Reseña publicada primero en ZoePost
Por Ángel Callejas de Velázquez.
Si en una vertiente de las letras europeas, particularmente fecunda entre alemanes y austriacos, la novela ha servido para someter la experiencia a un examen que a menudo suspende la acción y convierte la conciencia en materia narrativa, Denis Fortún parece preferir el camino por el cual las ideas llegan envueltas en las indiscreciones de la vida. Más próximo, en este aspecto, a Nabokov que a Musil, aunque la afinidad no deba confundirse con una filiación, su «desliz» consiste en entregarse al disfrute de contar, con cuanto ese disfrute supone de malicia, curiosidad y demora ante lo que un observador pudoroso habría preferido pasar por alto. En 324 Mendoza, publicada por CAAW Ediciones en 2018, con 193 páginas, un prólogo de Armando de Armas y una nota de contracubierta de Zoé Valdés, la narración se va formando entre las circunstancias, a medida que los personajes actúan, se exponen y procuran corregir, casi siempre demasiado tarde, la impresión que han causado en los demás.
Cabe entender aquí el disfrute como una forma de anticipación, movimiento de la imaginación que nos permite saborear una experiencia antes de conocer sus consecuencias. Quien desea ya ha empezado a vivir, por cuenta propia, aquello que todavía no sucede, y en semejante adelanto se encuentra tanto la promesa del placer como la posibilidad del ridículo. Cuando el narrador se acerca al ventanal para contemplar una ardilla que corre sobre un cable y termina pendiente de una modelo, la curiosidad cambia de objeto con una naturalidad reveladora. Antes de entregarse a esa visión, ha reconocido que extraña a Amalia y a sus hijos, mientras intenta acostumbrarse a la soltería. La atracción interrumpe su melancolía, aunque las ausencias continúan interviniendo en su manera de mirar.
Cuando la muchacha sube a una escalera apoyada en un árbol y adopta el gesto de disparar una flecha, el narrador la transforma imaginariamente en una hechicera y se incorpora a la fantasía como personaje. El impulso erótico promete también sacarlo de una esterilidad literaria que se prolonga desde hace más de dos meses. Antes de que ocurra un encuentro, la imaginación ha dispuesto una aventura y le ha concedido al observador un papel dentro de ella. El episodio permite advertir hasta qué punto el placer de contar depende de esa libertad para atribuirle a lo contemplado una intención que quizá solo exista en quien mira, mientras el lector acepta provisionalmente el engaño y participa de su expectativa.
Dentro del espacio urbano de Coral Gables, la proximidad de los cuerpos y la circulación de las noticias ensanchan cuanto sucede, pues ningún incidente conserva por mucho tiempo las dimensiones que tuvo para sus protagonistas. Las relaciones con Karla, Carmen y Ela acompañan la existencia de un escritor que debe trabajar para subsistir y que lleva sus lecturas consigo a las situaciones menos solemnes. Los arañazos de Karla y la referencia a Stanislavski en una escena con Ela acercan el cuerpo y la cultura hasta hacerlos participar de una misma intimidad. Entre esos encuentros puede reconocerse la distancia, a veces cómica, entre los recursos de que disponemos para explicar una experiencia y nuestra escasa capacidad para gobernarla.
En ese edificio de 324 Mendoza, cuya pequeñez permite acercarse a las vidas sin exigirles que representen el destino de una nación, reaparece la pregunta por el placer, una deuda de época que, desde esta lectura, buena parte de la gran narrativa latinoamericana de los años setenta dejó pendiente mientras atendía las urgencias de la Historia, la revolución y la identidad continental. Aunque el erotismo tuvo una presencia considerable en aquella literatura, cabe preguntarse cuánto espacio se concedió al disfrute sin obligarlo a justificar una transgresión política o a encarnar una alegoría colectiva. Fortún devuelve esa pregunta a unas habitaciones, unos cuerpos y unas relaciones cuya importancia procede de cuanto les sucede, y en esa reducción del ámbito narrativo se aparta de la petulancia nacionalista que pretende hacer de cada personaje el portavoz de un pueblo. La isla sigue presente en los recuerdos y las costumbres, pero ya no pesa como una obligación sobre cada página, ni reclama que todo deseo termine explicando a Cuba.
Cuando aparece ese «primer dolor», nacido de la pasión por lo inadecuado, lo que se insinúa es el desacuerdo entre aquello que una persona desea y la imagen bajo la cual aspira a ser reconocida. Se quiere disfrutar sin pagar el precio de la exposición, transgredir sin perder respetabilidad, acercarse a lo prohibido conservando una salida decorosa, como si las consecuencias pudieran detenerse en el mismo punto en que termina la voluntad. De semejante contradicción procede buena parte de la incomodidad que acompaña al placer de la lectura, ya que el lector, aun cuando se divierte con las debilidades ajenas, difícilmente puede declararse del todo extraño a ellas. La ironía alcanza su mejor efecto cuando la distancia desde la que juzgábamos empieza a parecernos sospechosamente corta.
Entre las ansiedades del escritor, sus encuentros y las tensiones sexuales que atraviesan la convivencia, cobra sentido lo que podríamos llamar «libido social», siempre que la expresión abarque también el apetito de reconocimiento. Se desea un cuerpo, pero también una atención, un lugar en la conversación, la prueba de que nuestra presencia modifica de algún modo la conducta de los demás. Incluso las referencias culturales pueden participar de esa búsqueda, pues una lectura recordada a tiempo sirve para comprender lo que ocurre y, en ocasiones, para mejorar la imagen de quien la menciona. Fortún permite considerar esas afinidades incómodas entre la aspiración intelectual y la vanidad cotidiana, entre la delicadeza de ciertas palabras y los intereses, bastante menos delicados, que pueden animarlas.
En el gesto de derramar alcohol junto a la puerta para los santos, la procedencia cubana persiste como una costumbre incorporada a la vida estadounidense. Basta esa acción doméstica para que una memoria compartida encuentre sitio entre los asuntos del presente, sin obligar al personaje a detenerse y explicar su pertenencia. Desde detalles semejantes cabe reconsiderar la presencia de la Historia en la intimidad, pues lo heredado interviene en nuestras prácticas mucho antes de que decidamos convertirlo en tema de conversación. La vida del emigrado contiene esas continuidades discretas, mediante las cuales un hábito atraviesa la distancia y se acomoda en una casa distinta.
Bajo la mirada de amigos, conocidos, vecinos y parejas, cada personaje queda sujeto a interpretaciones que no controla, aunque contribuya a producirlas con sus gestos y silencios. Cuanto más procura ofrecer una versión coherente de sí mismo, más oportunidades brinda para que los otros descubran una contradicción, recuerden un antecedente o sospechen una intención. La identidad se vuelve entonces una negociación fatigosa entre lo que creemos ser, lo que deseamos parecer y lo que los demás necesitan atribuirnos para sostener su propia versión de los hechos. De ahí que la cercanía pueda alimentar el equívoco, pues quienes conviven con nosotros disponen de más detalles, pero también de mayores intereses al interpretarlos.
Aun cuando Fortún ha mencionado que su escritura acude a la propia existencia como a un archivo y que en ella ficción y realidad llegan a fundirse, sería apresurado identificar al autor con el protagonista o considerar confesión cada episodio. Entre lo vivido y lo contado interviene una voluntad que selecciona, modifica y dispone, de manera que la cercanía autobiográfica también puede servir para construir un engaño convincente. El yo narrador conserva la facultad de acercarse, retirarse y elegir el momento en que una conducta revela su costado risible o doloroso. Sin embargo, mientras ejerce esa libertad sobre los demás, sus preferencias y exageraciones van dejando al descubierto cuanto él mismo habría querido mantener bajo control.
También el lector queda comprometido cuando acepta con demasiada facilidad una confidencia, celebra una crueldad o confunde la perspicacia de la voz narrativa con una garantía de imparcialidad. Leer con placer y precaución exige atender a esa complicidad, al instante en que la satisfacción de comprender a otro se convierte en el gusto de verlo indefenso. La ventana desde la cual el narrador contempla a la modelo ofrece una imagen sugerente de esa relación, pues a través de ella mira hacia afuera un hombre cuyas fantasías nos permiten conocer su intimidad. Mientras imagina que la muchacha se dispone a herirlo con una flecha, sus propias palabras ya han abierto una entrada por la que podemos observarlo.
Ángel Callejas de Velázquez es licenciado en Historia, escritor y ensayista, Presidente de la Fundación Ego de Kaska. Director de las editoriales Exodus y Ego Kaska Ediciones
