jueves, 14 de julio de 2011

Starbucks

Confieso que al llegar a Miami, la mayoría de mis amigos me invitaron a lugares donde se desbordaba la cubanidad, como El Versailles por ejemplo, que por suerte, de francés sólo el nombre. Pero hubo una amiga, de la que ya hace mucho no tengo noticias, que se desmarcó de la preferencia del resto y me llevó a un Starbucks, allá por la calle Ocho, cerca de FIU (Florida International University), asegurándome que me iba a mostrar un sitio " lo más americano" que yo podría encontrar en la ciudad. No importa dónde estén ubicado- me decía con evidente orgullo. -Cualquier Starbucks que te tropieces en Miami, representa que estarás más cerca de la Norteamérica profunda-; aunque riéndose, reconocía que exageraba. En Miami siempre seremos habitantes al borde del lado anglo, a pesar de McDonald, Burger Kings, Flanigan's o BBQ.

Sin embargo, es innegable que Starbucks viene a resultar una suerte de crossover. El hecho de sentarte en uno de los no muy abundantes establecimientos que existen en Miami, y tomarse un Caffé Mocha, un Capuccino, o cualquier otra oferta en la larga lista de Espresos Beverages hechos a partir del grano mágico, y que los que estamos acostumbrados al café fuerte, en tasa pequeña, con espumita, lo llamamos de una manera que no me atrevo a repetir por lo escatológico de la expresión, te desmarca un tanto de esa “singularidad” de sándwich cubano, bandeja paisa o arepas (esta última reproduciéndose a una velocidad vertiginosa en la ciudad del Doral) que se respira en Miami y que finalmente representa una generalidad donde lo peculiar es un Starbucks.

Tal vez los haya quienes no estén de acuerdo conmigo; ahora, creo no mentir al asegurar que hay un dato curioso. Los clientes de Starbucks, aquí en Miami al menos -como la mayoría de la población-, sino son de origen cubano, lo son del resto de la América hispana; o sus desendientes, bien apegados a sus órigenes en buena medida. Pero la vibra latina cobra aquí una dimensión muy distante de su naturaleza y la impronta del norte, un tanto a la "onda de South Park", se respira. Vienen los Starbucks a convertirse, en esta zona, en un un oasis en medio de ese desierto repleto de sonoridades estridentes, cafeterías o pastelerías de naturaleza bullangueras, subidtas de colesterol, donde la tranquilidad y el espacio propio apenas si respeta.

En un Starbucks puedes sentarte con un café de “cualquier modalidad”, una botella de agua, una laptop, y si deseas permanecer por una o dos horas, no verás a nadie molestándote, conversando en voz alta, o tratando de entablar una plática aburrida sobre lo terrible del tiempo y, lo terrible de Cuba o de Miami.

Una mesa con una silla basta para crear un territorio, como el que ahora yo disfruto y por el que escribo esta crónica en lo que me bebo mi Caffé Latte, me como un biscochito de no sé que cosa (pero que está gustoso), y miro a mi alrededor en lo que escucho una canción de Bob Marley, comprobando que todo el mundo está inmerso “en lo suyo…”


Crónica escrita y posteada en un Starbucks de Miami