El
pasado sábado 25 de Julio, en la tienda y centro cultural Sentir Cubano, en
Miami, presenté este cuaderno de cuentos de un autor que firma bajo el
seudónimo de KuKalambé. Un libro que editara Ángel Velazquez Callejas con el
sello Ego de Kaska, que preside. El texto que sigue son las palabras que leyera
ante un numeroso público reunido por la convocatoria de Pablo Socorro, director
de la editorial Lunetra, en su tertulia mensual “Lunetreando”, donde igual se
presentaron cuadernos de Pilar Gómez Nieto, Rosa T Navarro y Lilo Vilaplana.
‘El artista del aire y otros relatos”
Por
Denis Fortun
El
número 25 históricamente lleva un gravamen enérgico, una simbología potente, y
si bien no es tan famoso como el 7, el 11, o el 33, prácticamente en todas las
tradiciones marca un punto de inflexión; se trata de un guarismo de cierre de
ciclo, y de maestría. ¿Y por qué digo esto si se supone que voy a comentarles
sobre un libro de cuentos y no de numerología? Simple, 25 son las historias que conforman “El
artista del aire”, cuento que le da título a un libro que no se descompone como
es usual en un cuaderno fragmentado por historias independientes, sino que constantemente
sientes que el sabor del inicio mantiene su dejillo hasta el final; incluso que
al leerlo descubres que lo vas haciendo con afecto.
Acaban
lector y letras estableciendo una complicidad perdurable porque no se reduce a
un paginado de convivencias, sino, igual carga con una concordia que le
distingue, una unión casi íntegra. Y es justamente esta avenencia la que nos
habla del misterio de una pregunta: dónde se esconde la heredad del saber, ir
por la imperiosa necesidad de enlazarse con lo ancestral, aquello que nos hace
partícipes no solo de la inocencia de un niño que se ha llevado un cocodrilo en
su pecho, la sabiduría de los ojos capaces de ver la vida sin máculas, manchas
muy dadas en la sospecha que habita en la mirada de los adultos; el modo de
entender y hasta identificarte con el rizoma que conforma la vida cuando
aborrece a lo jerárquico. El hombre busca al hombre para vincularse, no importa
la causa. Vínculo, sí, esa es la imagen que concreta lo que sucede cuando lees
el primer cuento, la historia de una mujer simple, pero con poderes. Vitorina,
la negra antigua, y no se sabe cuánto, que habla con aquel que no está vivo, y es
evidente que un poder así engendra respeto y temor.
Mucho
se ha hablado del “realismo mágico” que en este lado del mundo creció, y de qué
manera, hasta convertirse casi en patrimonio y en una influencia que en
ocasiones no resulta lo suficiente buena si no la manejas con el instrumental
adecuado: en el realismo mágico el
mundo es íntegramente real y cotidiano. Lo sorprendente, lo increíble, radica
en sus personajes, sus vidas y diatribas, y esta es la fórmula que conquista a
esa realidad sin que nadie se sorprenda. Lo extraordinario, ese sortilegio que desiguala
a la sugestión que acuñó como término en 1925 el pintor y crítico alemán Franz
Roh, se representa acá como si fuese normal, dos planos y una manera de contar que
resulta atractiva y convincente.
Y
sea dicho sin pudor, no por gusto fue un pintor el primero en cincelar las dos palabras que se configuran en una
al precisar la alianza de lo existente y terreno con lo extraordinario y mágico:
y es acá que ves lo que el autor de “El artista…” nos cuenta. Sin
pretenderlo el lector convierte la palabra en imagen. Es algo sensorial que trasciende
a la letra. Lo intangible se transfigura como un cuerpo tridimensional más allá
de la composición de la escritura y un lienzo. Lo normal y lo asombroso van
juntos de la mano en este cuaderno. He aquí una de las razones que lo hacen una
leída disfrutable.
Lo
otro que lo convierte en un cuaderno para recomendar son los aparentes
paralelos que establece el autor, los guiños que nos hace, tal y como sucede
con el cuento que da título al libro, un supuesto equivalente con una historia
de Kafka: en “El artista del hambre” un individuo se dedica a ayunar,
esa es su profesión. Se encierra en una jaula a la vista de su numeroso público
y pasa hasta cuarenta días sin comer. Únicamente bebe agua y esta suerte de
performance se convierte en un espectáculo que al final lastimosamente llega a
aburrir. En “El artista del aire”, y con intención, el KuKalambé troca destinos
amén de lo común de cada suerte, aquí un hombre pinta el aire para tapar la
tristeza y le asisten sobradas ganas de vivir.
En uno, el desconsuelo, la angustia por no poder comer lo que le gusta,
que para él no existe tal plato, se resume en la apatía y luego la muerte; el
otro, al pintar el aire sin pigmento, pretende darle pátina y gama a la
esperanza y que su Isla aprenda a respirar sin miedo y el aire vuelva a tener
color, alcanzando así el pintor con influencia psíquica la trascendencia.
Ciudad, la tierra madre y el terruño chico, barrio, amigos, recuerdos, nada
escapa a este autor que no conozco personalmente –o quizás sí, quién sabe-- y que,
al amparo de un seudónimo presto a confusión --si no aclaramos que lleva la
letra K en su alias nos remite a Juan Cristobal Nápoles Fajardo-- por mucho
tiempo le estuvo enviando sus cuentos a quien es hoy editor del cuaderno que
reúne sus historias: Ángel Velazquez Callejas con el sello editorial Ego de
Kaska.
Por último, no quiero dejar de mencionar al prologuista de “El
artista…”, el profesor y escritor Julio Benitez, porque coincido con él cuando
menciona que este libro combina diversos estilos, con abundante sentido
filosófico, donde el narrador no se reduce a una voz que recrea el absurdo,
porque es además pensamiento, con sentencias que invitan a reflexionar, con el
añadido del hechizo que proporciona descubrir una narrativa singular.
En fin, soy de escribir y reseñar aquello que realmente me gusta y me
conmueve –sí, conmoción, suena fuerte, y tal vez los haya quienes consideren
que exagero--, no tengo el talento suficiente para mentir dándole loas a la
ficción que no lo merece. Por consecuencia, me queda incitar a que lean “El
artista del aire…” y les haré fácil el porqué de mi invitación: estamos en
presencia de un excelente libro de cuentos.
