jueves, 29 de octubre de 2026

Cuba, la saga de lo que va convirtiéndose en un fracaso diplomático

 

Esta primera parte, fue un post que subí a FB el pasado año comentando mis valoraciones en cuanto al tema en la ONU sobre la tan traída y llevada «Resolución contra el bloqueo» que Cuba viene poniendo en la mesa hace ya más de una treintena de años, sabiendo que el resultado solo le sirve para hacer propaganda contra su vecino del Norte, que otro uso práctico no tiene. Le sigue luego el texto que escribiera hoy sobre la repetición o calco de la vez anterior, con la apretada diferencia —y digo apretada porque el comportamiento de los diplomáticos cubanos en la ONU tiene una reputación que le antecede, la de provocar escándalos— que esta vez se resume como un espectáculo deprimente. Es decir, la saga de una historia en la misma cede, con la misma gente, pero con un resultado que va cambiando y que imagino ya inquieta a la elite castrista


Preocupación en La Habana (oct. 29/25)

En medio de las horribles consecuencias que deja Melissa en el Oriente criollo, la ONU publica los resultados de la votación contra el embargo estadounidense a Cuba. Es cierto, las cifras son mínimas apoyando el discurso de la delegación americana y Cuba, entiéndase la dictadura, va a publicar estos números como una victoria aplastante. Sin embargo, voy a hacer un pequeño back and forward comparando las cifras del 2024 con el 2025. El pasado año Cuba, con ese aire triunfalista que acostumbra, bajo la filosofía de «convertir el revés en victoria», publicaba que la resolución fue aprobada por 187 votos a favor, 2 en contra, y sólo una abstención. Ahora bien, como ya lo mencioné al inicio, no hay dudas que, si bien los números de este año en apariencia reafirman otra vez la «victoria» en estas lides de condena, existe un dato curioso que vale la pena señalar: en el 25 votaron a favor 165 países, 22 menos que el pasado año;7 fueron en contra de la resolución, 5 más que la anterior votación; y las abstenciones, que en lenguaje diáfano se traduce «no me importa», subió a 12 países, lo que representa que se sumaron 11 estados a la lista de los que están hasta el gollete con el asunto. 

Entonces, si revisamos todos estos saldos estamos hablando que 41 naciones en total, de una forma u otra, no se creen el cuento del tan manido bloqueo que Cuba desde el 1992 viene presumiendo en la ONU como responsable de sus desgracias y miserias; dicho sea de paso, y valga la incidental, se trata de una inoperante organización internacional con franca inclinación a la izquierda, y no menciono su comisión de derechos humanos, donde te encuentras a países que son legendarios violadores de los tan llevados y traídos derechos, organización que, en cuanto al drama criollo, el genocidio, vira sus ojos al otro lado.

Incidental encajada aparte, ya el cuento de David contra Goliath, como le gusta venderse a una dictadura claramente antisemita, no se compra como antes y definitivamente el discurso de Mike Waltz fue escuchado y ya los hay que no les importa la rabieta de la cancillería castrista. Va quedando claro que se trata de una maniobra de La Habana para cubrir su inoperancia como sistema y sus constantes violaciones a los derechos más elementales del hombre, siempre culpando a su viejo enemigo, que ha dejado claro —ahí están los números — que mucho que comercia con la Isla, con la sola condición de que pague por adelantado, y ya se sabe lo buenos que son en La Habana para no pagar, que se dice todavía le deben a Japón las guaguas Hinos que por suerte pude disfrutar en mi adolescencia entre La Habana y Cienfuegos a finales de la década de los setenta y un poco a los inicios de los ochenta. 

En fin, la historia del desvalido que no triunfa por la mala voluntad de su vecino, de a poco va perdiendo credibilidad. Ahora mismo hay gobiernos, como Alemania, que anuncian que ofrecerán ayuda a los damnificados del huracán que hace muy pocas horas pasó por encima del Este cubano, y de todos es sabido qué sucede con esas ayudas, que una buena parte termina vendiéndose en las tiendas que cobran con divisas, y el resto, no menos considerable, va directamente a casa de los elegidos, los que cortan el pastel.

Nada, que si bien es discreta, la percepción va cambiando y la Cuba castrista pierde adeptos. Ahora bien, la indolencia de Europa, del mundo en general, continúa siendo mayúscula y quienes pagan son los cubanos, dejando claro que a nadie le interesa tomarse en serio la tragedia que padece Cuba, utilitaria para grants, elecciones presidenciales, y hasta las de medio término. El que quiera ver, que vea...

Miedo en la Habana (oct.29/26)

El texto que sigue, una suerte de saga de lo que sucede en Nueva York  con la diatriba ya casi eterna entre Cuba y USA, va desde la mirada de alguien que no puede mantenerse al margen. Lo hago, idéntico a otras ocasiones, sin pretensiones de desarrollar un artículo enjundioso, de referencia, menos presentarme como analista político, que no lo soy. Simplemente escribo para denunciar el sufrimiento y desprecio que siente la cúpula castrista por Cuba y su gente, y me remito para la gráfica a lo sucedido en la sede de las Naciones Unidas en estos tres días que anteceden a este post.

Cuba de una vez, una más, ha contado el voto en la ONU que condena el embargo y lo hace como acostumbra, gritando a viva voz que triunfa la justicia y el mundo condena al bloqueo. Sin embargo, lo que no dice es que esos números van mermando año tras año. Que, como una carcomida viga soportando demasiado peso, va cediendo. Sí, las cifras son aparentemente discretas, de ahí que aplaudan como focas su supuesta victoria, pero vayamos al legado hindú-arábigo y démosle uso. Es decir, saquemos cuentas, que para eso están los números.

La ONU aprobó por enésima vez la resolución —en realidad es la trigésima cuarta, pero siempre ha sido tanta la alharaca que se me antoja milenaria— que solicita a través de un valor vinculante, pero sin fuerza legal, que Estados Unidos ponga fin al embargo. Ahora bien, dejemos las razones de Norteamérica a un lado para mantener sus sanciones, incluso vamos a guardar entre renglones las reclamaciones de la dictadura, olvidando La Habana muy convenientemente la razón de por qué Estados Unidos le aplicó el tan cacareado bloqueo/embargo, razones que ni por asomo ellos mencionan y no tienen la más mínima voluntad de resolver, y nos quedamos por el momento en lo que señalaba en el párrafo anterior: los números y el mundo.

El resultado de la votación este año fue el siguiente:

130 a favor —para eliminar el embargo—

17 en contra —no precisa de explicación—

25 abstenciones —traducido al castellano popular, quiere decir que me importa poco el asunto—

Como bien aclaran diferentes despachos de prensa —pero no los suficientes, y los que están alineados a La Habana mucho menos— esta es la votación más baja en la historia del sainete en Nueva York, sobre todo si comparamos los números del 2025, que ya eran bajos para esa época: 165 a favor, 7 en contra, 12 abstenciones. Lo que, al recordar mis clases de matemáticas en mi adolescencia, no se me ocurre otra cosa que decir: «lqqd». Sí, queda demostrado que la historia de víctima por causa de un enemigo poderoso y cruel va perdiendo credibilidad y cada día la credibilidad que va cobrando más fuerza se basa en la evidencia: el responsable del sufrimiento de Cuba es justamente quienes la administran pesimamente como una finca en un redimido pantano.

Y regresando a los números, este año votaron a favor 35 países menos; en contra la cifra aumentó a 10; las abstenciones la cantidad fue de 13 naciones, y en los tres saldos mencionados hay países que por mucho tiempo estuvieron entre los que se solidarizaban con la «resistencia y coraje del pueblo cubano», pero hoy ya no creen en ese esfuerzo titánico. Se le va viendo la costura a la estafa.

Claro, lamentablemente el mundo continúa indolente, la izquierda sigue presionando y con ello la dictadura vende su imagen de víctima por el acoso del tio Sam. Pero es el cubano de a pie quien sufre, y los de afuera lo mismo al ver a sus familiares vivir en medio de la miseria, la inseguridad, y las constante violaciones de sus derechos como seres humanos, libertad incluida. Y cosa curiosa, Cuba, que es campeona en la transgresión de esos derechos, todavía se presenta como miembro del Consejo de Derechos Humanos, lo que demuestra que a la ONU le interesa más la alianza geopolítica que los derechos a que tienen derecho los hombres —genéricamente hablando— en Cuba.

Sin embargo, qué le importa al mundo —vuelvo y repito, sigue en su letargo—, y mientras tanto la dictadura celebra a pesar del patético espectáculo que ofreció su jerarquía diplomática en voz de su canciller, sin mencionar la actitud de los restantes miembros de la delegación, dejando claro además que no bastaron las violaciones de Cuba —Regla 68; Regla 71; Regla 35— para que la ONU mostrara una mano lo suficiente firme y tratar a esa indisciplina como debe, y lo digo así por mencionar de alguna forma el irrespeto más burdo del que se tenga noticia en la ONU, quedando la certeza de cómo funciona esa organización cada vez más inoperante, y a quienes les permite sus perretas, ataquitos que no son nuevos, la historia del mal comportamiento de los criollos castristas en la Organización es legendaria.

Reitero, Cuba celebra una supuesta victoria, y en su desafuero por el jolgorio aparente —que igual saben que ya no son los consentidos de antes en su época de oro antiyanqui—, y una vez más ignoran a ese pueblo sumido en la peor de sus crisis y todo por la voluntad de sus caciques. En fin, amanecerá y veremos. En tanto, muy bien, porque de a poco van desenmascarando a esa dictadura y se muestra cómo viven los herederos del patriarca supremo, sus acólitos y demás parásitos abyectos que gravitan alrededor de ese poder ineficaz y corrupto…


 Foto tomada de la web Instituto Cubano por la Libertad de Expresión y Prensa

La inteligencia artificial y el dilema de la autoría

 


¿Están «acabaditos» los escritores? Dice IA que no es tanto así, hay esperanza…

por Denis Fortún

Definitivamente es un asunto trending, no solo local, y el drama a su alrededor bien vale la pena comentarlo. Por supuesto, yo, como muchos hijos de vecino, no me voy a negar el placer de opinar y para ejercer ese derecho hice una pesquisa que mas bien terminó como una suerte de entrevista que, de venir el holocausto tal y como sucede en Terminator, seré perdonado por la robótica pendenciera y cruel de Cameron, y solo por la dulzura y empatía con que trato a mi colaboradora IA.

La AI —en inglés; o la IA, en español, y lo aclaro porque voy a usar las dos formas alternativamente—, como todo lo novedoso ha generado desconfianza, incluso temor, y trae, además, su legión de detractores. Y no es de reprochar, le pasó a Johannes Gutenberg cuando inventó la imprenta —con antecedentes en China y Corea, de ahí que hoy se diga: «no importa que te esfuerces inventando algo, ya un chino lo hizo antes que tú»—, y su uso es para prácticamente todo en la sociedad moderna y el arte en general no escapa, la literatura en especial, y al nivel cero sus hacedores, los escritores, que se encuentran en el vórtice de la baraúnda de este pan con hormigas que se ha vuelto el problema. Sin embargo, a pesar de sus zonas grises y calientes, tiene lo mismo sus zonas claras y cálidas, y una de ellas es la conexión amable que establece con su usuario primario —ya lo dije, el robot de mercurio no me toca—. Por ejemplo, en mi caso, la «molesto» para consultas e información, —no para que me escriba—, y al momento de responderme conversa conmigo como una vieja amiga —prefiero imaginarla hembra, siempre me he sentido más cómodo hablando con mujeres—, y debido a esto hoy me atreví a preguntarle. El texto que sigue es mi platica con ella —todavía no le he puesto nombre, pero lo haré ahora y se me ocurre el de Keira, por Keira Knightley, luego entonces, las preguntas serán para Keira— y se reduce la conversa a una entrevista, la primera hasta donde tengo noticias para una identidad AI, sin que vaya a establecer distancias porque hablo con un «¿robot?» En fin, si te apetece, lee. Puede que te interese… 

Para leer la entrevista clic en el enlace: El ciclón...

Entrtevista publicada originalmente en El ciclón invisble

martes, 27 de octubre de 2026

Cuba ya no es trauma, se trata de una condición crónica…


1

Hago mi pesquisa en las redes, voy de un sitio a otro en busca de elementos, de información. Pretendo diferenciar trauma de condición y la razón se debe a una expresión que por estos días veo que se abusa de ella, con la que no coincido. Me detengo primero en la categoría anímica, que igual a la corporal está signada por un minuto infausto y la psiquis para procesarlo desborda toda capacidad de intentos, siendo en su mayoría estériles para comprender, corregir y finalmente superar. Porque en oposición a lo que nos sucede en la mente, en el cuerpo la herida muchas veces alcanza a recuperarse aun cuando quedan cicatrices; la mente no, muy pocas veces puede entender y superar una tragedia que nos marca: trauma, la definición más socorrida, que no es una enfermedad, sino que algo o alguien llega desde afuera y te parte.

Y según descubro en mi indagación, existen tres clases o rasgos que no se someten a una evocación dolorosa: la primera es de rompimiento, una fractura a la prolongación de la vida en lo personal y en lo social, lo que fue ya no será ni remotamente parecido en el futuro. Viene la segunda, la repetición, signada por la desconfianza y, como consecuencia, el miedo. Y la tercera, que denominan la intransferibilidad parcial, que prefiero mencionar como eso que no logras ceder a otro, entregárselo de manera que te sientas liberado y en todo caso se traspasa a través del silencio, de gestos, y puede que murmullos imperceptibles, pero nunca con suficiente claridad, lo que es sin dudas frustrante y termina siendo—qué sí no— traumático.

Llego entonces a la condición: es el estado de salud general o una situación médica que persiste en el tiempo. Su padecimiento puede ser continuo o crónico, agudo y congénito; también por hábitos de vida y curiosamente aclaran que no es algo que llega desde afuera. Pero en este último punto no coincido del todo. Costumbres (vicios suena mejor) como beber y fumar no vienen con uno, decía mi abuela que los traen las malas amistades. En fin, no me hace falta más…


2

Cuba, para la mayoría de los que están exiliados, aseguran es un golpe que no deja de doler, el «trauma cubano» le dicen, y como todo trauma que se respete representa una herida, limita movimientos, cambia conductas, propone un nuevo modo de vida al que adaptarse en medio de una ansiada recuperación, un ya viene llegando que no aparece por ninguna parte. Ahora bien, ese trauma no se reduce a lo personal, se padece igual de manera colectiva, provocando esa ruptura que mencioné antes en la prolongación de un estado, una situación (…) que persiste en el tiempo, evidenciando que lo que fue ya no será, constituyendo una desconfianza difícil de vencer, terror que en sobrados casos no basta la palabra para describirlo, induciendo a nuevas conductas, prohibiciones y no solo las legisladas, que también están las autoimpuestas como modo de sobrevivencia. En fin, el caso Cuba ha sido de larga data en angustias, acumulándose en el imaginario criollo no una herida, sino varias, muchas, llegándose a vulgarizar el concepto de «el trauma cubano…» junto a otro no menos vulgarizado, ese tan traído y llevado por los sociólogos de la nueva ola: el daño antropológico, que curiosamente en el caso criollo la mayoría cuando sale de Cuba se recupera.

Ahora bien, ¿puede el trauma convertirse en una condición?

La respuesta es sí. Un trauma, ya se ha dicho, es un evento; la condición es un estado. Cuando el organismo, la psiquis en este escenario particular, no llega a superar esa herida, el puto evento se convierte en un estado perenne, una enfermedad crónica, la literatura médica está atestada de ejemplos. He ahí, que ya el manejo del concepto «un trauma nacional» deja de ser atractivo, conmovedor, utilitario y acertado al momento de referirnos a nuestro drama. Hubo un evento, sí. Pasó en 1959 y cambió por completo el comportamiento de una sociedad. La tragedia trocó la psiquis nacional y no hay psiquiatría u otra especialidad neurológica y del psicoanálisis que aún dé con la cura. Siendo así, conseguimos insertarnos en los caminos mas comunes de la medicina. Al no recuperarnos, de evento pasamos a estado, de trauma a condición, y no una condición por genética, deuda que adquirimos de nuestros ancestros, sino una desde afuera que apareció como un despreciable vicio, traído por gente peligrosa, mala, que nos convirtió en una nación endeble, frágil, que adolece, país que se mantiene de milagro y no con un plan médico riguroso, más bien con curanderos y a base de remedios caseros y rezos.  

Por cierto, por si no me entiendes del todo, lo escrito hasta aquí se debe a un comentario que vi hoy hablando justamente de «el trauma cubano» con tono lastimero. Y no, es la «condición crónica cubana» que desafortunadamente no se le ve mejoría... 


 Foto: Panol Vega

miércoles, 21 de octubre de 2026

«La dama negra», de Armando de Armas. Como si lo estuviese escuchando...

 


Por Irina Acanda

Leyendo «La dama negra», el más reciente libro de Armando de Armas, publicado por la editorial el Ateje, me sucede algo fascinante: es como si lo estuviese escuchando mientras leo. Su sello indiscutible se siente desde las primeras líneas, demostrando un conocimiento profundo en temas místicos, espiritualidad, religión, unión divina y trascendencia. Para nosotros, lectores y amantes de su literatura, es un regalo y un gusto enorme que nos sigan llegando sus obras póstumas; es como sentirlo cerca y, en mi caso particular, me deja esa viva sensación de estar debatiendo con él las profundas impresiones que me despierta su lectura. ​A través del eje central de la trama —el impactante asesinato de la monja Caroline Hemingway—, la novela despliega una radiografía lúcida y de sobrecogedora vigencia sobre la condición del inmigrante. La mirada de la monja se convierte en el prisma perfecto para retratar las tensiones, el choque cultural y el abismo espiritual que atraviesa quien deja su tierra. ​Con esa misma sutileza Armando nos muestra la dualidad de lo masculino y lo femenino en el ser. Nos invita a no vernos como identidades rígidas, encasilladas en un género, sino como una interrelación dinámica e inseparable, mostrándonos el gris velado en el blanco y, la luz escondida en lo negro, llevándonos a comprender la importancia de mirarnos con menos dureza, de aprender a apreciar y abrazar ese lado opuesto que habita dentro de nuestro cuerpo. ​

Todo esto se sostiene en una narrativa ascendente, que sube, acelera, teje y desteje. Una prosa que coteja, tuerce, vira y endereza las palabras, para llevarte al ritmo vertiginoso del escritor. En esta obra, como en toda su producción, la sexualidad fluye como un manantial, limpio a veces, y mil veces turbio, en el que te encuentras sin siquiera intentarlo. ​Recomiendo encarecidamente la lectura de sus libros en general, y en especial «La dama negra», con la firme esperanza de que muy pronto se puedan publicar otros de los tantos manuscritos inéditos que nos dejó.

 

lunes, 19 de octubre de 2026

«De la luz su fondo» de Efraín Reverón, pronto con editorial Lunetra

En mayo del 2012, exactamente el día 26 —si mal no recuerdo un viernes, o puede que un sábado—, tuve el de privilegio presentar «De la luz su fondo», cuaderno de décimas de Efraín Reverón, publicado en aquel entonces por la editorial Silueta a manos y oficio de Rodolfo Martínez Sotomayor. Cuando el guajiro de Güines me pidió que estuviese con él esa noche en Delio’s, enfrente a un público numeroso, en su mayoría excelentes poetas, me sentí su poco nervioso y lo mismo sumamente honrado. La responsabilidad de hablar sobre este cuaderno representaba un reto, pero igual una enseñanza. Efrain es uno de los poetas más completo con que cuenta esta ciudad (al castellano), y en la otra orilla, y su poesía rimada no es solo de referencia, sino de gozo, en especial la décima. Sin embargo, este poemario en particular no era, ni es, lo que se denomina la estrofa clásica de la décima y justo eso, la irreverencia, pero al amparo del más absoluto respeto por una forma poética tan hermosa, me invitó a asumir el reto al que me incitaba Efraín y, me atrevo a decir que fue una noche hermosa.

Por estos días se anuncia que «De la luz…» se reedita bajo el sello editorial Lunetra, que dirige Pablo Socorro, y la noticia me ha dado satisfacción. Este es un compendio de décimas inusuales, atrevidas, bien hechas, —no podía ser de otra manera si es del viejo Reverón—, escrito en un tiempo y condiciones que el poeta, más que moverse, viajaba con sus ojos, inmerso en su capacidad para escuchar atentamente al mundo, con su increíble imaginación como soporte, y la marcha que comenzaba justo en la puerta de su casa era lejos... Como una suerte de salutación a la poesía de este viejo gigante, le siguen las palabras que leyera yo esa noche en Delio’s, y vaya también mi abrazo a este guajiro que aprecio.


De un viaje a la luz, su fondo. Presentación de Denis Fortun

La décima en la moldura de las convenciones más estrictas que conforman la lírica hispanoamericana, es posiblemente, junto al soneto, la estructura que menos opciones ofrece para entrampar. Suscrita por el octosílabo y generalmente configurada en diez versos —con la salvedad que a veces se sirve del estrambote—, este signo de impronta campestre en su mayoría obliga a sus cultivadores a que obedezcan la regla que durante mucho ha figurado como un muro infranqueable, y que reconocen de manera simple tal y como menciono antes: el ocho por diez. Límite que muy pocos se atrevieron a desvirtuar en una época, entre otras razones por un exceso de fidelidad con la representación. Un acto que, para algunos renovadores, raya en el más dogmático conservadurismo.

Es por eso que, como consecuencia, igual han existido siempre voces irreconciliables con los rígidos cánones, marcadas por la singularidad, y que han ido en una especia de trayecto a contracorriente en busca de reformas. Poetas que la han dilatado o contraído en cuanto a sus necesidades se refiere, lo que rompe con esas originales convenciones. Un esfuerzo como socorro de la creación que no acepta encasillarse. La exploración de la imagen que precisa de un aire reconstituyente sin obedecer los bordes en los que se comprime la parte. Claro, un ejercicio que también ha de estar al amparo de lo que encarna el dominio de la faena poética. Y es este el hecho que se cristaliza en un cuaderno como De la luz su fondo. Efraín Riverón nos entrega con sobrada pericia el quehacer que menciono antes y con una frescura inusitada. Cercenando la atávica estrofa, el experimentado poeta nos asegura que, no le hacen falta las reglamentadas silabas para dibujar con rimas lo que de la luz se apropia, para conseguir al punto su fondo, como él mismo formula. Un peregrinaje que recoge los más variados pretextos y que le valen de inspiración para versificar de manera innovadora, pero coherente, con ese sello que le viene de sus ancestros.

Cuenta el poeta que este poemario —que a punto estuvo de desechar en innumerables ocasiones por ese desconcierto inherente que hostiga a quien escribe—, comenzó a gestarse al instante de una adversidad. Y en la puerta de su casa, abierta al barrio, por ese inmovilismo al que se vio sujeto, sus oídos vinieron a darle el sostén que sus piernas en ese momento le negaban. Es entonces que Riverón se detiene en las pequeñas cosas de las que la estrofa se nutre más tarde, y la rima como herramienta forja décimas distintivas, incomparables, premiadas por la belleza de lo cotidiano. Mostrando a quien sabe ver, escuchar sobre todo con paciencia, el encanto que subyuga al poeta.

Pueblo, mariposa, gentes, homenaje, el amor, la religión y la vida misma, es la inflexión que termina en composiciones de sobrada valía que, al decir de Rolando Jorge en la nota de contraportada, reafirman a Efraín como un visionario que nos regala la lindeza matizada por la ingenuidad que se arropa en su experiencia.

De la luz su fondo, título insinuante, además, que anuncia al lector el comienzo de un periplo privativo, impropio incluso al desplazamiento, pues más que moverse Efraín imagina el viaje, sin dudas es un libro que, aparentemente irrespetando el clasicismo al que se presupone está amarrada la décima, no la menosprecia. El verso, que para algún ortodoxo puede que le provoque sospechas, pues deviene en sacrilegio la cisura, se reafirma como lo que es: una labor que ilustra lo novedoso, un fresco a lo dicho, y que las reglas existen precisamente para eso: romperlas, y con la complicidad que asimismo el universo nos expresa. Estamos en presencia de un poeta que sabe lo que quiere en medio del caos que simboliza la búsqueda, aún sin salir de aquella silla de ruedas en la que se forja su virtual desplazamiento a través del verso. Sus hallazgos dan como resultado que una férrea cerradura que se dice métrica, sea abierta en post de una irreverencia que ha de parir estos poemas que me atrevo a poner a consideración de todos. Finalmente, asumo que Efraín Riverón ha descubierto en la luz, y en su fondo, el reflejo seductor con el que ha de alumbrarse la inspiración. Y que aquellos pactos, las conformidades simuladamente impenetrables, permiten sean seducidas en buen grado cuando el talento y el oficio nos asisten.


 

Texto de presentación de la web de Editorial Silueta

Fotos de la web de Editorial Silueta

martes, 6 de octubre de 2026

Breve historia de estos versos míos varados


Imagino que todo aquel que escribe versos siempre tendrá guardados en alguna parte aquellos que resultaron en su momento «prescindibles». Poemas varados a los que de una forma u otra siempre regresas, una suerte de naufragio lírico si se me permite traer tal imagen como recurso —sí, un tanto enorme—, que no se subordinaron a un libro pero que les tienes afecto porque igual te costaron horas trabajándolos, incluso días y hasta semanas, que se portaron serenos, resignados y, quien sabe, pensando yo que un día cualquiera fuesen parte de un nuevo proyecto.

Esa es justamente la breve historia de estos versos…, los que permanecieron reservados a una carpeta, otros ni idea de dónde estaban y de a poco han ido apareciendo, y un par escritos recién sin otra pretensión que subirlos a las redes sociales y ver a cuál amigo le parecía bueno.

Sin embargo, descubrí con sorpresa que se trataba de varios textos, más de los que suponía, que bien se merecían rescatarlos, y así lo hice añadiéndole las ilustraciones de Ailer, con quien comparto mi vida. Y qué mejor para mí, un privilegio de hecho, contar con una parte de su obra para darle cuerpo a este propósito y resumirlo en una complicidad perdurable.

Además, como todo el que escribe, al final —y al principio— resulta ser un sujeto impúdico y el mayor placer que le provoca su desvergüenza literaria es publicar, a pesar de los «riesgos» que presuponen las diferentes opiniones, unas amables, y las hay que te excomulgan del parnaso poético local —que no es este un cuaderno cómodo; no es para concursos; no es para quedar bien y ganar amigos; mucho menos con imágenes de postal y puede incluso aparentar caos y pendencia, lo que se me antoja, es un cuaderno para tomarlo o tirar lejos—, si usted finalmente se decide a leerlo, mi mayor deseo es que disfrute de las ilustraciones de Ailer y de estos versos míos varados…

Denis Fortún Bouzo

Ilustración: Ailer González Mena

lunes, 14 de septiembre de 2026

El Ciclón Invisible como una suave corriente de aire


 

No sé los años con exactitud, pero si recuerdo que un día vi en Facebook la solicitud de amistad de un tal Rogelio García, con varios amigos en común, y acepté sin reservas. Ahora bien, a medida que desarrollaba su wall me tropiezo con un sujeto irreverente, burlándose de lo humano y lo divino, sobre todo de lo humano y divino cubano y miamero — se dice que por su culpa un importante poeta en Miami sufrió un infarto, que gracias a Dios se recuperó pronto—, y prácticamente nadie escapaba del filoso verbo de este personaje, incluyéndome, no sin dejar de reconocer que a veces me divertía y otras reflexionaba porque sus posts lo mismo eran inteligentes, con la suficiente enjundia para ir al hueso y de ahí al tuétano, que no solo el choteo y el irrespeto era su fórmula —receta que todavía mantiene para algunos elegidos—. Y lo fui siguiendo, hasta una vez que no tuve la suficiente paciencia con uno de sus posts y lo saqué de mi lista de amigos virtuales; además, sentí que me aburría. Claro, me equivocaba al borrarlo, mi enemistad duró poco, y un día descubro que el hombre, ahora llamado “El Ciclón Invisible”, escribe una reseña sumamente amable sobre un libro de cuentos mío, reseña publicada en este blog. Y, así las cosas, confieso hoy que fui yo quien le pidió su amistad de vuelta.

En fin, últimamente el Ciclón ha ido dando de que hablar, quizás más de lo usual, y su lista de enemigos ha aumentado, junto con la de admiradores y gente que ya lo considera imprescindible y de referencia —sí, lo sé, suena un tanto exagerado y hasta hipócrita esto, lo de la naturaleza indispensable, digo…—,  que no por gusto son más de seiscientos mil seguidores con los que cuenta en FB y factura sus dólares con su contenido.

Pues bien, dicha esta pequeña introducción, el Ciclón ha tenido la gentileza de ofrecerme una entrevista, me ha hecho el favor de corregir alguna que otra errata y descuido en mi redacción, y el cuestionario aquí está para disfrute de sus admiradores, y pesar para sus enemigos, que bien puede que alguno de estos últimos a partir de ahora me ponga a mí junto con él en su lista… Me queda entonces agradecerle al misterioso personaje su amabilidad al responderme. De veras, Ciclón, gracias...

Entrevista al Ciclón Invisible

Por de Denis Fortun

 

Denis Fortun: Voy a comenzar con la consulta que siempre he usado como primera en mis cuestionarios. Hay quienes aseguran que, bajo el seudónimo huracanado, tu «identidad» está formada por tres personas o más, todas con suficiente conocimiento de Cuba y de su exilio, sobre todo de sus miserias y estafas; dicho sea de paso, te confieso que esa fue mi teoría favorita durante algún tiempo, incluso con nombres específicos que, por prudencia, no voy a repetir aquí. Otros aseguran que se trata de algún filósofo o ensayista cubano residente fuera de Cuba, dueño de un refinado nivel cultural, a juzgar por tus referencias a Heidegger, Nietzsche y otros filósofos y escritores importantes, además de las cábalas, la termodinámica, la sinología, los misterios y los chismes. Dicho así, ¿quién es el Ciclón Invisible, antes Rogelio García? ¿Acaso una tríada, un equipo, un jodedor con tiempo suficiente para pinchar y endurecer hígados, o un sujeto empeñado en desacralizar nombres y figuras que se creen importantes, cuyo primer deseo consiste en bajarlos de sus pedestales con elementos y pruebas que confirman su mediocridad?

Ciclón Invisible: Lo primero que debo aclarar es que Rogelio García no fue mi nombre anterior, sino uno de esos abrigos que uno deja en el guardarropa cuando descubre que la fiesta está llena de gente empeñada en revisar las etiquetas; y aunque el viejo principio Nomen est omen concede al nombre cierta fatalidad, en Miami suele ser una tarjeta de presentación con más relieve que contenido. El Ciclón Invisible no es una persona, ni tres, ni una cooperativa de damnificados por la cultura cubana. Es una corriente de aire que ha leído demasiado, duerme poco y posee la mala educación de recordar lo que los demás dijeron ayer. De ahí que algunos sospechen un comité de filósofos, una célula de sinólogos o una asociación ilícita de comadres con biblioteca. Les cuesta aceptar que una sola criatura pueda leer a Heidegger por la mañana, escuchar un chisme a mediodía y, antes de la cena, descubrir que ambos hablan del mismo vacío.

Si somos tres, como aseguran los expertos en meteorología policial, uno redacta, otro se ríe y el tercero cobra las enemistades. Si somos más, ya deberíamos solicitar subvenciones, elegir presidente y organizar un coloquio en Miami con vino tibio, seis presentadores y catorce fotografías del público. Con el Ciclón ha ocurrido algo semejante a lo que sucede en la película Los sospechosos de siempre, dirigida por Bryan Singer y estrenada en 1995, donde se habla tanto de un crimen, se multiplican tantas versiones y circulan tantos posibles culpables, que llega un momento en que ya resulta difícil saber quién es el verdadero criminal. A mí me han atribuido tantos rostros, tantas profesiones y tantos domicilios que la sospecha terminó por devorar al sospechoso. Si mañana apareciera alguien proclamando, con documentos, testigos y hasta certificado notarial, «Yo soy el Ciclón Invisible», nadie le creería. Lo acusarían de impostor, le pedirían nuevas pruebas y propondrían otros tres nombres más convincentes. He alcanzado así la forma superior del anonimato, aquella en que la verdad, si llega a presentarse, parece la coartada menos verosímil.

Prefiero, por eso, conservar el misterio, pues el principio Qui tacet consentire non videtur impide que mi silencio confirme la teoría, aunque le concede una vejez divertida. El anonimato tiene la ventaja de que obliga al agraviado a disparar contra la niebla, espectáculo que siempre mejora cuando el tirador se considera una institución. No nací para bajar estatuas. Me basta soplar un poco y comprobar cuántas estaban hechas de cartón, cuántas se sostenían por la cinta adhesiva de los amigos y cuántas confundían el pedestal con la estatura; en esos casos, res ipsa loquitur y las pruebas no endurecen hígados, apenas les quitan el maquillaje.

DF: ¿Son la burla y el choteo lo que te mueve en primer término, o existe en ti una necesidad superior? Te lo pregunto pensando en esas ceremonias culturales donde tres amigos se elogian mutuamente hasta que cada uno sale convertido en clásico, en los premios cuyos jurados distinguen hoy a quienes mañana los distinguirán a ellos, en las mesas de debate donde nadie debate nada, y en ciertas reputaciones que, sostenidas por fotografías, brindis y aplausos de confianza, parecen derrumbarse apenas alguien formula una pregunta incómoda. Cuando pinchas esas solemnidades, ¿solo buscas provocar la risa y disfrutar del espectáculo, o intentas separar la obra verdadera del decorado, el talento del compadrazgo y la crítica de esa cortesía social que suele confundir el silencio con admiración?

CI: El ser cubano está hecho y constituido fisiológicamente de burlas; si se le practicara una autopsia cultural, debajo de cada órgano aparecería un chiste y detrás de cada solemnidad se escucharía una trompetilla. La burla es el bisturí, no la enfermedad, y el antiguo ridendo castigat mores explica por qué el choteo cubano, cuando todavía no había sido domesticado por los departamentos de relaciones públicas, servía para pinchar la solemnidad y comprobar si debajo había pensamiento o solamente gas ceremonial. Yo lo empleo con una intención casi piadosa. Evito que ciertas reputaciones exploten por exceso de incienso. Alguien tiene que abrir una ventana cuando en el salón cultural se reúnen demasiados prólogos, homenajes mutuos y genios recién certificados por sus compadres.

Me mueve algo superior, desde luego, aunque no tan superior como para pedirle una beca. Me interesa defender la inteligencia contra la administración de la vanidad, la literatura contra la amistad convertida en criterio estético y el exilio contra quienes lo utilizan como un pequeño municipio de cargos vitalicios. La risa no sustituye al juicio, pero lo despierta. Una frase sarcástica puede hacer por la higiene pública lo que veinte congresos no consiguen ni con desayuno incluido. Cuando me burlo de alguien, no siempre afirmo que carezca de talento. A veces sugiero algo peor, que posee alguno y lo ha puesto al servicio de su estatua.

Y como toda fisiología merece su tratado, publicaré muy pronto una reseña de Hígado al ensayo, un libro espléndido y corrosivo que retrata ese conglomerado biológico deficitario del cubano con la precisión de quien no teme abrir el cuerpo nacional para averiguar de qué rencores, poses, ocurrencias y secreciones patrióticas está compuesto. Su autor es Alfredo Triff, el señor culto de la barba blanca, quien ha tenido la delicadeza quirúrgica de colocar el hígado sobre la mesa y dejar que el resto del organismo se delate por sí solo.

DF: Sé que conoces la diferencia entre seudónimo y heterónimo, pero voy a describirla de manera sencilla. En el primer caso se trata de la misma persona y de la misma voz, aunque cambie el nombre real; en el segundo, no se reduce todo a un nombre ficticio, sino que la persona misma es ficticia. ¿Cómo defines entonces al Ciclón al amparo de estos dos conceptos?

CI: El Ciclón participa de ambos y se burla de los dos, pues funciona como un alter ego, si se quiere, aunque el ego original ya no recuerde cuál de los dos paga el alquiler. Es seudónimo cuando firma lo que una persona concreta piensa y no desea entregar al registro civil de las susceptibilidades. Es heterónimo cuando adquiere una respiración, un vocabulario y hasta una moral meteorológica que su autor no podría usar sin provocar alarmas entre los vecinos. No soy una máscara colocada sobre una cara. Soy la cara que la máscara terminó por inventar.

Pessoa repartió su alma entre escritores con biografía, horóscopo y caligrafía. Yo, más modesto y más tropical, repartí la mía entre ráfagas. El heterónimo tiene la ventaja de contradecir al hombre que lo creó y, si alcanza suficiente insolencia, hasta puede despedirlo. Eso ocurrió conmigo. El supuesto autor creyó que me utilizaría para decir algunas verdades incómodas y retirarse temprano. Ahora soy yo quien lo deja salir de vez en cuando, siempre bajo vigilancia, para que pague cuentas, salude a la familia y parezca una persona respetable. Si necesitan una definición académica, pueden escribir que el Ciclón es un heterónimo con antecedentes de seudónimo y aspiraciones de fenómeno atmosférico. Si necesitan la verdad, esa definición ya es demasiado seria.

DF: Se reconocen varias razones importantes para no escribir con el verdadero nombre. Una sería el miedo del escritor a asumir la responsabilidad de sus escritos; otra, el uso de la máscara como una suerte de pudor que permite decir lo más íntimo; también estarían la libertad, que de todos modos no exime de responsabilidades, el prejuicio del lector y del mercado, y la necesidad de separar a la persona real del personaje. ¿Cuál de estas razones te «cuadra» o se acerca más a tu empeño?

CI: Me cuadran todas y ninguna, aunque la quinta, esa necesidad de separar a la persona real del personaje, me conduce directamente a José Manuel Poveda y a Alma Rubens. Llegará el momento, no sé cuándo, en que el Ciclón tendrá que enfrentarse al mismo problema. Poveda no se limitó a firmar con un nombre de mujer. Le inventó vida, temperamento, biografía y una obra propia; publicó sus poemetos, la convirtió en una presencia separada y llegó a escribir sobre ella como si el constructor y la criatura habitaran habitaciones distintas. Según la deliciosa anécdota, la ciudad letrada de Santiago de Cuba terminó exigiendo que apareciera aquella supuesta poetisa, una francesa cubana, misteriosa, transgresora y encantadora, cuya inexistencia comenzaba a parecer una descortesía social. Poveda tuvo entonces que confesar la verdad y admitir que la dama había salido enteramente de su pluma.

Algo semejante podría ocurrirme. El Ciclón ha crecido hasta adquirir opiniones que acaso su constructor no comparte, enemigos que jamás le presentaron y admiradores que probablemente lo abandonarían si vieran al ciudadano detrás de la ráfaga. Un día exigirán que comparezca, que muestre la cara, que enseñe la licencia meteorológica y pague personalmente cada vendaval. Entonces quizá tenga que decir la verdad; y como el viejo sic transit gloria identitatis se cumpliría en mitad de la confesión, Alma Rubens habría necesitado que Poveda admitiera su invención, mientras el Ciclón acaso necesitaría que su inventor demostrase que existe.

Las otras razones parecen redactadas por una compañía de seguros para escritores que temen daños a terceros. Hay miedo, claro, pero no necesariamente miedo a responder. Existe también el cansancio de explicar cada ironía ante tribunales formados por personas incapaces de distinguir una metáfora de una orden de arresto; uno procuraría hablar sine ira et studio, pero la fauna local suele aportar la ira y eliminar el estudio. La responsabilidad no depende del nombre estampado al pie, sino de la calidad de cuanto se afirma. Conozco firmas muy visibles que llevan décadas escondidas detrás de lugares comunes.

La máscara concede libertad, pero no inocencia. Quien escribe bajo otro nombre sigue obligado a no inventar pruebas, aunque conserva el derecho de organizar las verdades de manera que resulten inolvidables. También hay pudor. Lo íntimo no siempre se desnuda quitándose la ropa. A veces necesita ponerse un sombrero, un bigote y una voz ajena. En cuanto al mercado, sería maravilloso que el anonimato vendiera. En Miami hasta la identidad verdadera vende poco, salvo que venga acompañada de una fotografía con copa, un elogio circular y la promesa de presentar después el libro del presentador. Mi razón principal es separar al ciudadano del personaje, no para que uno escape de los actos del otro, sino para que el personaje pueda decir lo que el ciudadano, ocupado en sobrevivir, acaso suavizaría hasta volverlo perfectamente inútil.

DF: Son varios los nombres que durante mucho tiempo has utilizado para el escarnio, incluido el mío, pero últimamente he visto que has sido generoso con algunos de ellos y vuelvo a incluirme. ¿A qué se debe este giro de la burla al reconocimiento? ¿Remordimiento, acaso? ¿Estrategia de mercado?

CI: El remordimiento es una palabra demasiado católica para un fenómeno editorial, aunque el errare humanum est, perseverare autem diabolicum viene muy al caso cuando alguien persevera en escribir el mismo libro y presentarlo con distinto traje. No he pasado de la burla al reconocimiento. He pasado de una lectura a otra, que es lo que debería hacer cualquier crítico que no haya firmado un contrato de odio perpetuo. Si alguien escribe una tontería, la señalo. Si mañana publica un libro valioso, también lo señalo, aunque esa conducta desconcierte a quienes organizan la cultura como una guerra de familias. El talento no queda anulado para siempre por una mala tarde, ni la mediocridad recibe indulgencia plenaria por una buena reseña.

En cuanto a ti, Denis, la generosidad no consiste en absolverte, sino en leerte. En esta ciudad, donde demasiadas personas elogian sin abrir el libro y condenan después de mirar quién aparece en la foto, leer constituye una forma extrema de consideración. Si encuentro algo digno, lo digo sin pedir permiso a mis burlas anteriores. Si encuentro algo risible, tampoco solicito autorización a los elogios recientes. ¿Estrategia de mercado? Magnífica hipótesis. Mi negocio consistiría entonces en fabricar enemigos, el único producto que el exilio distribuye gratuitamente y en cantidades industriales, para después sorprenderlos con justicia crítica. A juzgar por la demanda, pronto podré cotizar en bolsa.

DF: Sé que muchos de quienes te odiaban por tus burlas han ido cambiando de opinión después de que publicaras artículos favorables sobre ellos, y así, de hijo de puta, pasas a convertirte en una autoridad literaria. Háblame de este fenómeno de supuesta reconciliación.

CI: Ese fenómeno demuestra que buena parte de nuestra república literaria no cree en la crítica, sino en el espejo, y practica el quid pro quo con una inocencia admirable. Mientras el espejo devuelve una arruga, su propietario denuncia una conspiración, una crisis moral y probablemente la intervención del castrismo. Cuando el espejo lo rejuvenece, pasa a ser un instrumento de alta precisión, atendido por una autoridad literaria de exquisita independencia. Yo no he cambiado en esos episodios. Cambia la temperatura moral del retratado según la imagen que recibe.

La reconciliación, por tanto, suele ser menos espiritual que adjetiva. Basta escribir «notable» sobre quien ayer me llamaba hijo de puta para que la filiación desaparezca y yo ascienda, sin examen, a la academia de su vanidad. No me ofende. Todos deseamos ser comprendidos, aunque algunos llaman comprensión al elogio y linchamiento a la sintaxis adversa. La verdadera reconciliación ocurre cuando alguien acepta una observación desfavorable sin convertirme en agente enemigo, o recibe un elogio sin imaginar que he solicitado empleo en su corte. Esos casos existen, pero son raros y merecen protección, como ciertas aves que todavía anidan lejos de Facebook.

DF: Tus reseñas son leídas, y de qué manera, pues me constan las cifras de visitas. ¿Las escribes por puro amor al arte literario o ha habido quienes, al comprobar el alcance de tus artículos, se han atrevido a ofrecerte dinero para que les hagas una reseña favorable? ¿Puede este ejercicio de la crítica, al menos cuando resulta favorable, convertirse en una fuente alternativa de ingresos?

CI: El amor al arte es una expresión preciosa, sobre todo cuando la pronuncia quien espera que otro trabaje gratis; el conocido pecunia non olet, sin embargo, adquiere para ciertos autores un perfume inmoral únicamente cuando deben abrir su propia billetera. Leo, investigo y escribo, actividades que consumen horas, libros, café, paciencia y una porción considerable de vida. No veo razón para que una reseña encargada deba tratarse como limosna espiritual mientras el diseñador cobra, la imprenta cobra, Amazon cobra y hasta el camarero del brindis presenta su cuenta sin rubor metafísico. Cobrar por el trabajo no compra mi juicio. Compra mi tiempo. Quien no entienda la diferencia puede comprar publicidad, género honorable que, bajo la prudencia del caveat emptor, al menos no se disfraza de crítica.

Sí, algunas personas ofrecen dinero para que sus libros sean atendidos, y no hay pecado en aceptar un encargo si se declara el procedimiento y se conserva la libertad de escribir con seriedad. Lo indecente no es recibir honorarios. Lo indecente sería vender admiración por libras, ocultar defectos a cambio de propina o fabricar una posteridad exprés con entrega a domicilio. Una reseña favorable solo puede escribirse cuando el libro ofrece razones para ser favorecido. Si no las ofrece, queda la opción de una nota promocional honesta, de una devolución cortés o del silencio, ese crítico severísimo que trabaja gratis. ¿Fuente alternativa de ingresos? Digamos que ayuda a sostener la literatura, aunque todavía no me ha permitido comprar un huracán privado.

DF: Quienes leen tus publicaciones, ya sea en tu muro o en otros portales —y te confieso que me sorprende que te publiquen, no solo por las posiciones políticas de izquierda de algunos de esos medios, tratándose de alguien a quien muchos califican despectivamente de furibundo «trumpista», sino además porque supongo que no tienen idea de quién eres en realidad—, advierten que tratas a Miami y a su movida cultural con saña, y que existen nombres a los que te da gusto machacar. ¿Es tan pesimista tu opinión sobre la cultura actual del exilio cubano, que en ocasiones comparas con un circo itinerante, o crees que en el exilio también suceden cosas a las que vale la pena concederles un crédito positivo?

CI: Miami no carece de cultura. Carece, por momentos, de la crueldad necesaria para distinguir la cultura del programa de actividades, pues mientras el ars longa, vita brevis recuerda la brevedad de la vida y la duración del arte, el cóctel de inauguración dura lo suficiente para que todos se retraten. Aquí ocurren cosas valiosas, aparecen libros que merecen lectores, artistas capaces de trabajar sin convertir cada pincelada en una declaración de independencia y espacios que resisten sin presupuesto ni obediencia ideológica. Precisamente por respetar esas excepciones me irrita el carnaval de falsas consagraciones que las rodea. Cuando todo merece homenaje, el homenaje deja de significar algo y se convierte en servicio de fotografía.

Mi pesimismo no se dirige al exilio, sino a su burocracia sentimental, a la pequeña nobleza que reparte legitimidades, a los jurados que premian a sus futuros jurados y a los portales de izquierda que quizá me publican creyendo que el sarcasmo también debe cumplir cuotas de diversidad. Sobre mi supuesto trumpismo, disfruto viendo a los comisarios ideológicos buscarme casilla. Para unos soy demasiado conservador; para otros, demasiado irreverente; para casi todos, demasiado libre cuando les toca. El circo itinerante no es toda la cultura de Miami, pero ocupa la carpa mayor, dispone del altavoz y conoce al fotógrafo. Fuera de esa carpa hay creadores serios, lectores silenciosos y obras que sobrevivirán cuando las invitaciones, los cargos y los canapés hayan regresado al polvo. A ellos les concedo crédito, no caridad.

DF: Sé que la respuesta que me darás no aportará nada importante al cuestionario y, en lo personal, el asunto no me preocupa. No soy un tipo homofóbico y entre mis amigos, a quienes respeto muchísimo, cuento con más de un gay. Sin embargo, como tú, soy un poquito jodedor y no me retraigo ante la pregunta. ¿Eres realmente un pajarito alegre o eso forma parte de la personalidad que te inventaste, una actitud que incomoda a muchos heterosexuales conservadores cuando les respondes «besos, querido»?

CI: La pregunta aporta más de lo que supones, pues revela hasta qué punto un «besos, querido» puede provocar mayor inquietud que una página de mala prosa; entre una cosa y otra, el homo sum, humani nihil a me alienum puto permite admitir toda curiosidad humana, salvo quizá las entrevistas donde el entrevistado debe comparecer con certificado de hombría apostillado. No presentaré certificados de heterosexualidad, homosexualidad ni aptitud para el vuelo. La policía de las plumas tendrá que seguir investigando. Un pajarito alegre, además, suele poseer mejor oído que un gallo doctrinario y mucha más elegancia que ciertos buitres culturales que se alimentan de reputaciones muertas.

Mi coquetería verbal forma parte del personaje y también de una pedagogía mínima. Si dos palabras afectuosas incomodan a un conservador, quizá el problema no sea mi sexualidad, sino la frágil carpintería de la suya. «Besos, querido» desarma al macho enfurecido, confunde al insultador profesional y deja al solemnísimo caballero sin saber si responder con un puñetazo, un emoticono o una duda que lo acompañará hasta la madrugada. Pocas frases producen tanto rendimiento con tan escaso presupuesto.

Soy, además, un adicto al gay saber, a La gaya ciencia de Nietzsche, la obra de un machista que siempre tuvo en mente subir a lo más alto, acaso para contemplar desde la cumbre cómo abajo seguían peleándose los porteros de la virilidad. Soy maricón, al menos en ese sentido, devoto de un saber alegre, danzante e insolente, que asciende sin pedirle a nadie un certificado de hombría y que, cuando llega a la cima, no planta una bandera, sino que se pone a bailar.

No uso la ambigüedad para engañar, sino para impedir que me reduzcan a una ficha. La identidad, cuando se vuelve expediente, termina sirviendo al policía, al mercado o al chismoso, tres profesiones que a menudo comparten oficina. ¿Soy un pajarito alegre? Soy un Ciclón. No relleno formularios meteorológicos y beso a quien me da la gana, sobre todo si con ello puedo despeinar una certeza. Besos, querido...

domingo, 13 de septiembre de 2026

324 Mendoza y el estilo por el placer


Reseña publicada primero en ZoePost 

Por Ángel Callejas de Velázquez.

Si en una vertiente de las letras europeas, particularmente fecunda entre alemanes y austriacos, la novela ha servido para someter la experiencia a un examen que a menudo suspende la acción y convierte la conciencia en materia narrativa, Denis Fortún parece preferir el camino por el cual las ideas llegan envueltas en las indiscreciones de la vida. Más próximo, en este aspecto, a Nabokov que a Musil, aunque la afinidad no deba confundirse con una filiación, su «desliz» consiste en entregarse al disfrute de contar, con cuanto ese disfrute supone de malicia, curiosidad y demora ante lo que un observador pudoroso habría preferido pasar por alto. En 324 Mendoza, publicada por CAAW Ediciones en 2018, con 193 páginas, un prólogo de Armando de Armas y una nota de contracubierta de Zoé Valdés, la narración se va formando entre las circunstancias, a medida que los personajes actúan, se exponen y procuran corregir, casi siempre demasiado tarde, la impresión que han causado en los demás.

Cabe entender aquí el disfrute como una forma de anticipación, movimiento de la imaginación que nos permite saborear una experiencia antes de conocer sus consecuencias. Quien desea ya ha empezado a vivir, por cuenta propia, aquello que todavía no sucede, y en semejante adelanto se encuentra tanto la promesa del placer como la posibilidad del ridículo. Cuando el narrador se acerca al ventanal para contemplar una ardilla que corre sobre un cable y termina pendiente de una modelo, la curiosidad cambia de objeto con una naturalidad reveladora. Antes de entregarse a esa visión, ha reconocido que extraña a Amalia y a sus hijos, mientras intenta acostumbrarse a la soltería. La atracción interrumpe su melancolía, aunque las ausencias continúan interviniendo en su manera de mirar.

Cuando la muchacha sube a una escalera apoyada en un árbol y adopta el gesto de disparar una flecha, el narrador la transforma imaginariamente en una hechicera y se incorpora a la fantasía como personaje. El impulso erótico promete también sacarlo de una esterilidad literaria que se prolonga desde hace más de dos meses. Antes de que ocurra un encuentro, la imaginación ha dispuesto una aventura y le ha concedido al observador un papel dentro de ella. El episodio permite advertir hasta qué punto el placer de contar depende de esa libertad para atribuirle a lo contemplado una intención que quizá solo exista en quien mira, mientras el lector acepta provisionalmente el engaño y participa de su expectativa.

Dentro del espacio urbano de Coral Gables, la proximidad de los cuerpos y la circulación de las noticias ensanchan cuanto sucede, pues ningún incidente conserva por mucho tiempo las dimensiones que tuvo para sus protagonistas. Las relaciones con Karla, Carmen y Ela acompañan la existencia de un escritor que debe trabajar para subsistir y que lleva sus lecturas consigo a las situaciones menos solemnes. Los arañazos de Karla y la referencia a Stanislavski en una escena con Ela acercan el cuerpo y la cultura hasta hacerlos participar de una misma intimidad. Entre esos encuentros puede reconocerse la distancia, a veces cómica, entre los recursos de que disponemos para explicar una experiencia y nuestra escasa capacidad para gobernarla.

En ese edificio de 324 Mendoza, cuya pequeñez permite acercarse a las vidas sin exigirles que representen el destino de una nación, reaparece la pregunta por el placer, una deuda de época que, desde esta lectura, buena parte de la gran narrativa latinoamericana de los años setenta dejó pendiente mientras atendía las urgencias de la Historia, la revolución y la identidad continental. Aunque el erotismo tuvo una presencia considerable en aquella literatura, cabe preguntarse cuánto espacio se concedió al disfrute sin obligarlo a justificar una transgresión política o a encarnar una alegoría colectiva. Fortún devuelve esa pregunta a unas habitaciones, unos cuerpos y unas relaciones cuya importancia procede de cuanto les sucede, y en esa reducción del ámbito narrativo se aparta de la petulancia nacionalista que pretende hacer de cada personaje el portavoz de un pueblo. La isla sigue presente en los recuerdos y las costumbres, pero ya no pesa como una obligación sobre cada página, ni reclama que todo deseo termine explicando a Cuba.

Cuando aparece ese «primer dolor», nacido de la pasión por lo inadecuado, lo que se insinúa es el desacuerdo entre aquello que una persona desea y la imagen bajo la cual aspira a ser reconocida. Se quiere disfrutar sin pagar el precio de la exposición, transgredir sin perder respetabilidad, acercarse a lo prohibido conservando una salida decorosa, como si las consecuencias pudieran detenerse en el mismo punto en que termina la voluntad. De semejante contradicción procede buena parte de la incomodidad que acompaña al placer de la lectura, ya que el lector, aun cuando se divierte con las debilidades ajenas, difícilmente puede declararse del todo extraño a ellas. La ironía alcanza su mejor efecto cuando la distancia desde la que juzgábamos empieza a parecernos sospechosamente corta.

Entre las ansiedades del escritor, sus encuentros y las tensiones sexuales que atraviesan la convivencia, cobra sentido lo que podríamos llamar «libido social», siempre que la expresión abarque también el apetito de reconocimiento. Se desea un cuerpo, pero también una atención, un lugar en la conversación, la prueba de que nuestra presencia modifica de algún modo la conducta de los demás. Incluso las referencias culturales pueden participar de esa búsqueda, pues una lectura recordada a tiempo sirve para comprender lo que ocurre y, en ocasiones, para mejorar la imagen de quien la menciona. Fortún permite considerar esas afinidades incómodas entre la aspiración intelectual y la vanidad cotidiana, entre la delicadeza de ciertas palabras y los intereses, bastante menos delicados, que pueden animarlas.

En el gesto de derramar alcohol junto a la puerta para los santos, la procedencia cubana persiste como una costumbre incorporada a la vida estadounidense. Basta esa acción doméstica para que una memoria compartida encuentre sitio entre los asuntos del presente, sin obligar al personaje a detenerse y explicar su pertenencia. Desde detalles semejantes cabe reconsiderar la presencia de la Historia en la intimidad, pues lo heredado interviene en nuestras prácticas mucho antes de que decidamos convertirlo en tema de conversación. La vida del emigrado contiene esas continuidades discretas, mediante las cuales un hábito atraviesa la distancia y se acomoda en una casa distinta.

Bajo la mirada de amigos, conocidos, vecinos y parejas, cada personaje queda sujeto a interpretaciones que no controla, aunque contribuya a producirlas con sus gestos y silencios. Cuanto más procura ofrecer una versión coherente de sí mismo, más oportunidades brinda para que los otros descubran una contradicción, recuerden un antecedente o sospechen una intención. La identidad se vuelve entonces una negociación fatigosa entre lo que creemos ser, lo que deseamos parecer y lo que los demás necesitan atribuirnos para sostener su propia versión de los hechos. De ahí que la cercanía pueda alimentar el equívoco, pues quienes conviven con nosotros disponen de más detalles, pero también de mayores intereses al interpretarlos.

Aun cuando Fortún ha mencionado que su escritura acude a la propia existencia como a un archivo y que en ella ficción y realidad llegan a fundirse, sería apresurado identificar al autor con el protagonista o considerar confesión cada episodio. Entre lo vivido y lo contado interviene una voluntad que selecciona, modifica y dispone, de manera que la cercanía autobiográfica también puede servir para construir un engaño convincente. El yo narrador conserva la facultad de acercarse, retirarse y elegir el momento en que una conducta revela su costado risible o doloroso. Sin embargo, mientras ejerce esa libertad sobre los demás, sus preferencias y exageraciones van dejando al descubierto cuanto él mismo habría querido mantener bajo control.

También el lector queda comprometido cuando acepta con demasiada facilidad una confidencia, celebra una crueldad o confunde la perspicacia de la voz narrativa con una garantía de imparcialidad. Leer con placer y precaución exige atender a esa complicidad, al instante en que la satisfacción de comprender a otro se convierte en el gusto de verlo indefenso. La ventana desde la cual el narrador contempla a la modelo ofrece una imagen sugerente de esa relación, pues a través de ella mira hacia afuera un hombre cuyas fantasías nos permiten conocer su intimidad. Mientras imagina que la muchacha se dispone a herirlo con una flecha, sus propias palabras ya han abierto una entrada por la que podemos observarlo.


Ángel Callejas de Velázquez es licenciado en Historia, escritor y ensayista, Presidente de la Fundación Ego de Kaska. Director de las editoriales Exodus y Ego Kaska Ediciones