescencia me atrapaban, aún sin olvidarme que lo de escribir no tenía dudas que me atraía muchísimo. Claro, existe un detalle importante, este un ejercicio que precisa de soledad, y a esa edad adoraba yo el bullicio, la compañía de los amigos del barrio, los de la escuela y, llegado el momento y qué momento, la compañía de la novia.

Pero por fin pasó, a la edad de treinta y seis años, un vicio que hasta hoy me persigue, eso sí, sin mucha disciplina, la que merece realmente. Coincidieron por esa época varios momentos que marcaron mi vida, y amigos que me impulsaron a hacerlo. En poesía, la confianza y saber de Jesús Candelario y Alberto Sicilia; en narrativa, la pasión, la manera de contar sus historias, y la admirable disciplina de Armando de Armas irónico, ¿no?, yo que te he dicho en más de una oportunidad que no lo soy lo suficiente. Y quien me dio el impulso final para llegar hasta acá en cuanto a las letras se refiere, impulso que le voy a agradecer siempre, la que fuese mi mujer en esa época, Helen Ochoa, asegurándome ella que, más que poder, debía intentarlo de manera seria y sin temor a críticas y traspié, que los habrá siempre. Y así, con una que otra piedra en el camino, digamos que más piedras de las que deseas o supones, con gente que me veía como un advenedizo, mucho más aquellos que “gozaban” de un nombre, conseguí publicar algunos poemas y uno que otro cuento en revistas impresas y digitales de Cienfuegos, y un buen día vino la noticia de que quedaba finalista en un importante concurso nacional de narrativa, cuentos cortos propiamente, donde recibí mención especial, y el cuento se publicó en una antología que hiciera Letras Cubanas y la Editorial Liminar, de Santi Spíritus, fue este el segundo cuento que publicase en Cuba, hubo uno anterior antologado en un volumen que hiciera Atilio Caballero, un cuaderno que trae por título “Como el aire en la orejas”, título tomado de un cuento de Juan Francisco Pulido, y lo más curioso, los dos cuentos salieron viviendo yo en Miami. Sin embargo, estando fuera de la Isla es que llegué a desarrollar una obra que por suerte ha sido publicada en buena parte, tal y como mencionas en la siguiente pregunta. 



GC: La mayor parte de tu obra escrita la has realizado fuera de Cuba. De alguna manera, ¿te ha dinamitado, como escritor, vivir fuera de tu país?

DF: Por supuesto, y la primera razón es la censura que aún persigue a muchos en la Isla, y que yo para ellos no era lo suficiente confiable. Mi “resumé” estaba muy lejos por aquel entonces de que me consideraran un escritor, y mi “proyección” política les preocupaba demasiado. Igual venia de un mundo diferente en apariencias para que los “consagrados” me diesen su visto bueno, y no contaba lo mismo con las relaciones adecuas para el gran salto, y de conseguirlas representaba una genuflexión que no estaba dispuesto a practicar. Estando acá todo se presentó diferente y tuve la suerte de que al llegar a Miami mi viejo amigo Armando de Armas me ubicara en la zona donde lograse yo conseguir un espacio, lo mismo en la literatura que en programas de televisión luego vinieron España y México, en antologías y revistas—. Siempre le voy a agradecer a Mandy que estuviese delante abriéndome puertas. Pero fue justamente en Miami donde comencé a publicar cosas que traje de Cuba, casi todas inéditas: poemas y cuentos, y otras, la mayoría, escritas acá, como crónicas, novela, reseñas… Entonces, retomando tu pregunta, vivir fuera de Cuba me dio la oportunidad de no solo continuar escribiendo, sino de hacerlo por primera vez con total libertad; publicar sin preocuparme que lo que fuese a contar tuviese connotaciones que pudiesen censurarse. La autonomía es fundamental para ejercer la escritura, a pesar de que todavía ves a algunos escritores que se “cuidan” y hasta se autocensuran, que es la peor de todas las formas de reprobación y crítica.

GC: Eres poeta y narrador. ¿Se complementa, o se excluyen esas manifestaciones en la elección expresiva?

DF: Digamos que cada una, en mi caso, en apariencia cuentan con su motor impulsor propio, lo que ofrece la imagen de una supuesta exclusión al instante de elegir, pero en realidad pasa sin mucha diferencia para cada forma. La narrativa, al momento de crear, en un principio es menos visceral que la poesía, aunque no por eso le concedo menos pasión y termina cargando su “toque poético”, porque si bien prosa y verso se apartan en ocasiones, no llegan a establecer una ruptura evidente porque la prosa (la historia), carga también con esa proporción que nace de los sentimientos. Es acaso “el yo poético”, ese que me asiste y más que desplazar al narrador, lo disfraza. Ahora bien, reconozco que el poema en sí es otra manera o lenguaje al segundo de manifestarse, entre otras razones porque se me antoja como si alguien, alguna “entidad”, me dictase versos, una especie de posesión, aunque ese poema cuente una historia; soy de los que piensa que la poesía puede narrar al amparo de su lenguaje; sin embargo, esa poesía tiene que ver más con mi estado de ánimo. Ahora bien, tengo textos en narrativa que han sido desarrollado a partir de una idea que tuve para poemas, y poemas con los que ha sucedido algo similar desde la otra perspectiva: la inspiración me ha tocado a través de la prosa. Luego entonces, como soy yo el que las escribe, las manifestaciones expresivas a las que haces referencia, más que fragmentarse se complementan. Tengo un poema, por solo citarte un ejemplo, publicado en “Noticia en desarrollo” (ediciones Exodus), que en un inicio fue una crónica que escribí luego de una viaje a New Orleans.

GC: ¿Cómo se entrelazan ficción y realidad en tus novelas?

DF: Mis novelas, tengo dos escritas, una ya publicada 324 Mendoza, y otra terminada que vengo revisando por mucho tiempo Cueros contemporáneos. El caso es, esta última toca un tema muy recurrente en la literatura cubana después de 1959: la dictadura, sus muertos, sus miserias, su drama, el exilio, el desgarramiento de dejar atrás a los afectos, los amores, la gente que quieres, que al final es eso a lo que se reduce la percepción de Patria.

Mucho se ha escrito sobre ese tema, muy bueno y muy malo, lo que lo convierte en uno demasiado recurrente, y eso es justamente lo que me hace dudar, y mucho, y hasta hoy no sale. Por supuesto, no puedo dejar de mencionar a mi editora Yovana Martínez CAAW Ediciones, con quien publiqué 324 Mendoza, que en ese sentido me ha ayudado enormemente al momento de revisar y cambiar, incluso desechar; hablo de un libro con más de 400 páginas. Pero respondiendo a tu pregunta, la ficción y la realidad, más que entrelazarse, para mí se funden, son una sola. Quien escribe y no va a buscar en su vida, revisar su existencia como una suerte de archivo, a mi modo de ver no resulta honesto, y es precisamente la honestidad la que le da el color definitivo a una historia. La ficción llega como un bordado, sea enjundiosa o ligera, es una suerte de envoltura que has de ir rompiendo para descubrir la verdad que pretende contar el autor. En fin, como lo veo, la realidad viene a ser la masa del pastel, la ficción el merengue que lo envuelve. Y se sabe, lo que se disfruta en el pastel es lo que trae dentro.



GC: Si tuvieras que recomendar solo uno de tus libros, ¿con qué argumentos lo elegirías?

DF: Pues lo haría con la misma recomendación para todos: soy yo en la mayoría del textos, o los versos, y en cada una de sus palabras está mi verdad, mi vida. Si te interesa, claro está, le diría al lector, abre el libro.

GC: ¿Escribir para vivir o vivir para escribir?

DF: Vivir, y si escribir forma parte de tu vida, entonces escribe lo que vives con la credibilidad como estandarte, que ya te dije, se reduce a tu honestidad y a tu vida, no importa que sea invención. Te lo mencioné antes en la pregunta que me haces sobre la ficción y mis novelas, la primera herramienta es vivir, después narrar o hacer versos con la desvergüenza de contarle a la gente que no te conoce. Disfrutar de ese ejercicio impúdico de mostrase uno, aun envuelto en la fábula más inflamada, entiéndase un merengue más espeso para el pastel, que siempre lo habrá y digamos que la ficción da su toque especial; que, parafraseando a Armando de Armas, escribir no es una pose, se trata de un acto de fe, de ser uno lo que es, y hasta lo que no. Y digo yo, todo acto precisa de entrega, y porque vivir, insisto, es la columna vertebral de ese trance y eso presupone otorgar, todo se reduce a un desembolso provechoso que conlleva a ser honesto. No dudo que Julio Verne haya ido a la luna, o viajado 20000 leguas en la profundidad del mar; que Kafka fue testigo de una metamorfosis real; que Poe hablase con los cuervos; que Saint-Exupéry se hubiese tropezado con aquel chiquillo que se decía Príncipe. En fin, aun contando historias fantásticas, tu verdad debe estar siempre presente y con ella lo vivido, que es lo que corrobora finalmente. Si, mi estimado Cartaya, vivir y observar, estar pendiente a todo lo que nos ofrece ese lapso que llamamos existencia.

Gracias miles…


Fotos tomadas del PDF. Seminario "La Gaceta". Gabriel Cartaya

lunes, 7 de febrero de 2022

A tu memoria, Alcides...

Fue en el cumpleaños de Santiago Alpízar, de Chago, y verlo fue bueno, estaba más sosegado, y también más viejo. Vino el abrazo en el parqueo, le pedí un cigarro, conversamos, jaraneó con Ailer “y su lucha eterna”, y concluimos hablando de Delio Regueral, todavía nos debía una lectura de poemas y una buena descarga. La anterior, que preparó con Rolando Jorge, no se hizo, hubo un “desenchuche” -Pero Delio es un buen tipo- me comentó riéndose, y agregó -yo lo quiero-. Le dije que sí, sin duda alguna Delio es un buen tipo, un buen amigo, y hay que quererlo.

Luego vino la foto en la barra, una cerveza en su mano que le duró toda la noche, apenas si la probó, y finalmente cuando nos fuimos le pedí que viniese conmigo y con Ailer, a mi casa, y dos amigos más de Santiago -y no solo de Chago, sino del Santiago de Cuba, que de allí son-; "vamos a beber un poco, como hacíamos en Mendoza". Pero riéndose, me recordó, él era un “tipo trabajador” que tenía que “pinchar” al otro día, y quedamos entonces que fuese en otra oportunidad.

Hoy la noticia de su ida se me antoja una patada fuerte donde duele duro, y recuerdo cuando conversábamos sobre su historia, un hecho insólito que le sucedió en el edificio de Mendoza, un encuentro con una presencia fuerte, extraña, ajena, enigmática y de otro mundo, que yo debía “poner en mi novela…

A tu memoria, Alcides, y por la tristeza que tienen hoy "los científicos dominicanos"


 Lémures de un Mendoza arcano

(Fragmento de 324 Mendoza. Novela. CAAW Ediciones 2018)


 Por la mañana temprano se han paseado varias modelos desnudas por el edificio. Últimamente, la clientela aumenta, y no solo se mantiene la calidad de las hembras a retratarse, sino que mejora. Sin embargo, no he visto a ninguna. La fiesta del vecino de los bajos acabó tarde y Ela y Carmen, después de un frugal retozo conmigo en la Kon-tiki, se marchan a eso de las seis y tanto de la mañana. Estuve durmiendo hasta las cuatro y media de la tarde. Por supuesto, me perdí la escena vernácula entre la mujer del vecino de los bajos versus el señor subcontinental, bronca que he sabido por el dueño. Me queda escuchar la que sobrevendrá en la noche.


Tampoco supe que la vecinita participó en la pasarela, y me entero en el apartamento estudio del dueño cuando fui a pagarle la renta. Allí estaba ella, skinny and delicious, y me soltó un hello bien nice. Yo, un poco por la resaca, balbuceando casi, le respondí un hola seco, sin quitarle los ojos de encima. Traía un short demasiado corto mostrando las puntas de sus lindas nalguitas, o los bordes, o lo que sea, pero se veían sublimes eso pedacitos de carne que revelaba con inocente desvergüenza. Para arriba, una camiseta ancha que regalaba los bordes de sus apetitosas teticas, mostrándolas por completo cuando se agachaba a acariciar a Dante, que me movía su corta cola pretendiendo jugar conmigo, muy amoroso el perrito, muy bellas sus teticas –las de la vecinita, que el perrito es macho–. Así es todo en ella, sin esa amplificación corporal que distingue a las criollas, con mucha sensualidad, buena estatura, y madurita, porque me ha confesado el dueño del edificio: la modelo ya está en los cuarenta.


La vecinita sonríe al notar que no me concentro en otra cosa que no fuera su adorable osamenta, y curiosea con cierta suspicacia si estoy bien. Me dispongo a responderle, sin embargo, no me permite que hable y me jura que el viernes a eso de las doce y media de la noche sintió un ruido fortísimo en mi apartamento. Con su linda y desvergonzada sonrisa de vuelta, la joven termina su monólogo dejando claro el temor que se desplome su techo, que viene a ser mi piso, aprensión que me ha picoteado más de una vez cuando estoy en la bañadera. Pero la miro sin hallar una respuesta coherente, que no me interesa, además, y termino por permanecer callado, aún sufro el malestar de la borrachera con vino barato y eso de piso y techo, techo y piso, me confunde.


Le quito un cigarro al dueño y bebo de su vaso un sorbo de whisky, necesito matar la resaca que traigo. Finalmente le contesto a la chica, que pasé la noche hasta muy tarde en la fiesta del vecino de enfrente a su apartamento. Si oyó ruidos pesados, debió venir de allí. La fiesta estuvo buena y miro al dueño de Mendoza buscando su aprobación, él se quedó hasta última hora en casa del vecino, lo que no recuerdo cuándo se fue y con quién. El dueño sonríe sin mirarme y permanece contando mi dinero, que ya no es mío    –nunca lo ha sido– como si se tratara de miles de dólares. Tal vez lo hace para ver si aumenta.


—Regresé a mi apartamento como a las cinco de la mañana— le repito a la vecinita—. El ruido debió ser un fantasma —concluyo riéndome sin muchas ganas.

El dueño, hasta ese minuto ausente, comenta que nunca se sabe.


—Ya ni sé las quejas que he recibido. La vecina pared con pared a tu cuarto… —el dueño habla sin que esta vez asome en su rostro su mueca favorita, la de burla— jura que en el edificio habita un fantasma muy antiguo. Incluso, la señora del 5, la subcontinental, como tú le dices, afirma que ha visto a una mujer embarazada caminando de noche, por el pasillo del segundo piso, con un quimono blanco muy largo, que arrastra por la alfombra hasta que desaparece por la ventana que da al patio, y que definitivamente es japonesa porque le ha visto los ojos. —Y pienso yo: así ha de estar sucia la susodicha bata de la aparecida asiática, que lo mismo podría ser china o coreana. El dueño continúa—: Y está lo que le sucedió a Alcides, cuando vivía en el apartamento que tiene ahora la pintora.


Jura el dueño que el flaco Al, una noche, escuchó según sus propias palabras, un ruido urgente, magno, como si fuese una chicharra cantando frente a un micrófono, y vio una luz intensa que entraba a su cuarto por debajo de la puerta. En la sala una esfera muy brillosa, del tamaño de un balón de básquetbol, se movía como una montaña rusa, haciendo una bulla enorme y golpeando cuanto mueble o adorno tropezara en su recorrido, rompiendo los más frágiles y atravesando los más pesados. Alcides distinguió la presencia de una energía maléfica que, de acuerdo a su experiencia, se trataba de un rayo esférico venido desde la lejana Siberia, nacido en las entrañas de un contador eléctrico, parido por una fuerza maléfica, una aberración aterradora, endémica de países comunistas, y que le destrozó la mano a una pobre koljosiana. Alcides se paró de un tirón de la cama, corriendo se puso unas gafas oscuras, y completamente desnudo, con su barriguita de canica empinándola hacia adelante y sus brazos abiertos en cruz, empujaba la luz hacia la ventana, moviendo la pelvis adelante y atrás, repitiendo una y otra vez en voz alta, como una letanía, un conjuro, según él, infalible para casos aterradores como ese: «pinga, pinga, pinga, sal lucecita mandinga», hasta que consiguió sacarla por la ventana que da a la avenida Mendoza.


Lo que sí asustó a Alcides, indudablemente, al regresar al cuarto descubrió que su amor eterno no estaba. El dueño jura que Al, con esa sobriedad muy suya, sobre todo cuando está volao, le dijo que su chica bomba tocó la puerta media hora más tarde cantando un bolero de Tejedor y Luis, y en arameo, tal y como lo hablaban los fenicios, con esa voz preciosa que le regalara Dios, y en un estado muy parecido al sonambulismo, y que él no tuvo claro jamás cómo salió ella del apartamento. Su endless love tampoco tiene la menor idea, hasta hoy, de lo sucedid. Conoce del supuesto incidente X File por lo que cuenta el que fuese durante mucho su adorado y circundante trovador.


La vecinita ríe a carcajadas. Conoce bien a Alcides y a la que una vez resultó ser su amada preponderante, pero no cree una sola palabra. Aunque termina dudando segundos más tarde, y como si reflexionara en algo específico, asiente que sí, con Alcides cualquier cosa puede ocurrir..

 

jueves, 9 de mayo de 2019

324 Mendoza. Reseña de Julio Benítez


Una de las gratas sorpresas que me ofrece en lo personal la Segunda Convención de la Cubanidad, a celebrarse el próximo viernes 17 de mayo en el Kendall Art Center, es justamente la presentación de la revista Eka Magazine, donde aparece una reseña que hiciera Julio Benítez sobre 324 Mendoza (CAAW Ediciones, 2018. Catálogo Erótika). A Julio, le agradezco su tiempo para leer, y luego escribir, sobre un libro al que le tengo especial afecto. En fin, reitero las gracias miles, y agrego que la novela estará a la venta en la Convención.


La sensualidad irrefrenable 

y la vida cotidiana en 324 Mendoza

Por Julio Benítez

Hay novelas y obras que reflejan las raíces de sus autores, como es el caso del doble premio Pulitzer Óscar Hijuelos, donde lo cubano no deja de brillar. Dreaming in Cuban, de Cristina García, es otro ejemplo similar a esa otra novela humorística situada en Chicago y  la descripción de los avatares de una familia de la Isla para celebrar la fiesta de quinces de la hija. La mayor parte de esa literatura está escrita en inglés, con el espíritu de los nacidos o descendientes de ese grupo. Denis Fortún es una voz hispana en medio de esas temáticas y obras, que asoma su mirada a la contemporaneidad. Ahora bien, para entrar directo en lo que nos ocupa, debo aclarar que cuando leí a Bukowski por primera vez, me sentí fascinado por esa capacidad suya de captar la cotidianeidad con un sentido realista, con humor, y a la vez con su pluma suelta.  Esa impresión tuve cuando terminé 324 Mendoza, de Denis Fortún Bouzo, que forma parte del Catálogo Erótika de CAAW Ediciones, 2018
Pero lo más significativo para mí, es lamanera casi jocosa y fresca con que Denis se acerca a un rincón urbano de Miami, la ciudad adoptiva de este autor. No obstante, no es una obra sobre Cuba; aunque hay referencias, y mayormente personajes, pertenecientes a esa cultura caribeña. Zoe Valdés lo califica como el más norteamericano de los escritores cubanos del exilio. Aunque ya existan precedentes como El Portero, de Reinaldo Arenas, como también otros autores de la Isla, que hemos incursionado en la vida del país del Norte como temática espacial de alguna que otra novela o relato, incluyendo los mencionados al principio.
Y precisamente sobre la clasificación de 324 Mendoza, no tengo la menor duda que estamos frente a una novela que capta los momentos de la vida diaria en su urbe preferida de la Florida.  Por eso la describe el autor con una especie de personificación de la ciudad: Miami, para mí, una metrópoli joven, imperfecta, mimética, coqueta a veces, un considerable espacio de sorprendente cartografía, complicado incluso para el vuelo de una paloma.
La referencia arriba citada nos ofrece ese sentimiento de pertenencia del narrador, ese individuo que es probablemente el propio Denis, a quien he conocido por su locuacidad, su temperamento alegre, y su presencia permanente en cuanto evento literario he participado en Miami; pero también por sus arranques contra la injusticia de su país de origen. Sin embargo, no puedo, como el prólogo, establecer una línea de continuidad con respecto al autor, porque no tenido tantas experiencias afines a diferencia de Armando de Armas, que en el prólogo recuenta sus vivencias con este autor.
La congruencia de relatos acerca de ese edificio fluye, así como la referencia constante a la delgadez ideal de las mujeres que rodean al protagonista. Hay momentos en que ese mismo narrador, en primera persona, filosofa en el sentido popular del término como cuando se refiere a los cambios radicales, digamos que la incertidumbre que logra vencer como él declara cuando consigo retomar las riendas de ese caballo perturbado que es la vida, acompañado de una palabrita subida de tono para su contexto, como lo es resiliencia.
La sociedad americana, con sus partidos ecologistas, y la mención de Al Gore, son momentos que sitúan al autor en el tiempo, un tiempo que se pone de color fuerte, cuando el erotismo refinado, digamos Karla y sus arañazos, nos permiten subir a las escalas del eros sin romper el lenguaje casi documental, alegre, que mayormente conforma esta novela.
Si de locación, o lo que tradicionalmente se ha llamado setting en Inglés, una descripción donde el cubano narrador menciona güijes, fuerzas etéreas, y por aparte a las cucarachas, o el comején, estos nos ubican espacialmente en ese edificio en que el protagonista sitúa su secuencia de relatos, que es una manera de describir la estructura de la novela.
Algo de realismo sucio recuerda nuevamente a Bukowski, y por qué no, otros representantes del género que sazona el grupo de escenas que se abren jugando una contraposición de estilos que le brinda variedad al relato en sí. Ejemplo de esa resonancia del grande entre los terribles norteamericanos, lo encontramos en el capítulo en que se cita a al escritor angelino.  Pero, a diferencia de un Pedro Gutiérrez, Denis Fortún le inyecta momentos que son no solo documentales, sino muy personales, que pueden incluso supurar el sentimiento amoroso sin necesidad de vulgaridades, o en buena medida con un gran control de ese tipo de literatura; sin embargo no necesariamente para describir lo más feo de la vida.
Sobre ese erotismo que no llega al realismo sucio más descarnado, lo encontramos en la página 33 cuando, refiriéndose a una de sus promiscuas relaciones, según algunos puritanos, como en esa escena con Ela donde el detalle no sobra y se mezcla con la mención de Stanislasky. El alter ego de este autor no puede rechazar sus resonancias, y vuelvo a Bukowski, al que parafrasea cuando señala: el escritor llega a serlo solo cuando está escribiendo. Pero ese jugueteo con el oficio no se separa de esa constante que abarca mucho de los espacios de 324 Mendoza.
Nos movemos ahí, con la galería de personajes que van apareciendo desde la vecina, o el vecino de enfrente, el dueño, y el extenso gallinero de damas, preferentemente delgadas, pero bien formadas. Llama la atención Karla y sus conversaciones intrascendentes, así como Carmen o la mencionada Ela, que abarcan como obsesión la vida de ese escritor, que trabaja para sobrevivir; pero no deja de ser un creador.
Muchos pecados o deslices acompañan al narrador, que puede compartir un cigarrillo de King Kong, marihuana de la buena según sus fumadores. Y siguiendo al maestro norteamericano, se bebe como una constante que acompaña al sexo y la vida que lleva a cabo la narrativa de esta novela.
324 Mendoza es una novela urbana, la de la ciudad de Miami, principalmente de Coral Gables. Y eso lo podemos disfrutar con el muro que caracteriza esta narración y mención no solo de los mayas como jodedores, sino en la descripción de Miami y una de sus calles, caminos favoritos en Miami. Y a ello, sumemos la conducción, el policía que nos para o multa, y que como muchos que hemos vivido en una ciudad, conocemos.
Ahora bien, ese constante leitmotiv que encontramos en lo erótico, no solo resulta de la resonancia Bukowski, sino de Lolita, esa novela llena de situaciones prohibidas; pero sin necesidad del realismo sucio. Y eso, por supuesto, garantiza no solo la crudeza de algunas escenas, sino y en mayor medida, un aproximarse que llega a lo romántico, o al menos tiene 324 Mendoza ese aire de lo sustancialmente erótico, mas sin excesos.
Lo cubano, nada ausente como mencionamos en el caso de los Güijes, esos personajes fantásticos de la cultura afro-cubana, sino también en la costumbre de vaciar alcohol en el suelo, como dice Denis pegadito a la puerta, para los santos que han de estar disfrutando un día feriado.
Amores extraviados, celos, incluso crímenes pasionales en el contexto de la novela, enriquecen las temáticas de ese espacio temporal en que ella ocurre. Porque hay una gran facilidad para describir ese rincón en el que el autor y el alter-ego del protagonista vivieron por cierto tiempo en la ciudad. Ahora bien, no es 324 Mendoza una novela de pretensiones filosóficas. Las meditaciones que la narración ofrece, nos guían por el camino de las lecturas que acompañan a su autor.
No puedo, no obstante, disminuir el mérito de esta novela deliciosa escrita por Denis Fortún. Alejándose del panfleto anti-castrista y la obsesión con la isla, sin dejar de ser cubano, el autor retrata un espacio de Coral Gables y Miami. Lo hace con gracejo, y también con el humor que no abusa de la hipérbole. Esta novela continúa la tradición que abrió las puertas a la literatura en español en los Estados Unidos, ya en el siglo XIX. Y esto lo señalo porque con ella su narrador se coloca en el cambio de la novela contemporánea, adonde lo documental, las reflexiones, y sobre todo el erotismo, brindan al lector una delicia que no puede olvidar.

Foto de Alan Pedroso
(Alan, además de fotógrafo, en la época que escribo la novela, era el propietario de este mágico emporio, y la chica, una de las tantas modelos hermosas que lo visitaban. El gallo venía lo mismo, pero no tan seguido...)