Por Irina Acanda
Leyendo «La dama negra», el más reciente libro de Armando de Armas, publicado por la editorial el Ateje, me sucede algo fascinante: es como si lo estuviese escuchando mientras leo. Su sello indiscutible se siente desde las primeras líneas, demostrando un conocimiento profundo en temas místicos, espiritualidad, religión, unión divina y trascendencia. Para nosotros, lectores y amantes de su literatura, es un regalo y un gusto enorme que nos sigan llegando sus obras póstumas; es como sentirlo cerca y, en mi caso particular, me deja esa viva sensación de estar debatiendo con él las profundas impresiones que me despierta su lectura. A través del eje central de la trama —el impactante asesinato de la monja Caroline Hemingway—, la novela despliega una radiografía lúcida y de sobrecogedora vigencia sobre la condición del inmigrante. La mirada de la monja se convierte en el prisma perfecto para retratar las tensiones, el choque cultural y el abismo espiritual que atraviesa quien deja su tierra. Con esa misma sutileza Armando nos muestra la dualidad de lo masculino y lo femenino en el ser. Nos invita a no vernos como identidades rígidas, encasilladas en un género, sino como una interrelación dinámica e inseparable, mostrándonos el gris velado en el blanco y, la luz escondida en lo negro, llevándonos a comprender la importancia de mirarnos con menos dureza, de aprender a apreciar y abrazar ese lado opuesto que habita dentro de nuestro cuerpo.
Todo
esto se sostiene en una narrativa ascendente, que sube, acelera, teje y
desteje. Una prosa que coteja, tuerce, vira y endereza las palabras, para
llevarte al ritmo vertiginoso del escritor. En esta obra, como en toda su
producción, la sexualidad fluye como un manantial, limpio a veces, y mil veces
turbio, en el que te encuentras sin siquiera intentarlo. Recomiendo encarecidamente
la lectura de sus libros en general, y en especial «La dama negra», con la
firme esperanza de que muy pronto se puedan publicar otros de los tantos
manuscritos inéditos que nos dejó.
