domingo, 26 de julio de 2026

El artista del aire y otros relatos. Otra aproximación a la obra de un autor que firma bajo seudónimo

 

El pasado sábado 25 de Julio, en la tienda y centro cultural Sentir Cubano, en Miami, presenté este cuaderno de cuentos de un autor que firma bajo el seudónimo de KuKalambé. Un libro que editara Ángel Velazquez Callejas con el sello Ego de Kaska, que preside. El texto que sigue son las palabras que leyera ante un numeroso público reunido por la convocatoria de Pablo Socorro, director de la editorial Lunetra, en su tertulia mensual “Lunetreando”, donde igual se presentaron cuadernos de Pilar Gómez Nieto, Rosa T Navarro y Lilo Vilaplana.

 

 


‘El artista del aire y otros relatos”

Por Denis Fortun

El número 25 históricamente lleva un gravamen enérgico, una simbología potente, y si bien no es tan famoso como el 7, el 11, o el 33, prácticamente en todas las tradiciones marca un punto de inflexión; se trata de un guarismo de cierre de ciclo, y de maestría. ¿Y por qué digo esto si se supone que voy a comentarles sobre un libro de cuentos y no de numerología?  Simple, 25 son las historias que conforman “El artista del aire”, cuento que le da título a un libro que no se descompone como es usual en un cuaderno fragmentado por historias independientes, sino que constantemente sientes que el sabor del inicio mantiene su dejillo hasta el final; incluso que al leerlo descubres que lo vas haciendo con afecto.

Acaban lector y letras estableciendo una complicidad perdurable porque no se reduce a un paginado de convivencias, sino, igual carga con una concordia que le distingue, una unión casi íntegra. Y es justamente esta avenencia la que nos habla del misterio de una pregunta: dónde se esconde la heredad del saber, ir por la imperiosa necesidad de enlazarse con lo ancestral, aquello que nos hace partícipes no solo de la inocencia de un niño que se ha llevado un cocodrilo en su pecho, la sabiduría de los ojos capaces de ver la vida sin máculas, manchas muy dadas en la sospecha que habita en la mirada de los adultos; el modo de entender y hasta identificarte con el rizoma que conforma la vida cuando aborrece a lo jerárquico. El hombre busca al hombre para vincularse, no importa la causa. Vínculo, sí, esa es la imagen que concreta lo que sucede cuando lees el primer cuento, la historia de una mujer simple, pero con poderes. Vitorina, la negra antigua, y no se sabe cuánto, que habla con aquel que no está vivo, y es evidente que un poder así engendra respeto y temor.

Mucho se ha hablado del “realismo mágico” que en este lado del mundo creció, y de qué manera, hasta convertirse casi en patrimonio y en una influencia que en ocasiones no resulta lo suficiente buena si no la manejas con el instrumental adecuado: en el realismo mágico el mundo es íntegramente real y cotidiano. Lo sorprendente, lo increíble, radica en sus personajes, sus vidas y diatribas, y esta es la fórmula que conquista a esa realidad sin que nadie se sorprenda. Lo extraordinario, ese sortilegio que desiguala a la sugestión que acuñó como término en 1925 el pintor y crítico alemán Franz Roh, se representa acá como si fuese normal, dos planos y una manera de contar que resulta atractiva y convincente.

Y sea dicho sin pudor, no por gusto fue un pintor el primero en cincelar las dos palabras que se configuran en una al precisar la alianza de lo existente y terreno con lo extraordinario y mágico: y es acá que ves lo que el autor de “El artista…” nos cuenta. Sin pretenderlo el lector convierte la palabra en imagen. Es algo sensorial que trasciende a la letra. Lo intangible se transfigura como un cuerpo tridimensional más allá de la composición de la escritura y un lienzo. Lo normal y lo asombroso van juntos de la mano en este cuaderno. He aquí una de las razones que lo hacen una leída disfrutable.

Lo otro que lo convierte en un cuaderno para recomendar son los aparentes paralelos que establece el autor, los guiños que nos hace, tal y como sucede con el cuento que da título al libro, un supuesto equivalente con una historia de Kafka: en “El artista del hambre” un individuo se dedica a ayunar, esa es su profesión. Se encierra en una jaula a la vista de su numeroso público y pasa hasta cuarenta días sin comer. Únicamente bebe agua y esta suerte de performance se convierte en un espectáculo que al final lastimosamente llega a aburrir. En “El artista del aire”, y con intención, el KuKalambé troca destinos amén de lo común de cada suerte, aquí un hombre pinta el aire para tapar la tristeza y le asisten sobradas ganas de vivir.

En uno, el desconsuelo, la angustia por no poder comer lo que le gusta, que para él no existe tal plato, se resume en la apatía y luego la muerte; el otro, al pintar el aire sin pigmento, pretende darle pátina y gama a la esperanza y que su Isla aprenda a respirar sin miedo y el aire vuelva a tener color, alcanzando así el pintor con influencia psíquica la trascendencia.

Ciudad, la tierra madre y el terruño chico, barrio, amigos, recuerdos, nada escapa a este autor que no conozco personalmente –o quizás sí, quién sabe-- y que, al amparo de un seudónimo presto a confusión --si no aclaramos que lleva la letra K en su alias nos remite a Juan Cristobal Nápoles Fajardo-- por mucho tiempo le estuvo enviando sus cuentos a quien es hoy editor del cuaderno que reúne sus historias: Ángel Velazquez Callejas con el sello editorial Ego de Kaska.

Por último, no quiero dejar de mencionar al prologuista de “El artista…”, el profesor y escritor Julio Benitez, porque coincido con él cuando menciona que este libro combina diversos estilos, con abundante sentido filosófico, donde el narrador no se reduce a una voz que recrea el absurdo, porque es además pensamiento, con sentencias que invitan a reflexionar, con el añadido del hechizo que proporciona descubrir una narrativa singular.  

En fin, soy de escribir y reseñar aquello que realmente me gusta y me conmueve –sí, conmoción, suena fuerte, y tal vez los haya quienes consideren que exagero--, no tengo el talento suficiente para mentir dándole loas a la ficción que no lo merece. Por consecuencia, me queda incitar a que lean “El artista del aire…” y les haré fácil el porqué de mi invitación: estamos en presencia de un excelente libro de cuentos.