lunes, 6 de julio de 2026

Sobre el Libro de los cocozapatos. Aproximación de un misterioso personaje


Por el Ciclón Invisible 

Amados

Encontré "El libro de los cocozapatos", de Denis Fortún, en un remate de la librería Universal. Lo compré por dos dólares, sin mayores expectativas, y terminé llevándome una sorpresa. Publicado por Editorial Silueta en 2011, el libro reúne una narrativa rara, libre y difícil de clasificar. 

No hay, en "El libro de los cocozapatos", una voluntad de ordenar el mundo, ni de salvarlo, ni de ponerle a la literatura aquel chaleco de domingo con que ciertos autores, cuando descubren que no tienen imaginación suficiente para la impudicia, intentan entrar en el templo de las letras con una vela en la mano y un certificado de buenas costumbres en el bolsillo, sino una inclinación mucho más saludable y, desde luego, más peligrosa, que consiste en dejar que la literatura se despeine, que se siente en la mesa con los codos abiertos, que se ría de sus propios santos tutelares y que, al final, después de haber jugado con boxeadores, fantasmas, cucarachas, hadas degradadas, barmans hemingwayanos, hornillas melancólicas y poetas resentidos, termine descubriendo que unos zapatos, comprados para adornar la vanidad de un escritor, pueden regresar a la especie animal de la cual procedían y reclamar, con una paciencia de pantano, su ración de carne.

Desde "La menor pelea", donde el narrador confiesa que “el árbitro me revisa los guantes por pura diligencia”, ya queda establecido que la literatura, en vez de ser una iluminación doméstica, una cortesía del espíritu o una carrera de méritos vigilada por funcionarios imparciales, se parece más a un combate previamente amañado, en el cual el joven que sube al ring, anunciado con la frase venenosa de ser “un joven con aspiraciones” y, todavía peor, “con deseos de publicar un libro”, no combate sólo contra un editor, ni contra un adversario visible, ni contra la mala suerte que le tocó al nacer, sino contra aquella alianza invisible de instituciones, públicos, jueces, mediadores, resentidos y benefactores que, bajo el nombre decoroso de cultura, se encargan de distribuir los golpes con una equidad tan perfecta que siempre caen del mismo lado.

El primer cuento, que podría parecer una miniatura humorística, funciona en realidad como el acta de nacimiento de todo el volumen, pues allí el escritor no aparece ungido por una misión, ni protegido por una musa, ni autorizado por una biblioteca, sino lanzado a una lona donde la vocación literaria se mide por su capacidad de recibir castigos, y por tal motivo, cuando el narrador resume sus propios cuentos diciendo que tratan de “mi vida, mis frustraciones, mis ganas de vencer al mundo”, lo que entrega no es una confesión sentimental, sino una poética de la intemperie, en la cual toda escritura nace de una derrota que no acaba de resignarse a ser derrota, de una humillación que aprendió a hablar, de una esperanza que, por haber sido golpeada muchas veces, ya no pide victoria sino la miserable elegancia de permanecer de pie unos segundos más.

El humor de Fortún, que no pide permiso ni viste de etiqueta, nace precisamente de una conciencia según la cual la literatura, aun cuando se adorne con prólogos, premios, presentaciones, academias y palabras como canon, generación, legado o trascendencia, suele tener debajo una mecánica de apetitos más simple y más impura, de modo que la risa no opera aquí como adorno del relato, sino como método de conocimiento, pues donde otro escritor hubiera colocado una tesis sobre la marginalidad del autor, Bouzo pone a un pobre infeliz recibiendo golpes, y donde un profesor habría hablado de las tensiones entre centro y periferia, él prefiere mostrar a un aspirante que, no obstante saber que “Dios, que al parecer cuando nací, estuvo enfermo”, todavía conserva la insolencia de querer publicar.

"Canonización" lleva la misma impiedad hacia el territorio de los muertos, donde uno supondría, con ingenuidad de catecismo, que al menos el descanso estaría garantizado, aunque el cuento se encarga de demostrar que ni siquiera el más allá queda libre de la administración turística, de la conversión de la memoria en espectáculo y de la habilidad teológica con que los vivos transforman cualquier ruina, cualquier fantasma, cualquier desgracia heredada, en una experiencia rentable, debidamente arreglada y ofrecida a la veneración del visitante, hasta desembocar en aquella fórmula espléndida de “San Anselmo de la Purificación del Dólar”, que no es sólo un chiste, ni una ocurrencia feliz, sino una pequeña summa de la profanación moderna.

El muerto de aquel cuento, en vez de ser una presencia terrible, queda reducido a materia administrable, a residuo patrimonial, a superstición útil, y tal inversión, donde el fantasma no asusta sino que es explotado, permite entender una de las líneas más finas del libro, que consiste en mostrar cómo todo aquello que alguna vez tuvo espesor, casa, memoria, dolor o secreto, puede ser confiscado por una maquinaria que no destruye las cosas sino que las vuelve presentables, vendibles, fotografiables, y por tal motivo la risa que produce “San Anselmo de la Purificación del Dólar” tiene algo de carcajada funeraria, pues uno ríe, sí, pero ríe ante la evidencia de que hasta los muertos, si no se defienden bien, terminan convertidos en folleto.

En "El inocente", donde “el banquillo es inmensamente largo”, la literatura vuelve a ser tribunal, aunque no un tribunal destinado a condenar delitos comunes, sino una forma más exquisita de juicio en la cual los escritores, que suelen temer al olvido mucho más que a la culpa, aspiran secretamente a ser acusados de algo, de grandeza, de herejía, de plagio, de exceso, de inmortalidad mal entendida, de cualquier falta que les permita ocupar un lugar en el expediente, y por tal motivo la absolución del narrador, en vez de salvarlo, lo aniquila, pues no hay humillación más perfecta para un escritor que descubrir que ni siquiera merece castigo, que su obra no llegó a ofender al mundo con la fuerza necesaria para ser condenada.

El cuento, que se mueve entre la sátira contiene una burla muy borgiana, aunque pasada por el colador del barrio y de la mala leche tropical, pues el canon, aquella biblioteca imaginaria donde todos desean entrar aunque digan despreciarla, no aparece como una torre luminosa sino como una sala de espera absurda, llena de acusados, testigos, jueces y cadáveres ilustres, mientras el pobre escritor, que quizá habría aceptado la hoguera con tal de que el verdugo pronunciara bien su nombre, recibe la sentencia peor de todas, que no es la muerte, ni el silencio, ni la censura, sino la inocencia por falta de consecuencia.

"Cambios", al intervenir el cuento de Cenicienta, demuestra que Denis sabe que los relatos infantiles, cuando se les mira por debajo de la falda moral, están llenos de política, propiedad, resentimiento, violencia de clase y administración del símbolo, pues los zapatos de cristal, que en la versión domesticada servían para llevar a una muchacha pobre hacia el príncipe, aparecen ahora como restos museables de un orden derrumbado, pruebas materiales de una antigua distribución del poder, objetos que ya no prometen amor sino expediente, de manera que el hada madrina, el príncipe, la madrastra y la joven redimida dejan de pertenecer al reino de la inocencia y entran, con una docilidad burocrática, en el museo revolucionario de las versiones corregidas.

El cuento prepara con gran astucia el último relato, dado que los zapatos, antes de convertirse en bestias, han aprendido a ser prueba, reliquia, fetiche, instrumento de ascenso y objeto de disputa, y si en Cenicienta todavía conservaban la transparencia del cristal, en "Los cocozapatos" habrán cambiado la delicadeza por la mandíbula, la promesa matrimonial por el apetito y el brillo palaciego por la respiración de un animal que, después de haber sido reducido a lujo, descubre que ningún zapato de piel puede olvidar del todo la criatura que fue antes de pasar por las manos del artesano.

En "Love Story", donde la sombra de Kafka entra sin pedir audiencia en la casa del relato, la cucaracha no solicita compasión ni pide ser devuelta a una humanidad que, examinada de cerca, tampoco parece demasiado apetecible, y tal negativa a la redención resulta una de las insolencias más sanas del libro, pues Fortún no fabrica monstruos para que un pedagogo los cure ni para que un humanista los incorpore, con gesto generoso, al banquete de la normalidad, sino para permitirles decir que su rareza, su viscosidad, su repugnancia o su obstinación también tienen derecho a existir sin arrodillarse ante la higiene moral de los hombres.

"La presentación", por su parte, debería circular en hojas sueltas a la entrada de cada tertulia literaria, no para desanimar a los asistentes, que ya llegan suficientemente desanimados aunque sonrían, sino para recordarles que todo acto de presentación contiene una pequeña conspiración, un intercambio de cortesías falsas, un duelo de egos disimulado bajo el mantel, una contabilidad secreta de elogios, rencores, firmas, vinos mediocres y amistades peligrosamente duraderas, pues allí donde el presentador debería alabar, destruye, y donde el autor debería hundirse, sobrevive, y donde el público debería indignarse, compra o finge comprar, con aquella admirable flexibilidad moral que sólo la cultura proporciona.

Los cuentos hemingwayanos, Barman y Pesquisa por un sueco, tienen el mérito de acercarse a la tradición sin aquella reverencia de sacristán que suele arruinar los homenajes, pues Bouzo no se arrodilla ante Hemingway, no lo convierte en busto, no lo limpia para el museo, sino que lo hace beber, fumar, flotar entre tiburones, daiquirís, silencios y restos de relato, mientras el narrador, en vez de resolver el enigma de Ole Andreson, parece comprender que los enigmas literarios no se heredan para ser aclarados sino para ser contaminados de nuevo, ya que toda gran historia deja una puerta lateral por la cual entran los escritores menores, los curiosos, los imitadores y los saqueadores con vocación de discípulos.

"Quién le tiene miedo..." devuelve a Caperucita la oscuridad que las versiones escolares le habían quitado por razones sanitarias, pues el bosque, cuando no está vigilado por pedagogos, no es una lámina infantil sino una zona de deseo, amenaza, ambigüedad y apetito, donde el lobo no carga solo con la culpa, la niña no carga intacta con la inocencia, el leñador no garantiza la salvación y la madre, aquella sombra anterior a todos los peligros, deja de ser una simple figura doméstica para participar de una trama más turbia, más antigua y menos presentable que cualquier moraleja.

"Su lucha", con aquella “imposible acumulación de pelambres” que parece salida de un tratado naturalista redactado por un loco en pleno verano, convierte una manía íntima en causa política, y en tal tránsito de la preferencia al manifiesto, del gusto privado al programa de liberación, del fetiche corporal a la épica del vello, el cuento se burla de una época que ha aprendido a convertir cualquier obsesión en bandera y cualquier rareza en doctrina, aunque la burla no caiga sólo sobre el personaje, sino también sobre quienes, desde la normalidad depilada de sus prejuicios, necesitan diagnosticar toda diferencia para no sentirse amenazados por ella.

"Deseos", que baja a la cocina, al apagón, a la escasez, a aquella fatiga doméstica donde los objetos parecen entender más que los hombres, tiene una melancolía menos aparatosa, pues cuando el texto deja oír el “Hasta cuándo...”, no está buscando una frase dramática, sino condensando una forma histórica del cansancio, la de quienes han vivido tanto tiempo en la precariedad que hasta una hornilla, un artefacto, una cosa destinada al servicio, termina adquiriendo voz para decir lo que los cuerpos ya no pueden formular sin rabia o sin vergüenza.

Todo aquel recorrido desemboca, con una lógica que al principio parece caprichosa y luego resulta inevitable, en "Los cocozapatos", último cuento y verdadera bestia tutelar del libro, donde el escritor, que en los relatos anteriores había sido boxeador, acusado, presentador, impostor, heredero de fábulas, bebedor de tradiciones, víctima de objetos y cultivador de vanidades, se ve finalmente obligado a enfrentar aquello que ha comprado para adornarse, pues los zapatos de piel de cocodrilo, elegidos por el Cuentero para completar su figura pública, para entrar en la tertulia con una autoridad que empezara por los pies, terminan revelando que todo accesorio de la vanidad contiene una vida secreta, una deuda animal, un hambre que no se cancela con aplausos.

El Cuentero pertenece a una especie que abunda en todas las ciudades literarias, desde las capitales imperiales hasta los cafés de provincia, y que consiste en el escritor que, antes de tener una obra indiscutible, ya posee una figura social, una tertulia, un público, una leyenda portátil, enemigos que le hacen propaganda involuntaria, amigos que le celebran el gesto y una relación con la ropa, la pose y la aparición que permite sospechar que, para él, escribir no consiste solamente en producir páginas, sino en entrar en escena con la dignidad impostada de quien cree que cada lectura pública es una pequeña coronación.

El Poeta, que funciona como su doble agraviado, no es menos cómico ni menos triste, pues donde el Cuentero exhibe éxito, el Poeta cultiva resentimiento; donde uno administra lectores, el otro administra heridas; donde uno parece haber aprendido la gramática social de la literatura, el otro se refugia en la superioridad de quien no ha sido reconocido y por tal motivo se considera más puro, aunque tal pureza, vista de cerca, tenga el mismo olor ácido de la vanidad contrariada, y por tal motivo la frase “Los escritorzuelos no pasan de ser unos zapaticos...” resulta perfecta, pues intenta rebajar al rival y acaba invocando, sin saberlo, el centro monstruoso del cuento.

"Los cocozapatos", que al principio parecen una extravagancia de mal gusto, una indecencia visual, un capricho de alguien que confunde la elegancia con el sobresalto, van adquiriendo una autoridad progresiva, primero como objeto ridículo, luego como objeto inquietante, más tarde como criatura y finalmente como destino, ya que la piel de cocodrilo, sometida al lujo, al comercio y a la vanidad del escritor, empieza a recordar que alguna vez fue animal, que perteneció al agua, al barro, a la mandíbula, a una lentitud anterior a la zapatería, y aquel recuerdo, que en otro relato habría sido metáfora, aquí se vuelve apetito.

La grandeza grotesca del cuento está en que el Cuentero, que compró los zapatos para dominar mejor su imagen, termina dominado por ellos, alimentándolos, escondiéndolos, temiéndolos, obedeciéndolos, pues toda vanidad, cuando se le concede una habitación en la casa, acaba pidiendo la casa entera, y lo que comenzó como un detalle de vestuario, como una ayuda para la presencia pública, como una manera de entrar con brillo en el teatro menor de la literatura, se convierte en una criatura que exige carne, espacio, secreto y complicidad.

El narrador, que no se lava las manos con la facilidad moral de los testigos puros, acompaña al Cuentero con una combinación deliciosa de amistad, miedo, fastidio, ironía y cobardía razonable, pues no se coloca por encima de los hechos ni finge que habría actuado mejor, sino que participa, mira, comenta, sospecha y se asusta, y cuando el Cuentero le dice “No tengas miedo que no te van a morder”, la frase, que en boca de cualquier personaje sensato debería tranquilizar, funciona aquí como una sentencia anticipada, ya que todo lector medianamente educado por las desgracias de la ficción sabe que las cosas que no van a morder son precisamente las que ya han empezado a abrir la boca.

La fauna cultural que rodea al Cuentero, con sus tertulias, bardos, cuervas, asistentes, admiradores, enemigos, curiosos, lectores a medias y testigos de ocasión, no es simple utilería costumbrista, sino el terreno necesario para que los Cocozapatos crezcan, pues ninguna vanidad se alimenta sola, ningún escritor se convierte en personaje sin un pequeño coro que lo confirme, lo niegue, lo envidie o lo fotografíe, y en tal sentido el cuento no se limita a burlarse de un individuo, sino de todo un sistema diminuto de consagraciones domésticas, donde cada aplauso es una migaja y cada migaja, con el tiempo, puede volverse carne.

La escena final en el río, cuando los zapatos dejan atrás la comedia social y regresan a una región de tono mítico, posee una eficacia extraordinaria, pues los dos objetos, que ya han dejado de ser objetos, se hunden, emergen y “se unían los dos enormes zapatos bestias en una sola criatura inmensa”, frase que contiene la revelación última del cuento, pues allí el calzado se descalza de la civilización, la piel vuelve al animal, el lujo regresa al pantano y la literatura, que había comenzado en una tertulia con preocupaciones de vestuario, termina frente a una criatura anterior al aplauso y más verdadera que cualquier presentación.

Después queda apenas el recibo de compra y una foto, dos pruebas miserables, ridículas, y por tal motivo literariamente perfectas, pues la ficción, a diferencia del archivo judicial, no necesita probarlo todo con una claridad insoportable, sino dejar un resto, una huella, un documento insuficiente, una evidencia pobre que no convenza del todo pero tampoco permita olvidar, y aquellos papeles finales, que parecen sobras de una compra absurda, terminan siendo el certificado de que lo imposible, cuando ha ocurrido en la literatura, no requiere testigos confiables sino imágenes capaces de seguir mordiendo.

Los cocozapatos no sólo cierra el libro, lo reorganiza hacia atrás, pues después de leerlo uno entiende que la pelea inicial ya contenía una dentellada, que el fantasma explotado ya anunciaba la conversión de todo cadáver en mercancía, que el tribunal de El inocente preparaba la vergüenza del escritor ante su deseo de posteridad, que los zapatos de Cambios habían sido el primer ensayo del fetiche, que la cucaracha de Love Story enseñaba la persistencia de lo animal bajo la forma domesticada, que La presentación ofrecía el teatro donde la vanidad recibe público y que Deseos mostraba cómo los objetos, cuando la vida humana se agota, empiezan a hablar, a pedir, a protestar o a morder.

Por tal motivo este libro, que podría ser leído superficialmente como una colección de ocurrencias fantásticas, es en realidad una sátira bastante severa de la solemnidad literaria, pues cada vez que la literatura intenta elevarse demasiado, Fortún le amarra al tobillo una cucaracha, un fantasma, una hornilla, una madrastra, un lobo o un par de zapatos hambrientos, y tal operación, que parece irrespetuosa, resulta más fiel a la vida que muchas reverencias, ya que la literatura no se conserva viva por la ceremonia con que se la celebra, sino por la capacidad que todavía tenga de avergonzarnos, de reírse de nosotros y de devolvernos, amplificada hasta el disparate, la imagen de nuestros apetitos.

Termino con la sospecha de que Los cocozapatos son mucho menos fantásticos de lo que aparentan, pues todo escritor que ha deseado demasiado una entrada triunfal, todo poeta que ha confundido su resentimiento con pureza, todo crítico que ha usado la inteligencia como cuchillo de mesa, todo lector que ha ido a una presentación para asistir al fracaso ajeno y todo reseñista que ha creído caminar por encima del ridículo, ha sentido alguna vez que sus zapatos eran más grandes que sus pies y que, en alguna zona oscura del camino, podían empezar a moverse solos; Fortún Bouzo, con tal cortesía burlona de quien sabe que la risa es una forma menor de la justicia, nos recuerda que la literatura, cuando se compra para lucirse, puede terminar reclamando su origen animal, y que ciertos zapatos, aunque parezcan hechos para caminar hacia la posteridad, tienen la mala costumbre de abrir la boca.

viernes, 12 de junio de 2026

Exilio y cansancio

Dicen que el exiliado vive con su maleta media hecha, que no consigue desempacar del todo. Sin embargo, te aseguro que los hay quienes tiraron su equipaje lejos y volver se reduce en todo caso a silbar el viejo tango. Si triste es dejar atrás lo que fue tuyo -los afectos-, más doloroso es regresar y sentir que ya nada te pertenece, descubirir que simplemente no existe. Queda entonces la certeza de que "te lo han robado todo", otra cancion a tararear...

FB me recuerda este excelente proyecto donde más de uno en Miami por esos años cargamos el cartel que muestra la foto. Quizás algunos aún lo llevan consigo, pero otros simplemente disfrutan lo que fue una buena imagen, nada más, que ya no hay tiempo para melancolías delirantes. Y es que el sentido de orientación puede cambiar; cambia tu vida; el regreso se antoja una ecuación sin resolver y el duelo finalmente caduca. Saber de dónde eres ahora, tu coordenana de pertenencia, ya no es importante, desde hace mucho eres tú tu propia tierra, no caben las nostalgias, lo demás es cartón postal. Basta con recordar de dónde viniste por aquello de que siempre habrá un origen, y cuidar lo que has construido, por lo general con sobrados esfuerzos, y dispuesto siempre a moverte. Finalmente la herida cicatrizó y está únicamente la marca que ya ni picazón te provoca, señal de que la piel sanó 

Ahora bien, leyendo esta, mi descarga metatrancosa, se me ocurre pensar cómo alguien puede atreverse a cuestionar tu desprecio por esos que te obligaron a escapar, y rayando en el cinismo total, te pidan que olvides, que dialogues, y perdones.


Foto en casa de Tony Cobas, junio del 2013, Mendoza 324, Coral Gables. Con el lente de Ulises Regueiro.

martes, 21 de abril de 2026

Cuba... ¿finalmente? Entrevista de Denis Fortun a Ibrahim Bosch, presidente del PRC

 

Habitualmente mis entrevistas en este blog son a personas vinculadas con la literatura y el arte en general. Por primera vez tengo una conversación con un político, me refiero a alguien que dedica buena parte de su vida a la lucha por una Cuba diferente, democrática, con apego a la ley y la pluralidad; en síntesis, hablo de una Cuba lejos de la doctrina totalitaria y comunista. Se trata de Ibrahim Bosch, presidente y fundador del Partido Republicano de Cuba, y la razón de por qué ahora el cuestionario, es evidente por el momento que vive la Isla y el exilio.



Denis Fortún: ¿Quién es Ibrahim Bosch?

Ibrahim Bosch: El 3 de agosto de 1957 la Sra. María del Rosario López Pérez termino con su embarazo, pariéndome, dice la inscripción de nacimiento, en Regla, La Habana. Hice, como cualquiera, la primaria, luego continué la secundaria y al terminar me fui para la Academia Naval del Mariel a estudiar oficial de la marina mercante. Finalmente me expulsaron con la vergüenza de desaprobar matemáticas en segundo año; después terminé el pre universitario y me gradué por curso dirigido en Licenciatura en Historia y Ciencias Sociales. En fin, soy un cubano más, como tú, o como aquel que no tiene que pedir permiso a nadie para asumir la libertad de Cuba como una prioridad. Además, me he tomado esto tan en serio que lo he convertido en mi propósito de vida. Significa que voy hasta el final, pertenezco a una de las generaciones perdidas y no me voy a privar de dar mi aporte por la libertad de Cuba, y parte de ese aporte es la creación de este tren de la libertad que es el Partido Republicano de Cuba, una maquinaria política con valores y una ideología al servicio del pueblo.

DF: ¿Dónde y cuándo se funda el Partido Republicano de Cuba, ¿cuál es su plataforma? Háblame de su membresía, cómo funciona. ¿Igual coméntame si se reduce a un activismo por la libertad de la Isla, o en cambio se considera una fuerza opositora considerable con posibilidad de generar grandes transformaciones en la Isla?

IB– Por esta lucha y para velar porque en Cuba no se repitan situaciones parecidas, no desde posiciones de poder sino junto a la sociedad civil cubana, que no permitirá que ninguna persona o grupos estén por encima de las leyes del país, el Partido Republicano de Cuba queda fundado en la ciudad de Hialeah el 1ro de septiembre del 2003, pero con la misión fundamental que funcione desde Cuba. Es por eso, la sede principal se encuentra en la Ciudad de La Habana, con delegaciones en el resto del país; y en el exterior radican filiales trabajando todos en total comunión, como por ejemplo, en Paraguay y Colombia, para solo citar dos países latinoamericanos, y asimismo en varias ciudades de los Estados Unidos.

Nos proponemos que este Partido tenga un impacto en la política, la economía y la sociedad de la futura nación y, por supuesto, nos consideramos capaces de generar grandes transformaciones en la Isla. También se hace activismo y justamente por eso en estos momentos hay 16 presos políticos de la organización, pero es bueno señalar que en ocasiones han sido más, en número considerable. Por ese activismo que te menciono es que entre los varios miembros de la organización que sufren presidio únicamente por sus ideas, está cumpliendo una injusta condena la directora ejecutiva nacional, María Cristina Garrido Rodríguez, condenada a 7 años, lejos de sus hijos, sus familiares, y de su hermana Angelica, que igual es miembro de la organización. Otros que sufren presidio son la directora de la comisión de elecciones interna de la organización, Lizandra Góngora Espinoza, con una sentencia de 14 años, y Yosvany Rosell, recientemente en una huelga de hambre por 42 días, sentenciado a 15 años. Todos encarcelados de manera improcedentemente, más de 1000 además, solo por el deseo de la libertad real.

Recientemente uno de los involucrados en los hechos de la lancha de Corralillo, Michel Ortega Casanova, miembro de la organización, es uno de los 5 fallecidos que forma parte de los nuevos mártires debido al calvario que sufre Cuba, y 5 más, aun presos y torturados, sin suficiente información de lo que sucede con ellos, que son definitivamente héroes en busca de libertad.

Para concluir con tu pregunta, la organización es política y no orienta ni huelgas ni estas supuestas acciones, pero tampoco controla a sus miembros en cuanto a decisiones individuales.

DF: ¿Tiene alguna continuidad el PRC actual con el que fue fundando por José Miguel Gómez el 25 de octubre de 1916?

IB: No. No guardan relación alguna ambas organizaciones.

DF: Además de ser fundador y presidente del PRC, tengo entendido que eres masón.

IB: Mis hermanos me reconocen como tal.

DF: ¿Considera el PRC la lucha armada como una opción para liberar a Cuba del castrismo? ¿Cuál es la posición oficial de PRC en cuanto a los hechos ocurridos en Corralillo, provincia de Villa Clara, luego de que varios miembros de la organización fuesen ultimados?

IB: Sí, esa es una opción viable, y se ha intentado todo. Es bueno recordar que desde los inicios mismos de 1959 el pueblo ha luchado mucho para derrocar a esa tiranía; ahora bien, en el contexto actual, puede que EE UU use esa opción, todo depende de la manera en que reaccione la tiranía en medio del escenario presente, y lo visto indica que se van a atrincherar. Ellos no van a romperle las cadenas al esclavo, luego entonces, cualquier método que el esclavo use para liberarse es válido. Dios nos hace libre y nadie tiene derecho a privarnos de esa libertad, la tiranía comunista tiene cerrado todos los canales civilizados para resolver la problemática de la nación y ellos son el problema, por lo que no forman parte de la solución. Ante esta situación, nos queda la rebelión como vía expedita para la libertad, y así extirparlos de raíz.

DF: Recién se celebró en el mes de marzo, en Miami, una reunión en la que se firmó el «Acuerdo de Liberación», donde un grupo de organizaciones anticastristas establecieron una suerte de hoja de ruta para la transición democrática en Cuba. A tu juicio, ¿por qué otras organizaciones anticastristas de larga data y prestigio dentro del exilio cubano fueron ignoradas, haciéndose notar sobre todo la ausencia del PRC?

IB: Quien arma un show mediático con apariencia política invita a quien le resulta afín. No haber sido invitados muestra que no somos parte del montón participante. Somos diferentes y eso en política es significativo.

DF: Alguien con sobrado conocimiento de causa me dijo recién que la oposición interna en Cuba está desestructurada desde hace mucho, lo que a mi juicio es cierto, y que en buena medida la propia oposición en ambas orillas es responsable de que así sea, amén de la penetración en muchos casos por los servicios de inteligencia de la tiranía, lo que lógicamente acaba por desactivarlas. ¿Visualizas algunos nombres que puedan considerarse al momento de un cambio, y que consigan evitar que dentro de ese cambio se manejen como una opción «inteligente» barajar sujetos vinculados con el castrismo, y por consecuencia la merecida justicia quede relegada a un segundo plano? ¿Cómo ves al PRC en esa posible transición, que últimamente parece más plausible?

IB: La mayor organización opositora en Cuba es el pueblo y este se une en la acción cuando ya no soporta más y va contra el poder hasta destruirlo. Estructurar organizaciones en tiranías es difícil, lo demuestra la historia, y nosotros pasamos por esas dificultades constantemente. Solo la perseverancia, la dedicación y la entrega, logran lo que hemos conseguido nosotros. El castrismo será desmantelado en su totalidad, porque el castrismo es problema, solo así, y haciendo justicia, se abrirán las puertas a la prosperidad dentro de un marco legal serio que lo garantice. En el escenario actual quien puede visualizar nombres es la administración Trump, porque todo indica que justo esta administración, de tener la voluntad necesaria, puede generar la caída de la tiranía. Muchos quedaran vestidos, y que se alegren, pues el que ponga la cara en la transición quedara desfigurado para siempre. Para trabajar en la transición, registrarnos y participar en el futuro político del país, los que estamos mejor organizados somos el Partido Republicano de Cuba, con una estructura clandestina dentro, y una pública en el exterior, de apoyo total, el resto actualmente es un bluff. Después de la transición, en elecciones libres, el pueblo decidirá quién gobernará.

DF: En cuanto a las conversaciones de la administración Trump con altas figuras del castrismo, entiéndase la familia Castro, quienes controlan el verdadero poder en la Isla, cuál posición asume el PRC. Dime si la organización tiene alguna o varias expectativas reales de que esas conversaciones consigan resultar favorables para la democracia y la libre empresa en Cuba, y no se reduzcan a lo que popularmente se conoce como «el mismo perro con diferente collar».

IB: No sucederá. La administración Trump, por interés nacional de EE UU y, por información de inteligencia, considera que el castro-comunismo es una amenaza y ha decidido eliminar el comunismo del hemisferio. De todos es conocimiento que la cabeza de la serpiente habita en La Habana, el presidente Trump y el secretario de estado Marcos Rubio están al tanto, no valdrán entonces las artimañas. Además, la política determina la economía y no hay propiedad privada ni prosperidad con una tiranía comunista, entonces, ni los mismos perros ni sus collares existirán. Por ahora no hay información oficial, ni elementos que den claridad por dónde y cómo andan esta conversaciones, pero comprendemos porque no existe transparencia y todo lo que se dice hasta ahora es especulación. Preferimos observar y prepararnos para posibles escenarios, y siempre en positivo.

DF: Cómo se visualiza el PRC en una Cuba democrática y a cuál papel aspira dentro de ese proceso de cambios, que definitivamente no será fácil, al menos sociológicamente hablando, y me refiero a lo que llaman el daño antropológico, que no por común la frase deja de ser cierta; es evidente el detrimento que padece la sociedad cubana actual y no se reduce al calvario económico.

IB: Participando en el rescate de los valores éticos, morales, patrióticos, poniendo a Dios en el centro de las familias, buscando la prosperidad y felicidad del pueblo, dignificando la política y enfrentando la corrupción desde el mismo principió. Soy favorable a la pena de muerte a políticos corruptos y funcionarios civiles y militares que traicionen, dejándose reclutar por servicios de inteligencia extranjeros. Algo curioso, no me queda claro lo del daño antropológico, aquellos que lo sufren dentro de la Isla son los que al salir triunfan en el exterior; son los mismos cubanos que estuvieron dentro.

DF: ¿Regresaría Ibrahim Bosch a Cuba para ocupar un lugar de liderazgo de suceder una transición, o lo haría únicamente como un simple mortal que pretende disfrutar una tarde cualquiera en cualquier parque de Cienfuegos?

IB: Regreso y voy a disfrutar de la libertad, y claro que participaré de la reconstrucción política, económica y social de Cuba. Mi liderazgo quien lo determina en primer lugar es mi organización, y el pueblo.


Entrevista de Denis Fortun a Ibrahim Bosch publicada originalmente en ZoePost

miércoles, 11 de marzo de 2026

Cuba no se parece a nadie


«Cuba no se parece a nadie…». Así concluye un buen amigo dominicano en lo que apura su vaso de whisky. Sin embargo, al hablar lo hace refiriéndose a eso que distingue a la Isla: el desastre y la esperanza, sin ánimo de minimizar su historia, tampoco exaltarla, mucho menos con desprecio, sino más bien le asiste una discreta tristeza porque de alguna manera Cuba le duele su poquito. Se trata de un amigo que tiene fuertes lazos con varios cubanos. De hecho, su padrastro era matancero, un tipo excelente me asegura, y por si no bastara el hombre fue veterano de la Brigada 2506. Simplificando, Juan, que así se llama mi amigo, siente simpatía por los cubanos; ahora bien, igual los hay quienes no califican para conseguir su estima, y se refiere a aquellos criollos que despectivamente les dicen «pan con bistec». 

El otro amigo que nos acompaña, más joven, si bien se siente cubano, no nació en Cuba y es lo que yo llamo un yuca, que por sus siglas en inglés significa Youth Urban Cuban American y, por supuesto, ¿dónde sí no su lugar de procedencia? «La ciudad que progresa», esa que se me antoja una copia de Marianao cuando la barriada habanera usaba el slogan anunciando su desarrollo, y sí que desarrollaba hasta que llegó la revolución. Y este joven, que responde al nombre de Brian, que ya sabemos nació en Hialeah, como muchos hijos de cubanos se dice que, igual a sus padres, él también es cubano, aún cuando sus ojos vieron por primera vez al mundo en la 651 del East y la 25 calle, Zip Code 33013. El dato curioso es que ambos, con diferencia de edad y orígenes, si bien coinciden en su recelo con este nuevo tipo de cubanos, no están muy claros del significado de «pan con bistec» (digo sociológicamente hablando, no al real, al de bistec y pan con bastante cebollas y papas fritas que todos alguna vez hemos disfrutado con la compañía de un espeso batido de mamey, al menos en Miami), y los dos me piden que los «ilumine», les diga qué es realmente un cubano pan con bistec.

Sonrío, bebo de mi cerveza y Brian me imita empinando su vaso, lo mismo con cerveza, y los tres nos quedamos en silencio por varios segundos hasta que me decido a comentarles sobre «el concepto», que últimamente se usa bastante en Miami, para diferenciar a los cubanos según su posición política, de tiempo, y sus intereses en particular a lo que a Cuba se refiere. Antes de comenzar les insisto en la diferencia entre exilio y diaspora. Aunque hay un margen estrecho, existe una que bien marca la distancia en cada etiqueta. Juan y Brian continúan callados, con aparente interés, y su silencio se traduce como una orden. Entonces, no me queda otra que hablarles.   

Exilio, se entiende como destierro del país de origen, una separación forzada, involuntaria. Una forma de expulsion en su mayoría por razones políticas, aunque igual están las razones religiosas. Un exiliado por lo general es un contrario al sistema e ideología que se establece en su país de origen, una persona que sufre, además, por estar lejos de su terruño. El exiliado a menudo está marcado por el deseo de regresar y se le añade a esa tristeza por estar lejos el desprecio que le provocó el conflicto. Una nostalgia aderezada por el odio que puede durar toda la vida, aún cuando se integre a la sociedad y las costumbres del país donde ha sido acogido.

La diaspora, es más bien un fenómeno migratorio, una comunidad que se desplaza y que en ocasiones, muy pocas, puede ser provocada a través de la fuerza, como el exilio bíblico, pero en general lo hace de manera voluntaria a partir de una elección personal o de grupo, siendo así un éxodo más apegado a la intención de los migrantes, que presupone movimientos por motivos económicos. Aquí, esto último puede resultar contradictorio, teniendo en cuenta que la economía de un país siempre estará supeditada a la política regente; son justamente las decisiones que se toman desde la política las que redundan en beneficio o detrimento de la economía, sin dejar de mencionar la corrupción, pero queda claro que en ese caso el movimiento no es necesariamente forzoso porque mientras demuestras tu descontento con la economia, igual puedes no hacerlo con la política, aplicando la dualidad moral que muchos practican, y jamás vas a correr el riesgo de persecución, y hasta la muerte, que sufre quien termina exiliándose al declararse en contra de un regimen dictatorial.

Juan y Brian asienten sin abrir sus bocas, pero luce que no están muy convencidos, y está el hecho de que todavía no he mencionado el bendito pan con bistec. Vuelvo y les digo que la diferencia, si bien aparentemente minima, es palpable y les resumo la explicación de manera simple, o al menos eso intento: el exilio se traduce como expulsión forzosa, la diáspora es dispersión geográfica, no siempre forzada, y uso de ejemplo a los dominicanos que viven acá, en Estados Unidos, no solo en Miami, y a eso les sumo los puertorriqueños, argentinos, incluso canadienses, recalcando la diferencia entre los mencionados y los venezolanos, los nicaraguenses, y los cubanos.

Ahora bien, reduciéndolo todo a la imagen del pan y la carne, se supone que un exiliado prioriza la liberación de su terruño, su pensar libertario, su amor al libre albedrío dentro de la ley, la libertad por expresar sus ideas, su apego a la democracia, su convicción política sobre otras “necesidades” más propensas a ofrecer dividendos, como las de negocios, coyuntura que, por conseguir tal privilegio, el migrante económico está dispuesto a la genuflexión y hasta blanquear la cara de una dictadura, algo que convierte al exiliado y al migrante de la diáspora en sujetos irreconciliables. La diaspora, con menos presión sobre sus ideas, establece que esas necesidades deben permanecer lejos de la ideología, lo que no es terrible ni condenable si hablamos de paises donde no existe la persecución, la censura, los desaparecidos, la muerte por el solo hecho de disentir, sistemas como el de Cuba, Nicaragua y Venezuela, que se mueven bajo las reglas de una tiranía. Entonces, un exilio puro y duro, ese que prioriza convicciones, reclamando para su país libertad y cambios radicales a través de la lucha, no va jamás a comulgar con aquel que no es un perseguido politico asilado. Alguien que, llegado el momento, va a declarar que sus razones para huir fueron económicas y en la primera oportunidad que tienen regresan de donde supuestamente escaparon y, peor aún, dispuestos a invertir, a negociar con los que antes le pusieron la bota arriba y los despreciaron. Y es que está probado, irónicamente pueden encontrarse economías lo suficiente saludables y asimismo carentes de libertades esenciales para sus nacionales. En algunos lugares de Asia sucede, modelo que le resulta atractivo a la izquierda dictatorial y a varios personajes inescrupulosos de la diáspora cubana, y mucho más al régimen, un modelo que el exiliado rechaza de plano.

En fin, el exiliado por lo general razona con el corazón, sobre el dolor, y de bandera trae sus convicciones, a pesar que todo exilio no es lo suficiente monolítico y hay salvedades dispuestas a comportarse tal y como si fuesen parte de una diáspora propensa a diálogos y negociaciones, y en Miami y Washington tenemos ejemplos que no todo es color de rosa y mucho menos idílico; los de la diaspora "per se", en el caso de los que salen de paises donde regenta el poder tiranías comunistas, insisto en eso, como es el caso cubano. en su mayoría lo hacen con el estómago. Da ahí el mote, la definición de “pan con bistec…”. Es por eso, trayendo a colación el momento actual, los exiliados venezolanos vieron con muy buenos ojos la extracción de Maduro el pasado mes de enero. Fueron muchos años de sufrimiento, de desapariciones, de asesinatos, y no hay cómo entender que otros venezolanos en la diáspora se manifiesten en contra de la “cirugía” por otros intereses, desde luego económicos; cirugía que si bien no fue lo radical que se esperaba en opinion de muchos, dejando cabezas que aún tiene su precio en moneda fuerte, al menos abre una puerta para la esperanza de que se aproxima un verdadero cambio en favor de la democracia y la libertad; por supuesto, persisten innumerables dudas, preguntas, y queda esperar, amanecerá y veremos. Y en el caso nuestro, los exiliados cubanos no entienden, no aceptan, que las misteriosas negociaciones entre la actual administración americana y la tiranía criolla se reduzcan a un cambio de maquillaje, un movimiento con las mismas fichas, por intereses que nada tienen que ver con el dolor que ha padecido el exilio durante tanto, aun por el temor que pueda padecerse acá con el tan traido y llevado asunto del vacío de poder, detalle que a un pan con bistec no le preocupa porque su prioridad va más allá de si se es libre o no, basta que se tenga la oportunidad para negociar y sacar ventajas.

Juan regresa a su whisky y Brian lo hace a su cerveza. Yo los miro con la impresión de que, si bien asumo que me entendieron, igual les queda un par de dudas, y lo confirmo cuando Juan repite lo dicho al inicio, está vez con resignación: “Cuba no se parece a nadie”. En cambio, Brian, después de poner su vaso de cerveza en la mesa, me mira y sonriendo me responde con orgullo que sus padres son exiliados. Juan agrega: “brindemos por eso…”


domingo, 12 de octubre de 2025

Homenaje a Armando de Armas en Miami

El pasado sábado 11 de octubre se le rindió homenaje al escritor y ensayista Armando de Armas en el aniversario primero de su ida en la ciudad de Fayetteville, Georgia. A través de la Fundación Ego de Kaska y la editorial Exodus, que preside y dirige Ángel Velázquez Callejas, junto con el apoyo de un grupo de amigos cercanos al autor, se hizo el evento con el propósito de repasar la obra de Armando, conversar con los que lo conocieron bien sobre el escritor y el hombre, y presentar dos novelas inéditas publicadas bajo el sello de Exodus. Los textos que siguen son justamente las palabras de presentación de cada libro, por Elvira de las Casa y Alejandro Ríos. Vaya a ellos, a Elvira y Alejandro, el agradecimiento de los amigos, de los hijos, de todos los que estuvimos presente esa tarde de sábado para honrar al amigo y reconocer su legado.   

Érase una vez en el invierno, de Armando de Armas

Por Elvira de las casas

Me da mucho gusto presentar esta novela de Armando de Armas, entre otros motivos obvios, como la amistad que nos unió por más de cuatro décadas, porque esta es, sin lugar a dudas, la más cienfueguera de todas sus obras. Y como casi todos ustedes saben, yo soy de Cienfuegos y fue en esa ciudad donde conocí a Mandy en el año 1984, cuando trabajábamos juntos en la emisora provincial de radio. No voy a referirme con profundidad a Érase una vez en el invierno porque ya detallé en el prólogo mis impresiones sobre esa obra. Prefiero resaltar otros aspectos sobre la vida de su autor, a quien tuve la suerte de llamar amigo por espacio de cuatro décadas. Solo quiero decir que, en mi opinión, el protagonista de este libro no es “Mandy Big Brother”, ese personaje omnisciente que nos relata cómo era la vida de un grupo de jóvenes en una sociedad que se había propuesto formar al llamado “hombre nuevo” y en cambio dio lugar a una generación frustrada, sin posibilidades de cumplir sus sueños más elementales ni de tener a su alcance la moda, la música y todo lo que disfrutaba la juventud de la época en otras partes del mundo.

La verdadera protagonista de la novela es la ciudad de Cienfuegos, el Parque Martí y los edificios que lo rodean, el bulevar de la Calle San Fernando, el Malecón, el hotel Jagua en el reparto de Punta Gorda, el cementerio viejo de la barriada de Reina y el Tomás Acea, localizado en la Carretera del Junco y, sobre todo, el Paseo del Prado, lugar que durante décadas fue el sitio preferido de los cienfuegueros para reunirse con sus amigos y para tener sus primeras citas románticas. Y que, como cuenta la novela, con el transcurrir de los años y de la fatalidad histórica que nos trajo al exilio a los que hoy estamos aquí, se convirtió en una especie de campo de batalla ideológica en el que se encontraban, de un lado, los “guapos”, entre los que abundaban los informantes de la policía, vestidos de forma chapucera y con peinados que delataban la influencia de su paso por el presidio. Y por el otro lado estaban los “pepillos”, con largas melenas y ropa que vendían las tiendas estatales y que ellos se las arreglaban para transformar y que se parecieran lo más posible a lo que veían en las revistas y portadas de discos que conseguían llegar al país pese a la censura del gobierno.

Mandy, sin llegar a ser un marginal, no solo simpatizaba con aquellos considerados peligrosos para la sociedad, sino que escogió entre ellos a muchas de sus amistades de la juventud, por la sencilla razón de que los sabía más confiables que los considerados “personas decentes”. En la época reflejada en el libro, él era muy joven, ya tenía el agudo sentido del humor que siempre lo acompañó, lo cual es bastante problemático en un régimen autoritario, donde todo tiene que decirse con sumo cuidado para no despertar suspicacias, y pasaba la mayor parte del tiempo en los sitios antes mencionados, especialmente alrededor del Paseo del Prado y, siempre que podía burlar la vigilancia de los guardias de seguridad, en el cabaret Guanaroca o en el bar Escambray del hotel Jagua. Nadie imaginaba que sus amistades de entonces, nada recomendables según el criterio de quienes no querían buscarse problemas con la policía y los funcionarios del gobierno, serían la fuente de la que el futuro escritor bebería para crear su obra literaria. Aquellos personajes apáticos, desobedientes e insatisfechos con el ambiente en el que les había tocado vivir, le ofrecieron al escritor, aun sin saberlo, el material que necesitaría más adelante para escribir sus cuentos y novelas. Porque ya a principios de la década de 1980 Mandy tejía en la cabeza la trama de sus futuros libros, aunque apenas comenzaba a escribir. Recuerdo especialmente un cuento que escribió de muchas formas diferentes, cambiando cada vez el punto de vista narrativo, aunque nunca llegó a estar satisfecho con el resultado y finalmente lo desechó. Poco después comenzaría a darle forma a La tabla, novela que sabía impublicable en Cuba por motivos políticos y que logró traer al exilio pese a su accidentada huida por mar. Este libro sería su entrada triunfal en el mundo editorial, y el comienzo de una fructífera carrera como escritor de cuentos, novelas y ensayos, a la par de su trabajo como periodista.

La distancia me impidió ser testigo de cómo Mandy comenzó a dedicarse formalmente a escribir, pero cuando llegó a Miami, pocos años después que yo, descubrí con satisfacción que durante el tiempo que dejamos de vernos no solo escribió sin descanso, sino que se dedicó a leer todos los libros a los que no podía tener acceso mientras vivía en Cuba. Pienso que la literatura y el exilio hicieron de él una persona más completa, alguien que por primera vez tenía claras sus aspiraciones y sabía que sus principales metas en la vida eran la causa de Cuba y la creación literaria, en ese orden. Su obra es el mejor ejemplo de lo que se puede lograr cuando no se desperdicia el talento y, por el contrario, se enriquece con esfuerzo y constancia como hizo él. Es gracias a esas cualidades que, más allá de su prematura partida física, podremos seguir disfrutando de sus libros, incluso de los que, como es el caso de Érase una vez en el invierno, no pudo llegar a ver publicados pero que sus lectores y amigos seguiremos leyendo una y otra vez. Espero que lo disfruten como lo hice yo; bienvenidos entonces al mundo de Mandy y su invierno imaginario.

Amar así, en los días del coronavirus, de Armando de Armas

Por Alejandro Ríos

Para mí es imperativo reiterar que tengo un recuerdo muy cercano y agradecido de Armando de Armas por su franca amistad, momentos de conversaciones entrañables y porque siempre pude contar con él cuando honró con su presencia mi programa de televisión La Mirada Indiscreta. Me consta que tuvo la admiración de la teleaudiencia.  Gracias también, a Denis Fortún y a Ángel Callejas por haber pensado en mi para la presentación de esta novela póstuma: Amar así, en los días del coronavirus.

A diferencia de otros encuentros francamente tristes, cuando lo perdimos en el ámbito físico, esta tertulia de hoy es de pura epifanía porque Armando seguirá inquietándonos con su obsesión literaria por siempre. Amar así… es una novela-ensayo, de apuntes históricos minuciosos. Una novela de “caballería” abiertamente revisionista, con atisbos autobiográficos -quiero conjeturar-, energizada de reflexiones, sumamente entretenida, donde el escritor pasa revista a un tiempo de incertidumbre, como lo fue el pandémico. Es literatura viril sin afeites, sin metrosexualismo al uso. Crónica del intelectual que sufrió, paradójicamente, marrulleras cancelaciones en democracia y cruentas represiones en una dictadura totalitaria. Dos circunstancias que lo hicieron crecer como creador y asumió con entereza, inconmovible.

Nuestro autor sacude la llamada “libertad de expresión” para que regrese del limbo donde la han tramitado. Armando escribe contra todas las banderas tribales y es encomiable como puede entretejer la cotidianeidad más pedestre con una acendrada fijeza íntima. Hay un subtexto humorístico -de pura “jodedera” cubana- que brota como oportuna tabla de salvación cuando el optimismo parece ceder ante la avalancha de un mundo que le resulta cada vez más ajeno. Es una historia contada simultáneamente en varios planos, con mucha destreza y poder de seducción. Simula una suerte de arte poética del macho alfa para luego rendirse ante los atributos femeninos que Armando veneró y respetó.  Literatura sin etiqueta étnica. Hay una voluntad universal instintiva que se proyecta, sin embargo, desde un complejo escenario miamense más que conocido por el autor, vecino ilustre que dio lustre a la ciudad.

La carga erótica de la novela es altisonante, operática. Hay un dominio del juego de palabras que nos hace escuchar y visualizar todos las distinciones de la comunión sexual. Son momentos que parecen proyectarse sobre aquellos cines drive-in con pantallas enormes a la intemperie. Con tanta literatura prefabricada y hueca que nos circunda impuesta por editoriales de poder económico e ideológico, para satisfacer a lectores identificados al efecto, es de agradecer una novela como Amar así, en los días del coronavirus, sin pretensiones ni alharacas publicitarias, pero de garantizada permanencia en la historia de las letras escritas en total libertad. 

 


Hotel Chateaubleau, Coral Gables, Miami Dade. Sábado 11 de octubre el 2025

Fotos de Armando Nuviola


jueves, 25 de septiembre de 2025

Líneas de la memoria. Entrevista de Gabriel Cartaya a Denis Fortún

 

El sábado 30 de agosto conocí a Gabriel Cartaya, es decir, personalmente. Ya tenía referencias de él y de su obra a través del amigo común Ángel Velázquez Callejas. Fue justo en casa de Callejas donde coincidimos, y luego de las presentaciones de rigor, sin mucho rigor, que fue diáfana, conversamos sobre lo humano, lo divino, de Cuba, de Tampa, de Miami, y sobre su novela "El secreto de la Andaluza", a presentarse esa noche. Finalmente, Cartaya me dijo que le gustaría hacerme una entrevista para el semanario “La Gaceta”, fundado en 1922. Y, así las cosas, Cartaya me envió las preguntas, yo las respondí, y queda agradecerle la oportunidad…


Gabriel Cartaya: Denis, aunque no te iniciaste muy temprano en el mundo de la escritura, hoy tienes ya varios libros publicados. ¿Cómo descubriste e impulsaste al escritor que hay en ti?

Denis Fortún: Escribir, puedo asegurarte que se trata de una pasión que traigo conmigo desde niño. Recuerdo que, en la escuela, la enseñanza primaria específicamente, en particular el quinto grado, mis mejores notas eran en español —a los número siempre les he tenido antipatía, excepto a los números de la Lotto, pero estos al parecer sí me tienen fobia. Disfrutaba hacer composiciones que a veces mi profesara me decía que resultaban demasiadas largas, más de dos párrafos, que por lo general era la norma. Ya en sexto, a los once años, mi madre me regaló “Los conquistadores del fuego”, de J. H. Rosny. Leer era otra pasión, igual con sus momentos de pausa al no dedicarle el tiempo suficiente, pero tuve la suerte de crecer con un par de libreros enormes en la casa, con autores todos de lujo, universales, de asiento de palco, que nómbratelos representa un lista inmensa, y siempre acababa yo atrapado por alguno, ya fuese por mi voluntad o por sugerencia de mi abuela, que era una lectora empedernida. A esto súmale que en el aula existía la costumbre entre un grupo de alumnos que a la hora de almuerzo nos dedicábamos a leer. Aunque te confieso, yo no me entregaba con la fuerza y pasión de los otros muchachos, que sí se pasaban las dos horas del receso embobecidos con sus libros. Siempre estuve propenso a disociarme cuando de jugar y jeringar su poquito se trataba, lo que le costaba a mi madre ir a ver a la maestra más de las veces que ella y yo hubiésemos gustado. Ahora bien, aquella novela de Rosny me cautivó siguiéndole “El león de las Cavernas” y recuerdo que al terminarla me dije que alguna vez iría a escribir historias, y te reitero, “me dije”, porque igual jamás se lo comenté a nadie, por varios años fue mi mejor secreto. Sin embargo, después del entusiasmo que me provocara las aventuras de Naoh, Nam y Gau en busca del fuego, esa suerte de asignatura pendiente o fantasía dejé de tomármela en serio, otras prioridades más terrenas en mi adolescencia me atrapaban, aún sin olvidarme que lo de escribir no tenía dudas que me atraía muchísimo. Claro, existe un detalle importante, este un ejercicio que precisa de soledad, y a esa edad adoraba yo el bullicio, la compañía de los amigos del barrio, los de la escuela y, llegado el momento y qué momento, la compañía de la novia.

Pero por fin pasó, a la edad de treinta y seis años, un vicio que hasta hoy me persigue, eso sí, sin mucha disciplina, la que merece realmente. Coincidieron por esa época varios momentos que marcaron mi vida, y amigos que me impulsaron a hacerlo. En poesía, la confianza y saber de Jesús Candelario y Alberto Sicilia; en narrativa, la pasión, la manera de contar sus historias, y la admirable disciplina de Armando de Armas irónico, ¿no?, yo que te he dicho en más de una oportunidad que no lo soy lo suficiente. Y quien me dio el impulso final para llegar hasta acá en cuanto a las letras se refiere, impulso que le voy a agradecer siempre, la que fuese mi mujer en esa época, Helen Ochoa, asegurándome ella que, más que poder, debía intentarlo de manera seria y sin temor a críticas y traspié, que los habrá siempre. Y así, con una que otra piedra en el camino, digamos que más piedras de las que deseas o supones, con gente que me veía como un advenedizo, mucho más aquellos que “gozaban” de un nombre, conseguí publicar algunos poemas y uno que otro cuento en revistas impresas y digitales de Cienfuegos, y un buen día vino la noticia de que quedaba finalista en un importante concurso nacional de narrativa, cuentos cortos propiamente, donde recibí mención especial, y el cuento se publicó en una antología que hiciera Letras Cubanas y la Editorial Liminar, de Santi Spíritus, fue este el segundo cuento que publicase en Cuba, hubo uno anterior antologado en un volumen que hiciera Atilio Caballero, un cuaderno que trae por título “Como el aire en la orejas”, título tomado de un cuento de Juan Francisco Pulido, y lo más curioso, los dos cuentos salieron viviendo yo en Miami. Sin embargo, estando fuera de la Isla es que llegué a desarrollar una obra que por suerte ha sido publicada en buena parte, tal y como mencionas en la siguiente pregunta. 



GC: La mayor parte de tu obra escrita la has realizado fuera de Cuba. De alguna manera, ¿te ha dinamitado, como escritor, vivir fuera de tu país?

DF: Por supuesto, y la primera razón es la censura que aún persigue a muchos en la Isla, y que yo para ellos no era lo suficiente confiable. Mi “resumé” estaba muy lejos por aquel entonces de que me consideraran un escritor, y mi “proyección” política les preocupaba demasiado. Igual venia de un mundo diferente en apariencias para que los “consagrados” me diesen su visto bueno, y no contaba lo mismo con las relaciones adecuas para el gran salto, y de conseguirlas representaba una genuflexión que no estaba dispuesto a practicar. Estando acá todo se presentó diferente y tuve la suerte de que al llegar a Miami mi viejo amigo Armando de Armas me ubicara en la zona donde lograse yo conseguir un espacio, lo mismo en la literatura que en programas de televisión luego vinieron España y México, en antologías y revistas—. Siempre le voy a agradecer a Mandy que estuviese delante abriéndome puertas. Pero fue justamente en Miami donde comencé a publicar cosas que traje de Cuba, casi todas inéditas: poemas y cuentos, y otras, la mayoría, escritas acá, como crónicas, novela, reseñas… Entonces, retomando tu pregunta, vivir fuera de Cuba me dio la oportunidad de no solo continuar escribiendo, sino de hacerlo por primera vez con total libertad; publicar sin preocuparme que lo que fuese a contar tuviese connotaciones que pudiesen censurarse. La autonomía es fundamental para ejercer la escritura, a pesar de que todavía ves a algunos escritores que se “cuidan” y hasta se autocensuran, que es la peor de todas las formas de reprobación y crítica.

GC: Eres poeta y narrador. ¿Se complementa, o se excluyen esas manifestaciones en la elección expresiva?

DF: Digamos que cada una, en mi caso, en apariencia cuentan con su motor impulsor propio, lo que ofrece la imagen de una supuesta exclusión al instante de elegir, pero en realidad pasa sin mucha diferencia para cada forma. La narrativa, al momento de crear, en un principio es menos visceral que la poesía, aunque no por eso le concedo menos pasión y termina cargando su “toque poético”, porque si bien prosa y verso se apartan en ocasiones, no llegan a establecer una ruptura evidente porque la prosa (la historia), carga también con esa proporción que nace de los sentimientos. Es acaso “el yo poético”, ese que me asiste y más que desplazar al narrador, lo disfraza. Ahora bien, reconozco que el poema en sí es otra manera o lenguaje al segundo de manifestarse, entre otras razones porque se me antoja como si alguien, alguna “entidad”, me dictase versos, una especie de posesión, aunque ese poema cuente una historia; soy de los que piensa que la poesía puede narrar al amparo de su lenguaje; sin embargo, esa poesía tiene que ver más con mi estado de ánimo. Ahora bien, tengo textos en narrativa que han sido desarrollado a partir de una idea que tuve para poemas, y poemas con los que ha sucedido algo similar desde la otra perspectiva: la inspiración me ha tocado a través de la prosa. Luego entonces, como soy yo el que las escribe, las manifestaciones expresivas a las que haces referencia, más que fragmentarse se complementan. Tengo un poema, por solo citarte un ejemplo, publicado en “Noticia en desarrollo” (ediciones Exodus), que en un inicio fue una crónica que escribí luego de una viaje a New Orleans.

GC: ¿Cómo se entrelazan ficción y realidad en tus novelas?

DF: Mis novelas, tengo dos escritas, una ya publicada 324 Mendoza, y otra terminada que vengo revisando por mucho tiempo Cueros contemporáneos. El caso es, esta última toca un tema muy recurrente en la literatura cubana después de 1959: la dictadura, sus muertos, sus miserias, su drama, el exilio, el desgarramiento de dejar atrás a los afectos, los amores, la gente que quieres, que al final es eso a lo que se reduce la percepción de Patria.

Mucho se ha escrito sobre ese tema, muy bueno y muy malo, lo que lo convierte en uno demasiado recurrente, y eso es justamente lo que me hace dudar, y mucho, y hasta hoy no sale. Por supuesto, no puedo dejar de mencionar a mi editora Yovana Martínez CAAW Ediciones, con quien publiqué 324 Mendoza, que en ese sentido me ha ayudado enormemente al momento de revisar y cambiar, incluso desechar; hablo de un libro con más de 400 páginas. Pero respondiendo a tu pregunta, la ficción y la realidad, más que entrelazarse, para mí se funden, son una sola. Quien escribe y no va a buscar en su vida, revisar su existencia como una suerte de archivo, a mi modo de ver no resulta honesto, y es precisamente la honestidad la que le da el color definitivo a una historia. La ficción llega como un bordado, sea enjundiosa o ligera, es una suerte de envoltura que has de ir rompiendo para descubrir la verdad que pretende contar el autor. En fin, como lo veo, la realidad viene a ser la masa del pastel, la ficción el merengue que lo envuelve. Y se sabe, lo que se disfruta en el pastel es lo que trae dentro.



GC: Si tuvieras que recomendar solo uno de tus libros, ¿con qué argumentos lo elegirías?

DF: Pues lo haría con la misma recomendación para todos: soy yo en la mayoría del textos, o los versos, y en cada una de sus palabras está mi verdad, mi vida. Si te interesa, claro está, le diría al lector, abre el libro.

GC: ¿Escribir para vivir o vivir para escribir?

DF: Vivir, y si escribir forma parte de tu vida, entonces escribe lo que vives con la credibilidad como estandarte, que ya te dije, se reduce a tu honestidad y a tu vida, no importa que sea invención. Te lo mencioné antes en la pregunta que me haces sobre la ficción y mis novelas, la primera herramienta es vivir, después narrar o hacer versos con la desvergüenza de contarle a la gente que no te conoce. Disfrutar de ese ejercicio impúdico de mostrase uno, aun envuelto en la fábula más inflamada, entiéndase un merengue más espeso para el pastel, que siempre lo habrá y digamos que la ficción da su toque especial; que, parafraseando a Armando de Armas, escribir no es una pose, se trata de un acto de fe, de ser uno lo que es, y hasta lo que no. Y digo yo, todo acto precisa de entrega, y porque vivir, insisto, es la columna vertebral de ese trance y eso presupone otorgar, todo se reduce a un desembolso provechoso que conlleva a ser honesto. No dudo que Julio Verne haya ido a la luna, o viajado 20000 leguas en la profundidad del mar; que Kafka fue testigo de una metamorfosis real; que Poe hablase con los cuervos; que Saint-Exupéry se hubiese tropezado con aquel chiquillo que se decía Príncipe. En fin, aun contando historias fantásticas, tu verdad debe estar siempre presente y con ella lo vivido, que es lo que corrobora finalmente. Si, mi estimado Cartaya, vivir y observar, estar pendiente a todo lo que nos ofrece ese lapso que llamamos existencia.

Gracias miles…


Fotos tomadas del PDF. Seminario "La Gaceta". Gabriel Cartaya