lunes, 14 de agosto de 2017

Cueros contemporáneos (fragmento)






¡Ah! Vivo con Aliusha, “Mi qué linda Aliusha”. Chica de estos tiempos que no se publicitan, por diferentes. Mi Ali, la de cabellos rubios, largos, suaves, mujer inconveniente en ocasiones,  sencilla lo mismo, amorosa y con la que me conecto sin importarme las distancias porque es vital para mi espíritu, porque me hace un personaje terreno.  Aliusha, que vino a cauterizar tu nombre, desaparecerlo de mi pellejo al menos eso pensaba hasta hoy; que verte de nuevo me provoca cierto “desangramiento emocional”, puta, que me instiga asimismo a detenerme en lo hermoso de lo abstracto, de lo etéreo, y compartir con ella el goce de escucharla cuando habla horas y horas desde sus proposiciones sociológicas e intelectuales más complicadas, y a veces tengo la impresión que vuela, y me lleva a  amarla de una manera pura, como adulto, para recrearme desde mi perspectiva de suelo, saborearla como la hembra “multiorgásmica” que disfruto ya sea en la tierra como en el éter, tanto en la guerra como en la paz, y que el sólo hecho de besarla me hace le vea la ropa interior a Cristo, y me perdone el Señor por tal imagen.

Mi bella Ali, la que me invita a redescubrirme, siendo además  la mujer que me confirma, que me avisa y provoca la certeza de otra necesidad que se resume en crear con la palabra. Un estado que para nada me pasaba contigo; lo nuestro, Mi Marinita, fue un “amor” entrecomillado que siempre será palmario por la carne, aun cuando me propuse refugiarlo en la poesía que te escribía por imaginar un ideal del amor; lo que esto último no te lo digo para no contrariarte.

Ali, mi chica aun traumatizada en su adultez, porque de niña juró no cumplir más de siete años y decidió además no crecer, lo mismo que Oscar, con la diferencia que no tenía un tambor de hojalata, no escudriñaba al mundo, y menos contaba con la falda de una abuela donde esconderse. La suya sólo usaba pantalones de milicianos y es hoy día una obsesionada anciana que sufre por un sueño recurrente y terrible: un día su nieta, todavía pequeña, va a ponerle una pañoleta a su adorado numen de la montaña y en el momento en que le amarra el trapito rojo al pescuezo de “nuestro invencible líder”, esa muchachita impertinente y problemática que es su nieta se cuelga de las barbas de su jefe supremo por el morboso placer de estirarlas hasta que termina por arrancárselas dolorosamente. La pobre vieja revo, despierta agitada, casi llorando, y Ali las veces que coincide no puede menos que reírse y darle un beso.

Mi Ali, que no se vio en medio de una guerra global y declarada lo mismo que Oscar, sino fría, silenciosa, más sucia a pesar de ser aquella tan sangrienta, y se obsesionó con no crecer, llegando hasta jorobarse cuando veía que su esquelética osamenta no cesaba de aumentar y ya tenía más de los años permitidos para tomar leche. Un esfuerzo irracional con tal de que no le quitaran ese derecho de su libreta. Y empezó a caminar por el barrio pidiendo que le dijesen cómo podía quedarse chiquitica; cómo podía detener el tiempo; haciendo preguntas que a muchos les daba miedo escucharla y a muchos más responderlas al considerar su actitud un tanto subversiva —me asegura Aliusha, este fue su primer trabajo como socióloga, buscando refutaciones en la colectividad. Y se inventó su propio instrumento para llamar la atención, y en vez de un tambor de hojalata se hizo de un silbato y una banderita blanca con el rótulo en rojo de “NO”, y cada vez que pitaba agitaba la susodicha banderita; silbato que también usaba como alarma cuando alguien trataba con insistencia de averiguar los años que tenía o simplemente la regañaban por el escándalo que provocaba “el pito”. Acompañándose, por si fuera poco, de un perro amarillo, en extremo flaco, que siempre que oía la pregunta sobre la verdadera edad de su dueña, como si entendiese el idioma, intentaba morder al curioso que se atrevía a cuestionarla, y que aún hoy nadie sabe de dónde y ella obstinada guarda el secreto con el pretexto de no acordarse sacó perro y nombre: Raskolnikov áureo. Aventura que acabó un día, al padre botarle el raro pito con la banderita, matar al perro amarillo muerto el perro, se acaba la rabia amarilla y se tranquiliza a la roja, y prohibirle que se quedara chiquita porque en el Núcleo del Partido le habían hecho una crítica debido al comportamiento de su hija. Si no crecía normalmente la muchachita dentro de los rangos de la mujer cubana revolucionaria, lo mismo de alto que de ancho, incluyendo las caderas, los senos y las nalgas, podría tomarse tal acto como un franco ataque al proceso.

Por supuesto, había que vigilarla entonces, la familia en pleno, el barrio en pleno, la circunscripción en la plenitud total a la que se deben los “revos…”. Todos bien cerquita porque se puede mucho juntos. Vigilancia envuelta en solapados consejos, para nada dignos de publicitarse y marcados por la dualidad de la supervivencia porque está bueno de tanta jodedera por nada, y que se resumían en: Ay mijita, trata de crecer y estate tranquilita pa’que no te busques problemas y menos se los busques a tus revolucionarios padres ¡No seas boba! ¿Tú crees que la única que se quiere quedar chiquita eres tú? Lo que pasa, es que muchos se deciden a no quedarse pequeños para que los dejen tranquilo y finalmente irse cuando sean grandes. A lo mejor en lo que estás creciendo cambian las cosas y un día vamos a tomar leche sin miedo a cumplir los siete años.  

De ahí, imagino hoy, Aliusha sea tan alta, flaca, y concluyó desarrollando más de lo que le pedían sus padres y los compañeros del Partido, por burlarse de ellos. Fue a tal punto, que igualmente no dejó de resultar sospechoso su “estiramiento”, y hubo un momento en que su abuela se le paró delante y le prohibió que continuara creciendo, que lo mismo podía buscarle un problema. Si ellos pretendían que se abriese como flor, no era para tanto tampoco

Cueros Comtemporáneos
Denis Fortun

lunes, 17 de julio de 2017

Retrato desde una cuerda floja. Aproximación a un viaje



 Joaquín Galvéz y yo en VISTA

Presentación  del cuaderno “Retrato desde la cuerda floja”, de Joaquín Gálvez, en la sexta edición del Festival de Arte y Literatura Independiente VISTA
Miami, Julio 16, 2017

por Denis Fortun

Cualquiera puede pensar que esta presentación me ha resultado fácil concebirla. Alguien que nos conozca a mí y a Joaquín podría asegurar que la amistad que nos une hace ya más de una década, es la herramienta idónea a usar, lo que me facilitaría el trance; además que se impone la certeza de que conozco su obra y en ocasiones la he reseñado. Pero hay un detalle, importante sin dudas; cada vez que leo un poema de Gálvez, sus versos me absorben como si fuese la primera vez, me sorprenden, y lo mismo pesa la perspectiva que ahora todo se sustenta en una especie de descubrimiento novedoso al tratarse de un conjunto.

Cuatro son los cuadernos de los que se sirve Joaquín para agrupar en esta selección personal a una buena parte de lo que ha publicado hasta la fecha; libros reseñados en su mayoría por importantes escritores de la diáspora, lo que convierte a esta presentación en un reto, pues debo evitar repetir a otros y repetirme, aunque hable de la hechura invariable y el mismo poeta; y son: Alguien canta en la resaca; El viaje de los elegidos; Trilogía del paria, y Hábitat. Bueno es saber igualmente que trece años es el tiempo recorrido; veintisiete desde la creación de los primeros textos que distingue Gálvez en esta compilación, conformándose finalmente como lo que es: runa desde la altura, la que no inquieta cuan elevada sea, encima de una cuerda donde el poeta oscila, pero siempre prestando atención. Por supuesto, todo este ejercicio redunda en el despliegue que ostenta la letra impresa a través de su marcha por un universo próximo, como andarín experimentado que es; y por qué no, el universo lejano, este último atrapado en el recuerdo por vivencias que nos marcan (la memoria como hierro vivo quemando), que concluyen tatuando la piel del poeta, ese lienzo perpetuo que carga el cifrado de la subsistencia; otras en la aspiración y los sueños, que van de la mano del equilibrio que precisa al subirse a esa cuerda, en algunos casos un evento que puede resultar inestable, quebradizo, pero siempre intenso, por lo que vale la pena el riesgo y mucho más compartirlo con sus lectores. En fin, “Retrato desde la cuerda floja” (editorial Verbum 2016), es también “almacén” de poemas que refrendan primero que todo la libertad del autor al instante de ejercer su voluntad creativa, constante en la obra de Gálvez, y sirve de consulta, de abrevadero para versos donde el sediento de la buena poesía calmará su sed. Sí, versos que fueron cifrados en su mayoría fuera de esa Isla que absorbe a las estaciones y teme a la diversidad de voces.

De las voces y su multiplicidad alguien me habló hace mucho; sobre todo lo hizo subrayando la importancia de “la voz interior”, la originalidad, cómo reconocerla y “acentuar” con energía su “resonancia”, la irreverencia que incluso precisa, para que se establezca después en medio de tantas “voces” y asimismo sea registrada por otros. Reconozco que no tuve una idea lo bastante límpida de cuál era la intención de quien me aconsejaba sobre este argumento. Hoy, agradezco a esa buena amiga el tiempo que me obligó a cavilar en mis inicios de estas lides ingratas de la literatura, para comprender su consejo; y más que todo, porque a través de ese tiempo y el “machacar” de un “oficio”, definitivamente desnaturalizado por algunos que lo pisotean con representaciones amarteladas y cursis, lo que en vez de voces el signo que los identifica es un graznido horrible y repetitivo, supe finalmente explorar las voces de otros poetas de sobrada valía, por cuanto me dio la oportunidad de intuir cuando estoy frente a un poema hecho con esa continuidad propia del estilo y el talento, que después se rastrea, no importa dónde se ubique, y que identifica al “sonido” de un plectro genuino y experimentado, de referencia, mucho más por el disfrute que genera; dicho sea de paso, algo que ya he mencionado antes en referencia a “la voz” de Joaquín, que sin pudor insisto.

Al decir de Lourdes Tomás Fernández de Castro, Joaquín “unas veces es un personaje genérico o conceptual, y otras también el hombre Joaquín Gálvez”; y agrego yo, ese hombre fundamentalmente es poeta, (lo ha sido, lo será siempre); y la ambivalencia en este caso para nada es antípoda, sino dos escenarios a complementarse. Ya lo dice en Premonición del iniciado, una suerte de declaración y repaso, donde jura con solemnidad su credo y no los hace saber sin remordimiento: he renunciado a todos los dioses, y sin un ápice de teogonía y cosmogonía, me entrego en cuerpo y alma al culto, la adoración de la escritura, que en su caso se muestra con mas fuerza en el verso aguzado que explora los mas increíbles estratos que componen la vida, esa que en su cualidad de distinguir, se le antoja un rompecabezas que sólo se consigue armar apelando a la ficha de la soledad; escudriñando lo que transcurre a su alrededor desde un aislamiento voluntario; aquello con lo que jamás podrá ser indiferente, y que finiquita en el canto de probada sensibilidad y, por qué no, aflorando lo inconforme que le punza como daga. Su naturaleza, la de poeta y de hombre, no permite que nada quede inadvertido a sus ojos, esos que miran desde el pecho y se inquietan con lo que acontece, manifestando honestidad en su desdoblamiento a modo de contemplación para redescubrir todas las aristas posibles; siempre con la santidad con que se asoma a la desnudez ajena, sin embargo, como lo mencionara en otra ocasión, allá por el 2007, en una reseña que escribiera sobre “Trilogía del Paria, sin caer en pudores mojigatos y comportamientos cándidos.

Ahora bien, me detengo en su título, y es aquí donde reflexiono en la imagen de lo que presupone andar sobre una cuerda floja, verse encima de ella, y que el resto del mundo te observe. Y es que, indiscutiblemente, esa sirga por la que camina Joaquín puede interpretarse como su sendero diario a pesar de épocas distantes, hasta latitudes, y que estampa a su creación, la que comparte. Y ese hilo, ya dije, a veces más alto que otras, refrenda un contexto de perenne conflicto porque invariablemente estará al acecho la contingencia que encarna un paso en falso, que Joaquín Gálvez, individuo y bardo, genérico o conceptual, no teme; resumen de su andar, ofreciéndose complicado y vivo, que es lo que importa al final del acto; que hay un punto inicial y otro que concluye a ambos lados de la cuerda, y entre uno y otro la existencia. Y lo infiero además de esta manera, porque Joaquín es de los que pertenecen a ese gremio donde "pertenecen los que sufren la enfermedad" de este quehacer, y se lo toman muy en serio, sin poses e impostaciones muy de moda en ciertas “guerrillas de juglares” que se reproducen hoy día como larvas, y se interesan únicamente por la trascendencia, primero del ego y por aparente consecuencia la obra, en sobrados ejemplos desvalorizada desde su primitivo crecimiento, lo que no justifica esa vanidad que ensombrece a la poesía.

No, Joaquín es de esa gente que luego de saber "su enfermedad y padecerla", lo primero que pretende es no encontrar la supuesta cura, que dicho sea de paso no la hay, y resistirla con dignidad y placer, lo que nos transfiere. Es por eso, que con impudicia sana, el poeta nos da el verso que regocija a todos los que comulgan con la forma más elevada del lenguaje, lo agradecemos. El desplazamiento para Joaquín encima de la cuerda es imperecedero y no se somete a la presencia física, la oportunidad del testigo, y no se amilana en su caminata y menos se cansa. Por el contrario, su exploración es constante, y ya lo he dicho también, sin restringirse a coordenadas. Su derrotero anuncia lo que no hacen otros, y sabe que en la otra orilla de una voz el barro vuelve a ser esplendor, y va por él en su propia voz, por la riqueza que ratifica hacerlo, que le pertenece. Y eso es este cuaderno que presentamos: riqueza de una labor practicada por alguien que calza unos zapatos que no temen a la altura y al vértigo, y que en vez de preocuparse, porque irá en algún segundo a sufrir el vahído, se estimula a sí mismo y transita ese espacio con regocijo: el mundo de lo onírico, de la percepción que muda en cada cosmos, y que él está dispuesto, consiente en traducir desde lo hermético que transcurre, hasta lo axiomático, telones que no todos conseguimos descorrer, y que gracias a su frecuencia interior, reitero, con el júbilo y la pasión que sólo manejan los que crean con autenticidad, los abre en su obra; y esta vez en particular en un compendio que también narra. Sí, porque Joaquín, similar a un narrador, nos cuenta lo que vive un ser tocado con el don de cantar en la resaca; viajar con los elegidos al amparo de una trilogía de parias, y conquista ese trayecto, convirtiéndolo en su hábitat. Mi recomendación entonces, tengan todos para si este cuaderno. Serán desde el momento que lean el primer verso, cómplices de una senda que, no por impresa deja de convencer, y menos se acaba al final porque es, además, la invitación al próximo viaje que nos tiene reservado al abrigo de su tintero y su enorme caudal poético.


 Durante la presentación, en "La Casona"
Miami Hispanic Cultural Art Center
Fotos Armando Añel

viernes, 5 de mayo de 2017

"Una parte de mí no comulga totalmente con la prosa..."



Entrevista que me hiciera Armando Añel para la revista Puente a la Vista


Denis Fortún, autor de Serio divertimento (clic sobre la portada del libro para adquirirlo en Amazon) responde las cuatro preguntas esenciales de nuestra página, una manera práctica de profundizar, con el autor, en su obra y sus experiencias:

Puente a la Vista (PV): Cuéntenos sobre sus inicios en la literatura. ¿Qué le impulsó a escribir y cuáles fueron sus primeros textos?

Denis Fortún (DF): Siendo un muchacho, en sexto grado, gracias a mi madre, me leí  Los conquistadores del fuego, o La conquista del fuego, como igual se presenta la novela de Joseph Henry Honoré Boex, más conocido por el seudónimo de J. H. Rosny. Sin embargo, si bien en ese instante no padecí “la conciencia premonitoria” de que en mi adultez iba a escribir, sí resultó una suerte de convicción que fue creciendo con el tiempo. Hoy, no me cabe duda, gracias a ese libro terminé por hacerlo. De hecho, tengo un relato cargado de una fuerte ironía, denuncia más bien, por el modo de sobrevivir que nos tocó en La Habana de los noventa (‘Deseos’), publicado en El libro de los Cocozapatos (Editorial Silueta), que lo dedico a sus personajes: Naoh, Nam, Gau, y a la hermosa Gamla. Ese, además, es uno de mis primeros textos, escrito a los treinta y seis años. Después vino la poesía. Una parte de mí no comulga totalmente con la prosa, esa que, al decir de Apollinaire, es buena para los periódicos.

PV: Defina o mencione brevemente, por favor, aquello que los lectores descubrirán, o conocerán, a través de sus libros.

DF: Un poco de mí. Y de ellos, mucho más…

PV: Mencione tres autores o libros que considere fundamentales o que lo hayan inspirado o influido durante su trayectoria creativa.

DF: Comienzo al revés, por el número dos, un viejo amigo que ya era escritor cuando yo me dedicaba únicamente a poner luces en un cabaret, por esa faena de luminotécnico que tantas satisfacciones y placer me dio en su momento. Quiero ser honesto, reconocer que le debo mucho en este “oficio” (que no recomiendo a nadie, y apenas si lo conozco bien) a Armando de Armas. Por él, cuando éramos “más jóvenes”, allá por la segunda mitad de la década de los ochenta, y corríamos Cienfuegos arriba y abajo, siendo testigo del mismo modo de cómo escribía su novela La Tabla, de su pasión y disciplina para con la literatura, no tuve dudas que era un buen momento para que yo reafirmara lo que había intuido en mi adolescencia. Sin embargo, no fue hasta el año dos mil que decidí escribir con regularidad. Después, vinieron un par de amigos que influyeron sobre todo en la poesía. Y por último, la que fue mi mujer en Cuba, quien siempre confió en mí, me impulsó muchísimo a que no dejara de borronear cuartillas, época en que escribía a mano, sobre papel (cualquiera que fuera) y con bolígrafos. El cuanto al primer autor, ya te lo mencioné en la pregunta que abre este cuestionario: J. H. Rosny. El resto de los escritores a que debo aludir no consigo reducirlo al único que me queda, según tu lista de tres. Podría, por ejemplo, señalar a Vallejo y Borges, ya más crecidito yo, con una disposición para la literatura más comprometida. En mi adolescencia, a Julio Verne, Emilio Salgari. Hablo de un momento en mi vida en que la lectura me lleva a soñar que un día la crearás tú mismo, y fantaseas con eso de escribir alguna vez. En fin, demasiados marcaron mi “existencia literaria” de algún modo. Voy entonces, para resumir, por varios los libros importantes, con sus autores, que desde esa edad de la que te hablo (doce, trece, catorce años), hasta la fecha, me susurraban que fuera cómplice de sus andanzas. Desde luego, lista incompleta, supondrás que son demasiados: El maestro y Margarita, Corazón de perros, ambos de Bulgakov; Juego de abalorios, de Hermann Hesse; La montaña mágica, de Thomas Mann; Los quinientos millones de la Begún, de Verne; Fouché y Magallanes, los dos de Zweig; La guerra del fin del mundo, de Vargas Llosa; Corazón, de Edmundo de Amicis; El Principito, de Saint-Exupéry (aunque suene manido, trillado); La piel de Onagro, de Balzac; Mala jugada, de Armando de Armas; Los anormales son invisibles, de Jesús Candelario; El espíritu de las leyes, del Barón de Montesquieu; uno de matemáticas, que me obligaban a estudiarlo, y que odiaba tanto, al punto que cuando fui a devolverlo me robé otro de literatura en la biblioteca de mi escuela. Qué sé yo, la lista es inmensa…

PV: ¿A partir de las nuevas teorías cuánticas según las cuales la esencia del universo no es la materia ni la energía, sino la información, estamos a punto de descubrir que la vida es literatura?

DF: Amén de que resulta una suerte de ecuación que vincula a la absorción (vivencias), lo que presupone luego emisión (escritura), ya sea parcial o total, lo que es básicamente un concepto físico-cuántico, por supuesto que la vida es literatura. Si alguien lo duda, tome cualquier libro, sin importar género, incluso de poesía, y léalo. Verá que no miento.


Denis Fortún (La Habana, 1963). Poeta y narrador. Artículos y crónicas de su autoría, con un toque humorístico sobre la cotidianeidad en Cuba y su exilio, aparecen con regularidad en bitácoras de otros autores, y en diversos ciberportales y revistas. Textos suyos han sido incluidos en antologías de narrativa y poesía en Cuba, México y Estados Unidos. En Miami, donde reside actualmente, edita el blog Fernandina de Jagua. Ha publicado los poemarios ‘Zona desconocida’ y ‘Serio divertimento’, ‘El libro de los Cocozapatos’ (narrativa) y ‘Diles que no me devuelvan’(crónicas). Tiene inéditas dos novelas: 'Cueros contemporáneos' y '324 Mendoza'


Texto íntegro que tomo de Puente a la Vista
Armando Añel
Miami