lunes, 14 de septiembre de 2026

El Ciclón Invisible como una suave corriente de aire


 

No sé los años con exactitud, pero si recuerdo que un día vi en Facebook la solicitud de amistad de un tal Rogelio García, con varios amigos en común, y acepté sin reservas. Ahora bien, a medida que desarrollaba su wall me tropiezo con un sujeto irreverente, burlándose de lo humano y lo divino, sobre todo de lo humano y divino cubano y miamero se dice que por su culpa un importante poeta en Miami sufrió un infarto, que gracias a Dios se recuperó pronto, y prácticamente nadie escapaba del filoso verbo de este personaje, incluyéndome, no sin dejar de reconocer que a veces me divertía y otras reflexionaba porque sus posts lo mismo eran inteligentes, con la suficiente enjundia para ir al hueso y de ahí al tuétano, que no solo el choteo y el irrespeto era su fórmula receta que todavía mantiene para algunos elegidos—. Y lo fui siguiendo, hasta una vez que no tuve la suficiente paciencia con uno de sus posts y lo saqué de mi lista de amigos virtuales; además, sentí que me aburría. Claro, me equivocaba al borrarlo, mi enemistad duró poco, y un día descubro que el hombre, ahora llamado “El Ciclón Invisible”, escribe una reseña sumamente amable sobre un libro de cuentos mío, reseña publicada en este blog. Y, así las cosas, confieso hoy que fui yo quien le pidió su amistad de vuelta.

En fin, últimamente el Ciclón ha ido dando de que hablar, quizás más de lo usual, y su lista de enemigos ha aumentado, junto con la de admiradores y gente que ya lo considera imprescindible y de referencia —sí, lo sé, suena un tanto exagerado y hasta hipócrita esto, lo de la naturaleza indispensable, digo…—,  que no por gusto son más de seiscientos mil seguidores con los que cuenta en FB y factura sus dólares con su contenido.

Pues bien, dicha esta pequeña introducción, el Ciclón ha tenido la gentileza de ofrecerme una entrevista, me ha hecho el favor de corregir alguna que otra errata y descuido en mi redacción, y el cuestionario aquí está para disfrute de sus admiradores, y pesar para sus enemigos, que bien puede que alguno de estos últimos a partir de ahora me ponga a mí junto con él en su lista… Me queda entonces agradecerle al misterioso personaje su amabilidad al responderme. De veras, Ciclón, gracias...

Entrevista al Ciclón Invisible

Por de Denis Fortun

 

Denis Fortun: Voy a comenzar con la consulta que siempre he usado como primera en mis cuestionarios. Hay quienes aseguran que, bajo el seudónimo huracanado, tu «identidad» está formada por tres personas o más, todas con suficiente conocimiento de Cuba y de su exilio, sobre todo de sus miserias y estafas; dicho sea de paso, te confieso que esa fue mi teoría favorita durante algún tiempo, incluso con nombres específicos que, por prudencia, no voy a repetir aquí. Otros aseguran que se trata de algún filósofo o ensayista cubano residente fuera de Cuba, dueño de un refinado nivel cultural, a juzgar por tus referencias a Heidegger, Nietzsche y otros filósofos y escritores importantes, además de las cábalas, la termodinámica, la sinología, los misterios y los chismes. Dicho así, ¿quién es el Ciclón Invisible, antes Rogelio García? ¿Acaso una tríada, un equipo, un jodedor con tiempo suficiente para pinchar y endurecer hígados, o un sujeto empeñado en desacralizar nombres y figuras que se creen importantes, cuyo primer deseo consiste en bajarlos de sus pedestales con elementos y pruebas que confirman su mediocridad?

Ciclón Invisible: Lo primero que debo aclarar es que Rogelio García no fue mi nombre anterior, sino uno de esos abrigos que uno deja en el guardarropa cuando descubre que la fiesta está llena de gente empeñada en revisar las etiquetas; y aunque el viejo principio Nomen est omen concede al nombre cierta fatalidad, en Miami suele ser una tarjeta de presentación con más relieve que contenido. El Ciclón Invisible no es una persona, ni tres, ni una cooperativa de damnificados por la cultura cubana. Es una corriente de aire que ha leído demasiado, duerme poco y posee la mala educación de recordar lo que los demás dijeron ayer. De ahí que algunos sospechen un comité de filósofos, una célula de sinólogos o una asociación ilícita de comadres con biblioteca. Les cuesta aceptar que una sola criatura pueda leer a Heidegger por la mañana, escuchar un chisme a mediodía y, antes de la cena, descubrir que ambos hablan del mismo vacío.

Si somos tres, como aseguran los expertos en meteorología policial, uno redacta, otro se ríe y el tercero cobra las enemistades. Si somos más, ya deberíamos solicitar subvenciones, elegir presidente y organizar un coloquio en Miami con vino tibio, seis presentadores y catorce fotografías del público. Con el Ciclón ha ocurrido algo semejante a lo que sucede en la película Los sospechosos de siempre, dirigida por Bryan Singer y estrenada en 1995, donde se habla tanto de un crimen, se multiplican tantas versiones y circulan tantos posibles culpables, que llega un momento en que ya resulta difícil saber quién es el verdadero criminal. A mí me han atribuido tantos rostros, tantas profesiones y tantos domicilios que la sospecha terminó por devorar al sospechoso. Si mañana apareciera alguien proclamando, con documentos, testigos y hasta certificado notarial, «Yo soy el Ciclón Invisible», nadie le creería. Lo acusarían de impostor, le pedirían nuevas pruebas y propondrían otros tres nombres más convincentes. He alcanzado así la forma superior del anonimato, aquella en que la verdad, si llega a presentarse, parece la coartada menos verosímil.

Prefiero, por eso, conservar el misterio, pues el principio Qui tacet consentire non videtur impide que mi silencio confirme la teoría, aunque le concede una vejez divertida. El anonimato tiene la ventaja de que obliga al agraviado a disparar contra la niebla, espectáculo que siempre mejora cuando el tirador se considera una institución. No nací para bajar estatuas. Me basta soplar un poco y comprobar cuántas estaban hechas de cartón, cuántas se sostenían por la cinta adhesiva de los amigos y cuántas confundían el pedestal con la estatura; en esos casos, res ipsa loquitur y las pruebas no endurecen hígados, apenas les quitan el maquillaje.

DF: ¿Son la burla y el choteo lo que te mueve en primer término, o existe en ti una necesidad superior? Te lo pregunto pensando en esas ceremonias culturales donde tres amigos se elogian mutuamente hasta que cada uno sale convertido en clásico, en los premios cuyos jurados distinguen hoy a quienes mañana los distinguirán a ellos, en las mesas de debate donde nadie debate nada, y en ciertas reputaciones que, sostenidas por fotografías, brindis y aplausos de confianza, parecen derrumbarse apenas alguien formula una pregunta incómoda. Cuando pinchas esas solemnidades, ¿solo buscas provocar la risa y disfrutar del espectáculo, o intentas separar la obra verdadera del decorado, el talento del compadrazgo y la crítica de esa cortesía social que suele confundir el silencio con admiración?

CI: El ser cubano está hecho y constituido fisiológicamente de burlas; si se le practicara una autopsia cultural, debajo de cada órgano aparecería un chiste y detrás de cada solemnidad se escucharía una trompetilla. La burla es el bisturí, no la enfermedad, y el antiguo ridendo castigat mores explica por qué el choteo cubano, cuando todavía no había sido domesticado por los departamentos de relaciones públicas, servía para pinchar la solemnidad y comprobar si debajo había pensamiento o solamente gas ceremonial. Yo lo empleo con una intención casi piadosa. Evito que ciertas reputaciones exploten por exceso de incienso. Alguien tiene que abrir una ventana cuando en el salón cultural se reúnen demasiados prólogos, homenajes mutuos y genios recién certificados por sus compadres.

Me mueve algo superior, desde luego, aunque no tan superior como para pedirle una beca. Me interesa defender la inteligencia contra la administración de la vanidad, la literatura contra la amistad convertida en criterio estético y el exilio contra quienes lo utilizan como un pequeño municipio de cargos vitalicios. La risa no sustituye al juicio, pero lo despierta. Una frase sarcástica puede hacer por la higiene pública lo que veinte congresos no consiguen ni con desayuno incluido. Cuando me burlo de alguien, no siempre afirmo que carezca de talento. A veces sugiero algo peor, que posee alguno y lo ha puesto al servicio de su estatua.

Y como toda fisiología merece su tratado, publicaré muy pronto una reseña de Hígado al ensayo, un libro espléndido y corrosivo que retrata ese conglomerado biológico deficitario del cubano con la precisión de quien no teme abrir el cuerpo nacional para averiguar de qué rencores, poses, ocurrencias y secreciones patrióticas está compuesto. Su autor es Alfredo Triff, el señor culto de la barba blanca, quien ha tenido la delicadeza quirúrgica de colocar el hígado sobre la mesa y dejar que el resto del organismo se delate por sí solo.

DF: Sé que conoces la diferencia entre seudónimo y heterónimo, pero voy a describirla de manera sencilla. En el primer caso se trata de la misma persona y de la misma voz, aunque cambie el nombre real; en el segundo, no se reduce todo a un nombre ficticio, sino que la persona misma es ficticia. ¿Cómo defines entonces al Ciclón al amparo de estos dos conceptos?

CI: El Ciclón participa de ambos y se burla de los dos, pues funciona como un alter ego, si se quiere, aunque el ego original ya no recuerde cuál de los dos paga el alquiler. Es seudónimo cuando firma lo que una persona concreta piensa y no desea entregar al registro civil de las susceptibilidades. Es heterónimo cuando adquiere una respiración, un vocabulario y hasta una moral meteorológica que su autor no podría usar sin provocar alarmas entre los vecinos. No soy una máscara colocada sobre una cara. Soy la cara que la máscara terminó por inventar.

Pessoa repartió su alma entre escritores con biografía, horóscopo y caligrafía. Yo, más modesto y más tropical, repartí la mía entre ráfagas. El heterónimo tiene la ventaja de contradecir al hombre que lo creó y, si alcanza suficiente insolencia, hasta puede despedirlo. Eso ocurrió conmigo. El supuesto autor creyó que me utilizaría para decir algunas verdades incómodas y retirarse temprano. Ahora soy yo quien lo deja salir de vez en cuando, siempre bajo vigilancia, para que pague cuentas, salude a la familia y parezca una persona respetable. Si necesitan una definición académica, pueden escribir que el Ciclón es un heterónimo con antecedentes de seudónimo y aspiraciones de fenómeno atmosférico. Si necesitan la verdad, esa definición ya es demasiado seria.

DF: Se reconocen varias razones importantes para no escribir con el verdadero nombre. Una sería el miedo del escritor a asumir la responsabilidad de sus escritos; otra, el uso de la máscara como una suerte de pudor que permite decir lo más íntimo; también estarían la libertad, que de todos modos no exime de responsabilidades, el prejuicio del lector y del mercado, y la necesidad de separar a la persona real del personaje. ¿Cuál de estas razones te «cuadra» o se acerca más a tu empeño?

CI: Me cuadran todas y ninguna, aunque la quinta, esa necesidad de separar a la persona real del personaje, me conduce directamente a José Manuel Poveda y a Alma Rubens. Llegará el momento, no sé cuándo, en que el Ciclón tendrá que enfrentarse al mismo problema. Poveda no se limitó a firmar con un nombre de mujer. Le inventó vida, temperamento, biografía y una obra propia; publicó sus poemetos, la convirtió en una presencia separada y llegó a escribir sobre ella como si el constructor y la criatura habitaran habitaciones distintas. Según la deliciosa anécdota, la ciudad letrada de Santiago de Cuba terminó exigiendo que apareciera aquella supuesta poetisa, una francesa cubana, misteriosa, transgresora y encantadora, cuya inexistencia comenzaba a parecer una descortesía social. Poveda tuvo entonces que confesar la verdad y admitir que la dama había salido enteramente de su pluma.

Algo semejante podría ocurrirme. El Ciclón ha crecido hasta adquirir opiniones que acaso su constructor no comparte, enemigos que jamás le presentaron y admiradores que probablemente lo abandonarían si vieran al ciudadano detrás de la ráfaga. Un día exigirán que comparezca, que muestre la cara, que enseñe la licencia meteorológica y pague personalmente cada vendaval. Entonces quizá tenga que decir la verdad; y como el viejo sic transit gloria identitatis se cumpliría en mitad de la confesión, Alma Rubens habría necesitado que Poveda admitiera su invención, mientras el Ciclón acaso necesitaría que su inventor demostrase que existe.

Las otras razones parecen redactadas por una compañía de seguros para escritores que temen daños a terceros. Hay miedo, claro, pero no necesariamente miedo a responder. Existe también el cansancio de explicar cada ironía ante tribunales formados por personas incapaces de distinguir una metáfora de una orden de arresto; uno procuraría hablar sine ira et studio, pero la fauna local suele aportar la ira y eliminar el estudio. La responsabilidad no depende del nombre estampado al pie, sino de la calidad de cuanto se afirma. Conozco firmas muy visibles que llevan décadas escondidas detrás de lugares comunes.

La máscara concede libertad, pero no inocencia. Quien escribe bajo otro nombre sigue obligado a no inventar pruebas, aunque conserva el derecho de organizar las verdades de manera que resulten inolvidables. También hay pudor. Lo íntimo no siempre se desnuda quitándose la ropa. A veces necesita ponerse un sombrero, un bigote y una voz ajena. En cuanto al mercado, sería maravilloso que el anonimato vendiera. En Miami hasta la identidad verdadera vende poco, salvo que venga acompañada de una fotografía con copa, un elogio circular y la promesa de presentar después el libro del presentador. Mi razón principal es separar al ciudadano del personaje, no para que uno escape de los actos del otro, sino para que el personaje pueda decir lo que el ciudadano, ocupado en sobrevivir, acaso suavizaría hasta volverlo perfectamente inútil.

DF: Son varios los nombres que durante mucho tiempo has utilizado para el escarnio, incluido el mío, pero últimamente he visto que has sido generoso con algunos de ellos y vuelvo a incluirme. ¿A qué se debe este giro de la burla al reconocimiento? ¿Remordimiento, acaso? ¿Estrategia de mercado?

CI: El remordimiento es una palabra demasiado católica para un fenómeno editorial, aunque el errare humanum est, perseverare autem diabolicum viene muy al caso cuando alguien persevera en escribir el mismo libro y presentarlo con distinto traje. No he pasado de la burla al reconocimiento. He pasado de una lectura a otra, que es lo que debería hacer cualquier crítico que no haya firmado un contrato de odio perpetuo. Si alguien escribe una tontería, la señalo. Si mañana publica un libro valioso, también lo señalo, aunque esa conducta desconcierte a quienes organizan la cultura como una guerra de familias. El talento no queda anulado para siempre por una mala tarde, ni la mediocridad recibe indulgencia plenaria por una buena reseña.

En cuanto a ti, Denis, la generosidad no consiste en absolverte, sino en leerte. En esta ciudad, donde demasiadas personas elogian sin abrir el libro y condenan después de mirar quién aparece en la foto, leer constituye una forma extrema de consideración. Si encuentro algo digno, lo digo sin pedir permiso a mis burlas anteriores. Si encuentro algo risible, tampoco solicito autorización a los elogios recientes. ¿Estrategia de mercado? Magnífica hipótesis. Mi negocio consistiría entonces en fabricar enemigos, el único producto que el exilio distribuye gratuitamente y en cantidades industriales, para después sorprenderlos con justicia crítica. A juzgar por la demanda, pronto podré cotizar en bolsa.

DF: Sé que muchos de quienes te odiaban por tus burlas han ido cambiando de opinión después de que publicaras artículos favorables sobre ellos, y así, de hijo de puta, pasas a convertirte en una autoridad literaria. Háblame de este fenómeno de supuesta reconciliación.

CI: Ese fenómeno demuestra que buena parte de nuestra república literaria no cree en la crítica, sino en el espejo, y practica el quid pro quo con una inocencia admirable. Mientras el espejo devuelve una arruga, su propietario denuncia una conspiración, una crisis moral y probablemente la intervención del castrismo. Cuando el espejo lo rejuvenece, pasa a ser un instrumento de alta precisión, atendido por una autoridad literaria de exquisita independencia. Yo no he cambiado en esos episodios. Cambia la temperatura moral del retratado según la imagen que recibe.

La reconciliación, por tanto, suele ser menos espiritual que adjetiva. Basta escribir «notable» sobre quien ayer me llamaba hijo de puta para que la filiación desaparezca y yo ascienda, sin examen, a la academia de su vanidad. No me ofende. Todos deseamos ser comprendidos, aunque algunos llaman comprensión al elogio y linchamiento a la sintaxis adversa. La verdadera reconciliación ocurre cuando alguien acepta una observación desfavorable sin convertirme en agente enemigo, o recibe un elogio sin imaginar que he solicitado empleo en su corte. Esos casos existen, pero son raros y merecen protección, como ciertas aves que todavía anidan lejos de Facebook.

DF: Tus reseñas son leídas, y de qué manera, pues me constan las cifras de visitas. ¿Las escribes por puro amor al arte literario o ha habido quienes, al comprobar el alcance de tus artículos, se han atrevido a ofrecerte dinero para que les hagas una reseña favorable? ¿Puede este ejercicio de la crítica, al menos cuando resulta favorable, convertirse en una fuente alternativa de ingresos?

CI: El amor al arte es una expresión preciosa, sobre todo cuando la pronuncia quien espera que otro trabaje gratis; el conocido pecunia non olet, sin embargo, adquiere para ciertos autores un perfume inmoral únicamente cuando deben abrir su propia billetera. Leo, investigo y escribo, actividades que consumen horas, libros, café, paciencia y una porción considerable de vida. No veo razón para que una reseña encargada deba tratarse como limosna espiritual mientras el diseñador cobra, la imprenta cobra, Amazon cobra y hasta el camarero del brindis presenta su cuenta sin rubor metafísico. Cobrar por el trabajo no compra mi juicio. Compra mi tiempo. Quien no entienda la diferencia puede comprar publicidad, género honorable que, bajo la prudencia del caveat emptor, al menos no se disfraza de crítica.

Sí, algunas personas ofrecen dinero para que sus libros sean atendidos, y no hay pecado en aceptar un encargo si se declara el procedimiento y se conserva la libertad de escribir con seriedad. Lo indecente no es recibir honorarios. Lo indecente sería vender admiración por libras, ocultar defectos a cambio de propina o fabricar una posteridad exprés con entrega a domicilio. Una reseña favorable solo puede escribirse cuando el libro ofrece razones para ser favorecido. Si no las ofrece, queda la opción de una nota promocional honesta, de una devolución cortés o del silencio, ese crítico severísimo que trabaja gratis. ¿Fuente alternativa de ingresos? Digamos que ayuda a sostener la literatura, aunque todavía no me ha permitido comprar un huracán privado.

DF: Quienes leen tus publicaciones, ya sea en tu muro o en otros portales —y te confieso que me sorprende que te publiquen, no solo por las posiciones políticas de izquierda de algunos de esos medios, tratándose de alguien a quien muchos califican despectivamente de furibundo «trumpista», sino además porque supongo que no tienen idea de quién eres en realidad—, advierten que tratas a Miami y a su movida cultural con saña, y que existen nombres a los que te da gusto machacar. ¿Es tan pesimista tu opinión sobre la cultura actual del exilio cubano, que en ocasiones comparas con un circo itinerante, o crees que en el exilio también suceden cosas a las que vale la pena concederles un crédito positivo?

CI: Miami no carece de cultura. Carece, por momentos, de la crueldad necesaria para distinguir la cultura del programa de actividades, pues mientras el ars longa, vita brevis recuerda la brevedad de la vida y la duración del arte, el cóctel de inauguración dura lo suficiente para que todos se retraten. Aquí ocurren cosas valiosas, aparecen libros que merecen lectores, artistas capaces de trabajar sin convertir cada pincelada en una declaración de independencia y espacios que resisten sin presupuesto ni obediencia ideológica. Precisamente por respetar esas excepciones me irrita el carnaval de falsas consagraciones que las rodea. Cuando todo merece homenaje, el homenaje deja de significar algo y se convierte en servicio de fotografía.

Mi pesimismo no se dirige al exilio, sino a su burocracia sentimental, a la pequeña nobleza que reparte legitimidades, a los jurados que premian a sus futuros jurados y a los portales de izquierda que quizá me publican creyendo que el sarcasmo también debe cumplir cuotas de diversidad. Sobre mi supuesto trumpismo, disfruto viendo a los comisarios ideológicos buscarme casilla. Para unos soy demasiado conservador; para otros, demasiado irreverente; para casi todos, demasiado libre cuando les toca. El circo itinerante no es toda la cultura de Miami, pero ocupa la carpa mayor, dispone del altavoz y conoce al fotógrafo. Fuera de esa carpa hay creadores serios, lectores silenciosos y obras que sobrevivirán cuando las invitaciones, los cargos y los canapés hayan regresado al polvo. A ellos les concedo crédito, no caridad.

DF: Sé que la respuesta que me darás no aportará nada importante al cuestionario y, en lo personal, el asunto no me preocupa. No soy un tipo homofóbico y entre mis amigos, a quienes respeto muchísimo, cuento con más de un gay. Sin embargo, como tú, soy un poquito jodedor y no me retraigo ante la pregunta. ¿Eres realmente un pajarito alegre o eso forma parte de la personalidad que te inventaste, una actitud que incomoda a muchos heterosexuales conservadores cuando les respondes «besos, querido»?

CI: La pregunta aporta más de lo que supones, pues revela hasta qué punto un «besos, querido» puede provocar mayor inquietud que una página de mala prosa; entre una cosa y otra, el homo sum, humani nihil a me alienum puto permite admitir toda curiosidad humana, salvo quizá las entrevistas donde el entrevistado debe comparecer con certificado de hombría apostillado. No presentaré certificados de heterosexualidad, homosexualidad ni aptitud para el vuelo. La policía de las plumas tendrá que seguir investigando. Un pajarito alegre, además, suele poseer mejor oído que un gallo doctrinario y mucha más elegancia que ciertos buitres culturales que se alimentan de reputaciones muertas.

Mi coquetería verbal forma parte del personaje y también de una pedagogía mínima. Si dos palabras afectuosas incomodan a un conservador, quizá el problema no sea mi sexualidad, sino la frágil carpintería de la suya. «Besos, querido» desarma al macho enfurecido, confunde al insultador profesional y deja al solemnísimo caballero sin saber si responder con un puñetazo, un emoticono o una duda que lo acompañará hasta la madrugada. Pocas frases producen tanto rendimiento con tan escaso presupuesto.

Soy, además, un adicto al gay saber, a La gaya ciencia de Nietzsche, la obra de un machista que siempre tuvo en mente subir a lo más alto, acaso para contemplar desde la cumbre cómo abajo seguían peleándose los porteros de la virilidad. Soy maricón, al menos en ese sentido, devoto de un saber alegre, danzante e insolente, que asciende sin pedirle a nadie un certificado de hombría y que, cuando llega a la cima, no planta una bandera, sino que se pone a bailar.

No uso la ambigüedad para engañar, sino para impedir que me reduzcan a una ficha. La identidad, cuando se vuelve expediente, termina sirviendo al policía, al mercado o al chismoso, tres profesiones que a menudo comparten oficina. ¿Soy un pajarito alegre? Soy un Ciclón. No relleno formularios meteorológicos y beso a quien me da la gana, sobre todo si con ello puedo despeinar una certeza. Besos, querido...

domingo, 13 de septiembre de 2026

324 Mendoza y el estilo por el placer


Reseña publicada primero en ZoePost 

Por Ángel Callejas de Velázquez.

Si en una vertiente de las letras europeas, particularmente fecunda entre alemanes y austriacos, la novela ha servido para someter la experiencia a un examen que a menudo suspende la acción y convierte la conciencia en materia narrativa, Denis Fortún parece preferir el camino por el cual las ideas llegan envueltas en las indiscreciones de la vida. Más próximo, en este aspecto, a Nabokov que a Musil, aunque la afinidad no deba confundirse con una filiación, su «desliz» consiste en entregarse al disfrute de contar, con cuanto ese disfrute supone de malicia, curiosidad y demora ante lo que un observador pudoroso habría preferido pasar por alto. En 324 Mendoza, publicada por CAAW Ediciones en 2018, con 193 páginas, un prólogo de Armando de Armas y una nota de contracubierta de Zoé Valdés, la narración se va formando entre las circunstancias, a medida que los personajes actúan, se exponen y procuran corregir, casi siempre demasiado tarde, la impresión que han causado en los demás.

Cabe entender aquí el disfrute como una forma de anticipación, movimiento de la imaginación que nos permite saborear una experiencia antes de conocer sus consecuencias. Quien desea ya ha empezado a vivir, por cuenta propia, aquello que todavía no sucede, y en semejante adelanto se encuentra tanto la promesa del placer como la posibilidad del ridículo. Cuando el narrador se acerca al ventanal para contemplar una ardilla que corre sobre un cable y termina pendiente de una modelo, la curiosidad cambia de objeto con una naturalidad reveladora. Antes de entregarse a esa visión, ha reconocido que extraña a Amalia y a sus hijos, mientras intenta acostumbrarse a la soltería. La atracción interrumpe su melancolía, aunque las ausencias continúan interviniendo en su manera de mirar.

Cuando la muchacha sube a una escalera apoyada en un árbol y adopta el gesto de disparar una flecha, el narrador la transforma imaginariamente en una hechicera y se incorpora a la fantasía como personaje. El impulso erótico promete también sacarlo de una esterilidad literaria que se prolonga desde hace más de dos meses. Antes de que ocurra un encuentro, la imaginación ha dispuesto una aventura y le ha concedido al observador un papel dentro de ella. El episodio permite advertir hasta qué punto el placer de contar depende de esa libertad para atribuirle a lo contemplado una intención que quizá solo exista en quien mira, mientras el lector acepta provisionalmente el engaño y participa de su expectativa.

Dentro del espacio urbano de Coral Gables, la proximidad de los cuerpos y la circulación de las noticias ensanchan cuanto sucede, pues ningún incidente conserva por mucho tiempo las dimensiones que tuvo para sus protagonistas. Las relaciones con Karla, Carmen y Ela acompañan la existencia de un escritor que debe trabajar para subsistir y que lleva sus lecturas consigo a las situaciones menos solemnes. Los arañazos de Karla y la referencia a Stanislavski en una escena con Ela acercan el cuerpo y la cultura hasta hacerlos participar de una misma intimidad. Entre esos encuentros puede reconocerse la distancia, a veces cómica, entre los recursos de que disponemos para explicar una experiencia y nuestra escasa capacidad para gobernarla.

En ese edificio de 324 Mendoza, cuya pequeñez permite acercarse a las vidas sin exigirles que representen el destino de una nación, reaparece la pregunta por el placer, una deuda de época que, desde esta lectura, buena parte de la gran narrativa latinoamericana de los años setenta dejó pendiente mientras atendía las urgencias de la Historia, la revolución y la identidad continental. Aunque el erotismo tuvo una presencia considerable en aquella literatura, cabe preguntarse cuánto espacio se concedió al disfrute sin obligarlo a justificar una transgresión política o a encarnar una alegoría colectiva. Fortún devuelve esa pregunta a unas habitaciones, unos cuerpos y unas relaciones cuya importancia procede de cuanto les sucede, y en esa reducción del ámbito narrativo se aparta de la petulancia nacionalista que pretende hacer de cada personaje el portavoz de un pueblo. La isla sigue presente en los recuerdos y las costumbres, pero ya no pesa como una obligación sobre cada página, ni reclama que todo deseo termine explicando a Cuba.

Cuando aparece ese «primer dolor», nacido de la pasión por lo inadecuado, lo que se insinúa es el desacuerdo entre aquello que una persona desea y la imagen bajo la cual aspira a ser reconocida. Se quiere disfrutar sin pagar el precio de la exposición, transgredir sin perder respetabilidad, acercarse a lo prohibido conservando una salida decorosa, como si las consecuencias pudieran detenerse en el mismo punto en que termina la voluntad. De semejante contradicción procede buena parte de la incomodidad que acompaña al placer de la lectura, ya que el lector, aun cuando se divierte con las debilidades ajenas, difícilmente puede declararse del todo extraño a ellas. La ironía alcanza su mejor efecto cuando la distancia desde la que juzgábamos empieza a parecernos sospechosamente corta.

Entre las ansiedades del escritor, sus encuentros y las tensiones sexuales que atraviesan la convivencia, cobra sentido lo que podríamos llamar «libido social», siempre que la expresión abarque también el apetito de reconocimiento. Se desea un cuerpo, pero también una atención, un lugar en la conversación, la prueba de que nuestra presencia modifica de algún modo la conducta de los demás. Incluso las referencias culturales pueden participar de esa búsqueda, pues una lectura recordada a tiempo sirve para comprender lo que ocurre y, en ocasiones, para mejorar la imagen de quien la menciona. Fortún permite considerar esas afinidades incómodas entre la aspiración intelectual y la vanidad cotidiana, entre la delicadeza de ciertas palabras y los intereses, bastante menos delicados, que pueden animarlas.

En el gesto de derramar alcohol junto a la puerta para los santos, la procedencia cubana persiste como una costumbre incorporada a la vida estadounidense. Basta esa acción doméstica para que una memoria compartida encuentre sitio entre los asuntos del presente, sin obligar al personaje a detenerse y explicar su pertenencia. Desde detalles semejantes cabe reconsiderar la presencia de la Historia en la intimidad, pues lo heredado interviene en nuestras prácticas mucho antes de que decidamos convertirlo en tema de conversación. La vida del emigrado contiene esas continuidades discretas, mediante las cuales un hábito atraviesa la distancia y se acomoda en una casa distinta.

Bajo la mirada de amigos, conocidos, vecinos y parejas, cada personaje queda sujeto a interpretaciones que no controla, aunque contribuya a producirlas con sus gestos y silencios. Cuanto más procura ofrecer una versión coherente de sí mismo, más oportunidades brinda para que los otros descubran una contradicción, recuerden un antecedente o sospechen una intención. La identidad se vuelve entonces una negociación fatigosa entre lo que creemos ser, lo que deseamos parecer y lo que los demás necesitan atribuirnos para sostener su propia versión de los hechos. De ahí que la cercanía pueda alimentar el equívoco, pues quienes conviven con nosotros disponen de más detalles, pero también de mayores intereses al interpretarlos.

Aun cuando Fortún ha mencionado que su escritura acude a la propia existencia como a un archivo y que en ella ficción y realidad llegan a fundirse, sería apresurado identificar al autor con el protagonista o considerar confesión cada episodio. Entre lo vivido y lo contado interviene una voluntad que selecciona, modifica y dispone, de manera que la cercanía autobiográfica también puede servir para construir un engaño convincente. El yo narrador conserva la facultad de acercarse, retirarse y elegir el momento en que una conducta revela su costado risible o doloroso. Sin embargo, mientras ejerce esa libertad sobre los demás, sus preferencias y exageraciones van dejando al descubierto cuanto él mismo habría querido mantener bajo control.

También el lector queda comprometido cuando acepta con demasiada facilidad una confidencia, celebra una crueldad o confunde la perspicacia de la voz narrativa con una garantía de imparcialidad. Leer con placer y precaución exige atender a esa complicidad, al instante en que la satisfacción de comprender a otro se convierte en el gusto de verlo indefenso. La ventana desde la cual el narrador contempla a la modelo ofrece una imagen sugerente de esa relación, pues a través de ella mira hacia afuera un hombre cuyas fantasías nos permiten conocer su intimidad. Mientras imagina que la muchacha se dispone a herirlo con una flecha, sus propias palabras ya han abierto una entrada por la que podemos observarlo.


Ángel Callejas de Velázquez es licenciado en Historia, escritor y ensayista, Presidente de la Fundación Ego de Kaska. Director de las editoriales Exodus y Ego Kaska Ediciones

sábado, 5 de septiembre de 2026

La dama negra, nueva novela de Armando de Armas


 

Caroline Hemingway es el nombre que Armando escoge para el personaje de su novela La dama negra (editorial El Ateje 20026), pero en la vida real se trata de la hermana Michelle Lewis. El 25 de marzo de 2001, un domingo exactamente según información en las redes, el cuerpo de Michelle Lewis, monja de 39 años, fue descubierto en su cuarto en el convento de Holy Cross Academy. La escuela estaba en 12425 SW 72nd St, West Kendall, conocida también la zona como Kendale Lakes. Cuentan que, al no verla en Misa, se preocuparon y fueron a buscarla al convento y la encontraron desnuda, con 92 puñaladas, tal y como reporta la investigación del caso, aunque los hay quienes aseguran que fueron más puñaladas de las que se mencionan. 


Mykhaylo Kofel, que en la novela su nombre es Demian Yaroslav, en realidad es un joven de 18 años, candidato a monje, ucraniano, que llegó cuatro años antes a la Florida para estudiar sacerdocio en la iglesia católica bizantina. En el interrogatorio, al día siguiente, Kofel confesó sin negar la responsabilidad del crimen. Se declaró culpable en 2005 y le dieron 30 años de cárcelLos fiscales en un inicio pedían la pena de muerte, pero acabaron por modificar la sentencia cuando el joven declaró sobre abusos sexuales por parte de sacerdotes del monasterio. Holy Cross Academy era una escuela católica independiente con monasterio incorporado y después del asesinato de Michelle Lewis la escuela cerró en el 2004.


Me cuenta Daymís Sánchez, esposa por esa época de Armando y madre de dos de sus cuatro hijos, que Mandy se interesó en el crimen, e incluso ambos llegaron a visitar el convento y Mandy guardó varios recortes de periódicos que publicaban la noticia por esos días. Después de su partida, en octubre del 2024, en Georgia, Daymís rescató la novela, dándosela a Luis de la Paz, director de la editorial El Ateje, y finalmente fue publicada. Novela que ya mencionan las redes como metafísica.

 

Galán Madruga, colaborador habitual de la página web de Ego de Kaska, que preside Ángel Velzazquez Callejas, con el sello Exodus, editorial que ha publicado buena parte de la obra de De Armas, ya fuese en vida y luego de manera póstuma, ha escrito la excelente reseña que comparto, sobre una historia que sucede bajo el sol abrasador de Miami, cuyas autopistas, gasolineras, iglesias, jardines tropicales y restaurantes constituyen una geografía reconocible, donde la ciudad deja de funcionar como mero escenario y adquiere la condición de frontera espiritual.

 

La dama negra será presentada próximamente y la fecha y el lugar se anunciará en su debido momento.  Para leer la reseña de Galán Madruga en su totalidad, clic aquí


Foto de ilustración que tomo de Ego de Kaska

jueves, 3 de septiembre de 2026

Para los desmemoriados y desvergonzados adoradores del compañero Silvio…


 

El 31 de agosto del 2021 publiqué el texto que sigue en un post en Facebook y la razón fundamental fue por esa “estirpe” de cubanos acá, en Miami, que se dicen anticastristas, pero increíblemente adoran a aquellos artistas e intelectuales que históricamente han limpiado, y de qué manera y con sobrado fervor, la imagen de la dictadura, sujetos encubridores de la tragedia diría yo, y sin vergüenza alguna que, peor aún, no se reducen a la geografía criolla. Por supuesto, el sitio web, como es usual, me lo recordó, sin embargo, preferí ignorarlo, entre otras razones porque no estaba al tanto de que el bardo proletario, que vive como burgués en La Habana, amenazaba con dar otro concierto en Barcelona. Y el sujeto repitió la hazaña, y Barcelona volvió a defraudarme, bueno, me refiero a los que fueron como corderos a ver su concierto, bastantes, por cierto, según dicen entusiasmados algunos despachos de prensa, que de las 2300 butacas que tiene el Gran Teatre del Liceu de Barcelona, aseguran que todas estuvieron ocupadas por aquellos nostálgicos del bardo revolucionario que hacía una década no visitaba a la “madre patria”.

En fin, Cuba sigue de nalgas para buena parte del mundo, nadie le mira a la cara y ver así su sufrimiento, su miseria, y en Europa, no solo Barcelona, incluso de este lado, donde habitan la mayoría de los cubanos que escaparon de ese infortunio, pues sobran cómplices de esa dictadura horrible que en su letargo lo único que hace es culpar a su vecino del norte de su descalabro y no menciona lo inoperante que resulta el socialismo, el comunismo, y toda esa metralla ideológica que nada aporta como no sea miseria, y sobre todo una escatológica represión que tiene sometido a su pueblo. Por cierto, tal y como dicen los despachos de prensa que menciono sobre los que tuvieron el coraje de protestar y denunciar el acto que representa un hecho así: legitimar una vez más a el oprobio, mis respetos a esa media docena de cojonudos…

 

El texto en Facebook, cinco años atrás

Te reproducen, significa que naces, y con suerte luego te toca y reproduces tú, vendrán otros a enriquecer tu estirpe. Claro, no lo sabes, pero vas a llegar al mundo en una tierra que padece un proceso peculiar, a cuatro años de estrenarse el fatídico experimento social, y ya crecidito te vas a retorcer el estómago (descubres que te asiste vergüenza) y acabarás odiando a ese mundo.

Y en tanto odias a ese pedazo de tierra que te ha tocado por el azar geográfico, no por la geografía que ostenta, la isla es un lugar hermoso, sino por su política, su desfasado sistema, su cadena de mentiras, finalmente un día huyes con el dolor de que los tuyos quedan atrás, te pones el bendito traje de exiliado, corbata incluida (a no ser que prime tu estómago y no los valores, entiéndase la vergüenza; porque desde el momento que priorizas la barriga y obedeces a la desfachatez calórica y de pacotillas, ya no tienes derecho a vestirte de destierro), y por fin te estableces afuera con eso que trajiste contigo, lo usual para la nostalgia criolla: "la palma, el colibrí, La Edad de Oro", y otras joyitas de la colección "melancolía delirante", parafernalia sentimental de marca mayor y hasta imprescindible para el cubano.

Sin embargo, un día, del lado de acá, después de muchos años de inmovilismo allá bajo la égida de ese terror que aún de lejos por momentos te congela, un sábado de 11 de julio ves que tú pueblo se tira a la calle y amén que el mundo vira el rostro, mundo que le importa un puto pito la suerte de miles, de millones, y esos que dicen ser "solidarios" con nuestro dolor, con el bendito calvario que va por seis décadas, son tan pálidos en su postura que es mejor que se hubiesen callado, tú de todas formas apuestas por aquello que es nuevo, eso que luce verde porque va cargado de esperanza y merece que lo apoyes.

Y compras tu bandera y tu t-shirt alegórico, sales a las calles de Miami, dónde si no, al Versailles preferiblemente, y vociferas a punto de desgañitarte, quedándote ronco, pero conmovido, coño. Y por primera vez en mucho tiempo crees que se avizora un cambio (con los pro y los contras de los cambios, con los advenedizos y los que se aprovechan y a última hora se montan en la guagua que supuestamente llevará a ese cambio a alguna parte; pero te dices, confía, es un cambio, ya veremos...) ¿Cómo entonces, siendo luchador anticastrista al amparo de una desequilibrada y dolorosa heredad, eres capaz de defender el derecho de que un tipo tan abyecto como Silvio Rodríguez, ese juglar que durante años ha legitimado al puto régimen, y vengas tú a decirme, exigirme incluso, que en nombre de la pluralidad y la democracia el tal Silvio tiene que cantar y "nosotros" no podemos ejercer la censura tal y como han hecho ellos por años con todo aquél que se les enfrenta...?

No, tú, sujeto "correcto amoroso" que me lees, a esa gente hay que darle de lo mismo que ellos ofrecieron y todavía ofrecen a esos que han excomulgado y por la única razón de disentir y alejarse del rebaño. No, el día que esa Isla cambie y sea serio su canje de sistema, se habrá de proscribir todo lo que los legitima, incluyendo a los poetas y bardos revolucionarios que lamieron las botas de quienes por años nos han reducido al destierro y, a los de allá, a un genocidio. Y es bueno, muy bueno desde ahora, hacer presión porque al tal juglarcillo de la corte, ese Rodríguez de marras, le suspendan su concierto en España, escenita que servirá únicamente para engordar su bolsillo y dar otro toque de colorete a esa dictadura; que le corten hasta la luz de sus ancestros y no cante; que lo deje mudo, al menos temporalmente, un "rabo de nube" (u otro tipo de rabo, cada cual su preferencia). Porque, "amiguito correcto, amoroso y reconciliatorio", no olvides que tipos como esos, los bardos y juglares revolucionarios, por mucho han girado por el mundo promocionando a una terrible y sangrienta dictadura, dándole crédito, participando en primera fila en la construcción, mercadeo y venta, de una inmensa estafa. Y esa promoción ha tenido consecuencias terribles para millones.

Por último, si un día te descubres tarareando una de las canciones de este payaso despreciable mientras limpias tu apartamento; o en medio de una reunión con amigos te aprovechas de que el nivel de alcohol en sangre ha subido y ya crees por eso que habrá más "tolerancia", y hasta te atreves a pensar que esta es la oportunidad para cantar "Chamamé a Cuba, pregúntate para qué te fuiste de esa Isla...

Porque, no te quepa dudas, tu lugar no es este y no porque yo te lo prohíba, sino simplemente tú estás muy confundido y tu corazón palpita por esa izquierda de caviar y de mortadella, esa izquierda beligerante y trasnochada que le da soporte y apoyo total a esa mierda que el occidente refinado y oportunista denomina mundo woke…

 

Denis Fortun. Miami.

domingo, 26 de julio de 2026

El artista del aire y otros relatos. Otra aproximación a la obra de un autor que firma bajo seudónimo

 

El pasado sábado 25 de Julio, en la tienda y centro cultural Sentir Cubano, en Miami, presenté este cuaderno de cuentos de un autor que firma bajo el seudónimo de KuKalambé. Un libro que editara Ángel Velazquez Callejas con el sello Ego de Kaska, que preside. El texto que sigue son las palabras que leyera ante un numeroso público reunido por la convocatoria de Pablo Socorro, director de la editorial Lunetra, en su tertulia mensual “Lunetreando”, donde igual se presentaron cuadernos de Pilar Gómez Nieto, Rosa T Navarro y Lilo Vilaplana.

 

 


‘El artista del aire y otros relatos”

Por Denis Fortun

El número 25 históricamente lleva un gravamen enérgico, una simbología potente, y si bien no es tan famoso como el 7, el 11, o el 33, prácticamente en todas las tradiciones marca un punto de inflexión; se trata de un guarismo de cierre de ciclo, y de maestría. ¿Y por qué digo esto si se supone que voy a comentarles sobre un libro de cuentos y no de numerología?  Simple, 25 son las historias que conforman “El artista del aire”, cuento que le da título a un libro que no se descompone como es usual en un cuaderno fragmentado por historias independientes, sino que constantemente sientes que el sabor del inicio mantiene su dejillo hasta el final; incluso que al leerlo descubres que lo vas haciendo con afecto.

Acaban lector y letras estableciendo una complicidad perdurable porque no se reduce a un paginado de convivencias, sino, igual carga con una concordia que le distingue, una unión casi íntegra. Y es justamente esta avenencia la que nos habla del misterio de una pregunta: dónde se esconde la heredad del saber, ir por la imperiosa necesidad de enlazarse con lo ancestral, aquello que nos hace partícipes no solo de la inocencia de un niño que se ha llevado un cocodrilo en su pecho, la sabiduría de los ojos capaces de ver la vida sin máculas, manchas muy dadas en la sospecha que habita en la mirada de los adultos; el modo de entender y hasta identificarte con el rizoma que conforma la vida cuando aborrece a lo jerárquico. El hombre busca al hombre para vincularse, no importa la causa. Vínculo, sí, esa es la imagen que concreta lo que sucede cuando lees el primer cuento, la historia de una mujer simple, pero con poderes. Vitorina, la negra antigua, y no se sabe cuánto, que habla con aquel que no está vivo, y es evidente que un poder así engendra respeto y temor.

Mucho se ha hablado del “realismo mágico” que en este lado del mundo creció, y de qué manera, hasta convertirse casi en patrimonio y en una influencia que en ocasiones no resulta lo suficiente buena si no la manejas con el instrumental adecuado: en el realismo mágico el mundo es íntegramente real y cotidiano. Lo sorprendente, lo increíble, radica en sus personajes, sus vidas y diatribas, y esta es la fórmula que conquista a esa realidad sin que nadie se sorprenda. Lo extraordinario, ese sortilegio que desiguala a la sugestión que acuñó como término en 1925 el pintor y crítico alemán Franz Roh, se representa acá como si fuese normal, dos planos y una manera de contar que resulta atractiva y convincente.

Y sea dicho sin pudor, no por gusto fue un pintor el primero en cincelar las dos palabras que se configuran en una al precisar la alianza de lo existente y terreno con lo extraordinario y mágico: y es acá que ves lo que el autor de “El artista…” nos cuenta. Sin pretenderlo el lector convierte la palabra en imagen. Es algo sensorial que trasciende a la letra. Lo intangible se transfigura como un cuerpo tridimensional más allá de la composición de la escritura y un lienzo. Lo normal y lo asombroso van juntos de la mano en este cuaderno. He aquí una de las razones que lo hacen una leída disfrutable.

Lo otro que lo convierte en un cuaderno para recomendar son los aparentes paralelos que establece el autor, los guiños que nos hace, tal y como sucede con el cuento que da título al libro, un supuesto equivalente con una historia de Kafka: en “El artista del hambre” un individuo se dedica a ayunar, esa es su profesión. Se encierra en una jaula a la vista de su numeroso público y pasa hasta cuarenta días sin comer. Únicamente bebe agua y esta suerte de performance se convierte en un espectáculo que al final lastimosamente llega a aburrir. En “El artista del aire”, y con intención, el KuKalambé troca destinos amén de lo común de cada suerte, aquí un hombre pinta el aire para tapar la tristeza y le asisten sobradas ganas de vivir.

En uno, el desconsuelo, la angustia por no poder comer lo que le gusta, que para él no existe tal plato, se resume en la apatía y luego la muerte; el otro, al pintar el aire sin pigmento, pretende darle pátina y gama a la esperanza y que su Isla aprenda a respirar sin miedo y el aire vuelva a tener color, alcanzando así el pintor con influencia psíquica la trascendencia.

Ciudad, la tierra madre y el terruño chico, barrio, amigos, recuerdos, nada escapa a este autor que no conozco personalmente –o quizás sí, quién sabe-- y que, al amparo de un seudónimo presto a confusión --si no aclaramos que lleva la letra K en su alias nos remite a Juan Cristobal Nápoles Fajardo-- por mucho tiempo le estuvo enviando sus cuentos a quien es hoy editor del cuaderno que reúne sus historias: Ángel Velazquez Callejas con el sello editorial Ego de Kaska.

Por último, no quiero dejar de mencionar al prologuista de “El artista…”, el profesor y escritor Julio Benitez, porque coincido con él cuando menciona que este libro combina diversos estilos, con abundante sentido filosófico, donde el narrador no se reduce a una voz que recrea el absurdo, porque es además pensamiento, con sentencias que invitan a reflexionar, con el añadido del hechizo que proporciona descubrir una narrativa singular.  

En fin, soy de escribir y reseñar aquello que realmente me gusta y me conmueve –sí, conmoción, suena fuerte, y tal vez los haya quienes consideren que exagero--, no tengo el talento suficiente para mentir dándole loas a la ficción que no lo merece. Por consecuencia, me queda incitar a que lean “El artista del aire…” y les haré fácil el porqué de mi invitación: estamos en presencia de un excelente libro de cuentos.


lunes, 6 de julio de 2026

Sobre el Libro de los cocozapatos. Aproximación de un misterioso personaje


Por el Ciclón Invisible 

Amados

Encontré "El libro de los cocozapatos", de Denis Fortún, en un remate de la librería Universal. Lo compré por dos dólares, sin mayores expectativas, y terminé llevándome una sorpresa. Publicado por Editorial Silueta en 2011, el libro reúne una narrativa rara, libre y difícil de clasificar. 

No hay, en "El libro de los cocozapatos", una voluntad de ordenar el mundo, ni de salvarlo, ni de ponerle a la literatura aquel chaleco de domingo con que ciertos autores, cuando descubren que no tienen imaginación suficiente para la impudicia, intentan entrar en el templo de las letras con una vela en la mano y un certificado de buenas costumbres en el bolsillo, sino una inclinación mucho más saludable y, desde luego, más peligrosa, que consiste en dejar que la literatura se despeine, que se siente en la mesa con los codos abiertos, que se ría de sus propios santos tutelares y que, al final, después de haber jugado con boxeadores, fantasmas, cucarachas, hadas degradadas, barmans hemingwayanos, hornillas melancólicas y poetas resentidos, termine descubriendo que unos zapatos, comprados para adornar la vanidad de un escritor, pueden regresar a la especie animal de la cual procedían y reclamar, con una paciencia de pantano, su ración de carne.

Desde "La menor pelea", donde el narrador confiesa que “el árbitro me revisa los guantes por pura diligencia”, ya queda establecido que la literatura, en vez de ser una iluminación doméstica, una cortesía del espíritu o una carrera de méritos vigilada por funcionarios imparciales, se parece más a un combate previamente amañado, en el cual el joven que sube al ring, anunciado con la frase venenosa de ser “un joven con aspiraciones” y, todavía peor, “con deseos de publicar un libro”, no combate sólo contra un editor, ni contra un adversario visible, ni contra la mala suerte que le tocó al nacer, sino contra aquella alianza invisible de instituciones, públicos, jueces, mediadores, resentidos y benefactores que, bajo el nombre decoroso de cultura, se encargan de distribuir los golpes con una equidad tan perfecta que siempre caen del mismo lado.

El primer cuento, que podría parecer una miniatura humorística, funciona en realidad como el acta de nacimiento de todo el volumen, pues allí el escritor no aparece ungido por una misión, ni protegido por una musa, ni autorizado por una biblioteca, sino lanzado a una lona donde la vocación literaria se mide por su capacidad de recibir castigos, y por tal motivo, cuando el narrador resume sus propios cuentos diciendo que tratan de “mi vida, mis frustraciones, mis ganas de vencer al mundo”, lo que entrega no es una confesión sentimental, sino una poética de la intemperie, en la cual toda escritura nace de una derrota que no acaba de resignarse a ser derrota, de una humillación que aprendió a hablar, de una esperanza que, por haber sido golpeada muchas veces, ya no pide victoria sino la miserable elegancia de permanecer de pie unos segundos más.

El humor de Fortún, que no pide permiso ni viste de etiqueta, nace precisamente de una conciencia según la cual la literatura, aun cuando se adorne con prólogos, premios, presentaciones, academias y palabras como canon, generación, legado o trascendencia, suele tener debajo una mecánica de apetitos más simple y más impura, de modo que la risa no opera aquí como adorno del relato, sino como método de conocimiento, pues donde otro escritor hubiera colocado una tesis sobre la marginalidad del autor, Bouzo pone a un pobre infeliz recibiendo golpes, y donde un profesor habría hablado de las tensiones entre centro y periferia, él prefiere mostrar a un aspirante que, no obstante saber que “Dios, que al parecer cuando nací, estuvo enfermo”, todavía conserva la insolencia de querer publicar.

"Canonización" lleva la misma impiedad hacia el territorio de los muertos, donde uno supondría, con ingenuidad de catecismo, que al menos el descanso estaría garantizado, aunque el cuento se encarga de demostrar que ni siquiera el más allá queda libre de la administración turística, de la conversión de la memoria en espectáculo y de la habilidad teológica con que los vivos transforman cualquier ruina, cualquier fantasma, cualquier desgracia heredada, en una experiencia rentable, debidamente arreglada y ofrecida a la veneración del visitante, hasta desembocar en aquella fórmula espléndida de “San Anselmo de la Purificación del Dólar”, que no es sólo un chiste, ni una ocurrencia feliz, sino una pequeña summa de la profanación moderna.

El muerto de aquel cuento, en vez de ser una presencia terrible, queda reducido a materia administrable, a residuo patrimonial, a superstición útil, y tal inversión, donde el fantasma no asusta sino que es explotado, permite entender una de las líneas más finas del libro, que consiste en mostrar cómo todo aquello que alguna vez tuvo espesor, casa, memoria, dolor o secreto, puede ser confiscado por una maquinaria que no destruye las cosas sino que las vuelve presentables, vendibles, fotografiables, y por tal motivo la risa que produce “San Anselmo de la Purificación del Dólar” tiene algo de carcajada funeraria, pues uno ríe, sí, pero ríe ante la evidencia de que hasta los muertos, si no se defienden bien, terminan convertidos en folleto.

En "El inocente", donde “el banquillo es inmensamente largo”, la literatura vuelve a ser tribunal, aunque no un tribunal destinado a condenar delitos comunes, sino una forma más exquisita de juicio en la cual los escritores, que suelen temer al olvido mucho más que a la culpa, aspiran secretamente a ser acusados de algo, de grandeza, de herejía, de plagio, de exceso, de inmortalidad mal entendida, de cualquier falta que les permita ocupar un lugar en el expediente, y por tal motivo la absolución del narrador, en vez de salvarlo, lo aniquila, pues no hay humillación más perfecta para un escritor que descubrir que ni siquiera merece castigo, que su obra no llegó a ofender al mundo con la fuerza necesaria para ser condenada.

El cuento, que se mueve entre la sátira contiene una burla muy borgiana, aunque pasada por el colador del barrio y de la mala leche tropical, pues el canon, aquella biblioteca imaginaria donde todos desean entrar aunque digan despreciarla, no aparece como una torre luminosa sino como una sala de espera absurda, llena de acusados, testigos, jueces y cadáveres ilustres, mientras el pobre escritor, que quizá habría aceptado la hoguera con tal de que el verdugo pronunciara bien su nombre, recibe la sentencia peor de todas, que no es la muerte, ni el silencio, ni la censura, sino la inocencia por falta de consecuencia.

"Cambios", al intervenir el cuento de Cenicienta, demuestra que Denis sabe que los relatos infantiles, cuando se les mira por debajo de la falda moral, están llenos de política, propiedad, resentimiento, violencia de clase y administración del símbolo, pues los zapatos de cristal, que en la versión domesticada servían para llevar a una muchacha pobre hacia el príncipe, aparecen ahora como restos museables de un orden derrumbado, pruebas materiales de una antigua distribución del poder, objetos que ya no prometen amor sino expediente, de manera que el hada madrina, el príncipe, la madrastra y la joven redimida dejan de pertenecer al reino de la inocencia y entran, con una docilidad burocrática, en el museo revolucionario de las versiones corregidas.

El cuento prepara con gran astucia el último relato, dado que los zapatos, antes de convertirse en bestias, han aprendido a ser prueba, reliquia, fetiche, instrumento de ascenso y objeto de disputa, y si en Cenicienta todavía conservaban la transparencia del cristal, en "Los cocozapatos" habrán cambiado la delicadeza por la mandíbula, la promesa matrimonial por el apetito y el brillo palaciego por la respiración de un animal que, después de haber sido reducido a lujo, descubre que ningún zapato de piel puede olvidar del todo la criatura que fue antes de pasar por las manos del artesano.

En "Love Story", donde la sombra de Kafka entra sin pedir audiencia en la casa del relato, la cucaracha no solicita compasión ni pide ser devuelta a una humanidad que, examinada de cerca, tampoco parece demasiado apetecible, y tal negativa a la redención resulta una de las insolencias más sanas del libro, pues Fortún no fabrica monstruos para que un pedagogo los cure ni para que un humanista los incorpore, con gesto generoso, al banquete de la normalidad, sino para permitirles decir que su rareza, su viscosidad, su repugnancia o su obstinación también tienen derecho a existir sin arrodillarse ante la higiene moral de los hombres.

"La presentación", por su parte, debería circular en hojas sueltas a la entrada de cada tertulia literaria, no para desanimar a los asistentes, que ya llegan suficientemente desanimados aunque sonrían, sino para recordarles que todo acto de presentación contiene una pequeña conspiración, un intercambio de cortesías falsas, un duelo de egos disimulado bajo el mantel, una contabilidad secreta de elogios, rencores, firmas, vinos mediocres y amistades peligrosamente duraderas, pues allí donde el presentador debería alabar, destruye, y donde el autor debería hundirse, sobrevive, y donde el público debería indignarse, compra o finge comprar, con aquella admirable flexibilidad moral que sólo la cultura proporciona.

Los cuentos hemingwayanos, Barman y Pesquisa por un sueco, tienen el mérito de acercarse a la tradición sin aquella reverencia de sacristán que suele arruinar los homenajes, pues Bouzo no se arrodilla ante Hemingway, no lo convierte en busto, no lo limpia para el museo, sino que lo hace beber, fumar, flotar entre tiburones, daiquirís, silencios y restos de relato, mientras el narrador, en vez de resolver el enigma de Ole Andreson, parece comprender que los enigmas literarios no se heredan para ser aclarados sino para ser contaminados de nuevo, ya que toda gran historia deja una puerta lateral por la cual entran los escritores menores, los curiosos, los imitadores y los saqueadores con vocación de discípulos.

"Quién le tiene miedo..." devuelve a Caperucita la oscuridad que las versiones escolares le habían quitado por razones sanitarias, pues el bosque, cuando no está vigilado por pedagogos, no es una lámina infantil sino una zona de deseo, amenaza, ambigüedad y apetito, donde el lobo no carga solo con la culpa, la niña no carga intacta con la inocencia, el leñador no garantiza la salvación y la madre, aquella sombra anterior a todos los peligros, deja de ser una simple figura doméstica para participar de una trama más turbia, más antigua y menos presentable que cualquier moraleja.

"Su lucha", con aquella “imposible acumulación de pelambres” que parece salida de un tratado naturalista redactado por un loco en pleno verano, convierte una manía íntima en causa política, y en tal tránsito de la preferencia al manifiesto, del gusto privado al programa de liberación, del fetiche corporal a la épica del vello, el cuento se burla de una época que ha aprendido a convertir cualquier obsesión en bandera y cualquier rareza en doctrina, aunque la burla no caiga sólo sobre el personaje, sino también sobre quienes, desde la normalidad depilada de sus prejuicios, necesitan diagnosticar toda diferencia para no sentirse amenazados por ella.

"Deseos", que baja a la cocina, al apagón, a la escasez, a aquella fatiga doméstica donde los objetos parecen entender más que los hombres, tiene una melancolía menos aparatosa, pues cuando el texto deja oír el “Hasta cuándo...”, no está buscando una frase dramática, sino condensando una forma histórica del cansancio, la de quienes han vivido tanto tiempo en la precariedad que hasta una hornilla, un artefacto, una cosa destinada al servicio, termina adquiriendo voz para decir lo que los cuerpos ya no pueden formular sin rabia o sin vergüenza.

Todo aquel recorrido desemboca, con una lógica que al principio parece caprichosa y luego resulta inevitable, en "Los cocozapatos", último cuento y verdadera bestia tutelar del libro, donde el escritor, que en los relatos anteriores había sido boxeador, acusado, presentador, impostor, heredero de fábulas, bebedor de tradiciones, víctima de objetos y cultivador de vanidades, se ve finalmente obligado a enfrentar aquello que ha comprado para adornarse, pues los zapatos de piel de cocodrilo, elegidos por el Cuentero para completar su figura pública, para entrar en la tertulia con una autoridad que empezara por los pies, terminan revelando que todo accesorio de la vanidad contiene una vida secreta, una deuda animal, un hambre que no se cancela con aplausos.

El Cuentero pertenece a una especie que abunda en todas las ciudades literarias, desde las capitales imperiales hasta los cafés de provincia, y que consiste en el escritor que, antes de tener una obra indiscutible, ya posee una figura social, una tertulia, un público, una leyenda portátil, enemigos que le hacen propaganda involuntaria, amigos que le celebran el gesto y una relación con la ropa, la pose y la aparición que permite sospechar que, para él, escribir no consiste solamente en producir páginas, sino en entrar en escena con la dignidad impostada de quien cree que cada lectura pública es una pequeña coronación.

El Poeta, que funciona como su doble agraviado, no es menos cómico ni menos triste, pues donde el Cuentero exhibe éxito, el Poeta cultiva resentimiento; donde uno administra lectores, el otro administra heridas; donde uno parece haber aprendido la gramática social de la literatura, el otro se refugia en la superioridad de quien no ha sido reconocido y por tal motivo se considera más puro, aunque tal pureza, vista de cerca, tenga el mismo olor ácido de la vanidad contrariada, y por tal motivo la frase “Los escritorzuelos no pasan de ser unos zapaticos...” resulta perfecta, pues intenta rebajar al rival y acaba invocando, sin saberlo, el centro monstruoso del cuento.

"Los cocozapatos", que al principio parecen una extravagancia de mal gusto, una indecencia visual, un capricho de alguien que confunde la elegancia con el sobresalto, van adquiriendo una autoridad progresiva, primero como objeto ridículo, luego como objeto inquietante, más tarde como criatura y finalmente como destino, ya que la piel de cocodrilo, sometida al lujo, al comercio y a la vanidad del escritor, empieza a recordar que alguna vez fue animal, que perteneció al agua, al barro, a la mandíbula, a una lentitud anterior a la zapatería, y aquel recuerdo, que en otro relato habría sido metáfora, aquí se vuelve apetito.

La grandeza grotesca del cuento está en que el Cuentero, que compró los zapatos para dominar mejor su imagen, termina dominado por ellos, alimentándolos, escondiéndolos, temiéndolos, obedeciéndolos, pues toda vanidad, cuando se le concede una habitación en la casa, acaba pidiendo la casa entera, y lo que comenzó como un detalle de vestuario, como una ayuda para la presencia pública, como una manera de entrar con brillo en el teatro menor de la literatura, se convierte en una criatura que exige carne, espacio, secreto y complicidad.

El narrador, que no se lava las manos con la facilidad moral de los testigos puros, acompaña al Cuentero con una combinación deliciosa de amistad, miedo, fastidio, ironía y cobardía razonable, pues no se coloca por encima de los hechos ni finge que habría actuado mejor, sino que participa, mira, comenta, sospecha y se asusta, y cuando el Cuentero le dice “No tengas miedo que no te van a morder”, la frase, que en boca de cualquier personaje sensato debería tranquilizar, funciona aquí como una sentencia anticipada, ya que todo lector medianamente educado por las desgracias de la ficción sabe que las cosas que no van a morder son precisamente las que ya han empezado a abrir la boca.

La fauna cultural que rodea al Cuentero, con sus tertulias, bardos, cuervas, asistentes, admiradores, enemigos, curiosos, lectores a medias y testigos de ocasión, no es simple utilería costumbrista, sino el terreno necesario para que los Cocozapatos crezcan, pues ninguna vanidad se alimenta sola, ningún escritor se convierte en personaje sin un pequeño coro que lo confirme, lo niegue, lo envidie o lo fotografíe, y en tal sentido el cuento no se limita a burlarse de un individuo, sino de todo un sistema diminuto de consagraciones domésticas, donde cada aplauso es una migaja y cada migaja, con el tiempo, puede volverse carne.

La escena final en el río, cuando los zapatos dejan atrás la comedia social y regresan a una región de tono mítico, posee una eficacia extraordinaria, pues los dos objetos, que ya han dejado de ser objetos, se hunden, emergen y “se unían los dos enormes zapatos bestias en una sola criatura inmensa”, frase que contiene la revelación última del cuento, pues allí el calzado se descalza de la civilización, la piel vuelve al animal, el lujo regresa al pantano y la literatura, que había comenzado en una tertulia con preocupaciones de vestuario, termina frente a una criatura anterior al aplauso y más verdadera que cualquier presentación.

Después queda apenas el recibo de compra y una foto, dos pruebas miserables, ridículas, y por tal motivo literariamente perfectas, pues la ficción, a diferencia del archivo judicial, no necesita probarlo todo con una claridad insoportable, sino dejar un resto, una huella, un documento insuficiente, una evidencia pobre que no convenza del todo pero tampoco permita olvidar, y aquellos papeles finales, que parecen sobras de una compra absurda, terminan siendo el certificado de que lo imposible, cuando ha ocurrido en la literatura, no requiere testigos confiables sino imágenes capaces de seguir mordiendo.

Los cocozapatos no sólo cierra el libro, lo reorganiza hacia atrás, pues después de leerlo uno entiende que la pelea inicial ya contenía una dentellada, que el fantasma explotado ya anunciaba la conversión de todo cadáver en mercancía, que el tribunal de El inocente preparaba la vergüenza del escritor ante su deseo de posteridad, que los zapatos de Cambios habían sido el primer ensayo del fetiche, que la cucaracha de Love Story enseñaba la persistencia de lo animal bajo la forma domesticada, que La presentación ofrecía el teatro donde la vanidad recibe público y que Deseos mostraba cómo los objetos, cuando la vida humana se agota, empiezan a hablar, a pedir, a protestar o a morder.

Por tal motivo este libro, que podría ser leído superficialmente como una colección de ocurrencias fantásticas, es en realidad una sátira bastante severa de la solemnidad literaria, pues cada vez que la literatura intenta elevarse demasiado, Fortún le amarra al tobillo una cucaracha, un fantasma, una hornilla, una madrastra, un lobo o un par de zapatos hambrientos, y tal operación, que parece irrespetuosa, resulta más fiel a la vida que muchas reverencias, ya que la literatura no se conserva viva por la ceremonia con que se la celebra, sino por la capacidad que todavía tenga de avergonzarnos, de reírse de nosotros y de devolvernos, amplificada hasta el disparate, la imagen de nuestros apetitos.

Termino con la sospecha de que Los cocozapatos son mucho menos fantásticos de lo que aparentan, pues todo escritor que ha deseado demasiado una entrada triunfal, todo poeta que ha confundido su resentimiento con pureza, todo crítico que ha usado la inteligencia como cuchillo de mesa, todo lector que ha ido a una presentación para asistir al fracaso ajeno y todo reseñista que ha creído caminar por encima del ridículo, ha sentido alguna vez que sus zapatos eran más grandes que sus pies y que, en alguna zona oscura del camino, podían empezar a moverse solos; Fortún Bouzo, con tal cortesía burlona de quien sabe que la risa es una forma menor de la justicia, nos recuerda que la literatura, cuando se compra para lucirse, puede terminar reclamando su origen animal, y que ciertos zapatos, aunque parezcan hechos para caminar hacia la posteridad, tienen la mala costumbre de abrir la boca.