«Cuba no se parece a nadie…». Así concluye
un buen amigo dominicano en lo que apura su vaso de whisky, pero al hablar lo hace sin
ánimo de minimizar la historia de la Isla, tampoco exaltarla, sino más bien con tristeza porque de alguna manera Cuba le duele su poquito. Se trata de
un buen amigo que tiene fuertes lazos con muchos cubanos. De hecho, su padrastro era matancero, un tipo excelente me asegura, y por si no bastara el hombre fue veterano
de la Brigada 2506. Simplificando, Juan, que así se llama mi amigo, siente simpatía
por los cubanos de manera general; sin embargo, igual los hay quienes no
califican para conseguir su estima, y se refiere a aquellos que despectivamente
les dicen «pan con bistec». El otro amigo que nos acompaña, más joven, si bien
se siente cubano, no nació en Cuba, y es lo que yo llamo un yuca, que
por sus siglas en inglés significa Youth Urban Cuban American y, por
supuesto, ¿dónde sí no su lugar de procedencia? «La ciudad que progresa», esa
que se me antoja a mí una copia de Marianao, cuando la barriada habanera usaba
ese slogan anunciando su desarrollo, y sí que desarrollaba hasta que
llegó la revolución. Y este joven, que responde al nombre de Brian, que ya
sabemos nació en Hialeah, como muchos hijos de cubanos se dice que igual a sus
padres él también es cubano, aún cuando sus ojos vieron por primera vez al
mundo en la 651 del East y la 25 calle, Zip Code 33013. Ahora bien, ambos, con diferencia
de edad y orígenes, si bien coinciden, no están muy claros del significado de «pan
con bistec» (digo sociológicamente hablando, no al real, al de bistec y pan con
bastante cebollas y papas fritas que todos alguna vez hemos disfrutado con la
compañía de un espeso batido de mamey, al menos en Miami), y los dos me piden
que los «ilumine», les diga qué es realmente un cubano pan con bistec.
Sonrío, bebo de mi cerveza y Brian
me imita empinando su vaso, lo mismo con cerveza, y los tres nos quedamos en
silencio por varios segundos, hasta que me decido a comentarles sobre
«el concepto», que últimamente se usa bastante en Miami, para diferenciar a los
cubanos según su posición política, de tiempo, y sus intereses en particular a
lo que se refiere a Cuba. Antes de comenzar les insisto que voy a comentarles
lo que he oído, y empiezo con la diferencia que existe entre exilio y diaspora.
Aunque haya un margen estrecho entre ambas denominaciones, existe una que bien
marca la distancia en cada etiqueta. Ambos continúan callados, con aparente
interés, y su silencio se traduce como una orden.
Entonces, no me queda otra que hablarles.
Exilio, se entiende como destierro
del país de origen, una separación forzada, involuntaria. Una forma de expulsion
en su mayoría por razones políticas, aunque igual están las razones religiosas. Un
exiliado por lo general es un contrario al sistema e ideología que se establece
en su país de origen, una persona que sufre, además, por estar lejos de su
terruño. El exiliado a menudo está marcado por el deseo de regresar, y se le
añade a esa tristeza por estar lejos de su tierra el desprecio que le provocó
el conflicto. Una nostalgia aderezada por el odio que puede durar toda la vida,
aún cuando se integre a la sociedad y las costumbres del lugar donde ha sido
acogido.
La diaspora, se trata más bien de
movimientos migratorios, una comunidad que se mueve, que en ocasiones puede ser
provocada a través de la fuerza, como el exilio bíblico, o de manera
voluntaria, éxodo más apegado a su uso de migrantes, y que se traducen en desplazamientos por razones más bien económicas.
Aquí, esto último puede resultar contradictorio, teniendo en cuenta que la economía
de un país siempre estará supeditada a la política regente; son justamente las
decisiones que se toman desde la política las que redundan en beneficio o
detrimento de la economía, pero queda claro que en ese caso el movimiento no es
necesariamente forzoso, porque mientras que demuestras tu descontento con la
economia, igual puedes no hacerlo con la política, no importan las razones que
fuesen, y jamás vas a correr el riesgo de persecución, y hasta la muerte, que
padece quien termina exiliándose al mostrase en contra de un regimen dictatorial.
Juan y Brian asienten sin abrir sus
bocas, pero luce que no están muy convencidos, y está el hecho de que todavía
no he mencionado el bendito pan con bistec. Vuelvo y les digo que la
diferencia, si bien aparentemente minima, existe y les resumo la explicación de
manera simple, o al menos eso intento: el exilio se traduce como expulsión forzosa,
la diáspora es dispersión geográfica, no siempre forzada, y uso de ejemplo a
los dominicanos que viven acá, en Estados Unidos, no solo en Miami, y a eso les sumo
los puertorriqueños, argentinos, incluso canadienses, recalcando la diferencia
entre los mencionados y los venezolanos, los nicaraguenses, los cubanos.
Ahora bien, reduciéndolo todo a la
imagen del pan y la carne, se supone que un exiliado prioriza su pensar libertario, su amor al libre albedrío dentro de la ley, la libertad por expresar sus ideas, su apego a la democracia, su convicción política sobre otras “necesidades”
más propensas a ofrecer dividendos, como las de negocios, coyuntura que, por conseguir tal privilegio el migrante económico está dispuesto a la genuflexión y hasta blanquear la cara de una dictadura, algo que convierte al exiliado y al migrante de la diáspora en sujetos irreconciliables. La diaspora, con menos presión
sobre sus ideas, establece que esas necesidades deben permancer lejos de la
ideología, lo que no es terrible ni condenable si hablamos de paises donde no
existe la persecución, la censura, los desaparecidos, la muerte por el solo
hecho de disentir, sistemas como el de Cuba, Nicaragua y Venezuela, que se
mueven bajo las reglas de una tiranía. Entonces, un exilio puro y duro, ese que
prioriza convicciones, reclamando libertad y cambios radicales a través de la
lucha, no va jamás a comulgar con aquel que no es un perseguido politico
asilado. Alguien que, llegado el momento va a declarar que sus razones para huir fueron económicas, y en la primera oportunidad que tienen regresan de donde
supuestamente escaparon y, peor aún, dispuestos a invertir, a negociar con los que antes le
pusieron la bota arriba y los despreciaron. Y es que está probado, irónicamente pueden encontrarse economías lo suficiente saludables carentes de libertades esenciales para sus nacionales. En algunos lugares de Asia sucede, modelo que le resulta atractivo a la izquierda dictatorial y a varios personajes inescrupolosos de la diáspora cubana, y mucho más al régimen.
En fin, el exiliado por lo general
razona con el corazón, sobre el dolor, y de bandera trae sus convicciones; los de la diaspora,
en el caso de los que salen de paises donde regenta el poder tiranías
comunistas, insisto en eso, en su mayoría lo hacen con el estómago. Da ahí el
mote, la definición de “pan con bistec…”. Es por eso, trayendo a colación el momento actual,
los exiliados venezolanos vieron con muy buenos ojos la extracción de Maduro el
pasado mes de enero. Fueron muchos años de sufrimiento, de desapariciones, de
asesinatos, y no pueden entender que otros venezolanos se manifiesten en contra
de la “cirugía” por otros intereses; cirugía que si bien no fue lo
suficientemente radical en opinion de muchos, dejando cabezas que aún tiene su precio en moneda fuerte, al menos abre una puerta para la esperanza
de que se aproxima un verdadero cambio en favor de la democracia y la libertad;
por supuesto, persisten innumerables dudas, preguntas, y queda esperar. Como
dice el dicho, amanecerá y veremos. Y en el caso nuestro, los exiliados cubanos
no entienden, no aceptan que las supuestas negociaciones entre la actual
administración americana y la tiranía criolla se reduzcan a un cambio de
maquillaje, un movimiento con las mismas fichas, por intereses que nada tienen
que ver con el dolor que ha padecido el exilio durante tanto, aun por el temor
que pueda padecerse acá con el tan traido y llevado asunto del vacío de poder,
detalle que a un pan con bistec no le preocupa porque su prioridad va más allá de si se es libre o no, basta que podamos negociar y sacar ventajas.
Juan regresa a su whisky y Brian lo hace a su cerveza. Yo los miro
con la impresión de que, si bien asumo que me entendieron, igual les queda un
par de dudas, y lo confirmo cuando Juan repite lo dicho al inicio: “Cuba no se
parece a nadie”. En cambio, Brian, después de poner su vaso de cerveza en la
mesa, me mira y sonriendo me responde con orgullo que sus padres son exiliados.
Juan agrega: “brindemos por eso…”
