jueves, 12 de septiembre de 2019

Desde una ventana el 11 de septiembre del 2001





El pasado 11 de septiembre recordamos que hace dieciocho años este país fue víctima del ataque más sanguinario que sufriera en su propio suelo por obra y gracia de un fundamentalismo que no se reduce a una confrontación de religiones, en un mundo que, por su apego hipócrita a lo supuestamente correcto, se abre de piernas y permite lo sigan golpeando en sus zonas más vulnerables. Ayer se evocó un hecho perpetrado con sobrada crueldad, cobardía, una barbarie que no puede olvidarse y no solo por dignidad, por memorabilia, sino por el sentido más elemental de nuestra permanencia como civilización occidental. 

Ayer intenté escribir esta crónica que sigue. Pretendía comentar de un momento que, si bien no sucedió en New York durante ese aciago día, está ligado a ese infausto acto que cambió definitivamente la historia de este país, o como aseguran algunos, Estados Unidos perdió de manera trágica su inocencia. Sin embargo, ayer no era el día para escribir y terminé por dejar el texto guardado en una carpeta para otra ocasión. Hoy, luego de ver algunas noticias, lo retomo.

La gente caminaba la mañana de aquel martes 11 de septiembre del 2001 como es habitual, sin apuro. Imagino que iban a sus lugares convencidos que la rutina de la ciudad se mantendría así de terca, de cara al mar y sin casualidades, seguros que ningún hecho interesante sucedería, al menos no tan temprano. Y es que la vida en provincia por las mañanas repudia las sorpresas. 

Las casas, como es frecuente en Cienfuegos, y en particular alrededor del Parque Martí, en su mayoría tienen unos enormes ventanales, casi siempre abiertos a la espera del aire fresco que  por lo general no llega suficiente, el trópico cienfueguero es obstinado en cuanto a mantenerse caliente; igual están abiertas buscando esa claridad amable y necesaria que tanto favorece al interior de una casa enorme, con puntal sumamente alto. Y ya que menciono el interior de las casas, los televisores, si no es que falta la corriente, siempre se mantienen encendidos y muchos de ellos ubicados de manera que puedan verse desde afuera, a través de la ventana que sirve como frontera entre la sala y la calle. Ni sé las veces que me tropecé en la noche a un grupo numeroso de personas detenidos en las aceras para disfrutar a través de una de esas ventanas que menciono la telenovela de turno en su horario estelar, ventanas en su mayoría majestuosas, con hermosas rejas, siempre abiertas de par en par hasta que tocara cerrarlas para dormir, ya fuese en San Fernando, en San Carlos, en Arguelles, o en cualquier otra calle o barriada.

Ahora bien, este martes, si mal no recuerdo, serian las once de la mañana, o tal vez rallaba el mediodía, cuando a través de una de esas ventanas de casualidad descubrí la terrible noticia. Pero no se trataba de una casa afable, donde sus habitantes se corren su poquito para que los del otro lado consigan ver sin obstáculo alguno. El ventanal enorme, y el televisor que trasmitía la tragedia americana estaba en el "lobby" de la majestuosa casona que se conoce como “Juventud Provincial”. Por supuesto, con tales imágenes, muchos de los que pasábamos por allí nos quedamos clavados literalmente frente a las rejas, enterándonos de lo terrible que acontecía, asustados unos más que otros, incluso especulando que se avecinaba el tan sonado Apocalipsis. El mundo en pleno se mantenía al tanto de la desdicha; el mundo entero lamentaba la caída de Las Torres Gemelas, los miles de muertos, los heridos; el mundo, al menos el mundo decente, lamentaba el saldo horrible que figuraba el ataque y no sólo en Manhattan, sino a otros espacios importantes de la geografía de Estados Unidos; el mundo, en su mayoríaa, sea dicho con propiedad, estaba cagándose del susto y de igual forma mostraba respaldo a las víctimas. Bueno, todo el mundo menos un grupo de jóvenes militantes comunistas que celebraban el ataque, aseverando para justificar su desafuero, que los "yanquis" hicieron mucho daño en Vietnam, en Afganistán, en Corea, y en Playa Girón; que los americanos eran unos hijos de putas, unos imperialistas desalmados y por tales acciones les estaban pasando la cuenta.

Al escuchar tantas sandeces tuve ganas de defecarme en la totalidad de las madres que trajeron al mundo a este piquete de imberbes tarados, pero reconozco que no solo el sentido común me aguijoneó el cerebro, igual me faltó el valor para gritarle a esos invertebrados, cucarachas rojas, lo que se merecían . Sin embargo, lo peor no era lo dicho por aquella sarta de estúpidos insensibles que simbolizaban en ese minuto “al hombre nuevo” que tanto deseara el argentino resentido y sádico de Guevara, se trataba de eso, de la doctrina, del daño antropológico perpetrado en la mente de miles de jóvenes que cayeron en el estado mas deprimente que pueda padecer un joven, el de sapingo comunista. Ver su alegría ante el sufrimiento de miles de seres humanos me provocó una enorme repulsión por todos ellos, por esa Isla y lo que representa, y seguí mi camino hastiado de tanto odio y manipulación, convencido que Cuba no tiene remedio, deseando como nunca antes que mi salida llegase de una buena vez y dejar atrás toda aquella mierda de país y, mejor aún, huir de "esa absurda ideología", al decir de Willy Chirino.. 

Hoy, después de casi dos décadas, muchas de mis dudas con este mundo persisten, unas más que otras, y también las hay que por suerte desaparecen, así es la vida y su agitado curso. Pero sí hay algo que no ha cambiado en mí, es mi desprecio por los comunistas, los hipócritas sobre todo, que hoy día te los tropiezas acá, en Miami, aparentando su conversión, que nunca podrás dar por cierta, auténtica. Siempre serán eso, oportunistas mezquinos que en su fuero interno odian a este país...