lunes, 2 de mayo de 2016

Serio divertimento, este verano...




Según su editor, mi viejo amigo Armando Añel, saldrá este próximo verano del 2016 bajo el sello de Neo Club Ediciones. “Serio divertimento” es un cuaderno que recoge una selección de poemas que escribiese en Cienfuegos, Sao Paulo y Miami. Básicamente son dos en uno, dividido por un intermezzo que podría resumirse como derivaciones razonables, siete en el libro de doce escritas, todas en Cienfuegos el año tres de la presente centuria.
Las promociones de rigor y la invitación a los amigos para la presentación, luego de que el libro esté listo. Sin embargo, es bueno ir publicitando desde ya el evento…

viernes, 12 de febrero de 2016

Vale





Vale censurar la hijuela del tiempo picado en ocasiones por cierto vaho indolente
Vale un lapso de teatro y un par de lunetas
para vernos
Valen versos de cualquier poeta americano
Whitman por ejemplo
Y en lo que leo
Encima tu desfachatez que empapa
Blande y se revuelve
Justo minuto para adorar tus nalgas que gracias a un espejo de motel cuelgan del techo

Incluso
Vale amarte con sistémica mudez
Sin sobrado ademán
Sin inventarse un cuento
Lo que no sirve
Es el estuario amontonando dudas
Desgloses esa parte
La que somos una seductora farsa

lunes, 8 de febrero de 2016

Mendoza 324 (XI)





Aquí tienesme dice Ela con picardía y pone encima de la mesa del centro una breva de proporciones considerables. En sus ojos se manifiesta una vileza que saboreo. Un gesto en la mirada que me recuerda a Frida Kahlo.
Lo traje para nosotras y agrega Tú serás en todo caso un testigo impasible.
Sonrío. No voy a quedarme fuera del banquete que endosa el terreno para uno mejor; menos aún, a lo que a una buena hierba se trata ¿Y en mi espacio, con dos chicas dispuestas al retoce, a la transferencia? Además, concurre el acto de que ellas no me quieren apartado, sino bienquisto, paciente…
Pienso en no establecer preferencias, si bien las hay. Cada una, a pesar de la comunión de piernas flacas y caderas huesudas, marcan un contraste que gusto de restregarles: la antípoda al socorro del intercambio; la gestión personal en la que un competidor se muestra como un supuesto aliado, y que estampa la delantera en la primera oportunidad, donde queda claro que no milita en tal cofradía, ni siquiera por la complicidad que presupone el goce colaborado, pero que disfrutan llegado el momento y se confabulan.
Sin embargo, esa falta de ilación representa el equilibrio: las dos concretan para mí una suerte de dispar armonía que pretendo me complazca hasta el cansancio. Procuro en todo caso darle a cada una lo más tierno de mi esencia que Karla asegura es peligrosa, arrebatada, violenta  en medio de un juego que trasciende.
Conversamos de cosas fútiles: del calor, de lo sensual que Ela vino vestida; lo sorprendente que resulta el acto de que ellas no se conociesen desde antes con tantas amistades en común; de lo ansioso que estoy aun cuando hago un esfuerzo enorme por disimularlo; de lo bien que me ha venido mudarme a Mendoza, una suerte de retiro para relajación, el entendimiento y la literatura, a pesar de que aún no he logrado escribir un cabrón cuento. Y lo mismo, me imagino un Navakov  tropical; que mis muchachas se me antojan dos “Lolitas”. Ela y Carmen, que se han transformado en dos palomas. Karla no aparece aún, si no fueran tres. Y si lo hubiese hecho, ¿igual estaría aquí…?
Descorcho un tempranillo barato comprado en el Navarro. De Ponce de León y la calle Ocho. Anuncio con sobrada ceremonia, se trata de un tinto de muy buena cosecha. Hago un chiste y les explico que, lo que en realidad está rotulado en la etiqueta es el nombre de un poeta local. Carcajadas…
Pero el “contexto” todavía se muestra tenso. Es la primera vez que comparten. Le sirvo a cada una, yo bebo en un vaso enorme muy parecido a esas copas que sostienen “mis hipadas nínfulas”, en lo que esperan el ceremonioso brindis para una vida mejor. La única diferencia que carga mi cáliz es la peculiar base, el palito de apoyo. El soporte que lo distingue de una copa, no lo trae. Sugiero por fin el dichoso ofrecimiento a la suerte. Ela y Carmen me acompañan entusiasmadas. Chocan sus vidrios contra mi vaso. Yo, por darle credibilidad a un gesto gastado, desbordo una aparente apoteosis.
 Lo sé bien. Han sido incontables las veces que he colisionado cristales, latas, barros y hasta feas vasijas de cartón, con la esperanza de una vida mejor. Y ahí sigo, en una suerte de limbo, en medio de una frontera infranqueable para la felicidad plena. Una felicidad que tuve con Amalia, que trasegué a Karla sin conseguir se prendiera. Lo único que queda es lo bebido y la terrible resaca si nos excedemos. Saldado el rito beso a cada una en su boca y en lo que revuelvo mi lengua doy por hecho que a continuación les corresponde a ellas. Y no pasa infelizmente. Miro al cigarro sin encender. Sin dudas precisan de una “herramienta” que las desinhiba.
A ti másle reprocho a Ela dulcemente, que te noto retraída.
Pero mi arbitrariedad persiste a pesar de la concebida sutileza, y me domina como no debe, y me acelera. Presumo de practicar la tolerancia, de ser democrático, y establezco una dictadura por la que han de regirse. A mi favor, para justificar el desenfreno, concurrieron las veces que por separado le hablaba a una de la otra cuando hacíamos el amor: las “delicias” de la pospuesta. Y ahora, los tres juntos, es la consagración de la quimera y mi sentido común se desvirtúa un tanto a pesar de la experiencia que cargo en esta lides de carne compartida, porque mi erección lo determina así.
De nuevo otro brindis, otro beso, esperando el de ellas. Y no sucede, y no aguanto, y casi lo exijo. Ela me mira con cierto reproche pero remata complaciéndome; besa a Carmen. Lo que un principio constituye un ejercicio de puro trámite, al parecer le satisface y le muerde los labios. Carmen le acaricia el pelo a Ela con sobrada ternura, luego los senos. Ela responde gustosa a su determinación. El beso se extiende, se troca en un deseo auténtico. Las observo casi con recogimiento, es un hermoso instante y no quiero se rompa el encanto. Pero Ela se ruboriza finalmente y aparta a Carmen con delicadeza, en lo que me ofrece su sonrisa de chica traviesa, sus ojos chinos.
Quedamos los tres muy callados. Pasa un ángel, sin embargo, libídine lo mismo. No es este un espacio para nadie que no se conecte con la concupiscencia. Se me ocurre entonces que ese segundo es el relámpago idóneo para prender el bendito cigarro. Los tres reímos concluyendo por unanimidad sobre la bondad que carga consigo un torpedo de cannabis. Ela me aconseja que no sea glotón. Lo que he traído es fuerte, señala con marcado drama. Cuenta que le dicen la “patada de King Kong”. Me figuro al inmenso primate dándome en el rostro con una de sus patas o pies manos; la imagen me rememora a una hierba que, hace ya ni me acuerdo, en La Habana, en La Timba precisamente, la nombraban “la galleta de Bruce Lee”.
Continúo tragando humo y vino. Los límites se me configuran pautas a posponer con redomado gusto.  Paso el cigarro, no sin trabajo, y finalmente ellas se deleitan. Mis chicas practican el suceso de la fuma con elegancia. Recula el malévolo torcido a mis labios.
Aún no me arrebata reclamo preso de un jolgorio explosivo, en lo que voto el humo con ese gesto aparatoso, tan habitual en mí, pero sin el drama que cargaba luego de la separación con Amalia. Es precisamente la duda, la apoteosis, el primer síntoma de que empieza a domarme. Por supuesto, repito la bocanada y trago el humo; mi fuma es ahora a la usanza criolla. Al poner mi vaso en la mesa grito:
¡Cuidado! No se muevan. Se ha roto mi copa. He perdido su base, la única pata. Risas frescas. Me siento como un imbécil. Lo dije, nunca fue copa. 
Pido disculpas, doy otro chupón desmedido. Vuelvo a reprender a Ela con sobrada simpatía de que no es lo suficiente bueno el bendito cigarro. Ellas de nuevo con sus lindas risotadas. Se divierten, ironizan. Lo disfrutan.
El ángel se presenta. Cada uno ocupa la vista en algo que no definimos realmente. Evitamos toparnos con los ojos. Por fin Ela posa la negritud de su pupila en mí. Hace una mueca que termina con esa expresión de retozo tan suya, que adoro. En lo que Ela le echa un vistazo, sonriendo con esa malicia que la reafirma hermosa, le abro las piernas a Carmen y comienzo a masturbarla.
Carmen se deleita, se ciñe a mi dedo, sabe que está ahí para eso. Ela, por segunda vez, intenta marcar distancia aunque en sus ojos lagrimea la certeza de que le complace el trance de mi ejercicio con Carmen, “el juego de los bordes”, que tanto ella disfruta. Le hablo a Carmen cual abejorro, soy un abejorro perdurable en momentos como ese, susurrándole en el oído que la fantasía de Ela es verme con una mujer en lo que decide que hará inmediatamente se le caliente el alma. Carmen gime con inusual vergüenza. Invita a Ela con una ojeada repleta de libido a que se incorpore. Ela da una larga chupada al cigarro y por fin le toca uno de sus muslos a Carmen.
Salgo del centro de Carmen, le doy a Ela a chupar el dedo con que penetraba a su compañera; por primera vez disfruto esta palabra sin las implicaciones que cargo desde mi niñez; me voy a templar a dos compañeras que no militan en organización alguna; y lo son únicamente desde el minuto en que establecen contubernios entre ellas, y conmigo, claro está, la organización del goce.
Ela pasa la lengua con refinado gesto sobre mi dedo y lo desaparece en la boca. Le quito el cigarro, aspiro y deposito el humo en sus labios, que no paran de chupar. Carmen reclama, repito el evento: masturbo a Ela y Carmen saborea ahora mi dedo, el humo. Todavía no nos “arrebata” lo suficiente”, reitero embobecido.
Sin preámbulo alguno, sin esa delicadeza que ha de ir apuntalada por la sensualidad, asumo que me expongo de una buena vez. Supuestamente sin ropas las invito a que me imiten. Ela y Carmen se miran. Otra algazara y en teoría se proponen complacerme. Ya los tres desnudos, insisto que el cigarro no es tan fuerte como Ela cacareaba. 
Al regresar el cigarro encima del cenicero me percato que todavía estamos vestidos. Dudo, y declaro muy repugnado: No sé si nos cubrimos de nuevo, en qué tiempo, o si alguna vez llegamos a estar encuero.
Vacilo, tomo de nuevo el bendito prajo, lo beso poco más o menos y lo ofrezco a no sé qué mano que me acaricia el pecho por entre la camisa. Porfío en mi pedido, la ropa simboliza una sospecha inadmisible.
Respuesta común que se traduce en carcajadas. Vislumbro que mis palomas comienzan a establecer complicidades, de las que no participo. Me levanto aparentemente serio y las dejo en el sofá.
De pie, deduzco que estoy a una distancia desproporcionada. Si bien la sala no ha desfigurado sus dimensiones, y apenas si me paro a unos centímetros de ellas acariciándose los muslos cada una en lo que me miran casi embobecidas, doy por descontado que el apartamento es una especie de hangar con anchos imprecisos y apuesto que bien puedo encontrarme un Airbus A380 dentro. Quedo tan sosegado que termino desparramando un aburrimiento repentino, y para no contagiarlas, permito que las dos se vayan a la cocina a preparar el supuesto majar por el que las he invitado.
 Carmen y Ela conversan sobre esas hierbas molidas que traje para a la comida que aún no se hace, y que acabó en la basura al quedar mucho tiempo destapada y notar yo en mi arrebato a una cucaracha muerta en el piso, o viva, o metamorfoseada.
Me ubico con marcialidad delante de mis niñas. Gozo a cada una de manera leve; una suerte de regocijo teórico, casi etéreo, que para nada me interesa obrar solo con mis ojos. Quiero carne sobre carne, yo en el medio, y nada.
Siento que Carmen y Ela me registran visualmente, quizás con antipatía. Descubro un supuesto y reciente afecto entre las dos que me va alterando. Llego a creer que me quieren desaparecido y lo mismo no me marcho del todo. En medio de mi paranoia cualquier punto de referencia se me pierde. Una vez más intento acorralar mi cuerpo al arrimo de un lugar determinado, y no, continúo equidistante. Lo peor, remato en mi fatal paralelismo que las intenciones por eclipsarme se deben a la flacidez inédita de mi espada en estas lides, inservible en ese segundo.
Me aparto. No hay dudas que el deseo se apoderado de las dos, y yo, cuando más, estaré sentado en asiento de palco. Seré un mudo testigo de cómo se disfrutan Carmen y Ela. La apetencia entre ellas ya no es sutil. Luego clavan sus ojos en los míos con marcada desvergüenza, que temo, parecen los de un chino.
Cual monje tibetano que considera al sexo como un lastre para el viaje a la ansiada anchura, hago mutis. Bailo solo al son de una música que conjeturo es perpetua. Lo único que se me ocurre antes de ejecutar la danza de la inapetencia, es aclararles a mis “nínfulas” que si urgen de uno que otro consejo, me llamen.
Estaré cerca sello con una voz que parece sacada del fondo de una lata, y continúo Aún cuando el espacio se me antoje deformado y en mi “vuele” olvide la razón fundamental de porqué están en mi casa. 
No sé qué tiempo ha transcurrido. Carmen viene y me besa. Ela lo hace por mi espalda y termina abrazándome en lo que me aprieta una nalga; la miro serio reprochando su atrevimiento, que a un hombre no se le hace eso, y apenas si me hace caso apretándome la otra. Durante esa disfrazada hora que las dos juran han sido escasamente unos cinco minutos, cuento con la certeza de que no he estado en mi apartamento de Mendoza por largo tiempo. Esa danza liberadora de una energía muy distante de la falda me ha mandado lejos, y cuando por fin Carmen y Ela se deciden a florear atiborradas de liviandad, les digo muy preocupado que sus cabezas han crecido.
Carmen está sorprendida. Ela ríe por enésima vez. Intento el regreso, pero el fucking  cigarro de mariguana me ha ubicado tan remotamente que no las escucho.
Gracias a la providencia, al ángel ¿o las palomas? , por un instante repatrío a donde quiero estar. Las dos siguen bailando pegaditas, apretándose con esa simpatía tan necesaria entre mujeres. De pronto, como si fuese una pelota de baloncesto en manos de Shaquille O'Neal, mi existencia se convierte en un dribling  constante. Salto del sitio en que me hallaba convaleciente y soy emplazado a una altura que sobrepasa el techo. Desde mi ilocalizable espacio, me parece que, en vez de una danza erótica, Carmen y Ela en lo que se desvisten la una a la otra practican una peculiar lucha de sumo que para mujeres delgadas no queda bien.
Me tiro en el sofá sobado por la impotencia. Por varios minutos quedo y sigo sin estar. Al fin la lucidez me rescata y me reintegra. Una ola me arrastra con fuerza a la orilla del disfrute. Un paréntesis terrenal, por el que rezo se eternice. Pero el brinco se presenta, O’Neal vuelve a driblearme y me lanza remotamente cuando por fin los tres estamos por primera vez desnudos.
Me ha devuelto el ángel, no sé cuándo. Las dos en la cama, empapadas por fuera y por dentro, me miran sorprendidas. Me levanto sin el convencimiento de que estuve allí todo el tiempo. Por si acaso, se me ocurre que habría de buscar unos zapatos de plomo; al menos una fuerte soga con la que hemos de amarrarnos los tres para no torcer ese soplo glorioso que encarna el goce de nuestros cuerpos.
Ya en la puerta le pido de favor a Ela que no traiga otra vez un cigarro como ese. Carmen y Ela me besan con ternura y bajan la escalera riéndose por enésima vez.
¡Maldita yerba! refunfuño en voz baja en lo que abro la ducha…
Al acostarme un pequeño malestar todavía me golpea de a poco. Después de salir de la modorra abro mi laptop y repaso mentalmente la trinidad que he disfrutado prácticamente omitido. Intento entonces escribir y a escasas tres líneas cierro la laptop. La vecina de al lado comienza a gimotear.
Escucho latigazos, a punto estuve de tocarle a la puerta. Me levanto, voy hacia la sala y para distraerme busco en el librero un cuaderno de poemas cualquiera. Me tomo antes un poco de vino olvidado en una copa. Ha de ser de Carmen, pienso y sonrío. Tropiezo con Cuarta Persona y lo escondo entre los libros que sé no voy a leer jamás, y que guardo únicamente para que sus lomos me cubran espacio. Escojo un título al azar: Alguien canta en la resaca…