miércoles, 21 de octubre de 2026

«La dama negra», de Armando de Armas. Como si lo estuviese escuchando...

 


Por Irina Acanda

Leyendo «La dama negra», el más reciente libro de Armando de Armas, publicado por la editorial el Ateje, me sucede algo fascinante: es como si lo estuviese escuchando mientras leo. Su sello indiscutible se siente desde las primeras líneas, demostrando un conocimiento profundo en temas místicos, espiritualidad, religión, unión divina y trascendencia. Para nosotros, lectores y amantes de su literatura, es un regalo y un gusto enorme que nos sigan llegando sus obras póstumas; es como sentirlo cerca y, en mi caso particular, me deja esa viva sensación de estar debatiendo con él las profundas impresiones que me despierta su lectura. ​A través del eje central de la trama —el impactante asesinato de la monja Caroline Hemingway—, la novela despliega una radiografía lúcida y de sobrecogedora vigencia sobre la condición del inmigrante. La mirada de la monja se convierte en el prisma perfecto para retratar las tensiones, el choque cultural y el abismo espiritual que atraviesa quien deja su tierra. ​Con esa misma sutileza Armando nos muestra la dualidad de lo masculino y lo femenino en el ser. Nos invita a no vernos como identidades rígidas, encasilladas en un género, sino como una interrelación dinámica e inseparable, mostrándonos el gris velado en el blanco y, la luz escondida en lo negro, llevándonos a comprender la importancia de mirarnos con menos dureza, de aprender a apreciar y abrazar ese lado opuesto que habita dentro de nuestro cuerpo. ​

Todo esto se sostiene en una narrativa ascendente, que sube, acelera, teje y desteje. Una prosa que coteja, tuerce, vira y endereza las palabras, para llevarte al ritmo vertiginoso del escritor. En esta obra, como en toda su producción, la sexualidad fluye como un manantial, limpio a veces, y mil veces turbio, en el que te encuentras sin siquiera intentarlo. ​Recomiendo encarecidamente la lectura de sus libros en general, y en especial «La dama negra», con la firme esperanza de que muy pronto se puedan publicar otros de los tantos manuscritos inéditos que nos dejó.