Otra lectura sobre «realismo metafísico» de Armando de Armas
Ego de Kaska / octubre
31, 2026
Por El
Coloso de Rodas
Armando
de Armas terminó de escribir Realismo metafísico. Un texto mistérico
acerca de la creación literaria en medio del auge del coronavirus, en
2020, y escogió para sus últimas páginas una observación de Martí, «el
murciélago, que se come al cocuyo, y no la luz», en la que cifra la
supervivencia del espíritu después de la muerte corporal. El ensayista atribuye
a la frase una certeza que la imagen por sí sola no demuestra, pues el poeta
puede descubrir relaciones inesperadas entre las cosas sin que su intérprete
quede autorizado a encontrar en ellas la confirmación de sus creencias sobre la
inmortalidad.
Marzo
y julio de 2020 delimitan la escritura del ensayo, durante los meses en que la
pandemia había impuesto la vulnerabilidad corporal a las conversaciones
públicas y Armando defendía una existencia superior al organismo, conforme a
convicciones que ya sostenía antes del coronavirus. Su elección de Martí reúne
al poeta, al fundador y al combatiente que acepta el riesgo del sacrificio,
aunque el Diario de campaña también conserva las urgencias de
los heridos, la sed y la fatiga de hombres para quienes la preservación del
cuerpo formaba parte de la empresa que habían decidido acometer.
Martí
contempla plantas, heridas y caminos con una precisión que Armando vincula a la
percepción de un orden espiritual, conforme a una idea de la creación en la que
el escritor descubre, mediante símbolos y experiencias ajenas a los hábitos
cotidianos, una verdad anterior a sus palabras. Durante una presentación
de La tabla llamó realismo metafísico a esta
búsqueda y habló de «la realidad redonda, redonda en tanto completud», cuya
extensión abarca lo sensible y su raíz invisible. «Lo finito como manifestación
de lo infinito» resume la aspiración de conocer, en la experiencia concreta,
las huellas de principios superiores.
Muertos
que conversan, ascensiones y alteraciones del tiempo habitan las narraciones
del realismo mágico sin que su presencia certifique un orden
trascendente, pues la naturalidad del prodigio depende de la voz que lo cuenta
y de las reglas que acepta el lector. Armando exige además que lo
extraordinario comunique una verdad sobre el ser, anterior a la invención del
escritor, exigencia que concierne al conocimiento atribuido a la literatura.
Una novela puede explorar lo imposible sin resolver su existencia fuera de la
ficción, aunque comparta imágenes y procedimientos con otra que aspire a
revelar una realidad superior.
Carpentier
sitúa lo real maravilloso en las creencias y en la historia
americana, e impugna un patrón cultural único para medir toda experiencia,
mientras Armando busca una Tradición anterior a las culturas y a sus
circunstancias particulares. Sus discrepancias reclaman el examen de las obras,
que los calificativos «folclórico» y «culterano», aplicados a García Márquez y
Carpentier, dejan sin hacer. Afirmar la procedencia espiritual de una escritura
explica la elección de un autor, pero su superioridad literaria depende de
cuanto logra expresar y de sus recursos, asuntos que ninguna profesión de fe
resuelve.
René
Guénon sostiene la existencia de una Tradición primordial de
la que las religiones conservarían testimonios, y Armando encuentra en tal
supuesto la unidad que necesita para reunir símbolos y experiencias de culturas
distintas. Karl Kerényi describe la contemplación de lo divino y Manly P. Hall
examina misterios, iniciaciones y cultos antiguos, lecturas con las que el
ensayista restituye al poeta la condición de vidente. Sueños, cavernas y
retiros pertenecen a prácticas en las que conocer comprometía la vida del
iniciado, aunque su proximidad con la creación literaria deba justificarse
mediante algo más que una semejanza de imágenes.
Mnemosine
y Lete presiden la disputa entre memoria y olvido que Armando extiende de los
individuos a los pueblos, bajo la convicción de que la escritura conserva
vestigios de su origen sagrado aun después de perder conciencia de él. Juan
Eduardo Cirlot relaciona boca, fuego y creación, mientras Olavo de Carvalho
busca en tiempo, espacio y cantidad los fundamentos de los géneros literarios.
Tales principios podrían explicar una aspiración de universalidad, pero apenas
dicen cómo nacen el verso y la prosa en lenguas concretas, ni qué parte
corresponde a las sociedades y a las decisiones del escritor en su historia.
Jung
examina en Respuesta a Job la sombra divina y la coexistencia
de los contrarios, mientras Huxley describe en Las puertas de la
percepción las visiones inducidas por la mescalina, experiencias que
Armando aproxima a las iniciaciones antiguas sin establecer un criterio
suficiente para atribuirles una procedencia común. La realidad psíquica de una
imagen difiere de la existencia trascendente que pudiera asignársele, y una
alteración de los sentidos tampoco prueba la verdad religiosa de su
interpretación. Las afinidades reunidas en el ensayo interesan por las
preguntas que suscitan, aunque no basten para demostrar el acceso a un mismo
orden superior.
Homero
admite, según Armando, una pluralidad de dioses y una convivencia de contrarios
favorables a la libertad, frente a la obediencia y la represión que atribuye al
mundo bíblico, pero la dureza del destino en la Ilíada y la
protesta de Job dificultan tal reparto. El hombre que exige razones a Dios se
resiste a quedar sometido a una literatura de la docilidad, del mismo modo que
el héroe homérico padece poderes que apenas puede discutir. Ambas obras
contienen conflictos que exceden la jerarquía religiosa del ensayista, quien
admite su coexistencia en un mismo libro sin revisar del todo la separación
anterior.
Evola
interpreta la conducta heroica bajo una exigencia de superación espiritual que
Armando extiende a la historia, con apoyo en Spengler y su concepción de las
culturas como expresiones de un alma. Cabalgar el tigre guía
su examen del nihilismo y de las rebeldías de Rimbaud, Lautréamont, el dadaísmo
y el surrealismo, a las que reprocha reproducir la descomposición contra
la cual surgieron. Su juicio sobre el vacío interior merece discusión, aunque
los propósitos y hallazgos de cada obra reclamen un examen propio, pues
rechazar la Tradición no demuestra el fracaso de una aventura artística ni
agota las razones de su existencia.
Darwin,
Marx y Freud comparecen bajo una condena del materialismo que reúne métodos y
preguntas demasiado distintos para admitir una refutación conjunta, del mismo
modo que retirar libros y añadirles notas históricas exigen juicios separados
sobre sus efectos en la circulación de las obras. El prólogo de Gonzalo
Rodríguez García declara la rebelión contra el mundo moderno y recurre a
Giménez Caballero y José Antonio Primo de Rivera para defender la autoridad
espiritual del poeta. Esa filiación política pertenece a su exposición, pero no
demuestra la validez de los argumentos literarios ni resuelve el lugar que tal
autoridad reserva a la discrepancia.
Homero,
Dante, Cervantes, Nietzsche, Kafka y Lezama difícilmente compartirían una idea
de lo sagrado, y la incorporación de Pound, Yeats, Jünger, Hölderlin, Donoso
Cortés y Miguel Serrano amplía una reunión de afinidades que tampoco constituye
una escuela. Mircea Eliade estudia las religiones sin que describirlas obligue
a aceptar sus creencias, mientras Borges imagina explicaciones admirables y
falsas del universo sin conceder a ninguna la última palabra. Su presencia
plantea a Armando una dificultad que la enumeración de antecedentes deja
intacta, pues la imaginación metafísica también puede nutrirse de la duda que
el ensayo aspira a cancelar.
Martí
busca agua, reclama al practicante y atiende a los heridos en las mismas
páginas donde los combates, los fusilamientos y las marchas nocturnas sugieren
a Armando una percepción iniciática nacida de la guerra. La interpretación
heroica de Evola orienta su lectura, pero la solicitud del enfermero hacia los
cuerpos dañados impide reducir la campaña a una victoria del espíritu sobre la
carne. El Diario conserva necesidades que ninguna promesa de
inmortalidad satisface, y el escritor que anota los sufrimientos de sus
compañeros participa de una obligación terrenal que también debe figurar en el
juicio sobre su grandeza.
El
caballo y el jinete del cuadro de Carlos Enríquez sostienen la imagen del
«Valhalla cubano» con que Armando interpreta Dos Ríos, bajo una luz de
ascensión cuya belleza no demuestra las intenciones de Martí antes de morir. La
apoteosis pertenece a la libertad del intérprete y alcanza una fuerza poética
que exige distinguirla de la prueba histórica. Realismo metafísico reclama
una dignidad del oficio ajena a su reducción a mercancía o consigna, aunque las
obras citadas conserven preguntas que su doctrina deja sin resolver, igual que
la luz del cocuyo persiste más allá del sentido que se intenta fijarle.
Artículo originalmente publicado en Ego de Kaska
